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LA PENÚLTIMA CAMPAÑA DE FELIPE ÁNGELES

 

La llegada de Felipe Ángeles a Nueva York en julio de 1916 fue como un relámpago al que voltearon a ver todos los residentes mexicanos en esa ciudad.

A lo largo de los últimos años, habían arribado a aquella metrópoli centenares de exiliados mexicanos arrojados por la violencia y por la incomprensión política prohijada por la revolución que se desarrollaba en su país. Había de todos los tintes políticos y de todas las procedencias geográficas: se cruzaban por la calle, a veces sin saludarse, antiguos porfiristas, maderistas, huertistas y, más recientemente, villistas y convencionistas, amén de aquellos que en algún momento de la tormenta usaron una u otra camiseta de acuerdo con la ocasión.

En Nueva York había menos posibilidades de vincularse con la política mexicana, a diferencia de lo que ocurría en las ciudades de la frontera, donde todos los días se hacían y deshacían planes para derrocar al gobierno en turno, que en ese momento era el que encabezaba Venustiano Carranza y que tenía todos los visos de haberse consolidado. En San Antonio o en El Paso, Texas, había desterrados suficientes como para armar dos ejércitos revolucionarios completos y unos tres gabinetes con todos sus secretarios y presidentes incluidos. En Nueva York, en cambio, las noticias de México llegaban difusas y tergiversadas y se notaba una mayor fragmentación política e ideológica; sin embargo, tenía a su favor encontrarse mejor vinculada con los centros de toma de decisiones; en primer lugar, las económicas en esa misma ciudad, y, no menos importante, las políticas, que se definían en la no muy lejana Washington. No era gratuito que mientras en la frontera el grueso de los exiliados eran antiguos revolucionarios, en la costa este, y particularmente en Washington y Nueva York, fueran mayoría los miembros de la vieja elite porfiriana que mantenían vigentes sus antiguas relaciones con capitalistas estadunidenses. De acuerdo con uno de los exiliados revolucionarios, éstos representaban apenas dos por ciento de todos los residentes mexicanos en la Gran Manzana.

Relativamente alejados de las convulsiones de su país, los exiliados neoyorquinos habían visto caer los gobiernos de Madero y de Huerta y habían presenciado cómo se enfrentaban entre sí las distintas facciones revolucionarias arrojando fuera de la patria a un grueso contingente de derrotados villistas y convencionistas. De esta parcela, una porción significativa –más que por su número, por su significación política– fue a dar a aquellas lejanas tierras desde finales de 1915, la mayoría sin dinero y sin contactos en la ciudad.

En esta hornada llegó Felipe Ángeles a Estados Unidos. Salió del país para unirse a otros representantes de Francisco Villa en Washington, entre ellos Enrique C. Llorente, Miguel Díaz Lombardo y Roque González Garza, con el fin de participar en las conferencias en las que villistas y carrancistas buscaban el reconocimiento por parte del gobierno estadunidense. Finalmente, el 19 de octubre de 1915, éste decidió otorgar a Carranza el reconocimiento como gobernante de facto, propinándole con ello una de las derrotas más contundentes al villismo después de los fracasos militares en El Bajío en la primavera y el verano de ese año.

Tras ese episodio, Ángeles, al igual que sus compañeros, decidió permanecer en la nación vecina. Los meses finales de 1915 y los iniciales del año siguiente presenciaron una verdadera sangría en las filas de la otrora poderosa División del Norte, cuyos miembros en número sensible huyeron hacia Estados Unidos ante el cerco militar que hábilmente el grupo vencedor había ido cerrando en torno de su área de influencia. Quienes, como Ángeles, habían salido un poco antes se encontraron en la disyuntiva de regresar a Chihuahua y enfrentar el reclamo de su jefe, siempre temible por fulminante, o enfrentar a Carranza, quien ansiaba verlos, pero muertos o muy lejos.

Al igual que otros miles de compañeros de armas y de partido, el general Ángeles optó por establecerse cerca de la frontera. Con la ayuda de su amigo José María Maytorena, ex gobernador de Sonora y acaudalado hacendado, intentó establecer un pequeño rancho en las afueras de El Paso, al que llamó El Bosque. Sin embargo, sus virtudes como agricultor no corrieron a la par con sus dotes como artillero y la empresa fracasó tras dos años de intentos infructuosos por consolidarla.

El tiempo transcurrido entre 1915 y 1916, si bien se convirtió en una especie de cuarentena militar y política, por otra parte le significó al general una ocasión de adoctrinamiento ideológico que, según sus propias palabras, “lo hizo convertirse al socialismo”. Convencido de que arar la tierra no era lo suyo y convencido también de que era necesario impulsar la transformación de México, decidió iniciar su penúltima campaña dentro de Estados Unidos.

Así, Ángeles llegó como un relámpago a Nueva York. Su prestigio como honorable militar del Viejo Régimen, pero también como artífice de los más sonados triunfos revolucionarios sobre el ejército federal, le dio la autoridad para ser escuchado por tirios y troyanos. Conforme pasaron los meses y se perfiló con mayor claridad su conversión ideológica, fue cuajando también un mensaje con el que pretendía unificar a los distintos sectores de exiliados: el inminente final de la Primera Guerra Mundial traería consigo el peligro de una posible intervención estadunidense sobre México para poner fin a la situación anárquica que reinaba en el país; por tanto, era indispensable que todos los mexicanos en el exilio se organizaran para restablecer el orden en México y evitar así que nuestra soberanía fuera mancillada nuevamente.

Antes, los exiliados habían visto esta amenaza pender sobre su patria y, de hecho, habían visto cómo se cumplía: en abril de 1914 los marines estadunidenses atacaron y ocuparon el puerto de Veracruz, y en marzo de 1916, 4,800 soldados yanquis cruzaron la frontera hacia el sur para perseguir a Villa tras el ataque a Columbus. Igualmente, en ocasiones anteriores, los exiliados habían ensayado iniciativas de organización, como el Partido Legalista Mexicano (1916) y la Liga Nacionalista Mexicana (1916), pero sus diferencias irreconciliables no permitieron que éstas prosperaran.

En esta ocasión, la prédica de Ángeles coincidió con la iniciativa emitida por la Federación Americana del Trabajo, presidida por Samuel Gompers, para que los mexicanos dirimieran pacíficamente sus diferencias. Así, para el otoño de 1918, se habían iniciado los trabajos para organizar la Alianza Liberal Mexicana bajo la iniciativa del general.

Las discusiones acerca de la composición de la Alianza fueron arduas y dividieron a sus potenciales miembros. Por una parte, Ángeles proponía que fueran integrados elementos de todas las tendencias políticas, incluso aquellos que se hubieran opuesto a la Revolución, pues de lo que se trataba era de construir una coalición lo suficientemente fuerte como para lograr un cambio en México que posibilitara su regreso y permitiera la conformación de un gobierno de unidad. Mientras que de otro lado, un sector conformado en su mayoría por antiguos revolucionarios rechazaba la inclusión de porfiristas y huertistas, a quienes consideraban sus enemigos irreconciliables y ante quienes se veían en desventaja numérica, por lo que temían que la Alianza quedara finalmente en sus manos.

Dos fueron los principales enemigos a vencer por Ángeles en esta campaña. En primer lugar, las dificultades económicas. Sin dinero y sin trabajo, el general tuvo que encontrar en Nueva York el sustento diario para su familia. La búsqueda del pan lo llevó a pisar el bajo mundo de la ciudad y a hacerse amigo de vagabundos y de “los negritos”. En esas caminatas concluyó su conversión a la causa de los pobres, que en ese momento era ya su propia causa.

El otro gran enemigo en la campaña fue la profunda y compleja división de la comunidad mexicana en el exilio. No obstante, su plan, inocente para algunos, comenzó a tomar forma. Finalmente, en noviembre de 1918, tras ríspidas discusiones, quedó establecido el Comité Ejecutivo de la Junta local de Nueva York de la Alianza Liberal Mexicana en el número 22 oeste de la calle 78. Quedaron como vocales Felipe Ángeles, Antonio I. Villarreal y Enrique C. Llorente; Enrique Santibáñez fue designado secretario, mientras que Federico González Garza lo fue como tesorero.

Tras redactarse las bases de la Alianza, se emitió una proclama invitando a los mexicanos en el destierro a afiliarse a ella. Dicha proclama, fechada, por cierto, el 11 de noviembre, el mismo día de la firma del Armisticio de Rethondes, que marcó el fin de la Primera Guerra Mundial, pronto comenzó a circular por las principales ciudades estadunidenses y aun en México.

No obstante los numerosos esfuerzos para concretar el proyecto de la Alianza, Ángeles salió para la frontera unos días después de fundada la junta de Nueva York, dejándola así huérfana de padre y a los demás miembros de la misma con la menuda labor de darles seguimiento a los trabajos. Casi al mismo tiempo y por motivos distintos, partió para Texas otro de los artífices de la Alianza, Antonio I. Villarreal, con lo que la orfandad se hizo más visible.

Mucho se ha especulado acerca de los motivos que llevaron a Ángeles a regresar a México para reincorporarse a las fuerzas de Villa. Muy probablemente influyó en esa decisión el hecho de que, tal como se había previsto, la Gran Guerra había concluido y ahora el gobierno estadunidense voltearía con mayor atención hacia el problema político de su vecino del sur, al igual que el hecho de que su penúltima campaña aparentemente había tenido resultados exitosos, es decir, dar los primeros pasos para la reunificación de los exiliados, cuyo único punto en común era su acendrado anticarrancismo.

En efecto, no obstante que los alejamientos de Ángeles y Villarreal significaron un par de estocadas mortales para la junta fundadora de la Alianza Liberal Mexicana, se echaron a andar los mecanismos previstos y la bola de nieve comenzó a rodar muy pronto. En vísperas de Año Nuevo, ya se había fundado la junta local de San Antonio y, en las primeras semanas de 1919, la Alianza se replicaba en Washington, Filadelfia y Los Ángeles. Se dieron los primeros pasos para establecer otra junta en La Habana e incluso se pensó en enviar una representación a París.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que ocurriera lo previsible: las diferencias afloraron dramáticamente en el interior de las juntas y entre las juntas mismas. En Nueva York, por ejemplo, la mayoría antirrevolucionaria tomó el control, con cabezas visibles como Manuel Calero y Jesús Flores Magón, mientras que en Washington, el radicalismo de Miguel Díaz Lombardo no permitió la entrada de otro elemento que el villista y se declaró en franca rebeldía ante la junta fundadora. Igualmente se presentaron diferentes interpretaciones del espíritu de la Alianza: las juntas fronterizas, por ejemplo, creyeron que debían ser el brazo político del movimiento armado que iniciaba el general Ángeles, mientras que, entre los círculos antirrevolucionarios, la Alianza se convirtió en espacio de reivindicación política y en una oportunidad de recuperar espacios en caso de que el movimiento triunfara, de modo que se convirtieron en entusiastas partidarios de Ángeles, mientras que éste fue considerado por los revolucionarios como vocero de la derecha liberal en el exilio. Se dieron casos de verdadera esquizofrenia política, como el hecho de que quien representaría a la Alianza en París sería, ni más ni menos, que Óscar Braniff o que desde Nueva York se pidiera que a los hermanos Madero no se les permitiera obtener alguna cota de poder, “ya que ellos no saben buscar más que su interés personal y el de su tribu”.

Ante este panorama, no debe extrañar que para marzo de 1919 la Alianza estuviera agonizante y que hubieran renunciado ya muchos de los miembros más destacados de las distintas tendencias ahí representadas. Un pretexto muy socorrido en los textos de renuncia fue que la amenaza de intervención había desaparecido merced a la iniciativa de creación de la Sociedad de las Naciones, mediante la cual se dirimiría pacíficamente y de manera multilateral cualquier conflicto internacional. En las semanas siguientes, tanto la junta fundadora como sus descendientes desaparecieron. El destello que el general había llevado consigo a Nueva York apenas unos meses antes había terminado por extinguirse… o quizá se lo había llevado para iluminar su última campaña.

Horas antes de penetrar a territorio mexicano, Ángeles escribió a su entrañable amigo Manuel Calero lo que puede considerarse su carta de despedida, de él y del mundo. Desde El Paso, escribía el 11 de diciembre de 1918:

Yo hubiera querido no estar tan solo, hubiera querido ir acompañado de unos veinte patriotas bien conocidos en la República; pero no los encontré; quizá muchos querían, pero no podían por su educación de gentes refinadas delicadísimas.

Y como el padre que abandona a sus hijos políticos le encarga:

Será una vergüenza para los mexicanos que no agoten sus recursos en la solución de nuestro problema, para evitar la intervención de los Estados Unidos […] Haga usted un bravo llamamiento a todos los liberales, a todos los mexicanos de valía que la intransigencia de algunos revolucionarios haya excluido de la Alianza Liberal Mexicana.

No se le oculta que su última campaña es lo más cercano al sacrificio:

Sabe usted bien que conozco a todo lo que me expongo. Estoy viejo ya [tenía 49 años] y no podré resistir fácilmente la inclemencia de la vida a campo raso, sin alimentos, sin vestidos y sucia en extremo […] A pesar de todo voy con fe, porque voy a cumplir un deber y porque confío en que mis buenos amigos me ayudarán a tener éxito o me vindicarán si fracaso.

Finalmente, también deja encargada a su familia:

Mi hijo Alberto quería venir conmigo, pero yo no quise quitarle su amparo a mi familia […] Él le entregará a usted esta carta. Dígale y aconséjele que no deje de ir a la escuela y al gimnasio los sábados y domingos […] Que sea un caballero por el cuidado de sí mismo, por la moral y las maneras. Que por más que comprenda el atraso de nuestro país y la incomodidad de vivir en él no le pierda el amor y que siempre se considere con el deber de hacer todos los esfuerzos posibles por su mejoramiento. Que no olvide que la felicidad de las masas es condición indispensable para la tranquilidad del país.

Firmó la carta y poco después se perdió en la noche para cruzar el río Bravo hacia el sur, hacia su última campaña, hacia su muerte.

Epílogo

¿Por qué recordar a Felipe Ángeles a 140 años de su nacimiento y a 90 de su muerte?

A las muchas respuestas que pueden surgir de inmediato, propongo dos rutas que a su vez generan más preguntas que respuestas:

La primera. Ahora que estamos en vísperas de conmemorar 99 años del inicio de la Revolución, y más aún, el año que viene, su primer centenario, es menester discutirla, entenderla y apropiárnosla. La figura del general da pretexto para hacerlo. De su trayectoria, en la que se refleja la Revolución en su complejidad, cabe destacar, por un lado, que eso que llamamos revolución no es un evento unívoco y lineal, sino un abanico de procesos a veces contradictorios, entrecruzados, con rupturas y continuidades; y por otro, en su complejidad, la revolución para concluir tuvo que comerse a sí misma: las historias de los exiliados hacen patente la dosis de sacrificio que requirió para llegar a su término; expulsó a sus hijos del paraíso original, los orilló o bien a su destino de perdedores o bien a la autoinmolación, como fue el caso de Ángeles.

La segunda ruta: Cuando se supo de la aprehensión y la inminente ejecución del general en noviembre de 1919, literalmente les llovieron a Carranza y a Obregón centenares de comunicaciones de particulares, nacionales y extranjeros, así como de gobiernos amigos que pedían a las autoridades mexicanas respetar la vida de Ángeles. ¿Por qué? ¿Qué había de especial en este militar que despertaba tanta solidaridad entre gente tan distinta? Porque se iba a cometer –se cometió, de hecho– una injusticia al asesinar a “un hombre sabio, justo y bueno”, como lo caracterizó su amigo, el citado Manuel Calero. La solidaridad hacia Ángeles trascendió su ejecución. Sigue despertando la misma simpatía 90 años después, y más todavía en un momento en el que México no encuentra en sus líderes actuales las virtudes de un hombre como éste.

Cada generación construye sus mitos y sus héroes y la nuestra sigue apostando a figuras como Zapata y Ángeles, representantes del apego a los ideales. Mientras, como sociedad, nos aferremos a la virtud, aún tendremos esperanza.

Fuente: Wikipedia. Articulo autoría de Luis Enrique Moguel Aquino Investigador del INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Bicentenario México 2010. Bicentenario del inicio de la Independencia de México y Centenario del inicio de la Revolución Mexicana. Creative Commons.

 
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