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SE CUMPLIERON 100 AÑOS DE LA TOMA DE ZACATECAS

 

Era el veintitrés de junio,

hablo con los más presentes,

fue tomado Zacatecas

por las tropas de insurgentes.

Alrededor de las 10 de la mañana del día 23, a la orden de Francisco Villa, se desató el ataque por todos los frentes en forma conjunta. Las arremetidas de la artillería eran conducidas magistralmente por Ángeles, quien movilizaba sus piezas de forma sorprendente, dirigiendo las descargas de fuego delante de sus contingentes de infantería, ocasionando graves bajas en el enemigo y abriendo al mismo tiempo el camino de los revolucionarios hacia los emplazamientos federales. Muy pronto el avance se hizo incontenible, a pesar de sufrir lamentables bajas entre los revolucionarios.

LOS ANTECEDENTES

El día 22 de junio de 1914, siendo la una de la tarde, un convoy más completó la larga fila de ferrocarriles que arribaban a la estación Calera, distante 25 kilómetros del centro de Zacatecas.

El Mtro. Carlos Betancourt Cid, Director de Investigación y Documentación del INEHRM, relata que en ese tren viajaba, para apostarse a la vanguardia de la imponente División del Norte, eje fundamental del Ejército Constitucionalista, Francisco Villa, comandante al mando de ese nutrido contingente guerrero, que venía siguiendo una línea de triunfos sobre el ejército federal que sostenía al régimen del usurpador Victoriano Huerta. Con su llegada a ese punto, se daba cumplimiento a un estratégico plan que se inició días antes con el propósito de obtener con rapidez la caída de la plaza zacatecana, lo que significaría propinar un golpe directo y contundente contra las partidas rivales. La maquinaria de guerra villista se afinaba para cumplir su cometido.

Sin embargo, esta acción contaba con el precedente de una serie de desavenencias que puso en peligro la exitosa campaña y evidenció la ruptura por venir en el escenario revolucionario entre el liderazgo político de Venustiano Carranza y la jerarquía obtenida en los campos de batalla por quien como civil se llamó José Doroteo Arango.

El anterior día 12, el nombrado Primer Jefe por los designios del Plan de Guadalupe, instalado en la ciudad de Saltillo, mandó que de entre las huestes al mando del Centauro del Norte, se enviaran de tres a cinco mil hombres para apoyar a Pánfilo Natera y a Domingo Arrieta, quienes tenían ordenado ocupar, a como diera lugar, la capital de Zacatecas. Villa asumió una postura contraria y retrasó el cumplimiento de la disposición pues, según su juicio, remitir un número tan reducido de soldados resultaría en una dolorosa derrota, que solamente exaltaría los ánimos de los federales en detrimento de los de sus subordinados.

La negativa expresada, que no evidenció alguna falta de respeto a la investidura de Carranza, pero que fue tomada por él como un abierto acto de insubordinación, además de la propuesta de Villa para arremeter con toda la fuerza bajo sus órdenes, generó una desavenencia insalvable entre estos notables protagonistas del movimiento reivindicador, que tuvo como efecto inmediato la presentación de la renuncia del líder de la División de Norte en aras de dejar libre el camino al Primer Jefe para la realización de sus aspiraciones.

Con lo que no contaba el valeroso comandante oriundo de Durango -y tampoco don Venustiano-, era que los oficiales subordinados bajo la tutela de la División del Norte no permitirían que esto sucediera. Se alinearon a la diestra de su jefe, desacatando la aceptación de la dimisión y proponiendo, sin cortapisas ni dudas, la permanencia de Villa al frente del ejército revolucionario que pronto estaba por figurar en uno de los momentos más gloriosos en la historia militar de todos los tiempos.

No obstante estas circunstancias, la determinación por darle la puntilla al régimen que se había encumbrado a la sombra de los asesinatos de Francisco Ignacio Madero, José María Pino Suárez, Serapio Rendón, Belisario Domínguez y varios más no podía contenerse y, teniendo a su lado la experiencia de hombres como Felipe Ángeles y Tomás Urbina, los procedimientos para ocupar la plaza circunscrita por los soberbios cerros del Grillo y de la Bufa tomaron forma y se pusieron en marcha. Los generales que apoyaron a Villa comprendían que el triunfo de su causa era una prioridad ante las decisiones personales de quien después sería Encargado del Poder Ejecutivo.

El plan de acción era el siguiente: desde el día 16 de ese mes de junio, Urbina se dirigiría hacia las goteras de la ciudad para colocar a sus leales en posición bien guarnecida y esperar en los días próximos la llegada de la artillería, que era comandada por Ángeles. En las jornadas subsecuentes, conforme se acercara el 21 ó 22, se incorporarían las demás brigadas, con el propósito de emplazar frente el enemigo un contingente castrense que superara los 22,000 hombres, apoyados por casi 50 cañones. El método de ataque conjunto de esta impresionante potencia bélica se ejecutaría a partir del día 23, tal y como aconteció.

El cálculo en torno a las milicias huertistas, bajo las órdenes del general Luis Medina Barrón, era que sumaban 12,000 efectivos, apoyados en 13 piezas de artillería. Se sabía también que desde el sur, en auxilio de los federales, se dirigía una partida de 1000 soldados más, junto a un número igual de seguidores de Pascual Orozco quien, a marchas forzadas, peleaba ahora al lado de su antiguo enemigo de 1912 y contra los revolucionarios. El escenario estaba dispuesto y la oportunidad que se presentaba a los defensores de la legalidad no podía desaprovecharse.

Las escaramuzas iniciaron el día 19, a la llegada de la artillería. El general Ángeles, acompañado de Manuel Chao, decidió inspeccionar el terreno para seleccionar el acomodo idóneo de sus cañones. Muy pronto encontró la resistencia del rival, que no imaginaba todavía lo que enfrentaría en los días posteriores. El clima no era favorable, pues abundantes chubascos hacían muy complicadas las acciones beligerantes entre ambos contendientes. Los caminos, pletóricos de lodo, dificultaban la conducción de los carromatos con los obuses, más cuando se emprendía este duro trabajo bajo el asedio del fuego enemigo, que desde lo alto de las cumbres no disminuía el tiroteo sobre sus sitiadores.

Pero eso no arredraba la actitud de las tropas divisionarias norteñas, que estaban resueltas a conquistar una categórica victoria.

Para el día 20, el adiestrado militar Felipe Ángeles, quien entonces fungía como subsecretario de guerra en el gabinete constitucionalista, responsabilidad de la que fue despojado solamente dos días después de la batalla en Zacatecas, comenzó a dar disposiciones para desplegar sus piezas. Entonces tuvo un intercambio de impresiones con Pánfilo Natera y prosiguió con el emplazamiento de la artillería, todo bajo nutridos ataques desde trincheras cavadas por los federales alrededor de la plaza, pero que no lograron que los valerosos soldados del pueblo desistieran de su misión. El círculo, irremisiblemente, se iba cerrando.

Al día siguiente, la estrategia de acomodo de las tropas que salvaguardaban la legalidad de la Constitución de 1857 era incontenible. Ángeles aprovechó para establecer las instalaciones hospitalarias que se requerirían al momento del asalto final. Al mismo tiempo, situaba sus piezas de forma subrepticia, ocultándolas estratégicamente a los ojos de los huertistas, con la mira apuntando hacia sus posiciones en las alturas. La lluvia caía sin piedad sobre los soldados, quienes no contaban con cobijas para resguardarse, pero en cambio exteriorizaban en su accionar la valentía engrandecida para impedir que estos inconvenientes climáticos los desconsolaran.

LA LLEGADA DE PANCHO VILLA

Ya tenían algunos días

que se estaban agarrando

cuando llegó Pancho Villa

a ver qué estaba pasando.

Para cuando Villa arribó al campo de batalla, sus fuerzas se encontraban prevenidas y alertas para emprender el ataque. En su pujanza estaba la seguridad de la victoria, ya que los preparativos que Urbina y Ángeles efectuaron con antelación eran implacables. La División del Norte, que además contaba entre sus mandos con Raúl Madero, Eugenio Aguirre Benavides, Maclovio Herrera, José y Trinidad Rodríguez, Rosalío Hernández, Mateo Almanza, Martiniano Servín, Pánfilo Natera, Domingo Arrieta, entre otros, rodeaba ya el contorno de la ciudad, en la que los federales apostaron, a la altura de los cerros que la circundan, todas sus municiones, orientadas hacia los atacantes.

Por la noche, únicamente la luz del faro de la ciudad les funcionaba para intentar seguir los pasos de los revolucionarios, que como Ángeles detalla en el diario que redactó sobre la batalla, alistaban sus posiciones en "[...] una procesión silenciosa, una procesión de fantasmas, alejándose del enemigo que dormía sueños de pesadilla, allá alrededor de aquel faro, que no era sino un símbolo de miedo; que no servía para otra cosa sino para hacer creer que servía de algo". Con la confianza en que la jornada del día posterior sería inolvidable, tras una alegre cena, los revolucionarios se retiraron a dormir. Solamente la lluvia torrencial los distrajo del descanso.

Las órdenes que dio Villa

a todos en formación,

para empezar el combate

al disparo de un cañón.

LA HUÍDA

Al disparo de un cañón,

como lo tenían de acuerdo,

empezó duro el combate

lado derecho e izquierdo.

Apenas pasados 25 minutos, una vez tomado el cerro de Loreto como primera fase del plan, Trinidad Rodríguez recibió un balazo mortal. Pero la muerte del líder, más que provocar abatimiento y aflicción, despertó la fiereza con la que atacaron sus hombres a la desbandada de los federales, quienes huían aterrados hacia las prominencias del Grillo y la Bufa, que resguardaban a los oficiales del gobierno espurio con todos sus bastimentos.

Hacia el mediodía la bandera constitucionalista ondeaba dominadora en el monte de la Sierpe, donde las fuerzas de Servín habían sostenido una perseverante lucha, que en algún momento parecía perdida, pero que con la agilidad de mando que desplegaron Villa y Ángeles, se convirtió en victoria. Así se iba estrechando el campo de acción del bando opuesto, que solamente podía recurrir a ocultarse en la altura de los cerros zacatecanos y, desde ahí, con poca certeza, dirigir sus débiles arremetidas.

En el momento más álgido del combate, cuando Villa y Ángeles observaban cómo sus tropas sufrían por alcanzar las laderas del cerro del Grillo, una explosión a sus espaldas colmó el ambiente a su alrededor de humo y fuego. En primera instancia se pensó que un proyectil contrario había sido encauzado hacia esta posición. Una vez que se dispersó el panorama, la macabra escena de un artillero sin brazos y sin cabeza, junto a otros cadáveres irreconocibles, confirmó que una bomba le había explotado en las manos antes de colocarla en el cañón. El episodio provocó que la congoja comenzara a extenderse entre los revolucionarios ahí presentes. Pero la personalidad de Villa, quien no evidenció ningún temor y aprensión ante la circunstancia, pero sí un dolor inmenso por ver morir a sus muchachos por sus propias armas y no por las del rival, transmitió aliento y arrojo a sus seguidores, quienes, después del desconcierto, se abocaron a continuar la pelea. En el tenor de este episodio, Ángeles pronunció la siguiente arenga: "No ha pasado nada, hay que continuar sin descanso; algunos se tienen que morir y para que no nos muramos nosotros es necesario matar al enemigo. ¡Fuego sin interrupción!". La orden fue acatada sin dilación alguna.

Conforme el día avanzaba, las tropas de la División del Norte se robustecían y los enemigos perdían poco a poco sus posiciones. Alrededor de las cinco y media de la tarde, despavoridos y amilanados ante las acometidas constitucionalistas, sin ninguna posibilidad de obtener el triunfo, cerca de ocho mil soldados federales buscaron frenéticos una vía libre para emprender la huida. Empero, en ese momento no se cumplió la premisa que reza: "a enemigo que huye, puente de plata"; bajo el fuego revolucionario terminaron su existencia. Una hora después, se presentó, literalmente, la calma al término de la tormenta. El saldo era favorable para los divisionarios del norte. La victoria se había consumado. El clima lluvioso desapareció y en el horizonte se vislumbró la puesta del sol, que con sus últimos destellos alumbró al soldado del pueblo como el ejecutor de sus designios.

Les tocó atacar La Bufa

a Villa, Urbina y Natera,

porque allí tenía que verse

lo bueno de su bandera.

"QUIÉN SABE CUÁNTOS MUERTOS HUBO AHÍ"

Las calles de Zacatecas

de muertos entapizadas,

lo mismo estaban los cerros

por el fuego de granada.

El Capitán Primero José María Varela, de Parral Chihuahua, participante de la Toma de Zacatecas, en un video de la Asociación de Documentalistas de México, describe lo que fue la Batalla:

"En Zacatecas no se peleó no más de tres días, llegamos a Zacatecas, llegó el General Francisco Villa a Zacatecas, porque Francisco Villa fue el que atacó Zacatecas y el que tomó Zacatecas también".

"En tres días se tomó Zacatecas, en esas partes cada quién tenía destinada su parte dónde atacar, por ejemplo en Zacatecas a la División del Norte del General Maclovio Herrera, le tocó atacar por la estación, por la estación de Zacatecas, otros pelearon allá por otros rumbos, los que pelearon en el centro de Zacatecas donde hubo esa mortandad en esa casa que volaron con dinamita, hubo muchos muertos".

"Zacatecas está en un hoyo, está rodeada de cerros, y a unos les tocaba por una parte, a unos por otra y a otros por otra".

"Uno daba cuenta de lo que tenía encomendado, pero allá en Zacatecas yo creo que es donde hubo muchos más muertos yo creo que en ninguna parte"

"Había sabe cuántas gentes de esa casa que volaron ´porque según esto había muchos que agarrar en esa casa, la aduana, le decían la aduana, había muchos que agarrar y estaba llena de gente cuando la volaron".

"Pasamos nosotros por ahí nomás, pero vimos ahí entre los montones de escombros que había cabezas, cuerpos, brazos, piernas, pues ahí regadas en todo lo que volaron con pura dinamita".

"Y a nosotros no nos tocó por ahí porque nosotros andábamos por la estación, y como la estación está muy alta y Zacatecas está en un hoyo, en un hoyo, a nosotros nos tocó por ese lado de la estación, pues sí hubo varios muertos ahí, pero no como en esas partes donde volaron esa casa, que quién sabe cuántos muertos hubo ahí".

"Volaron con dinamita, a desaparecerlos, volarlos, hacerlos pedazos".

"En la Revolución hubo hechos muy sangrientos, muy terribles, muchos muy terribles".

¡Ay, hermoso Zacatecas,

mia cómo te han dejado!

la causa fue el viejo Huerta

y anto rico allegado.

LA HUÍDA DE LOS FEDERALES

Ahora sí, borracho Huerta,

harás las patas más chuecas

al saber que Pancho Villa

ha tomado a Zacatecas.

El Cronista de Zacatecas, Manuel González Ramírez, relató que en documentos se ha podido conocer del testimonio de tres oficiales del ejército federal, tras la batalla y toma de la ciudad de Zacatecas, que huyeron y fueron a dar hasta San Antonio, Texas, desde donde rindieron un parte de novedades de lo que vivieron en esos trágicos días y las razones por las que terminaron del otro lado de la frontera con Estados Unidos.

Señala que entre acervos públicos y privados, han aparecido interesantísimos testimonios de todo tipo de personas que aportan datos acerca de esos acontecimientos centenarios.

Por ejemplo, en archivos oficiales del Gobierno Federal, se conserva un expediente que da cuenta de las vivencias y participación de tres oficiales federales que estuvieron en la batalla de Zacatecas de 1914.

Son tres de los sobrevivientes de esa hecatombe que lograron llegar hasta el sur de los Estados Unidos, donde rindieron un reporte ante funcionarios del Consulado de México de San Antonio, Texas, a pocas semanas de la toma de Zacatecas.

Un día antes de la renuncia del presidente Victoriano Huerta, es decir, el 14 de julio de 1914, el capitán primero Emilio Fernández, el capitán segundo Indalecio Solís y el teniente Crisóforo Torres, pertenecientes al Regimiento de Los Santos, presentaron el testimonio de lo que vieron y vivieron en la batalla del 23 de junio de ese año en Zacatecas.

El documento fue remitido al Departamento de Estado Mayor de la entonces Secretaría de Guerra y Marina, donde fue recibido hasta el 18 de agosto de ese mismo año.

Uno de los objetivos de la redacción y firma del documento consistía -según palabras de los propios oficiales-, en la integración de un "memorial circunstanciado de nuestra marcha del Cuartel General del Cuerpo de Ejército radicado en San Luis Potosí", en otras palabras, trataron de explicar las circunstancias que los llevaron hasta la Unión Americana, tras la toma de Zacatecas.

El comienzo del reporte nos aporta un dato de la manera como se fueron integrando las fuerzas federales que defenderían la plaza de Zacatecas ante el inminente ataque de la División del Norte que era comandada por el general Francisco Villa.

Los tres oficiales refieren que se encontraban en el Cuartel General del Cuerpo de Ejército radicado en San Luis Potosí cuando recibieron órdenes superiores para trasladarse a Zacatecas.

De esta manera, su regimiento de Los Santos y otros cuerpos integraron la columna encabezada por el General Olea.

Embarcaron en un tren militar que salió de la capital potosina, el 18 de junio, a las diez de la mañana.

Después de dieciséis horas de viaje llegaron a las dos de la mañana del 19 de junio, a las goteras de la ciudad de Salamanca, Guanajuato.

Tras una escala de tres horas, relatan los tres oficiales, emprendimos "nuestra marcha para Zacatecas y pasamos por las poblaciones de Irapuato, Celaya, Silao y León, llegando como a las siete de la noche a la ciudad de Aguascalientes". Mientras tanto, ese mismo día estaban arribando las tropas de la División del Norte a la estación de Calera, ubicada en las proximidades de la ciudad de Zacatecas.

Vaya noche que debieron pasar las tropas federales que venían desde San Luis Potosí. Además de lo tortuoso de las primeras horas de recorrido, tuvieron que pernoctar en los vagones. Nadie pudo descender.

A las seis de la mañana del 20 de junio, los trenes salieron rumbo a Zacatecas a donde llegaron hasta las ocho de la noche. ¡Un trayecto de 120 kilómetros recorrido en catorce horas! Algunos factores debieron influir para que el traslado fuera pausado y lento. La precaución por la cercanía de las tropas de la División del Norte, el mal estado de las vías o de alguna locomotora, entre otros.

Tardaron 58 horas entre la salida de San Luis Potosí y su arribo a Zacatecas.

Faltaban dos días para la gran batalla del 23 de junio. Cuando los trenes detuvieron su marcha en la estación de Zacatecas, las tropas federales desembarcaron la caballada.

Luego, cuando los soldados ya estaban pie a tierra, quienes integraban el Regimiento de Los Santos recibieron la orden de la Comandancia General de la Plaza de trasladarse de inmediato "a cubrir las alturas del cerro que está al frente del cerro denominado 'Del Padre', siendo cumplida la orden como a las diez de la noche del mismo día", es decir, apenas a dos horas de haber llegado a Zacatecas, ya estaban en su respectiva posición, a poca distancia de la estación del tren, al sur de la ciudad.

Los tres oficiales señalan en su informe que al día siguiente, a las seis de la mañana del 21 de junio, "se distribuyó el dispositivo de combate en todas las principales alturas ocupadas por nuestras fuerzas, principiándose el combate de seguida. Durante todo el día sin interrupciones y parte de la noche, hasta a las once en que fuimos desalojados de nuestra posición, debido a la superioridad numérica del enemigo con quien tuvimos que batirnos cuerpo a cuerpo, siendo el más desesperado ataque que recibimos".

En su reporte refieren que el día 22 de junio de 1914 "como a las 6 de la mañana, se dispuso, por orden superior, que nuestro regimiento y otros cuerpos irregulares, como también infantería de línea, marcháramos sobre el enemigo con el fin de recuperar las plazas perdidas el día anterior, siendo ejecutada inmediatamente, recibiendo por su parte el capitán primero Emilio Fernández, orden de nuestro coronel del (Regimiento) de los Santos, de marchar a la cabeza del primer escuadrón para ocupar el ala izquierda, llevando entre sus oficiales al teniente Crisóforo Torres y ocupando el centro el propio coronel con el resto del regimiento".

"En el alto se trabó un reñido combate avanzando sobre las posiciones ocupadas por el enemigo, de las cuales intentamos desalojar siendo protegidos por la infantería, las cuales debían ocupar en un caso dado nuestras posiciones para nosotros flanquear el cerro ocupado por el enemigo.

"Como a las 11 de la mañana, en un avance rápido que fue ordenado con el fin de tomar un punto de defensa, denominado Los Graceros, frente al cerro que ocupaba el enemigo, fue herido el capitán Solís en la pierna izquierda y el brazo derecho, siguiendo en compañía de su escuadrón hasta ocupar el lugar deseado. Casi al mismo tiempo fue herido el capitán Emilio Fernández por dos balas en la pierna derecha, lo mismo que el teniente Torres que fue herido en la cadera derecha, continuando, no obstante sus heridas, en el combate hasta las 2 de la tarde en que nuestro jefe ordenó fuéramos conducidos al hospital de la Cruz Blanca, en donde realizada la primera atención médica y en la que por falta de localidad tuvimos que alojarnos en el Hotel París, donde ocupamos el cuarto número 9, haciéndonos pasar ante el administrador de dicho hotel como comerciantes procedentes de Aguascalientes.

"Hicimos esto para que en el caso desgraciado de que la plaza fuera tomada por el enemigo y nuestras heridas nos permitieran salvarnos, tener cuando menos una pequeña esperanza para poder pasar como viajeros y no se nos hiciera perjuicio alguno, cuyo estratagema nos sirvió a las mil maravillas como se verá por la continuación del siguiente relato:

"Al amanecer del día 23 se reanudaron los fuegos por todos lados de las afueras de la ciudad, sonando el tiroteo tan nutrido que nos hizo suponer que era el ataque decisivo del enemigo para apoderarse de la plaza. Como a las 4 de la tarde se nos presentó un pasajero del de los que estaban con nosotros en el hotel, manifestándonos que el enemigo había logrado introducirse, lo cual nosotros sabíamos por estar oyendo las descargas de fusilería frente a nuestras ventanas, continuando sin interrupción hasta cerca de las seis y media de la tarde en que oímos unos fuertes golpes dados en la puerta del hotel que nos supusimos serían dados por la culata de los fusiles por la chusma desenfrenada que quería a toda costa que se abrieran las puertas para penetrar, amenazando con echarlas abajo si no se verificaba; se les abrió la puerta y entraron enseguida, a la cabeza de la chusma, un individuo que se titulaba Mayor y cuyo nombre era Carlos González, quien dio la orden terminante de que todos los pasajeros y empleados del hotel bajáramos al local del comedor, lo cual se hizo, siendo enseguida formados en línea y tratados con mil vejaciones y en el momento que trataba de fusilarnos, se presentó un nuevo jefe, cuyo grado era el de Coronel y su nombre Rosalío Villalobos".

Ya con ésta ahí me despido,

con la flor de una violeta,

por la División del Norte

fue tomado Zacatecas.

Fuente: Wikipedia. Juan Castro. El Sol de Zacatecas. 23 de junio de 2014. Creative Commons.

 
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