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TESTA PENSANTE EN LA ALHÓNDIGA DE GRANADITAS

 

En realidad puedo hacer un cálculo “a ojo de buen cubero” y espero que, quienes esto leen, no se muestren muy exigentes pues tengo más o menos diez solitarios años habitando en las alturas de este viejo edificio. Debo reconocer que la vista desde aquí es impresionante: la cuenca enorme que encierra a la ciudad de Guanajuato, los montes llenos de verde y el blanco de las piedras calizas que salpican sus laderas como gotas de lluvia sobre su tierra bondadosa.

Si con esto he despertado la curiosidad de quienes transitan por estas líneas, entonces empezaré por decirles que los escasos recuerdos que tengo antes de llegar a esta esquina de la Alhóndiga de Granaditas dentro de una jaula de acero: tienen que ver con batallas terribles, explosiones, olor a pólvora, gritos de júbilo y de dolor… Una obscuridad que repentinamente lo envuelve todo, después de una descarga de disparos que ha tenido a mal obsequiarme el pelotón de fusilamiento del ejército realista.

Pero lo que no olvido —ya ustedes comprenderán por qué— es el entusiasmo contagioso del cura Miguel Hidalgo y Costilla al frente del ejército insurgente conformado en su mayoría por personas del pueblo que valiéndose de toda clase de objetos como fusiles, machetes, palos e inclusive piedras, lograron tomar la ciudad de Celaya. Recuerdo como en la hacienda de Burras nos preparamos para dirigir nuestras fuerzas en contra de la ciudad de Guanajuato, a donde llegamos apenas doce días antes de que iniciara la guerra de Independencia. Durante ese trayecto, Hidalgo continuó recibiendo el apoyo de decenas de habitantes de la región que cansados de la tiranía que sobre ellos ejercían realistas y españoles, decidieron unirse a la causa que veían como única salida a su precaria situación.

Muchos lo saben ya, pero no está por demás abrir la mente a uno de los episodios más gloriosos de nuestra historia por lo que representa y significa. De ahí que me disponga a continuar con este ejercicio de memoria, mientras el sol canicular de esta región del Bajío me cala hasta el cráneo: el 28 de septiembre de 1810 se refugiaron en la Alhóndiga de Granaditas —apenas unas horas antes de que atacáramos con el cura Hidalgo y Costilla  a la vanguardia— tanto el ejército realista como un grupo de españoles, la mayoría de ellos comerciantes acaudalados establecidos en Guanajuato. Estaban convencidos de que la enorme construcción, de altas y gruesas paredes, sería el bastión inexpugnable que los mantendría a salvo de la muchedumbre que ya se desplazaba como una inmensa serpiente, con antorchas y gritando consignas en contra de sus opresores a través de los callejones cercanos; clamando venganza por los maltratos recibidos y, sobre todo, decididos a eliminar el yugo español. La escasa efectividad de nuestro rudimentario armamento y nula preparación castrense de la mayoría de los insurrectos, provocaron en las filas rebeldes numerosas muertes.

Pasa por mi mente como un destello, el desplante de valentía de los trabajadores de la Mina de Mellado, entre los que se encontraba Juan José de los Reyes Martínez, conocido entre sus compañeros como “El pípila”, quien en un acto de heroísmo y ante la ofensiva feroz y devastadora de los realistas decidió acercarse entre balas y otros proyectiles, protegido con una pesada losa en la espalda, hasta el portón principal de la fortaleza para prenderle fuego. Después de ello la fortaleza fue tomada y de esta forma finalizó este memorable episodio.

Siguieron una serie de acontecimientos que dejarían honda huella en el movimiento independentista, en el que siempre estuvo al frente Miguel Hidalgo y Costilla, junto a él y cientos de personas más nos dirigimos a Valladolid, luego a México, trayecto durante el cual conseguimos triunfar en el Monte de las Cruces, sin embargo, en San Jerónimo Aculco no corrimos con la misma suerte pues el general  Félix Calleja aprovechó el desorden de nuestras filas para descargar sobre nosotros todo el poderío de su infantería. Luego de esta derrota nos desplazamos a Guadalajara donde Hidalgo organizó el primer gobierno mexicano independiente y redactó decretos relacionados con la abolición de la esclavitud, la extinción de los monopolios estatales de tabaco, la pólvora y los naipes, la supresión de tributos que pagaban los indios y sobre el uso exclusivo de las tierras de comunidad por sus dueños.         

Ni hablar, la suerte estaba echada, durante la batalla en el Puente de Calderón, Hidalgo y Costilla fue derrotado por Calleja, y poco después fue capturado junto a los que habitamos ahora las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas (Miguel Hidalgo, Juan de Aldama, Ignacio Allende y Mariano Jiménez). Al generalísimo, luego de que compareciéramos ante un tribunal, lo fusilaron el 30 de julio de 1811.

Como dije antes, llevo casi diez años en este sitio, pero, no sé, tengo un buen presentimiento, a pesar de que la existencia dentro de una jaula es dura… ¡Si lo sabré yo! Me he enterado que don Anastasio de Bustamante ha dado la orden de que sean retiradas, de una vez por todas, nuestras cabezas que si bien no serán reintegradas a nuestros cuerpos, estoy seguro que terminarán en un sitio libre de tribulaciones.    

Pues bien, les dejo, hoy es el momento: marzo de 1821. Debo preparar mi viaje al panteón de San Sebastián, en donde seguramente habrá otras historias que recordar.

Fuente: Wikipedia. Articulo autoría de Javier Delgado Solís. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México - Unidad Bicentenario. Creative Commons.

 
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