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DESDE LO ALTO DEL CERRO DEL CHAPULÍN

 

 […] deseoso de pertenecer a la

gloriosa carrera de las armas a

que mi padre sirvió y murió de

inspector de Chihuahua y tal vez

ser útil a mi Patria impetro la

gracia de Vuestra Excelencia a fin

de que se digne admitirme

en el Colegio Militar

Agustín Melgar

Es el 13 de septiembre de 1847. En medio de desaciertos, recriminaciones y torpezas, el ejército mexicano perdió el último punto que protegía la Ciudad de México de la invasión estadunidense: el Castillo de Chapultepec.

A la mitad del siglo XIX, el lento crecimiento de la capital hacía que el Castillo de Chapultepec se ubicara en las afueras de la ciudad y tan sólo se conectara con ella por dos únicos caminos. El más importante era una calzada procedente de Tacubaya que desembocaba en la garita de Belén; el otro comunicaba con las calzadas de la Verónica y San Cosme.

Mandado construir en 1785 en lo alto del cerro del Chapulín por el marqués Bernardo de Gálvez, el edificio sirvió durante el periodo colonial como finca de recreo para los virreyes. Al estallar la guerra contra Estados Unidos, era sede del Colegio Militar. Por tradición, se le había atribuido el nombre de castillo, pero bajo ningún concepto contaba con los elementos mínimos para ser considerado una fortaleza. Su valor estratégico dependía tan sólo de su elevación que, merced a una buena dotación de artillería, le permitiría ejercer cierto control sobre las vías de acceso a la ciudad.

El bosque se encontraba defendido por un hornabeque levantado sobre el camino de Tacubaya y por un parapeto situado en la puerta de entrada. Ante el inminente ataque estadunidense, se intentó excavar un foso de siete metros de anchura y dos y medio de profundidad que rodeara el bosque, pero no fue concluido, puesto que el tiempo se agotó.

En el interior del colegio, las obras de fortificación también quedaron incompletas. La falta de blindaje en los techos lo hizo más vulnerable al fuego de artillería durante la batalla.

Entre los 837 hombres que constituían la guarnición de la plaza, se contaba medio centenar de alumnos del Colegio Militar. El encargado de la defensa de la posición era el general Nicolás Bravo y como su segundo actuaba el general Mariano Monterde, entonces director del Colegio. Ambos sabían que con los elementos materiales y humanos de que disponía, sólo podría retrasarse por unas horas el avance enemigo; por eso, Bravo le solicitó a Santa Anna le fuera mandada con urgencia la mayor cantidad de recursos, especialmente humanos, pues consideraba que para cubrir los puntos más expuestos del parapeto del castillo y dar servicio a sus piezas de artillería, requería al menos unos 1600 y otros 300 situados en la azotea. Un número mucho mayor harían falta para resguardar el bosque. El general presidente prometió enviar más hombres para la defensa.

El ataque de Winfield Scott contra Chapultepec constó de dos etapas: primero, inició un intenso bombardeo sobre el Castillo y los débiles obstáculos externos del bosque. Una vez inutilizadas las obras de defensa, desmoralizada y mermada su guarnición, sin dejar de acosar a los mexicanos mediante el cañoneo, hizo avanzar a las divisiones de infantería comandadas por los generales Gideon J. Pillow y John A. Quitman, quienes atacaron de forma simultánea por el oeste y por el sur.

Muy temprano en la mañana del 12 de septiembre, los cañones estadunidenses abrieron fuego. Los primeros obuses erraron sus blancos o produjeron escasos daños, pero poco después, dirigidos por el capitán Huger, los disparos adquirieron una terrible precisión. Durante todo el día y hasta las 7 de la noche, los proyectiles arrasaron las obras de defensa y produjeron numerosas bajas a los mexicanos, entre ellas, la del general Saldaña. Muy poco podía hacerse desde el castillo, puesto que tan sólo se contaba con tres cañones. Los materiales para hacer funcionar una cuarta pieza fueron solicitados con insistencia a La Ciudadela, pero jamás llegaron.

Al cesar el cañoneo, Monterde intentó, en lo posible, reponer los blindajes y reconstruir las obras de contención. Más tarde, durante la madrugada previa al ataque final, Nicolás Bravo tuvo una entrevista con Santa Anna; el primero le comunicó que la tropa que guardaba el castillo se encontraba completamente desmoralizada y que se había producido una enorme desbandada, incluso el batallón de Toluca había desertado casi en su totalidad. Resultaba, pues, urgente el relevo con elementos de refresco.

El presidente sostuvo que era inconveniente concentrar gente en un punto amenazado por el fuego enemigo, y prometió que si los adversarios atacaban, enviaría refuerzos.

Al amanecer del nuevo día, tan sólo unos 200 hombres resguardaban el Colegio. El perímetro del bosque no contaba con suficientes hombres. Entonces Bravo les pidió ayuda a los generales Joaquín Rangel y Manuel María Lombardini, situados a las afueras del bosque, pero ellos se negaron a auxiliarlo, alegando que habían sido colocados en sus posiciones por el general Santa Anna y que sólo a él correspondía ordenarles que se movilizaran a otro punto.

A las 8 de la mañana, el general del ejército invasor, Winfield Scott, dio la orden de avance. Los yanquis tomaron los parapetos externos. En ese punto se peleó cuerpo a cuerpo con bayonetas y espadas; cayeron prisioneros 550 mexicanos; de ellos, 100 eran oficiales, y entre éstos había un general y 10 coroneles. Los estadunidenses iniciaron el ascenso al cerro desde dos puntos distintos. El Colegio Militar sucumbió al ataque. Allí, acompañado de sus hombres, Bravo fue hecho prisionero.

Santa Anna actuó de nuevo con tibieza —como lo había hecho en varias de las acciones de esta guerra—  y no permitió que fueran empleados todos los recursos de que se disponía. Tras la derrota, intentó señalar culpables, y así como se cebó con Gabriel Valencia para justificar el fracaso de Padierna, en esta ocasión lo hizo con Nicolás Bravo, a quien calumnió de una manera mordaz. Afirmó que contaba con testigos que habían visto a Bravo abandonar su puesto para refugiarse en una zanja —de donde había sido sacado vergonzosamente por el enemigo, quien lo reconoció merced de su canosa cabellera—, y que el agua le llegaba hasta el pescuezo.

Los únicos que permanecieron en su posición, realizando los últimos disparos de la batalla y conservando los restos del honor de las armas nacionales, fueron los alumnos del Colegio Militar, seis de los cuales murieron, cuatro fueron heridos y 37 cayeron prisioneros.

•Alumnos del Colegio Militar muertos en la defensa de Chapultepec: Juan Escutia, Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez, Vicente Suárez. 

•Alumnos heridos: Pablo Banuet, Andrés Mellado, Hilario Pérez de León y Agustín Romero.

•Alumnos hechos prisioneros: Francisco Molina, Mariano Covarrubias, Bartolomé Díaz de León, Ignacio Molina, Emilio Laurent, Antonio Sierra, Justino García, Lorenzo Pérez Castro, Agustín Camarena, Ignacio Ortiz, Esteban Zamora, Manuel Ramírez Arellano, Ramón Rodríguez Arrangoitia, Carlos Bejarano, Isidro Hernández, Santiago Hernández, Ignacio Burgoa, N. Escontría, Joaquín Moreno, Ignacio Valle, Antonio Sola, Francisco Lazo, Sebastián Trejo, Luis Delgado, Ruperto Pérez de León, Cástulo García, Feliciano Contreras, Francisco Morelos, Miguel Miramón, Gabino Montes de Oca, Luciano Becerra, Adolfo Unda, Manuel Díaz, Francisco Morel, Vicente Herrera, Onofre Capeto y Magdaleno Ita.

Cuando Fernando Montes de Oca solicitó su ingreso al Colegio Militar: “Fernando Montes de Oca, hijo de Don José María Montes de Oca, difunto, y de Doña María Josefa Rodríguez, ante Vuestra Señoría con el debido respeto hace presente q[u]e deseando servir en la gloriosa carrera de las armas y teniendo la suficiente edad para comprenderla, así como los conocimientos necesarios de primeras letras, viendo al mismo tiempo lo invadida que está nuestra República y queriendo serle útil en la actual guerra con los Estados Unidos del Norte. Juntando con ésta, las Certificaciones y escritos q[u]e se me piden, suplica encarecidamente se sirva admitirlo en clase de Alumno en el Colegio Militar”. 

Fuente: Wikiperia. Articulo autoría de Raúl González Lezama, investigador del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México - Unidad Bicentenario. Creative Commons.

 
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