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PADRE AGUSTÍN FISCHER EN EL SEGUNDO IMPERIO MEXICANO

 

August Gottlieb Ludwig Fischer nació el 22 de junio de 1825 en Ludwigburg, Wurtemberga, a unos 10 Km. al norte de Stuttgart, como hijo de un carnicero.

Fischer fue un personaje muy importante durante el Segundo Imperio mexicano. Hacia el final, fue el hombre de más confianza de Maximiliano, y antes de eso fue su representante ante el mismísimo Papa, con quien trató de lograr un acuerdo respecto a las tensas relaciones que había entre la Iglesia y el Estado en México. Los historiadores están de acuerdo en que el padre Fischer era un hombre muy hábil, excelente negociador, culto, políglota y amante de la belleza femenina.

Todo lo anterior invita a pensar que se trataba de un aristócrata austriaco, metido a religioso como el segundón de una familia noble, la misma que lo había provisto de una impecable formación moral y académica, y que había viajado a México formando parte del sequito de ochenta y tantos personajes que llegaron junto con Maximiliano. Pero no es así.

Siendo apenas un adolescente emigró a los Estados Unidos para escapar de la policía después de protagonizar una pelea y para buscar fortuna. El viaje terminó en un naufragio donde murieron una tía suya y varios primos, pero él sobrevivió. Sabiendo que no era fácil superar la pobreza en sus condiciones, hizo acopio de su disciplina alemana para llenarse de conocimientos y buscar la manera de sobresalir. Aprendió rápido el inglés y el español y se hizo cura jesuita, la única posible carrera universitaria a la que podía aspirar. Pero su condición de sacerdote no le impidió tener mujer e hijos, aunque no se casó.

Emigró al norte de México, dejando a su familia en Estados Unidos, y se estableció en Durante, donde llegó a ser secretario del obispo en turno. A estas alturas ya le daban frutos su cultura y su fuerte carácter, características suyas que todos notaban. Al parecer intentó ennoblecerse inventando que descendía, por línea bastarda, de los reyes de Wurtemberg. O alguien más dio pies al rumor, porque se puede leer en algunos libros.

En 1852, con 27 años, estuvo en Durango, donde el obispo de la diócesis, José Antonio Laureano López de Zubiría y Escalante le ordenó sacerdote y le hizo su secretario. Sin embargo, perdió este puesto, debido a una nueva relación amorosa con una sirvienta de la casa obispal. Juntamente con ella Fischer salió de Durango. Desde este momento, no sabemos nada de sus andanzas, hasta que reapareció como párroco en el pueblo de Parras, en el estado de Coahuila, donde logró ganar la protección e incluso la amistad de Carlos Sánchez Navarro, latifundista y líder del partido conservador. Además, supuestamente, Fischer fue confesor de la esposa de Carlos Sánchez Navarro, Dolores Osío. Esta relación estrecha con las altas esferas conservadoras le brindó la ocasión de demostrar sus habilidades políticas.

En 1860, durante la guerra de la Reforma, el párroco de Parras, sustituyó el adorno de un óleo de santo de su iglesia por una imitación, entregando el oro al apoderado del general Miramón. De ello le hicieron más tarde reproches a Fischer, pero el padre pudo basarse en una orden del arzobispo de México, Lázaro de la Garza, del 21 de agosto de 1860, según el cual las corporaciones y comunidades eclesiásticas tenían que entregar sus joyas a las administraciones locales de hacienda, para su reenvío a la Casa de la Moneda. En los vaivenes la guerra de Reforma, Miguel Miramón alcanzó algunos triunfos militares, pero finalmente tuvo que salir del país. La Republica restablecida fue víctima de la intervención francesa, que estableció la regencia.

En 1863 fue enviado a Roma, donde permaneció un año y logró estar allí cuando el ya emperador Maximiliano fue a visitar al Papa. En Roma se conocieron, pero sus relaciones se fortalecerían más adelante.

En la ciudad eterna pasó casi un año, y supuestamente entró el contacto con José M. Gutiérrez de Estrada, propulsor de un imperio en México, quien vivía en Roma en el Palacio Marescotti. En julio de 1863 la asamblea de notables en la capital de México había elegido a Maximiliano como candidato al trono, siguiendo los deseos de Napoleón III. Desde el punto de vista clerical, una tarea importante para Fischer hubiera sido predisponer a Maximiliano a devolver los bienes de la iglesia nacionalizados por Juárez.

El nuevo emperador, en su travesía a México, hizo escala en Roma entre 18 y el 22 de abril de 1864 para conversar con el papa Pío IX. No le reveló sus intenciones de política religiosa, pero sí pidió que le mandara pronto un nuncio. Según afirma Fischer, fue presentado en Roma a Maximiliano. Le refirió todas las dificultades que probablemente encontraría en México".

Amigo de un terrateniente mexicano de nombre Carlos Sánchez Navarro, perjudicado por el mapa del Imperio que dividía el territorio nacional en cincuenta entidades, fue ante el emperador para interceder por él. Fischer logró causar una gran impresión en Maximiliano. Al parecer el monarca vio en él cualidades para ejercer difíciles tareas diplomáticas. Entablaron cierta amistad, hablaban siempre entre ellos en alemán y poco a poco el padre logró ganarse la confianza del emperador.

A Fischer se le encomendó la tarea de redactar un concordato para arreglar las relaciones del Imperio con la Iglesia y fue enviado a Roma con la misión de conseguir que el Papa lo aprobara. En la Ciudad Eterna el padre se hizo de buenas y poderosas amistades, incluso no le dieron un no definitivo respecto a su concordato y le hicieron creer que podía ser aprobado. Pero el Imperio mexicano se estaba cayendo a pedazos. No tenía el Papa razón alguna para molestarse en llegar a un acuerdo con un Imperio que pronto dejaría de existir.

El padre regresó a México y se encontró con la noticia de que el emperador estaba pensando en escaparse del país. Con ello le entró una gran preocupación. Si Maximiliano se marchaba el partido conservador sería destruido por Juárez y él sería perjudicado por partida doble. Ya se veía viviendo en un paupérrimo pueblo y sobreviviendo con las limosnas que las generosas ancianitas echaran en la charola, y ese porvenir no le agradaba. Si el emperador se quedaba y triunfaba él bien podía llegar a obispo.

Gracias, en gran medida, a los esfuerzos de Fischer, Maximiliano se quedó en México. Su estrategia consistió en no permitir que el emperador se entrevistara con cualquier persona que pudiera recomendarle partir rumbo a Europa para salvar la vida. Estuvo en la capital cuando ésta se rindió ante Porfirio Díaz. Fue arrestado y encarcelado por algunos meses. Pero los juaristas no fueron muy duros con él, incluso trataron de contratarlo para que escribiera la historia de aquel cruento período. Fischer no aceptó, quizás pensando que en Europa le iría mejor. Pero allá se encontró con que era acusado de haber retenido en México a Maximiliano y con ello responsable de su muerte.

Esos rumores eran desde luego muy ciertos, y le cerraron al padre todas las puertas que tocaba y le acarrearon desgracias. Pero su precariedad no fue tanta como para morir de hambre, aunque pasó épocas de escasez. Regresó a México con el proyecto de fundar una especie de escuela que acabó en un rotundo fracaso por falta de dinero. Después fue preceptor de los hijos de una familia acaudalada, lo que mejoró por algún tiempo su precaria situación económica, pero jamás volvió disfrutar de la abundancia como lo hizo gracias a Maximiliano.

A muchos historiadores les ha causado gracia que la mano derecha del emperador casi al final del Imperio fuera un cura con tan mala fama. Fischer, más que por ser un hábil diplomático, hombre culto y políglota, era conocido por los mexicanos de su tiempo por las dificultades que tenía para mantenerse célibe y sobrio.

Aunque nunca fue a Querétaro durante el sitio de la ciudad, en París sirvió como modelo para una pintura de Maximiliano poco antes de morir, en el momento en que se está despidiendo. En el cuadro, Fischer, sustituyendo al padre Soria, último confesor del emperador, se lleva una mano al rostro para contener el llanto mientras Maximiliano trata de consolarlo, y junto a ellos un soldado juarista espera impaciente a que terminen las despedidas.

En Alemania, su país natal, se han escrito algunas biografías sobre Fischer, cosa que no ha ocurrido en México. Quien más datos ha aportado sobre él aquí es el historiador austriaco Konrad  Ratz, ocupado desde hace décadas en estudiar el Segundo Imperio. Pero indudablemente hace falta una autentica biografía de Fischer escrita en español. Hay regada suficiente información en los libros para lograrla, sólo hace falta que alguien se dé a la tarea de recopilarla y analizarla. Fischer es uno de esos personajes que prometen una biografía no poco interesante.

Agustín Fischer murió a la edad 62 años y está sepultado en el Panteón Francés en la ciudad de México. A fin de cuentas, como personaje histórico es más mexicano que alemán.

Fuente: Wikipedia. http://libroquemerecenserleidos.blogspot.mx. Konrad Ratz. Tras las Huellas de un desconocido. Creative Commons.

 
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