historia.jpg

LAS SOCIEDADES DE FRONTERA EN LA REVOLUCIÓN MEXICANA 1910-1929

 

La sociedad mexicana es condición y manifestación de una compleja trama de relaciones que, grosso modo, podría ser vista como enlaces entre tres conglomerados de individuos que en condiciones geográficas variadas y al paso del tiempo conformaron  características sociales, dinámicas económicas y formas políticas que permiten observar diferenciadamente a la sociedad mexicana, de tal forma que alcanzaría a ser vista como sociedades del centro, sur y norte.

Originalmente las sociedades del centro y sur se erigieron sobre las bases sociales y económicas de las antiguas ciudades indígenas, ya que  junto a éstas se encontraban las riquezas naturales susceptibles de aprovechamiento y se concentraba la mayor cantidad de población. Sobre las milenarias zonas de mando indígena se instalaron áreas de poder español, a través de las cuales se tejieron redes de tráfico comercial, aprovechamiento agrícola, pero sobre todo de explotación minera, con lo cual se implantaron y desarrollaron técnicas e instituciones productivas que afectaron, no sólo los medios naturales, sino los modos de vida de los originales pobladores de la región, de esa manera se fueron trazando los entornos sociales y económicos con todas las desigualdades inherentes al desarrollo mercantil y colonial de la dominación española, explotando los recursos naturales y humanos existentes, e implantando procesos productivos y jerarquías sociales rígidas, o sea, sociedad desigualmente ordenada con una singular estratificación social.

Mientras tanto en el vasto territorio norteño se desarrolló un singular proceso de colonización, ya que aunado a la precaria existencia de población indígena, ésta representó un alto grado de hostilidad y reacia al control; junto a lo anterior, las extremas condiciones naturales propias de la región dificultaron el dominio de aquellas zonas, de tal forma que sólo la tenaz fe religiosa y actividad de las órdenes jesuitas y franciscanas, lograron establecer una red de misiones y presidios que dieron paso a un endeble dominio español en un vasto territorio, en el cual por cierto, al paso del tiempo se haría presente el expansionismo de la sociedad estadunidense.

Así, es posible señalar que las mientras las sociedades del sur y centro del país fueron la base de la Revolución de 1810 y el Movimiento de la Reforma; las sociedades de frontera del norte de México, en gran medida, fueron el motor de la Revolución de 1910.

A inicios del siglo XIX la sociedad del centro fue el núcleo del poder económico, social y político, fue la zona en la cual se concentraron y finalmente afloraron las contradicciones sociales, económicas y sociales de la época y consecuentemente dieron paso a la Revolución de Independencia resquebrajando estructuras coloniales, manteniendo otras tantas y cuajando nuevas organizaciones. Durante gran parte del siglo XIX, la embrionaria formación del capitalismo en México, giró en torno a los proyectos que se configuraron en el centro y parcialmente en el sur, y de manera endémica en el norte, de tal forma que con la leyes de reforma se vislumbraron con más claridad las relaciones sociales de producción capitalistas, y éstas se marcaron con mayor fuerza a través de un proyecto político y social altamente centralizado como lo fue el llamado Porfiriato.

En el vasto norte de México se perfilaron las sociedades de frontera, es decir, extensas regiones formalmente pertenecientes al país y limítrofes con Estados Unidos. Las sociedades de frontera del norte de México se consolidaron mediante un lento proceso de poblamiento; de una precaria producción agrícola dado lo extremoso del clima, la carencia de agua y la existencia del latifundio; de una actividad ganadera que requirió de grandes extensiones de terrenos, y que poco a poco demostró su potencial económico regional; pero sobre todo porque la explotación minera y petrolera influyeron para desarrollar la industria del norte.

Cabe destacar que las actividades agrícolas, ganaderas, mineras y petroleras de las sociedades de frontera del norte de México, se orientaron de manera natural hacía el mercado norteamericano, fortalecido todo ello porque las vías carreteras y ferrocarrileras se encaminaron hacia el mercado del vecino país, más que al nacional.

Dadas las singularidades de las sociedades de frontera del norte de México respecto a las sociedades del centro y sur del país, es posible observar rasgos y funciones de las primeras desde el inicio y durante la Revolución Mexicana.

En relación al inicio de la Revolución Mexicana, es conocido, que mediante el Plan de San Luis, Francisco I. Madero, señaló fecha e incluso hora para comenzar la revolución determinando que “el domingo 20 de noviembre, para que a las seis de la tarde en adelante las poblaciones de la República se levantaran en armas”. (Cassasola, 1973, Tomo 1)

En relación al final de la Revolución Mexicana existen desacuerdos, hay quienes asumen tesis con las cuales interpretan y plantean determinadas fechas para establecer el final de ésta. Por ejemplo, Arnaldo Córdova (1973) con base en la perspectiva de lo que denomina populismo, sostiene que la Revolución terminó en 1917 y que lo demás es una época de ajuste y desarrollo de la sociedad mexicana. Para Adolfo Gilly (1971) la tesis consiste en señalar que la Revolución fue una guerra campesino popular y propone 1920 como fecha final . Enrique Semo (1979) sostiene la idea de los ciclos de revoluciones burguesas, señalando que el final de la Revolución Mexicana se da en 1940.

De manera oficial y durante, poco más o menos, setenta años, para los gobernantes en turno la Revolución no culminaba, entre otras cosas, porque para los sucesivos presidentes ésta era parte de un ritual y un discurso mediante el cual se declaraban revolucionarios, sin embargo, desde la década de los ochenta y hasta la actualidad eso cambió, ahora la Revolución Mexicana se desvanece en aires neoliberales y de globalización, y en todo caso ahora significa un centenario que será significativo quizá algunos días del mes de noviembre, para después pasar a ser un mero registro para el museo de la historia patria, tal vez como una pieza más para el mausoleo de la historia mexicana.

Para desarrollar el escrito denominado: Las sociedades de frontera en la Revolución Mexicana 1910-1929, recuperamos una periodización relativamente amplia, porque notamos que en ese lapso se entretejen múltiples relaciones sociales y políticas, destacando la violencia entre personajes y grupos revolucionarios, que a la postre configuran las bases de la institucionalización política de la moderna sociedad mexicana, del mismo modo identificamos y describimos condiciones y rasgos de movimientos sociopolíticos inherentes a las sociedades de frontera.

La colindancia de éstas sociedades con los Estados Unidos es un factor clave para identificar las condiciones de desarrollo, entre otras cosas, porque la red de inversiones norteamericanas surgieron casi de forma natural a todo lo largo y ancho del territorio de éstas, de tal forma que se puede identificar que las inversiones norteamericanas en la construcción de vías ferroviarias y el uso del ferrocarril, no sólo permitieron enlazar los centros productivos y urbanos de tales sociedades, sino que se encaminaron hacia el mercado económico de Estados Unidos; el descubrimiento y explotación petrolífera en Tamaulipas atrajeron no sólo la inversión norteamericana, sino europea; la proliferación de las inversiones extranjeras en las minas de Sonora, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León; el desarrollo agrícola de Baja California, Sonora, Chihuahua y Tamaulipas orientado hacia la exportación; el estímulo de las comunicaciones marítimas vía los puertos de Tampico y Guaymas; y el notable desarrollo industrial de la ciudad de Monterrey son rasgos y escenarios de sociedades de frontera en donde surgieron movimientos y actores propios, imprimiendo un singular  y regional tatuaje a la Revolución Mexicana. 

Los personajes que se formaron en las sociedades de frontera y que participaron en la Revolución Mexicana experimentaron condiciones naturales que implican vastos territorios, climas extremos y limitada disponibilidad de agua, junto con ello el trato con inversionistas extranjeros principalmente norteamericanos, y por supuesto las relativas oportunidades y facilidades que otorgaba la “línea” para la obtención de recursos y de manera vital, el armamento de la época.

Por supuesto que también se identifican variadas experiencias de trabajo de la población norteña que se suma a la lucha revolucionaria: campesinos asalariados y no asalariados pasan a integrar grupos de combatientes; trabajadores mineros que con sus habituales capacidades técnicas contribuyeron al manejo de la dinamita, para hostigar poblados o volar vías ferroviarias; empleados en la construcción de vías ferroviarias del norte del país; cientos de serranos, vaqueros y arrieros habituados al traslado y uso de caballos para abatir grandes distancias existentes en el vasto norte a través de valles, montañas y desiertos que configuran las regiones de las sociedades de frontera. Los serranos, vaqueros y arrieros son quienes formaron parte de las legendarias caballerías de la Revolución. También se pueden identificar latifundistas, hacendados, personajes burgueses y miembros de clase media que combinaron sus habilidades y recursos para exigir y favorecer reformas acordes a las situaciones regionales y no tanto el centralismo político de la época. En suma, es posible identificar un singular tipo de personajes que tienden a unificarse y a separarse conforme la dinámica revolucionaria se desenvuelve a escala nacional y regional. (Garciadiego, 1986)

La Revolución Mexicana cundió rápidamente en la principal sede de las sociedades de frontera del norte central de México, o sea, Chihuahua, a partir del mes de noviembre de 1910 fueron creciendo el número de levantamientos armados, entre los que destacan, los comandados por Pascual Orozco y Pancho Villa, quienes en mayo de 1911, vencen la resistencia del ejército porfirista en Ciudad Juárez, con lo cual la renuncia del viejo dictador dio paso a la figura de Francisco I. Madero (Krauze, 1987).

Si bien es cierto que al inicio de la Revolución de 1910 las acciones armadas más importantes se dieron en la sociedad de la frontera del norte central, de tal forma que la batalla de Ciudad Juárez dio el triunfo a Francisco I. Madero, el precario equilibrio con el cual este último gobernó, terminó con el golpe de Estado infligido por Victoriano Huerta.

A partir del asesinato de Madero y el golpe de Estado de Huerta los grupos revolucionarios de las sociedades de frontera del norte del país se reorganizaron bajo la dirección de Venustiano Carranza. Éste proclamó el Plan de Guadalupe restableciendo los grupos revolucionarios y en especial los del norte de la sociedad mexicana a través del Ejército Constitucionalista que fue aumentando paulatinamente y fue capaz de controlar el vasto territorio de aquellas sociedades mediante tres frentes: el noroeste al mando de Álvaro Obregón; el norte central con la avanzada de Pancho Villa; y el noreste con Pablo González al frente. (Cassasola, 1973, Tomo 2)

La capitulación del gobierno de Victoriano Huerta marco la total derrota de los restos del ejército porfirista, siendo posible por las intensas actividades militares y políticas desplegadas por los frentes revolucionarios norteños, que como gran abanico militar se abrieron desde las sociedades de frontera y fueron ocupando la mayoría de las zonas norteñas y centrales del país. Sin lugar a dudas que también contribuyó la permanente resistencia y el constante hostigamiento del Ejército Libertador del Sur capitaneado por Emiliano Zapata.

No obstante, una vez vencido el ejército federal, las contradicciones entre los grupos revolucionarios emergieron con singular fuerza, de tal forma que la dirección de Carranza se confrontó con el carisma de Villa aflorando contradicciones no sólo de origen social, sino de proyectos revolucionarios distintos, mientras tanto junto a la figura de Pancho Villa brillaba la de Emiliano Zapata, quienes a su vez establecieron una breve alianza en la llamada Convención Soberana (Womack, 1982).

El enfrentamiento militar entre Constitucionalistas y Convencionalistas no se hizo esperar, los primeros comandados por Obregón y los segundos por Villa combatieron en abril de 1915,  a partir de lo cual, la derrota de Francisco Villa  marco el fin de las caballerías más famosas de la revolución, o sea, los Dorados de Villa, dando paso así a la leyenda del Pancho Villa guerrillero e incluso invasor de los Estados Unidos. Después de la Batalla de Celaya, el llamado Centauro del Norte intentó infructuosamente reorganizarse, con la derrota a cuestas se encaminó hacía Sonora, donde busco apoyo con el entonces gobernador del Estado, José María Maytorena. Ambos pretendieron tomar la ciudad fronteriza de Agua Prieta que estaba ocupada por Plutarco Elías Calles, por supuesto que fracasaron en el intento (Cassasola, 1973, Tomo 3).

Pancho Villa se replegó hacia la sierra, desde donde inició acciones más que militares, guerrilleras, y que en el extremo de sus acciones destaca el famoso ataque al poblado norteamericano Columbus, realizado el 9 de marzo de 1916, al parecer tal acción fue con el fin de reducir el margen diplomático de Carranza con respecto a Estados Unidos, no obstante una de las consecuencias fue que en las sociedades de frontera la población se desarrollo la llamada Expedición Punitiva comandada por el general norteamericano John J. Pershing, quien por cierto fracasó en su intento de capturar a Pancho Villa (Cassasola, 1973 Tomo 4).

Entre 1917 y 1929 surgen procesos que son importantes de identificar, porque si bien es cierto que las bases jurídico políticas del Estado moderno mexicano quedaron asentadas en la Constitución, la creación y consolidación de éste no fue inmediata, ya que por un lado el grupo vencedor dio muestras de descomposición y reacomodo, y por el otro el país se mostraba como un gran mosaico político militar en donde surgían permanentemente numerosos personajes con arraigo, prestigio y poder regionales, que si bien no disputaban el poder central, si se perfilaban con fuerza a escala local.

En las sociedades de frontera del norte de México se registraron movimientos revolucionarios interesados por la dirección de lo nacional a través de la presidencia, así como corrientes revolucionarias inclinadas por desarrollar y mantener el poder local, debido a lo cual la inestabilidad política y militar desembocó en situaciones de violencia.

Si bien es cierto que la gestión de Adolfo de la Huerta como presidente de la República fue breve, es innegable que logró mantener la centralización del poder, venciendo ciertas influencias regionales, pero sobre todo, porque consiguió acotar el riesgo y la fama de Francisco Villa, esto fue posible porque Adolfo de la Huerta le otorgó la amnistía (Cassasola, 1973 Tomo 5).

El entonces presidente experimentó hacía el año de 1920, que el coronel Esteban Cantú concentraba una considerable fuerza en el entonces Distrito de Baja California e incluso sostuvo una relativa autonomía con respecto a los diferentes grupos revolucionarios que se disputaban el control de la nación utilizando como vía la presidencia. Y fue precisamente en el breve interinato presidencial de Adolfo de la Huerta cuando se ajusto tal situación, ya que el poder regional del coronel Esteban Cantú evidentemente era una posición delicada e inaceptable, máxime cuando era una zona con mayor integración hacia Estados Unidos que con el resto del país. Adolfo de la Huerta nombró a Abelardo L. Rodríguez como jefe de una expedición militar hacia Baja California, con el objetivo de expulsar de la región al coronel Esteban Cantú, lo cual no fue necesario, porque Cantú no opuso resistencia y prefirió asilarse en Estados Unidos, debido a lo cual el grupo sonorense logró mantener el pleno dominio del extremo de la sociedad de frontera del noroeste (Durante de Cabarga, 1933).

Durante el periodo de 1917 a 1928 se dio paso a una etapa de reconstrucción nacional, interpretada a través del caudillismo, es decir, la consolidación de una forma de poder encarnado en personajes con experiencia revolucionaria y jerarquía militar cuyo control de los mandos militares es reforzada por la ocupación de la presidencia, así como por las alianzas dadas entre los grupos revolucionarios y el despliegue de una política basada en el populismo.

Álvaro Obregón es quien mejor personificó el caudillismo, ya que aprovechó el carisma personal, la experiencia de sus triunfos revolucionarios, la ascendencia militar y sus habilidades para negociar con jefes y caciques regionales, pero sobre todo utilizó sistemáticamente la violencia como el más efectivo recurso de poder, violencia que irónicamente recayó en su contra.

Durante el caudillismo la consolidación y la estabilización para delinear el moderno Estado significó la violencia, ya que se desataron los lazos del crimen revolucionario con lo cual desaparecieron numerosos jefes y caciques que se opusieron al general Obregón.

Tal es el caso del levantamiento del general Francisco Murguía, colaborador y compañero de Venustiano Carranza en la marcha hacia Tlaxcalaltongo, en donde fue asesinado éste último, cabe recordar que al triunfo del Plan de Agua Prieta se realizó la huida de Carranza. Después de la muerte de Carranza, Murguía se exilió en Estados Unidos, para retornar al país en 1922 y ponerse al frente de una rebelión en contra de Obregón.

En relación con este levantamiento, dos de los testigos más connotados de la Revolución Mexicana, narran en una cuantas líneas los sucesos, por ejemplo, Portes Gil en sus escritos autobiográficos (1964), señala brevemente lo relacionado con el levantamiento de Murguía; Gustavo Cassasola indica a su vez lo ocurrido con el general Murguía (1973) de forma muy reducida; por otra parte, Aguilar Camín, en su etapa de investigador (1982), al parecer, juzga poco trascendente las acciones de Francisco Murguía.

Si bien es cierto que el levantamiento no tuvo las repercusiones nacionales de otros movimientos y amenazó en muy poco el poder del caudillo, tuvo especial importancia en la sociedad de fronteras del noroeste de México, ya que durante los seis meses que duró, se manifestaron dos singulares personajes de la época revolucionaria, por un lado, el general Juan Carrasco originario de Sinaloa y Jefe de Operaciones Militares de Baja California, Sonora, Sinaloa y Nayarit; por el otro Abelardo L. Rodríguez originario de Sonora y Gobernador del entonces Distrito de Baja California.

El general Juan Carrasco apoyó la oposición de Murguía en contra de Obregón, convirtiéndose en un antagonista regional, a través de un manifiesto descalificó al gobierno de Obregón, porque era producto de un acto ilegal, es decir del asesinato de Carranza, también señalaba que el grupo sonorense trataba los asuntos nacionales como negocios particulares, ya que comprometía los intereses y riquezas del país a Estados Unidos, lo anterior era una clara referencia a los llamados Tratados de Bucareli. El manifiesto de Carrasco señalaba que en el gobierno sólo tenían cabida los sonorenses, quienes ocupaban los cargos clave del gabinete presidencial, jefes de operaciones militares y funcionarios del gobierno, y añadía que a algunos gobernadores de los estados no se les respetaba el fuero constitucional, ya que muchos habían sido destituidos de sus cargos por oponerse a la prepotencia y arbitrariedades de los sonorenses. Finalmente los rebeldes enumeraban una larga lista de personajes asesinados a manos de los sonorenses y señalaban que por todo lo mencionado un grupo de generales asentados en Sinaloa, Durango, Nuevo León, San Luis Potosí, Hidalgo, Querétaro y Veracruz manifestaban su derecho a la oposición armada en contra del gobierno obregonista (Casassola, Tomo 5).

Como hemos indicado en líneas anteriores, el levantamiento duró aproximadamente seis meses, tiempo durante el cual los rebeldes actuaron con mucha desorganización, influyendo entre otras cosas, la lejanía geográfica en la cual se ubicaban los diferentes generales que firmaron dicho documento. No obstante, en la región noroeste, el general Juan Carrasco mantuvo la resistencia armada, al grado que fue necesario que el gobierno obregonista reforzará la presencia militar en la zona. Para ello se ordenó al general Abelardo L. Rodríguez eliminar a Carrasco, lo que finalmente fue posible por la superioridad militar y por la organización política que el obregonismo mantenía en la sociedad de frontera del noroeste. Con lo anterior, el poder del caudillo central se fortaleció y paralelamente debilitó las bases de jefes regionales, del mismo modo permitió que personajes como Abelardo L. Rodríguez sumará puntos para futuras actividades políticas.

Otro levantamiento, quizá altamente significativo, fue el encabezado por Adolfo de la Huerta, motivado por la sucesión presidencial, que finalmente fracturó al grupo sonorense. En aquella ocasión el ejército se dividió, mientras que el general Adolfo de la Huerta logró reunir aproximadamente a 60 mil efectivos diseminados en Veracruz, Jalisco, Guerrero y Puebla; a su vez el presidente Álvaro Obregón, concentró 23 mil miembros del ejército, ubicados estratégicamente en el país. La situación se solucionó favorablemente para Obregón, porque el genio militar del aún presidente fue decisivo para sacar ventaja de la dispersión con la cual se movieron los rebeldes y debido a que el reconocimiento diplomático de Estados Unidos se tradujo en los hechos, a cerrar la frontera norte de México a los rebeldes e impedirles la obtención de municiones, armas y pertrechos para sostener el levantamiento. Como consecuencia Adolfo de la Huerta y algunos de sus aliados fueron expulsados del país y otros asesinados en enfrentamientos armados, lo que permitió a Obregón eliminar a notables caudillos que hasta ese momento controlaban grupos armados (Casasola, 1973, Tomo 6).

La sucesión presidencial se decidió a favor de Plutarco Elías Calles (1924), quien en su gobierno heredó casi idénticos problemas, e incluso surgieron unos nuevos, por una parte las tareas de reconstrucción nacional fueron las mismas que las de gobiernos anteriores, por otra el enfrentamiento con la iglesia y con Estados Unidos adquirió singular fuerza, pero quizá el más delicado fue el planteado por el mismo Obregón al intentar el regreso a la presidencia.

Cuando Obregón decidió retornar a la presidencia contaba con los apoyos necesarios para llegar por segunda ocasión al poder y ello se demostró cuando en la cámara legislativa los obregonistas lograron dividir y derrotar a los laboristas, así como aprobar las enmiendas a los artículos 82 y 83 constitucionales para facilitar realmente una reelección, aunque técnicamente se trataba de una elección más. Por supuesto que la inconformidad surgida al interior del grupo sonorense fue solucionada con la brutal represión en los parajes de Huitzilac (Loyola, 1980; Cassasola, 1973, Tomo 6).

Cuando parecía que el caudillo había superado todos los obstáculos para lograr por segunda ocasión la presidencia del país, tropezó con un oscuro sujeto ligado a la Iglesia, quien le dio muerte, con lo que virtualmente fue el fin del caudillismo.

La desaparición del caudillo provocó muchas reacciones, entre la cuales destacaron el riesgo de disgregación de la organización política existente a nivel nacional, por lo cual entraron en operación instrumentos de control y dominio desde el centro asociados a los mecanismos de los poderes regionales, así como el surgimiento de resistencia tanto a nivel central como a escala regional, asociaciones y oposiciones que a la larga favorecieron la centralización del poder.

La centralización del poder tuvo como soportes el desmantelamiento de una de las más poderosas confederaciones obreras que ha conocido el país, la Confederación Regional Obrero Campesina (CROC); la desarticulación del poder civil obregonista y la derrota militar aplicada a su fracción más radical; y por supuesto la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR).

La constitución del PNR se vio minimizada, porque en la misma fecha de creación de éste, ocurrió el levantamiento escobarista, no obstante el partido constituyó el mejor instrumento de pacificación e institucionalización de la vida política de la sociedad mexicana.

Durante el periodo de 1928 y 1929 se confrontaron dos poderes, por un lado los obregonistas quienes se caracterizaron por ser un grupo amplio y heterogéneo, con múltiples polos de poder a escala central y regional; por el otro, los callistas que en principio fueron un sector compacto y que basaron su triunfo en gran medida a través de la institucionalización y la centralización del poder.

Como ya se dijo, la desaparición del caudillo provocó, entre otras cosas, la amenaza de disgregación política a nivel nacional, por lo que los instrumentos de control y dominación centrales, así como los mecanismos de poder regionales confluyeron en una singular dinámica, que a la postre favoreció la centralización del poder a través de modalidades institucionales relativamente nuevas.

Ahora bien, para comentar y explicar la relevancia del levantamiento Escobarista, es necesario reconocer que la desaparición del caudillo fue uno de los factores significativos, pero también es pertinente advertir que un amplio conjunto de acciones implantadas por los callistas orillaron a la fracción radical obregonista a rebelarse.

Desde principios del los años 20 la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM) se perfiló como uno de los mejores instrumentos políticos para organizar y controlar a los trabajadores mexicanos y a la vez como una institución de soporte político para los gobernantes en turno. No obstante, fue en el periodo presidencial de Plutarco E. Calles cuando los dirigentes de la CROM lograron concentrar enorme fuerza al controlar contingentes de trabajadores a escala nacional y obtener posiciones de poder en el gobierno de Calles, por supuesto que éste permitió lo anterior, quizá para proyectar su propio poder y contrarrestar la fuerza política del caudillismo.

Mientras que a escalas centrales los líderes de la CROM lograron, con la anuencia de Calles, ocupar importantes cargos legislativos y administrativos, a niveles regionales la presencia de de éstos, se lograban mediante múltiples alianzas establecidas con los caudillos y caciques locales, aunque cabe destacar que la influencia regional de la CROM era importante, la presencia se daba preferentemente en el centro y sur de la sociedad mexicana y no así en el norte de México.

Debido al poder que concentró la CROM y a la permanente oposición que sus líderes mantuvieron contra Obregón, a la muerte de éste, los obregonistas acusaron al líder de la confederación, Luis N. Morones, del asesinato del caudillo, con lo cual involucraban al propio Calles.

Al respecto, Calles se movió cautelosamente, máxime cuando el obregonismo mantenía una ramificación de poder  escala civil y militar, él se deslindó de los cromistas, al grado de sacrificar al más connotado líder de esa organización que le había proporcionado cierto poder. Lo anterior provocó, en algunos sectores obregonistas, una excesiva confianza, sobre todo en aquellos que habían presionado a Calles para que destituyera a Morones y a funcionarios ligados con éste, no obstante, lo expresado lejos de ser una muestra de debilidad por parte del aún presidente, formaba parte de un plan cuya finalidad era superar la crisis política del momento.

Aunado a lo anterior Calles expresó en su último informe de gobierno, no violentar la sucesión presidencial, negándose a extender su gobierno, pero también señaló, entre líneas, renovar los cuadros políticos y en apariencia dar acceso a los obregonistas, con lo cual logró contrarrestar los ataques de éstos.

Con la declaración de Calles, quedaba en claro que el problema principal era la designación del sucesor de Obregón, en consecuencia surgieron candidatos, entre los que predominaban miembros del ejército, como los generales Manuel Treviño, José Gonzalo Escobar y Juan Andrew Almazán, así como los civiles Eduardo Neri y Emilio Portes Gil.

La neutralización de los militares que pretendían suceder a Obregón, fue una tarea delicada y difícil que el propio Calles se impuso, la forma de llevarla a cabo fue aprovechando al máximo su investidura oficial en la reunión que tuvo con los oficiales más connotados del ejército, en aquella ocasión tanto los generales de filiación obregonistas como a los que se mantenían leales al gobierno, Calles les logró arrancar un frágil acuerdo de no intervención del ejército en la sucesión presidencial.

Sin embargo, el poder de los obregonistas no estaba sólo en las bases del ejército, sino en los ámbitos legislativos, o sea, que en la cámara de diputados existían personajes identificados con el caudillismo. De allí que era necesario vencer la agitación que los obregonistas realizaban al interior de la cámara de diputados,  en donde habían logrado presencia y triunfos inobjetables, al respecto se afirma que “Ricardo Topete, quien permanecía como líder de la facción obregonista de la Cámara de Diputados junto con Manrique y Soto y Gama, comenzaron juntas secretas para elegir presidente al margen del Ejecutivo. Ante esto Calles debió actuar con urgencia para destituir a Topete de su cargo, puesto que interfería en sus propósitos de controlar las cámaras y en sus pretensiones conciliatorias (Loyola, 1980).

Para neutralizar las acciones obregonistas en la cámara de diputados, Calles se apoyó en legisladores como Gonzalo N. Santos, Marte R. Gómez y Saturnino Cedillo con quienes logró quebrar las posiciones de los obregonistas.

Una vez que Calles realizó lo anterior, es decir, propiciar el desmantelamiento de la CROM y desacreditar a Morones; alejar momentáneamente a los militares de la sucesión presidencial; y neutralizar a los obregonistas en la cámara de diputados, su interés se centró en el nombramiento del sucesor presidencial.

Probablemente la fracción más radical del obregonismo, es decir los militares identificados con el caudillismo, vieron en las acciones de Calles signos de debilidad, ya que fueron grupos obregonistas quienes solicitaron la desaparición de la CROM y la destrucción del porvenir político de Morones; del mismo modo, la reunión de Calles con los militares no la habían solicitados los generales, sino el propio presidente; y finalmente la elección de un obregonista en la sucesión presidencial, tal y como lo aparentaba Emilio Portes Gil, fueron factores que hicieron cree a la fracción radical del caudillismo que aún podían mantener importantes márgenes de poder.

Sin embargo, durante la presidencia del licenciado Emilio Portes Gil, las formas de poder institucionalizadas se fortalecieron en detrimento de los moldes caudillistas, a tal grado que la fracción radical obregonista se vio imposibilitada de recuperar terreno y a la vez se le fue asimilando mediante embrionarios mecanismos de poder institucionalizado. Paradójicamente la Rebelión Escobarista y la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR) coinciden, de tal forma que la primera opacó el nacimiento del partido, que a la larga fue el instrumento más adecuado para mantener y concentrar el poder.

La rebelión escobarista se caracteriza por ser un levantamiento militar que puso relativamente en peligro el naciente poder del nuevo Estado mexicano, ya que se señala que no obstante la crisis política desatada a raíz del asesinato de Obregón y la existencia de la Guerra Cristera en importantes regiones de la sociedad mexicana, el poder central fue capaz de emerger con fuerza y al paso del tiempo consolidarse a través de mecanismos institucionales.

Al respecto se indica que lo anterior fue posible porque el gobierno de ese entonces contó con el apoyo y lealtad de la mayor parte del ejército federal, así como del reconocimiento del gobierno de Estados Unidos, de tal forma que la desarticulación y posterior derrota del movimiento escobarista se realizó sin mayores contratiempos.

Sin embargo, tal perspectiva deja de lado una serie de sucesos que a escalas regionales  influyeron para que el levantamiento escobarista no cobrará mayor impulso, tal y como ocurrió en las sociedades de frontera, regiones en donde confluyeron situaciones locales e incluso internacionales para apoyar al poder central y sofocar a los rebeldes.

Por otra parte desde finales de 1928 era del conocimiento oficial que un grupo de militares de filiación obregonista estaban dispuestos a levantarse en armas para lograr la continuidad del proyecto político del caudillo, no obstante las acciones puntualmente realizadas por el poder callista aislaron a éstos, al grado de empujarlos a la insurrección.

La rebelión escobarista se fraguó en la sociedad de frontera noroeste, ya que los primeros intentos se dieron en Huatabampo, Sonora, durante la inhumación del general Álvaro Obregón. En ese acto, el general Fausto Topete gobernador del estado de Sonora, se dirigió a los principales personajes de la reunión, aparentemente de filiación obregonista, buscando establecer el consenso para publicar un manifiesto en contra del general Calles, sin embargo no se logró la plena adhesión de los asistentes, entre otras cosas, porque el general Abelardo L. Rodríguez, se negó a participar en dicha acción e incluso intentó desalentar a los miembros más connotados del grupo, pero a la vez, puso al tanto de los sucesos al entonces presidente provisional, Emilio Portes Gil. (Durante de Cabarga 1933)

Originalmente el levantamiento escobarista se desarrolló en los estados de Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Oaxaca y Veracruz, sin embargo, la relativa dispersión en la cual se encontraban y se movilizaban los rebeldes, y debido al control oficial de las demás regiones del país y en particular del noroeste, el levantamiento fue sofocado.

Con el Plan de Hermosillo la fracción militar y más radical del obregonismo impugnó el orden existente e intento recuperar la fuerza perdida ante el callismo, en dicho documento se convocaba al pueblo mexicano a levantarse en armas y liberarse de la presencia del general Calles y a desconocer al presidente provisional, del mismo modo se proponía como Jefe Supremo de la rebelión al general Gonzalo Escobar, en el mismo documento se pretendía lograr alianzas con las fuerzas cristeras y civiles que luchaban en contra de Calles (Cassasola, 1973).

Para obtener una descripción de los movimientos militares ejecutados por el ejército federal, se pueden consultar varios autores, entre los que destaca Lorenzo Meyer, quien narra el desplazamiento del ejército federal desde el centro hacia las regiones, de tal forma que se mantiene la visión tradicional acerca de la inherente debilidad del movimiento escobarista y la fuerza del poder militar para dar cuenta del levantamiento y sus ramificaciones locales (Meyer, 1978).

Sin embargo durante la insurrección escobarista, confluyeron situaciones regionales e incluso internacionales que contribuyeron para que el gobierno central mediante los desplazamientos militares a las distintas regiones en donde se focalizaron los levantamientos escobaristas se sofocaran. El mando militar se le dio al propio Plutarco Elías Calles, de tal forma que acompañó al general Juan A. Almazán para desarticular la insurrección en Nuevo León, Coahuila y Chihuahua. También se coordinó con el general Lázaro Cárdenas para apoderarse de Sinaloa. Y finalmente se dirigió a sofocar la rebelión en Sonora, no sin la ayuda del general Rodríguez.

Indudablemente que un factor de índole regional que favoreció el triunfo que obtuvieron los militares del centro, fue la presencia y actividad militar desarrollada por el general Abelardo L. Rodríguez desde el extremo de la sociedad de frontera del noroeste. El papel desempeñado por tal general, fue significativo, entre otras cosas, porque resguardó militarmente las ciudades fronterizas más importantes y hostigó permanentemente a los rebeldes, no obstante que éstos contaban con mayor cantidad de efectivos y controlaban prácticamente Sonora. Las tareas militares asignadas al general Abelardo L. Rodríguez en contra de los escobaristas fueron: a) asegurar el Distrito de Baja California en contra de cualquier invasión por parte del enemigo; b) distraer la atención de los rebeldes mediante columnas volantes obligándoles a descuidar las plazas controladas por éstos; y c) obligar a los rebeldes a penetrar en el Desierto del Altar y batirlos mediante la aviación (Durante de Cabarga, 1933).

Aunque era del conocimiento oficial la alta probabilidad de un conflicto armado en la sociedad de frontera del noroeste de México, Portes Gil tomó medidas tardíamente, de tal forma que cuando estalló la rebelión, la avanzada militar del gobierno sólo pudo llegar a Mazatlán. Mientras tanto y no obstante el relativo aislamiento en el cual se encontraba Baja California, el general Abelardo L. Rodríguez fue capaz de movilizar las tropas a su mando, de contar con el apoyo de voluntarios y aprovechar al máximo las relaciones oficiales existentes con Estados Unidos para enfrentar a los rebeldes.

Una de las primeras acciones realizadas por el general Rodríguez fue la ocupación y resguardo de las cuatro principales ciudades de las sociedades de frontera del noroeste del país: Tijuana, Mexicali, San Luis Río Colorado y Naco. Para lograr lo anterior realizó dos acciones, primero controló San Luis Río Colorado y extendió una brecha hasta Sonoíta, por cierto que se aprovechó el apoyo y las facilidades dadas por Estados Unidos para la obtención de maquinaria en la apertura de caminos, la importancia de dicho ramal fue la de mantener una base de paso y apoyo para hostilizar a los rebeldes que se habían hecho fuertes en Hermosillo, Guaymas y Cajeme; después se desplegó una intensa campaña de proselitismo gubernamental para desalentar la participación de los militares aliados a los rebeldes, para ello se adquirieron en Estados Unidos, aviones y a los pilotos se les ordenó que sobrevolaran los campamentos de los amotinados y mediante volantes se invitaba a los soldados y militares a negarse a participar en el levantamiento.

El general Rodríguez dirigió sus fuerzas para hostigar a los rebeldes desde San Luis Río Colorado-Sonoíta aplicando actividades militares de forma intermitente, una especie de guerrillas mediante las cuales acosó a las fuerzas militares destacadas en Guaymas, aprovechando las conexiones carreteras para intercomunicarse con Nogales y mantener la fortificación de la ciudad de Naco. 

De esta manera el general Rodríguez logró mantener el control de las cuatro ciudades fronterizas más importantes de la sociedad de frontera del noroeste de México y con ello impedir una invasión rebelde en Baja california.

Cuando las fuerzas gubernamentales habían dado cuenta de los levantamientos en otras regiones del país se dirigieron hacía la sociedad de frontera del noroeste, mientras tanto el general Fausto Topete y sus tropas intentaron recuperar la ciudad de Naco, sólo que les fue imposible y fueron repelidos en un primer y segundo intento, al grado de ser atacados y obligados a internarse en el desierto en donde fueron hostilizados por la aviación.

Por otra parte las guerrillas implantadas desde San Luis Río Colorado y Sonoíta, fueron tan efectivas que los escobaristas sufrieron ataques en Guaymas, al grado que se vieron obligados a atacar a las columnas volantes, con lo cual el puerto de Guaymas resultó ser una plaza relativamente vulnerable, aunado a lo anterior la comunicación y coordinación establecida entre el general Rodríguez y el general Calles fue tal, que en una de las incursiones rebeldes en contra de las columnas volantes, fue posible el desembarco de las fuerzas gubernamentales en Guaymas.

Paralelamente a la Rebelión Escobarista se constituyó el Partido Nacional Revolucionario, no obstante que la creación de éste se vio relativamente minimizada, fue a la larga el mejor instrumento de pacificación e institucionalización de la vida política nacional. Los distintos personajes, grupos y organizaciones revolucionarias existentes en el país, accedieron a dirimir sus diferencias al interior del Partido, lo que resultó tan efectivo que le permitió a Calles convertirse en la figura central de la época, el tránsito entre el caudillismo y la institucionalización, tuvo que recorrer una etapa llamada "Maximato", la cual indica el enorme poder que concentró Plutarco Elías Calles, aunque después se ajusto esta situación a través de políticas institucionalizadas.

Bibliografía: Acuña, Rodolfo, 1984, Caudillo Sonorense: Ignacio Pesqueira y su tiempo, México, ERA. ; Aguilar Camín, Héctor, 1977,  La frontera nómada. Sonora en la Revolución Mexicana, México, Siglo XII. ; Bartra, Armando, et. al., 1979, La guerra de clases en la revolución mexicana (Revolución permanente y autoorganización de las masas) en Interpretaciones de la Revolución Mexicana, México, Ed. Nueva Imagen.  ; Bataillon, Claude, Las regiones geográficas en México, México, Siglo XXI.  ; Casasola, Gustavo, 1973, Historia Gráfica de la Revolución Mexicana, Tomos 2, 3, 4,5, y 6, México, Trillas.  ; Córdova, Arnaldo, 1973, La Ideología de la Revolución Mexicana. La formación del nuevo régimen, México, ERA. ; Durante de Cabarga, Eduardo, 1933, Abelardo L. Rodríguez. El hombre de la hora, México, Botas.  ; Garrido, Luis Javier, 1986, El Partido de la Revolución Institucionalizada. La formación del nuevo Estado en México, México, SEP. ; Hall, Linda, 1981, Álvaro Obregón. Poder y Revolución en México 1911-1920, México, FCE. ; Garciadiego, Javier, 1986, El Estado Moderno y la Revolución Mexicana en La Evolución del Estado Mexicano, México, Caballito.  ; Guzmán, Luis, 1967, Memorias de Pancho Villa, México, Compañía General de Ediciones. ; Herrera, Pablo, 1976, La colonización del Valle de Mexicali, México, UABC. ; Krauze, Enrique, 1987, Místico de la libertad, Francisco I. Madero, México, FCE.  ; López Ochoa, Marco Antonio, 1989, Sonora: Tierra de Caudillos. Capitalismo y Dominación en Sonora (1880-1984), México, Unison. ; Loyola, Rafael, 1980, La Crisis Obregón-Calles y el Estado Mexicano, México, Siglo XXI.  ; Medin, Tzvi, 1982, El minimato presidencial: historia política del maximato, 1929-1935, México, ERA.   ; Meyer, Lorenzo, et. al., 1978, Historia de la Revolución Mexicana. Periodo 1928-1934. Los Inicios de la institucionalización. La política del maximato. México, Colegio de México. ; Portes Gil, Emilio, 1964, Autobiografía de la Revolución Mexicana. Un tratado de interpretación histórica. México, Instituto Mexicano de Cultura. ; Rodríguez, Abelardo, 1928, Gobierno del Distrito Norte de la Baja California. Memoria Administrativa. 1924-1927. ; Semo, Enrique, 1979, Reflexiones sobre la revolución mexicana, en Interpretaciones de la revolución mexicana, México, ERA.  ; Womack, John, 1982, Zapata y la Revolución Mexicana, México, Siglo XXI.

Fuente: Wikipedia. Articulo autoría de Luis Héctor González Mendoza. Revista Universitaria. Viernes 27 de Agosto de 2010. Universidad Pedagógica Nacional. UPN-SDI. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla Creative Commons.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia