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DON BENITO JUÁREZ EN SAN FERNANDO

 

La mañana del 18 de julio de 1872, el doctor Ignacio Alvarado fue llamado con urgencia para atender al presidente de la República. Benito Juárez se quejaba de un terrible dolor que le invadía el pecho; tras la auscultación, el doctor de cabecera notó que su corazón latía débilmente y que su semblante mostraba los estragos del sufrimiento. El remedio para mitigar la “angina de pecho” parecerá en nuestros días cruel, pero en aquella época era de lo más común. El galeno explicó en un testimonio que vertió “agua hirviendo sobre la región del corazón…”; esto logró aminorar durante un par de horas la dolencia del presidente.

Por la tarde se produjo otro ataque, el cual fue atenuado de nueva cuenta con aquel brutal tormento. A las 7 de la noche, el mal fue empeorando progresivamente. El doctor Alvarado comunicó a los familiares la gravedad del caso. Por indicación suya se había llamado a los doctores Rafael Lucio y Gabino Barreda. Los médicos notaron la intensidad de los dolores, por lo que le inyectaron morfina en la parte izquierda del pecho.

Alrededor de las 10 de la noche, los síntomas se agravaron y se le aplicó nuevamente el atroz procedimiento, lo que le ocasionó una ámpula enorme “sobre su piel vivamente enrojecida”. Media hora después fueron llamados los ministros de Estado: Francisco Mejía, de Hacienda, acudió de inmediato; Blas Balcárcel, de Fomento, no se presentó debido a que su portero no abrió la puerta; Lafragua llegó un poco más tarde.

Todas las personas allí presentes estaban consternadas. Poco antes de las 11, Juárez llamó a Camilo, un criado a quien estimaba, y le solicitó que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía el intenso dolor; Camilo obedeció sin poder contener las lágrimas. A las 11:25 de la noche, el presidente se reclinó sobre su costado izquierdo, para exhalar el último suspiro cinco minutos después. El doctor Alvarado pronunció ésta sola palabra: ¡Acabó!

El yerno del finado, Pedro Santacilia, no podía creerlo. Para evitar cualquier duda, el doctor Barreda acercó un fósforo a los ojos del presidente a fin de provocar la dilatación de las pupilas: no reaccionaron. En efecto, Juárez había muerto. Lo acompañaron en el momento de la hora suprema los ministros Ignacio y Francisco Mejía, sus médicos, Santacilia, Manuel Dublán, José Maza, Camilo y su desconsolada familia.

En la cabecera del extinto mandatario había un libro de M. Lerminier titulado Cour’s D’Histoire des Legislations Comparees. Entre las hojas del ejemplar apareció un papel con unas palabras que el propio Juárez escribió: “Cuando la sociedad está amenazada por la guerra, la dictadura o la centralización del poder es una necesidad como remedio práctico para salvar las instituciones, la libertad y la paz”.

Cerca de la medianoche, Ignacio Mejía visitó a Sebastián Lerdo de Tejada para darle la noticia del deceso. Era necesario hacerlo; Lerdo tenía que estar al tanto de aquel fallecimiento, pues, en su calidad de presidente de la Suprema Corte de Justicia y ante la falta del presidente de la República, él debería ocupar el Poder Ejecutivo por ministerio de ley.

A las 4 de la mañana del 19 de julio, los notarios Crescencio Landgrave y José Villela certificaron el acta de defunción del doctor Alvarado. El diagnóstico quedó asentado en el documento que expresaba como causa de la muerte una “neurosis del gran simpático” (término que hasta 1912 fue usado para referirse al infarto del miocardio). Después de levantarse el informe post mortem, los doctores Alvarado, Barreda y Lucio procedieron al embalsamamiento. A las 5 de la mañana, los cañones anunciaron a los ciudadanos que el presidente de la República había fallecido.

Distintas versiones se difundieron sobre el momento de su muerte; en el parte médico, Alvarado no mencionó la hora del deceso, por lo que quedó la duda de si fue en la noche del 18 o en la madrugada del 19, aunque Juan A. Mateos hizo notar en el El Monitor Republicano del 20 de julio que Juárez murió en el aniversario del día en que Agustín de Iturbide fue fusilado. Tal versión incomodaba sobremanera a los liberales y masones que no querían por ningún motivo que se vinculara al reformador Juárez con el emperador Iturbide, a quien le tenían cierto desprecio.

A las 9 horas del 19 de julio, la diputación permanente sesionó de manera extraordinaria para proceder, conforme a la Constitución, a nombrar al titular de la Suprema Corte de Justicia, Sebastián Lerdo de Tejada, como presidente interino. Una vez aprobado el acuerdo, Lerdo protestó “desempeñar leal y patrióticamente el cargo conforme a la Constitución y mirando en todo por el bien y prosperidad de la unión”.

“La República está de duelo”; así anunció el Alcance al número 172 del Monitor Republicano el deceso de Benito Juárez. El cadáver —vestido de etiqueta, con la banda presidencial y un bastón en la mano derecha como símbolo de mando— fue expuesto los días 20, 21 y 22 en el salón de embajadores de Palacio Nacional, que sirvió como capilla ardiente para que el pueblo acudiera a rendirle homenaje. Cuatro francmasones montaron guardia de honor por orden de la Gran Logia. Como dato curioso, existe una fotografía en donde yace el cuerpo inerte de Juárez con el retrato de Iturbide al fondo.

En la nublada mañana del 23 de julio se verificaron los funerales; el pueblo comenzó a ocupar desde muy temprano la Plaza de la Constitución y las calles por donde pasaría el cortejo fúnebre. A las 9 en punto, el cuerpo fue colocado en una caja de zinc; una vez soldada, se instaló en un ataúd de caoba adornado con dos ramas, una de oliva y otra de laurel, en cuyo centro se grabaron las iniciales “BJ”.

A las 10 horas, cuatro cañones anunciaron a la ciudad que los restos mortales del estadista salían por la puerta central de Palacio Nacional para ser conducidos al Panteón de San Fernando. Miles de personas enlutadas de todas las clases sociales contemplaron la procesión que desfilaría por las calles de Puente de Palacio, portales de las Flores, Mercaderes, Plateros, San Francisco, Santa Isabel, la Mariscala, San Juan de Dios y San Hipólito.

Acatando lo dispuesto en el bando emitido el 20 de julio por el gobernador del Distrito Federal, Tiburcio Montiel, la procesión fúnebre se realizó de acuerdo con el siguiente orden: Una escuadra de batidores del 2° cuerpo de caballería abrió la marcha con paso lento y solemne, seguida por niños de las escuelas municipales y de beneficencia que llevaban lazos negros en el brazo izquierdo. Los artesanos y obreros enarbolaban una pancarta que decía: “El gran círculo de obreros de México”, seguidos por preparatorianos y universitarios; detrás de éstos desfilaron los empleados de las oficinas, sociedades y miembros del ejército.

A continuación marchó la carroza fúnebre, tirada por seis caballos tordillos y que era conducida por el cochero Juan Udueta, quien había acompañado a Juárez en Paso del Norte. En la parte superior del carro brillaba una estrella masónica de metal amarillo con cinco puntas, posada sobre un compás y una escuadra. Los cuatro cordones que pendían de los extremos del féretro fueron sostenidos por el director de la Escuela de Jurisprudencia, Luis Velásquez; el comandante general de la plaza, Alejandro García; el tesorero general de la nación, Manuel Izaguirre y Alfredo Chavero, como miembro del Ayuntamiento.

Detrás del cortejo fúnebre circularon decenas de carruajes que transportaban a funcionarios de alto rango: el presidente Lerdo de Tejada, los secretarios de Estado y los miembros del cuerpo diplomático. Cerraba la marcha una columna integrada por batallones militares. La comitiva tardó dos horas en llegar a San Fernando.

Para la ceremonia oficial fue colocado un templete en donde se ubicaron los deudos de Juárez, los miembros del Ejecutivo, los del cuerpo diplomático, los oficiales mayores de los ministerios y los representantes de los poderes Legislativo y Judicial.

Integrantes del ejército colocaron los restos sobre un catafalco y se procedió a la lectura de los discursos. José María Iglesias fungió como orador oficial, seguido por Ignacio Silva, en representación de la diputación permanente; Alfredo Chavero, del Ayuntamiento de la capital; Francisco T. Gordillo, a nombre de los masones del rito nacional mexicano; y José María Vigil, por la prensa asociada, entre otros. En total se pronunciaron 12 piezas oratorias.

Concluidas las alocuciones, la caja mortuoria fue bajada del túmulo y se procedió a la inhumación en el sepulcro de la familia Juárez Maza, en medio de 21 cañonazos. Los funerales concluyeron a las dos menos cuarto, con el retiro triste y silencioso de la comitiva. El cuerpo sin vida de Juárez fue el último en ser sepultado en San Fernando, donde permanece hasta nuestros días.

Pero no todo fue veneración y apoteosis por la muerte de Benito Juárez. En el diario La Voz de México, publicado por la Sociedad Católica, apareció un editorial, el 24 de julio de 1872, que decía: “Un periodo nuevo ha comenzado en la historia de México. Con los funerales del presidente anterior acabó el periodo ruinoso, fecundo en acontecimientos desgraciados […] que comenzaron en 1855 y cuyas consecuencias nos afligen todavía”. Por su parte, en el semanario El Socialista, se publicó el mismo día un artículo escrito por Francisco P. González y Juan M. Rivera que expresaba el sentir de la clase obrera y que, lamentablemente, esbozaba el ambiente político que podía prevalecer en México: “Nosotros no sentimos a Juárez por la falta que indudablemente hará a la nación […] [lo sentimos] porque tememos el desborde de las ambiciones; porque nos sobresalta la idea de que los perturbadores de oficio se lancen a los campos de batalla a donde conducen al pueblo a morir por mezquinas tendencias”.

En efecto, tras la ausencia de Juárez, nuevos mecanismos políticos y otros actores irrumpieron en la escena nacional, modificándose paulatinamente la fisonomía de la Nación. El conservadurismo católico vivió en carne propia la radicalidad del presidente Lerdo de Tejada. La ambición llegó a su cenit con el Plan de Tuxtepec lanzado por Porfirio Díaz. Pero ésa es otra historia.

Fuente Wikipedia. Articulo autoría de Roberto Espinosa de los Monteros Hernández, investigador del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México | Secretaría de Educación Pública. Retrato del Presidente Benito Juárez; Caligrafiado por E.F. Lizardi (1877). Creative Commons.

 
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