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BELISARIO DOMÍNGUEZ, UNA VOZ APAGADA CON BALAS

 

La última vez que se le vio con vida fue el 7 de octubre de 1913. Después, nadie entendía por qué Belisario Domínguez, senador por Chiapas, había faltado a sus actividades cotidianas en el Congreso; ¿qué pasaba que nadie tenía noticias de él?

Ese día 7, todo transcurrió de forma normal. Su hijo Ricardo, estudiante de preparatoria, lo visitó por la noche en su lugar de residencia en la Ciudad de México, el Hotel Jardín, ubicado en la calle San Juan de Letrán. Pasaron juntos un rato y el muchacho salió del hotel después de las 10 de la noche. Nunca más volvería a hablar con su padre.

Durante todo el día siguiente, buscaron al senador. Los empleados del hotel informaron que en la madrugada habían visto a unos hombres irrumpir en la habitación de Domínguez, la número 16, y que lo habían obligado a subir a un automóvil. Nadie más vio nada. La incertidumbre se convirtió en sospecha de que algo grave hubiera ocurrido con el senador, pues no había rastro de él. Su ausencia no tenía explicación lógica, pero sí resultaba razonable sospechar que hubiera sido víctima de algún atentado.

¿Quién era Belisario Domínguez? ¿Por qué era peligroso para el gobierno del general Victoriano Huerta? En Comitán, Chiapas, su tierra natal, era un hombre muy popular por su calidad humana y por su generosidad como médico que atendía a todo paciente que llegara a su consultorio, pudiera pagar o no. Titulado en París como médico cirujano y partero, en 1889 se instaló en Comitán, donde tuvo la posibilidad de conocer la problemática realidad del pueblo chiapaneco y de crear un fuerte vínculo con la gente.

Hombre de cultura y de ideas democráticas, su incursión en asuntos públicos ocurrió entre 1902 y 1904, durante una temporada que pasó en la Ciudad de México para dar a su esposa, Delina Zebadúa, la atención médica especializada que necesitaba. En esa época, imprimió unos volantes en los que hacía notar el abandono en el que el gobierno de Chiapas tenía a los habitantes de aquel estado.

Congruente con sus ideas democráticas, Domínguez se adhirió al movimiento de Francisco I. Madero, que si bien no tuvo una presencia fuerte en Chiapas, sí consiguió ganar adeptos de ideas progresistas. Así, en enero de 1910, tomó posesión como presidente municipal de Comitán, pero pronto cambiaría la política local por la nacional. Después de ocupar ese cargo, Domínguez se convirtió en senador de la República en marzo de 1913, al morir Leopoldo Gout, de quien era suplente.

La proclamación del Plan de Guadalupe, que desconocía al gobierno de Huerta, hizo eco en el Congreso de la Unión, y varios legisladores habían manifestado su decisión de viajar al norte, pero Venustiano Carranza, el líder del constitucionalismo, les sugirió permanecer firmes en su curul, ya que desde allí podrían atacar en el momento adecuado. Conforme pasaba el tiempo, la situación del país se tornaba más compleja, tanto por la negativa de Estados Unidos a reconocer al gobierno huertista, como por el inminente avance del Ejército Constitucionalista desde el norte del país.

En este contexto, el senador Domínguez destacó por su férrea oposición al régimen impuesto y por su actitud abiertamente crítica y contestataria. Prácticamente desde que se incorporó a la Legislatura, se había dedicado a criticar a Huerta y a su gente por el absoluto desprecio que expresaban hacia los derechos de los mexicanos. En varias ocasiones, se opuso a iniciativas propuestas por el Ejecutivo, como la que buscaba promover a tres jefes militares al grado de generales de brigada —Manuel M. Velázquez, Manuel Mondragón y Félix Díaz—, porque consideraba que no habían prestado verdaderos servicios útiles a la nación; o cuando se pretendía nombrar al general Juvencio Robles como gobernador provisional de Morelos. En septiembre, cuando Victoriano Huerta presentó un informe ante el Congreso, el chiapaneco lanzó entonces sus más severas palabras.

En dicho informe, presentado el día 16, Huerta destacó dos temas: la política exterior y la pacificación del territorio nacional. En cuanto al primero, se mostraba muy seguro y retador, pues afirmó que si Estados Unidos no lo reconocía como presidente, consideraría a su representante en México como no grato, y respecto al segundo, aseguraba que había grandes avances, lo cual era falso a todas luces.

Las críticas no se hicieron esperar, pero nadie tuvo el atrevimiento ni la decisión del senador Domínguez para responder a Huerta lo que realmente pensaba. Ya días antes, en una reunión a puerta cerrada, el chiapaneco había espetado en la cara de Francisco León de la Barra, secretario de Relaciones Exteriores del gobierno de Huerta, que “¿cómo podrían Estados Unidos reconocer al gobierno […] manchado con la sangre del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez?”.

El 23 de septiembre, el senador Domínguez pidió la palabra para leer un discurso que había redactado; pero ya se había corrido el rumor de que era otro de sus duros ataques al régimen, por lo que el senador presidente negó la solicitud. Sin embargo, el chiapaneco logró que su discurso se imprimiera y que circulara de mano en mano, de manera que muchos conocieron lo que decía, por ejemplo, que “[…] la situación actual de la República es infinitamente peor que antes […] don Victoriano Huerta es un soldado sanguinario y feroz, que asesina sin vacilación ni escrúpulo a todo aquel que le sirve de obstáculo”. Pero no se trataba de una retahíla de insultos sin sentido, había una propuesta: “deponer de la Presidencia de la República a don Victoriano Huerta”.

Seis días después, el 29 de septiembre, intentó dar lectura a otro discurso que había preparado, pero tampoco pudo hacerlo. En esa ocasión había escrito: “El cerebro de don Victoriano Huerta está desequilibrado y su espíritu está desorientado […] cree que él es el único hombre capaz de gobernar a México y de remediar todos sus males; ve ejércitos imaginarios”. En el mismo texto, propuso una posible solución: “concededme la honra de ir comisionado por esta augusta asamblea a pedir a don Victoriano Huerta que firme su renuncia como presidente de la República”, e instaba a todos los senadores para que firmaran la solicitud de renuncia y que él sería el encargado de entregarla al presidente.

Domínguez era consciente del peligro que corría, y lo dejó asentado en su texto “[…] lo más probable es que, llegando a la mitad de la lectura, don Victoriano Huerta pierda la paciencia, sea arremetido de un arrebato de ira y me mate”. No sería raro, ya otros opositores habían desaparecido, como Abraham González, quien, por negarse a reconocer ese gobierno, fue asesinado. La situación del senador chiapaneco era sumamente delicada; aunque se le sugirió ocultarse, no lo hizo; siguió el curso normal de su vida. Hasta aquella noche del 7 de octubre.

Recibidas las declaraciones de los empleados del Hotel Jardín como única pista y vistas las condiciones en las que se hallaba la habitación, era obvio que el doctor Domínguez había sido obligado a salir. Ante la incertidumbre, el 8 de octubre de 1913, la Cámara designó una comisión formada por Manuel Novello Argüello, César Castellanos, Eduardo Neri, Jesús Martínez Rojas y Adolfo E. Grajales para ir a la oficina del secretario de Gobernación, Manuel Garza Aldape, a investigar lo sucedido al senador. La delegación no pudo obtener ninguna información del secretario.

Pero pronto llegaron las lamentables noticias. La tarde del día 9 comenzó a correr el rumor de que ya se había localizado al senador. Y sí, fue encontrado al sur de la Ciudad de México, enterrado en una orilla del cementerio de Xoco.

La indignación por el asesinato era generalizada. Los legisladores pidieron cuentas al secretario de Gobernación y a las autoridades del gobierno del Distrito Federal, pero no obtuvieron nada. Los diputados nombraron una comisión investigadora, invitaron al Senado a hacer lo propio e informaron al Ejecutivo, advirtiendo que si volvía a ocurrir una desaparición de algún legislador el Congreso, se verían obligados a trasladar sus sesiones a otro sitio, en donde las garantías constitucionales fueran observadas.

En tan delicada situación, los secretarios de Gobernación y de Guerra, Garza Aldape y Aureliano Blanquet, respectivamente, sugirieron la disolución del Congreso. A las 3 de la tarde del 10 de octubre, al llegar a la sesión vespertina, los diputados encontraron fuerzas policiacas que acordonaban el recinto legislativo. Tras la discusión y el jaloneo, vino la persecución, que concluyó con un arresto masivo: más de cien diputados fueron detenidos; entonces los senadores, voluntariamente y en protesta, votaron su propia disolución.

A pesar de que el secretario Garza Aldape se comprometió a llevar a cabo las investigaciones pertinentes para resolver el caso de la muerte de Domínguez, no pasó nada. Hasta agosto de 1914, ya caído el gobierno de Huerta, se puso en marcha la averiguación. Mientras esto ocurrió, entre la gente comenzaron a correr los rumores de que lo habían torturado y de que le habían mutilado la lengua como escarmiento por andar hablando del gobierno; que su lengua había sido conservada en un frasco de formol y que se la habían regalado al presidente Huerta. Sin embargo, los documentos oficiales dicen otra cosa.

Los raptores y asesinos, Alberto Quiroz, Gilberto Márquez, Ismael Gómez y José Hernández, alias “El Matarratas”, en su confesión detallaron los hechos ocurridos, lo cual quedó asentado en el expediente judicial. En su declaración, dijeron que el inspector de policía Francisco Chávez les encargó vigilar al senador; que luego recibieron instrucciones de Huerta para sacar al chiapaneco del hotel y asesinarlo por la zona de Coyoacán, tal como lo hicieron. Afirmaron que al llegar a las cercanías del cementerio, bajaron a su víctima del auto y Márquez le dio un balazo por detrás, que se le incrustó en la cabeza, y que luego Quiroz le disparó dos veces más; dijeron, finalmente, que el senador opositor fue enterrado en una fosa que improvisaron y que sus ropas fueron quemadas.

El cadáver fue exhumado en esos días de agosto de 1914. El expediente de la autopsia revela que la causa de muerte fue la destrucción del cráneo y del cerebro por la trayectoria de las balas que le fueron disparadas: una en la región occipital y otra en el parietal derecho.

Belisario Domínguez se había convertido en la voz más elocuente de la revolución constitucionalista en la capital del país. Su actitud temeraria le costó la vida, pero su sacrificio no fue en vano, pues envolvió al gobierno huertista en una crisis política que abonó el terreno de la inestabilidad del gobierno ilegítimo.

Fuente: Wikipedia. Artículo autoría de Elsa Aguilar Casas. México 2010. Bicentenario del inicio del movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del inicio de la Revolución Mexicana. INEHRM. Creative Commons.

 
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