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EXHORTACIÓN DEL ARZOBISPO DE MÉXICO, A LOS HABITANTES DE SU DIÓCESIS, PARA QUE NO AYUDEN A HIDALGO

 

Exhortación del Arzobispo de México, Francisco Javier de Lizana y Beaumont, a los habitantes de su Diócesis, para que no ayuden a Miguel Hidalgo en la revolución.

Don Francisco Javier de Lizana y Beaumont, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de México, Caballero Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III, del Consejo de S. M., etc.

Mi amado Clero, mis dóciles ovejas y todos los que os gloriáis del nombre cristiano en este Reino tan feliz y singularmente favorecido con la paternal providencia de nuestro gran Dios:

Si los sentimientos del alma pudieran explicarse por la lengua, éste sería el momento feliz en que yo podría declarar el martirio que me oprime al oír que vuestros mismos hermanos preparan sus pies veloces, según la expresión de David, para derramar vuestra sangre, no conociendo la infelicidad en que van a precipitarse por no seguir los caminos de la paz.

Ayudad con votos y súplicas al Pastor que tanto os ama, como en semejante ocasión lo pedía a sus ovejas San León Papa, para que no falte de mí el espíritu de la gracia, ni de vosotros la unidad que estrecha a los fieles en vínculo de paz, conforme a la doctrina del Apóstol.

Es tanto lo que el Señor ama la paz, que no quiso nacer sino cuando todo el orbe se hallaba en ella.

Este es el glorioso nombre que le da Isaías, y así vemos que en aquel sermón que el mismo Jesucristo hizo sobre la montaña, a sólo los pacíficos llama hijos de Dios.

Esta fue la rica herencia que dejó a los Apóstoles al despedirse de ellos, y en aquella oración que hizo al Padre, no sólo pidió que los conservase en paz, sino también que los hiciese uno, como el hijo y el padre lo son; y siendo vosotros llamados en una misma esperanza de vocación, ¿por qué no habéis de tener un mismo espíritu y sentimientos de paz?

Entonces sí que seríais mi gozo y mi corona, porque vería en vosotros una idea de aquel feliz estado de la Iglesia primitiva, en la que toda la multitud de los fieles eran un corazón y un alma.

Lejos de vosotros todo espíritu de partido: nadie diga yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Pedro; Cristo no está dividido.

Sean enhorabuena diferentes los genios, las opiniones, y diversa la suerte y la fortuna: todo esto se debe olvidar cuando se trata de vuestro bien espiritual y temporal.

Este es todo el fondo de nuestra religión; este es el espíritu de Cristo, y el que no lo tiene no es suyo, dice Pablo, sino del diablo.

Ea, pues, hijos míos, mis desvelos por vuestro bien eterno y temporal, y la confianza en vuestra docilidad, excitan mi celo, hoy más que nunca, para libraros de los desastres que os amenazan.

¿Qué espíritu malévolo, qué furia infernal quiere conmover las tranquilas moradas de los pueblos comarcanos, acaso con el fanático y atrevido pensamiento de acercarse a nosotros, sin conocer que vendría a buscar su sepulcro?

¿Acaso porque la divina misericordia quiere compadecerse de tantos infelices extenuados con la escasez, allí mismo el demonio prepara el veneno a los sencillos habitantes? Tal parece su oculto designio.

Y si la Divina Providencia nos quiere dar un nuevo testimonio de protección, congratulémonos, dándole las más sinceras gracias; pero si nuestra ingratitud no reconoce su benéfica mano, temamos su justa indignación.

Sí, amados habitantes, ya lo seáis de mi diócesis, o de otra cualquiera; yo no puedo prescindir de avisaros el riesgo que corren vuestras almas y la ruina que amenaza a vuestras personas, si no cerráis los oídos a la tumultuaria voz que se ha levantado en estos días en los pueblos de Dolores y San Miguel el Grande, y ha corrido hasta la ciudad de Querétaro.

Algunas personas díscolas, entre las cuales oigo con dolor de mi alma el nombre de un sacerdote, digno de compasión y vitando por su mal ejemplo, parece son los principales fautores de la rebeldía.

Dime, dime, pobre engañado por el espíritu maligno, tú que lucías antes como un astro brillante por tu ciencia, ¿cómo has caído corno otro Luzbel por tu soberbia? ¡miserable! no esperes que mis ángeles [así llama la Escritura a los sacerdotes] vayan tras de ti, como aquella multitud que arrastró el ángel cabeza de los apóstatas en el cielo; todos pelearán con el Prepósito de la Milicia Eclesiástica, y no se volverá a oír tu nombre en este reino de Dios, sino para eternos anatemas.

Bendito sea el Señor que me ha consolado con la dicha de que ninguno de mi clero haya manchado hasta ahora la buena opinión, y espero contribuirá como hasta aquí a la conservación de la quietud pública.

Pero ya que al frente de los insurgentes se halla un ministro de Jesucristo [mejor diré de Satanás] preconizando el odio y exterminio de sus hermanos y la insubordinación al poder legítimo, yo no puedo menos de manifestaros que semejante proyecto no es ni puede ser de quien se llama cristiano: es contrario a la ley y doctrina de Jesucristo; y si el observar lo que él mismo nos manda sobre la caridad con nuestros hermanos, os conducirá al cielo, el practicar lo contrario os llevará infaliblemente al infierno.

Mirad qué precursor del Anticristo se ha aparecido en nuestra América para perdernos.

Si yo tratara de probar esta verdad con la multitud de testimonios divinos que la autorizan, me dilataría muelo; pero os hago el honor o justicia de creer que no dudaréis de las proposiciones que un Prelado ingenuo os dice con sencillez esperando le deis crédito.

Cuando tenía el mando político os hablé de la pueril rivalidad y necios partidos de europeos y criollos.

El buen ciudadano no debe conocer otro que el de la religión que le honra y la razón que le ilustra; el buen cristiano, el que prefiere a todo la ley del Redentor, no solamente debe cumplir con los deberes de hombre civil, sino también debe mirar con amor a su prójimo, como Dios se lo manda.

¿Y será amarle inspirar odio contra él? ¿Será amarle afligir su persona y privarle de sus intereses, atentar contra su reposo y vida? Es claro que no.

Pues a esto se dirige el plan inquieto de esos enemigos de vuestra vida e intereses.

Vosotros mismos podéis conocerlo, pues no ignoráis que los capítulos principales de la ley de Dios, comunicada por los profetas, su Divino Hijo y los Apóstoles, son amar al prójimo como a nosotros mismos.

No os dejéis, pues, alucinar de quien os proponga lo contrario; mirad que el interés eterno de vuestra alma es preferible a todos los temporales que falsamente os promete el principal agente de la insurrección, y que ciertamente no lograréis aun en el caso no esperado de que los sediciosos llevasen al cabo sus perversas ideas, que todas se dirigen a perderos y arruinaros.

Se apoderarían entonces de las riquezas y del mando los más atrevidos, y lejos de lograr vosotros felicidad alguna, seríais víctima de la dominación nueva.

Desengañaos, hijos míos, y creed a un padre que os ama con todo su corazón.

Ese Diotrephes, que ha sacado de sus casas a los de San Miguel y Dolores, no busca la fortuna de éstos ni la vuestra, sino la suya; pretende obtener el Principado entre vosotros; el día menos pensado será vencido por otro espíritu peor y más fuerte, que halagará vuestra docilidad con promesas más lisonjeras; mudaréis de jefes, destruyendo mutua y sucesivamente la soberbia del poder de los hijos de Satanás, padre de la mentira; se dividirá el Reino, quedará desolado y será finalmente presa de algún extranjero advenedizo, no gachupín o criollo, sino .

de nacimiento obscuro y dudoso, que no reconozca Dios ni prójimo, y se gobierne únicamente por las ideas y política particular de su ambición ilimitada.

El que confía en hombre es maldito de Dios, como lo dice por su Profeta Jeremías;3 el Señor de la verdad y la paz abomina al varón sanguinario y doloso, y le corta la vida aun antes de la mitad de sus días, cayendo, sin saber cómo, en el lazo que armaba.

¿No lo veis verificado en la revolución de Francia? Algunos pocos han sido ensalzados; todos los demás, o bien han perdido hasta el número de dos millones de hombres en las campañas de veintiún años, o han quedado en la misma indigencia y clase en que estaban colocados, si no han sido reducidos a otra de mayor penuria.

Lo mismo sucedería a vosotros; trabajaríais para engrandecer al más intrépido, y quedaríais casi todos defraudados de vuestros deseos.

El mejor gobierno de cada país es el que actualmente tiene, dijo, ya años hace, sin poder resistir a la fuerza de la verdad, uno de los mayores revolvedores de la Francia, porque son tales y tantas las desgracias que han de intervenir para mudarlo, que jamás podrá compensarlas felicidad alguna.

¿Qué deberá decirse ahora, después de haber aprendido lo que nos enseña el ejemplar de Francia? Es cierto que Napoleón domina, prospera y subyuga; pero este impío, ensalzado sobre los cedros del Líbano por su astucia infernal, dejará de experimentar, cuando menos lo piense, la muerte desastrada que ha sorprendido a todos los demás perseguidores de la Iglesia, como refiere individualmente Lactancia Firmiano en el libro De morte persecutorum: ¿se ha abreviado la mano del Señor o dejarán de cumplirse en algún tiempo sus palabras?

¿A cuántos errores y extravíos os conducirá un hombre que, además de haber prostituido su carácter con odio condenado por nuestra Santa Ley, se ha asociado con algunos otros, publicando la rebelión contra su amante y augusto soberano, en este suelo tan fiel? ¡ Gran Dios! ¿qué mayor daño pudiera causarnos si hubiera venido a nuestro hemisferio el tirano Napoleón, enemigo de nuestra religión y de la patria?

Si este diablo malo hubiese conseguido introducir en medio de nosotros un emisario y colocarlo al frente de un pueblo leal, ¿qué más hubiera podido maquinar contra el trono y vasallos de Fernando? Publicar una guerra civil, desobedecer a las potestades legítimas, autorizar el robo, promover el desorden y dar principio a una serie de males incalculables.

Este es el resultado de lo que ahora parece a los incautos muy lisonjero; pero, ¡ah! ¡cómo lloraríamos todos la suerte infeliz que nos arruinaría, si prosperase tal proyecto tan acomodado a las miras de Napoleón!

¡Qué placer tendría el perseguidor de la Iglesia, si supiese que en la Nueva España un sacerdote había hecho tanto en su favor, cuanto no han podido alcanzar sus emisarios!

No lo permita Dios, ni a la ejemplar y heroica lealtad de este Reino le caiga la mancha de faltar a la palabra que tantas veces ha jurado de ser fiel a su Rey y a las potestades que nos gobiernan en su nombre.

Por fortuna acaba de llegar un jefe que, penetrado del mayor amor a estos vasallos, desea, como a mí me consta por aviso suyo, evitar las funestas consecuencias que a sus súbditos amenazan, si no se aquietan y desisten de sus ideas revolucionarias.

Me consta también que quiere eficazmente la paz y tranquilidad, y que para conseguirla no perdonará medio alguno suave y caritativo.

Verán los inquietos pruebas de su clemencia, si conocen su error y se aquietan; pero si continúan en sus atrevidos pensamientos, no duden también que experimentarán los rigores que dicta la justicia, de que no puede prescindir a pesar de su buena disposición para perdonar, contra unos hombres cuyo fin será la muerte y cuyos estragos trascenderán a todos.

¿Sabéis quién es el autor invisible de esta insolente facción, semejante a la que en otros tiempos se vio en la ciudad de Florencia?

¿Queréis ver sobre la cabeza de los díscolos aquella multitud de cuervos del infierno que, manifestó San Andrés Corsini a los Florentinos, eran la causa de las disensiones?

No necesitáis de esa señal, pues sois cristianos y os creo amantes de vuestro pastor, que, repartiendo el depósito de la doctrina, convierte finalmente sus palabras a los que han dado motivo a esta carta, y penetrado del dolor más íntimo por los amargos efectos, que mira necesarios, les llama, convida y ruega con la paz, diciéndoles bañados sus ojos en lágrimas: por vosotros olvido el cuidado de mi salud, y si pudiese abrir mi corazón veríais que cada uno está en él.

No puedo reprenderos vuestra indiferencia hacia mí; pero ¿de qué servirá, ni vuestro amor a mi pobre persona, ni el mío a vosotros, si no oís mi voz y la obedecéis?

¿Qué consuelo ni vida puede tener un pastor que acaso verá perecer a las almas redimidas con la preciosísima sangre de Jesucristo, si no calma esta tempestad de malvados? ¿y qué puede esperar, estando divididos los ánimos del gachupín y criollo, sino la destrucción de uno y otro?

Ea, pues, carísimos hijos míos, volved a vuestras casas y familias que estarán llorando vuestra ausencia y temiendo vuestra infeliz suerte.

Volved sobre vosotros mismos para que mi alegría sea completa, como dice San Pablo a los Philipenses: 3 todos sois para mí, mi padre, mi madre, mis hermanos, mis hijos; yo intercederé con el Excelentísimo señor Virrey por el perdón, y os aseguro que lo hallaréis dispuesto a perdonaros, usando de toda la indulgencia y equidad posible; no perdonaré medio alguno para hacer presente vuestra docilidad y arrepentimiento, como lo hizo un San Flaviano para conseguir el indulto más cumplido a los vecinos de Antioquía, que habían caído en semejante exceso.

Vosotros, sacerdotes, limpiad con vuestro piadoso celo el borrón con que un ministro del santuario ha tiznado nuestro venerable gremio; sí, vosotros, hermanos míos, debéis ayudarme a llorar el extravío de nuestro hermano y la ceguedad de los que ha engañado.

Vosotros debéis dar lección y ejemplo de la unión, paz y caridad que debe reinar entre todos los fieles.

Vosotros también, ejemplares religiosos, a quienes los Sumos Pontífices llaman tropas auxiliares de la Santa Iglesia y de sus primeras Pastores, debéis distinguiros del resto del pueblo, caminando delante de él con las hachas encendidas en las manos, esto es, con las buenas obras, para que sean imitados de todos y den gloria al Padre que está en los cieloS. ¿Y en qué ocasión más oportuna podréis manifestar vuestra sólida virtud, que en la presente, enseñando, exhortando al pueblo a la unión, la paz y la obediencia; persuadiendo a los débiles y fortaleciendo a los robustos, para que aquéllos no se dejen seducir y éstos se mantengan fuertes en la fe, en la lealtad y en la obediencia a su Dios y a su legítimo Soberano?

Y no creáis, los que os halláis en diferente estado, que no os comprende esta misma obligación: a todos la impuso Dios en el precepto de la caridad; de donde debéis inferir y evitar la reprensible conducta de aquellos que fomentan discordias y preparan a sus hermanos la ruina eterna y temporal.

¡ Quiera Dios que en vosotros y en todos se conserve la preciosa herencia y rica joya de la paz! y mientras en mis tibias oraciones quedo suplicándosela, os bendigo con aquellas palabras del Apóstol a los romanos: El Dios de paz sea con todos vosotroS. Amén.

México y septiembre 24 de 1810.

Francisco,

Arzobispo de México.

Por mandato de S. E. I., el Arzobispo, mi señor.

Dr. D. Domingo Hernández,

Secretario.

Fuente: Wikipedia. "El Clero de México y la Guerra de Independencia", en Genaro García. Documentos Inéditos o muy raros para la historia de México. Biblioteca Porrúa No. 60. Editorial Porrúa. México, 2004. Páginas 385-390. Creative Commons.

 
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