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CONSUMO DE TESWINO, PATRIMONIO CULTURAL IMPUGNADO DE LOS RARÁMURI
Escrito por fuentes citadas.   



Nada hay que más de cerca interese

al corazón de los tarahumares

como el licor llamado tesgüino.

Carl Lumholtz (1890)

Las bebidas embriagantes y la cultura

Narra Alejo Carpentier en su relato Los Advertidos, que un día La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo anunció a Amaliwak, el anciano-sabio, jefe de los hombres de las tierras virginales de que tenía que construir una inmensa embarcación con las maderas y resinas tropicales de la región y que subiera en ella a toda su tribu, sus mujeres, hijos, nietos y tataranietos. Todos ellos sin entender nada, pero persuadidos de la incontestable sabiduría del viejo, pusieron manos a la obra, pensando en su interior que una barca con tan prodigioso calado, estaba negada para navegar en los ríos conocidos. Una vez concluida, comenzaron a llegar legiones de animales de la selva, unos reptando, otros caminando, los más volando y que ya todos a bordo, comenzó una tormenta tal, que resultaba casi imposible respirar, si no se ponía uno a resguardo bajo el techo de alguno de los cuatro niveles de que consistía la nave. Las aguas comenzaron a subir y con ello la nave flotó y deambuló sin rumbo, mientras Amaliwack bebía chicha, elaborada con las suficientes provisiones de maíz que encargó para tan provechoso fin.

Transcurridas varias jornadas bajo la inclemente tormenta, una tarde la barca chocó contra algo sólido que destacaba sobre las aguas. Amaliwak salió y encontró que había una embarcación, hecha ésta de bambúes entrelazados, adyacente a la suya, con un viejo-sabio en la proa, de tez amarilla y ojos rasgados, quien le informó en su lengua -pero los sabios de esa época entendían todos los idiomas humanos y animales- que era el sabio de las tierras de Sin y que sus dioses le habían encargado salvar a la especie humana y las animales. Este anciano invitó a Amaliwak a beber de su licor de arroz y a platicar sus respectivos anuncios divinos, idénticos al parecer. Sumidos en su coloquio y ocupados bebiendo chicha y licor de arroz, llegó otra nave que se adosó a las de ellos. Salió un anciano de larga barba gritando que Yahvé, el Único Dios, le encargó salvar a los hombres y animales del diluvio universal. Noé, que así se llamaba, se sumó a la tertulia, trayendo consigo un vino rojo y fresco hecho de uvas.

Ya había dejado de llover cuando otra embarcación, procedente de las tierras del monte Olimpo se acercó con la misma historia y con otro sabio y su grey, con otra bebida y luego llegó otra nave con su respectivo anciano advertido de la tormenta y con un fuerte licor de enebro. El coloquio de sabios, comentaron sus respectivos anuncios, compartiendo sus prodigiosas bebidas y supusieron en su borrachera, que otros sabios, cada uno con sus hombres, animales, conocimientos y elíxires, navegarían de acuerdo a las advertencias de los ahora incontables dioses. Cuando bajaron las aguas y la tierra comenzó a emerger, cada cual regreso a sus tierras a reiniciar la historia humana, que es plural y disímil. Amaliwak regresó a sus selvas y siguiendo las instrucciones divinas, entregó a su mujer las semillas de palma, quien al irlas arrojando por sobre su hombro, iban surgiendo los niños, hombres y mujeres que repoblarían el mundo, su mundo.

Si de algo valió ese momento fundacional de la nueva era de la humanidad, fue para percatarse de la increíble diversidad de la especie humana, de sus múltiples culturas y de la universal importancia de sus bebidas espirituosas en la relación con sus innumeras deidades y en el encuentro de sus diversas culturas. A cada cultura un panteón divino y una bebida que establece la relación entre los mortales y la divinidad.

Con la rememoración de este relato no pretendo más que señalar que en múltiples culturas encontramos ideas etnocéntricas sobre nuestro papel en el mundo y que la superación del etnocentrismo, permite el reconocimiento de la diversidad y del valor de las otras culturas. En ese diálogo intercultural, tienen un papel trascendente las bebidas embriagantes que permiten la identificación, la comunicación y la socialización intercultural de las colectividades humanas.

El teswino en la cultura y la ritualidad rarámuri

Como se sabe, el teswino, tesgüino, batari o sugiki es una bebida elaborada a partir de maíz germinado, cocido, molido y fermentado en ollas de barro que los rarámuri elaboran, principalmente durante dos tipos de situaciones fundamentales para su vida social: por una parte como bebida ritual en la realización de sus fiestas y ceremonias tales como el yúmare, la semana santa, curaciones o rimukapa, raspas de jícuri o peyote y bakanowa y en las fiestas del ciclo matachín relacionadas o no con el santoral cristiano, entre otras ocasiones festivas como santos, cumpleaños, bautizos, o nuteas o fiestas para los muertos y por otra parte, durante las llamadas teswinadas de trabajo, en las que se reúnen vecinos, parientes y amigos a realizar un trabajo en casa de alguno de ellos, en sus parcelas, para reparar cercos en los cultivos, en la iglesia u otro trabajo común. En esas ocasiones se acostumbra que el anfitrión ofrezca, al término del trabajo, abundante cantidad de teswino con el que agasajará a sus invitados y colaboradores, quienes se verán retribuidos cumpliendo con la regla de etiqueta que implica no dejar de beber sino hasta que se vacié la última wueja. Por supuesto, en esas ocasiones, no se bebe, sino hasta que no se despunte la olla ofreciéndole a Onorúame, El que Es Padre, las primicias del codiciado brebaje.

Con lo anterior quiero destacar que el consumo ritual de esta bebida tiene para la cultura tarahumara, una importancia socio-religiosa fundamental, al constituir uno de los ejes de la ritualidad y al mismo tiempo, una significación económica muy importante al hacer posible relaciones de cooperación, solidaridad y apoyo mutuo, que fortalecen, vivifican y actualizan el “pacto social” rarámuri, lo que facilita la vida en las abruptas serranías donde habitan en la actualidad.

En la bibliografía etnográfica sobre este grupo étnico se describen abundantemente ambos contextos de libación de teswino así como la significación cultural que posee al establecer las lealtades primordiales y el sistema de reciprocidad que genera entre los miembros de una localidad, quienes con el hecho de participar en las teswinadas, se acercan en el plano temporal lo que su proverbial dispersión los aleja en el plano espacial, pues como se sabe, viven de acuerdo a un patrón de asentamiento sumamente disperso (Lumholtz,1890 [1981], Bennett y Zingg, 1935 y Kennedy, 1969, entre otros).

No menos importante resulta para los rarámuri que estas concentraciones propician la convivencia, los ayudan a salir de la monotonía ofreciéndoles ocasión para relajarse y bromear, al tiempo que posibilita la transmisión de todo tipo de información, así como el intercambio de bienes, el establecimiento de noviazgos y matrimonios, la curación de casas, animales, personas, campos de cultivo, la realización de ritos de paso, el reencuentro con los vivos y los muertos, la reafirmación del estatus y del control social, pero ante todo, la observancia de los designios y enseñanzas de los anayáwari, los antepasados fundacionales que establecieron las normas de comportamiento para ser un buen rarámuri, el deber ser, y el “estar contentos”, que los aleja de la peor plaga del mundo tarahumar: la tristeza. Debe entenderse que como afirma Lumholtz, “nunca se toma tesgüino sin que se pretenda algún fin, como buena suerte en una empresa, prósperas cosechas, la salud de la familia o tal cual otro beneficio” (Lumholtz, 1981). Todo lo cual establece la base de sustentación para continuar con su proyecto cultural, fuertemente enraizado en diversas formas de resistencia cultural y de conservación de la identidad rarámuri frente al chabochi o mestizo.

Así ha sido desde la llegada de los españoles y misioneros jesuitas a esta parte del entonces septentrión novohispano, quienes encontraron, según las crónicas que se conservan, unos valerosos guerreros dispuestos a defender sus tierras, su autonomía y sus costumbres a fuerza de constantes insubordinaciones, a la férrea renuncia a concentrarse en misiones, promoviendo rebeliones y escapadas de los repartimientos, minas y encomiendas para regresar a sus tierras, a su patrón de asentamiento difuso y a las más acendradas de sus tradiciones, es decir, a su idioma, sus rituales y sus pródigas consumiciones de teswino, que no pocas veces concluían en francas borracheras.

Kennedy (1970), uno de los más importantes autores que han descrito la cultura rarámuri establece que la red social construida en torno al consumo del teswino, es quizá el vínculo social más importante para establecer la cohesión comunitaria entre sus integrantes. Zingg, otro de los etnógrafos más importantes de esta región afirma que aunque efectivamente las borracheras pueden llegara extremos peligrosos, al grado de propiciar pleitos, riñas, violencia o violaciones, por otra parte no son muchas las mujeres a las que se les caen los bebés en el fuego o los hombres que se quedan dormidos en la nieve o se caer por el acantilado producto de la embriaguez y que a lo largo de los siglos, la embriaguez les ha procurado muchas más posibilidades de liberación espiritual, que las satisfacciones emocionales que les ha traído la religión occidental, sea esta católica, o peor aún, protestante con un grado de intolerancia hacia la bebida aún mayor. (Zingg, 1942: 90-91)

De hecho, autores como Molinari (2001: 160-161) que han estudiado el proceso de conversión protestante han observado que los conversos nunca lo son del todo y que oscilan entre la religión protestante, nunca totalmente asumida, y la religión tarahumara con sus desenfrenos reconfortantes. Esta autora propone la hipótesis de que para lograr una conversión eficaz, las denominaciones protestantes deberá aceptar la emergencia de una “religión protestante rarámuri” donde tenga cabida el consumo de teswino.

El teswino como patrimonio impugnado

Es este aspecto, la embriaguez, el que más ha impresionado, irritado u ofendido a lo largo de 4 siglos la perspectiva occidental del comportamiento ritual y colectivo de los rarámuri, quienes nunca se han preocupado por ocultar o moderar los excesos de esos momentos catárticos y relajantes.

Factor de conservación de la identidad y delimitación de la etnicidad de este grupo étnico, el consumo de teswino y las teswinadas establecen un dilema ético a la hora de reconocer su valor patrimonial, pues posee una especie de doble filo pues es al mismo tiempo, eje axial de su reproducción cultural y factor clave de múltiples problemas de salud pública; la borrachera es tema de orgullo e ideal de goce socialmente aceptado y condición para la emergencia de situaciones de riesgo que comprometen incluso la vida misma de los participantes; disuelve tensiones sociales, mitigando las diarias rigideces de la vida cotidiana y propicia condiciones de entropía social. Algunos rarámuri comentan que en su visión del más allá que existe después de la muerte, se ven felices, acompañados de sus antepasados, sus animales sacrificados, con pródigas cosechas de maíz, y desde luego, rodeados de interminables y copiosas ollas de batari.

La valoración occidental, que es finalmente la que reconoce o no los patrimonios culturales de la humanidad, se detiene mortificada ante estas dicotomías, pues, o se cae en el extremo etnocéntrico occidental que cuestiona y reprueba la jocosa convivialidad en la que los rarámuri sustentan sus formas de cohesión social, que son complemento sistémico de la estrategia centrífuga de la dispersión habitacional a que los obliga el medio ambiente serrano, o se adopta una postura de relativismo extremo del tipo “todo se vale mientras se respete al otro” que conduce al nihilismo ético posmoderno y a la indiferencia afásica.

Desde luego, está fuera de esta apología del consumo ritual de teswino, el muy frecuente alcoholismo de muchos individuos rarámuri, quienes beben consuetudinariamente cerveza, mezcal y aguardientes como cualquier alcohólico no rarámuri. Por cierto, no podemos negar que es muy elevado el número de tarahumaras alcohólicos que toman fuera de las condiciones hasta aquí descritas, tanto en la sierra como en las ciudades a las que migran y que son ellos quienes contribuyen poderosamente a generar los juicios negativos sobre la relación de esta etnia con las bebidas enajenantes.

Si el patrimonio cultural se concibe como un dispositivo de poder en el que el Estado o la ideología dominante impone los repertorios de bienes culturales valiosos a partir de criterios y valoraciones occidentales, si se entiende como un procedimiento de selección de valores culturales que opera bajo criterios restrictivos impuestos por los grupos hegemónicos y su proyecto de nación, el teswino no tiene nada que hacer como elemento patrimonial, pero si el patrimonio cultural inmaterial se concibe desde la perspectiva de su uso al interior de las diversas culturas y bajo la incomensurabilidad de las diferencias étnicas contenidas en la sociedad mexicana, el batari tendrá un valor patrimonial innegable para la continuidad de la cultura de los rarámuri y para la transmisión del legado que los anayáwari, sus antepasados, les heredaron, tan valioso como el que los grandes sabios de nuestro relato inicial le heredaron a la humanidad, su humanidad.

Es tarea de los antropólogos profesionales y de los gestores culturales comprometidos con la subjetividad social de los grupos con los que trabajan, documentar y difundir la significación que tienen los patrimonios culturales en sus contextos propios, con el objeto de dimensionarlos en sus propios términos y a partir de sus condiciones sociales concretas, lo que contribuirá a evitar descalificaciones etnocéntricas y actitudes relativistas extremas y redundará en una concepción del patrimonio generada en términos multi e interculturales.

Bibliografía: BENNETT Wendell, C. y ZINGG Robert, M. Los Tarahumaras Una Tribu India del Norte de México, Clásicos de la Antropología Mexicana, Colección 6, Instituto Nacional Indigenista, Traducción de Celia Paschero, Reimpresión, 1986.; CARPENTIER, Alejo. Relatos. Editorial Andrés Bello, España, 1999.; MOLINARI, Claudia. Beber o no beber tesgüino, identidad y conversión en la Tarahumara. En Molinari, C. y E. Porras (Coords.). Identidad y Cultura en la Sierra Tarahumara. INAH, México 2001. pp. 127-153.; KENNEDY, John G. Inapuchi una comunidad Tarahumara gentil. Instituto Nacional Indigenista, Ediciones Especiales: 58, Primera Edición, 1970.; KENNEDY, John G Tarahumara of The Sierra Madre. Beer, Ecology, and Social Organization. AHM Publishing Corporation, E.U.A., 1978.; LUMHOLTZ, Carl El México desconocido. Clásicos de la Antropología, Edición facsimilar del original Charles Scribner’s Sons, Nueva Tork, 1904, Tomo I, Instituto Nacional Indigenista,1982 .; ZINGG, Robert M. The Genuine and Spurious Values in Tarahumara Culture. American Anthropologist, New Series, Vol. 44, No. 1. (Jan. - Mar., 1942), pp. 78-92.

Fuente: Wikipedia. Artículo autoría de Arturo M. Herrera Bautista. Correo del Norte. Periódico del Patrimonio Cultural y Natural de Chihuahua. Núm. 26. Imagen: maristas.org.mx/ Creative Commons.

 

 
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