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UN PASEO A CABALLO

 

Publicado en el Boletín Militar, 1899.

Director capitán de ingenieros Samuel García Cuéllar.

—Sí, mi capitán, decía el teniente Salas; es necesario que me acompañe usted esta tarde. Cambiaremos de caballos; usted lleva “La Criatura” y yo “El Ranchero”. Si no salimos, me muero de fastidio; la verdad es que me aburro soberanamente en este tiempo; tengo verdaderas ansias de que se empiece de nuevo el año escolar. En esta época el Colegio es chocante, le falta la vida que le infunden los cadetes y le sobra este aspecto de triste soledad de casa abandonada. Sí, prosiguió diciendo mi amigo, sin esperar mi aprobación, montaremos e iremos a donde usted quiera, pero montaremos, esto es lo que me importa.

Rivera, sírveme el té. ¿Usted, mi capitán, toma té o café?

—Yo prefiero el café, le contesté y añadí: con mucho gusto acepto la invitación de dar un paseo a caballo esta tarde; pero como me esperan en la casa, pasaremos por ella para avisar, sirviendo esto para que tomemos una copa de coñac, o mejor, del licor que proponía yo el otro día para cuando hagamos el paseo al Desierto de los Leones.

—Perfectamente, dijo alegre el teniente con su voz de jefe de regimiento, que vibró sonora en el amplio comedor; perfectamente, tomaremos las dos cosas, no sea que alguna de ellas se resienta del desaire. A las tres de la tarde bajamos al picadero y montamos en nuestro caballos, que no podían ir quietos de gozo y de sobrados. “El Ranchero”, con su paso elástico y brincando sacudía a mi amigo, quien con el kepí hacia atrás, entregaba la frente al viento y los ojos llenos de luz al espléndido paisaje que teníamos enfrente; en primer término y casi a nuestros pies, las copas de los árboles del bosque y después, la brillante llanura surcada de calzadas, de pueblos albeantes, de cúpulas de iglesias, en donde el sol prendía diamantes.

Yo no podía sino sentirme igualmente gozoso que el teniente: el impulso vigoroso de las ancas de “La Criatura” y el intenso perfume del bosque me hacían bien.

Al salir del bosque, enfrente del restaurant, por la compostura de la calzada, había unas latas sobre piedras para impedir el tránsito de los coches.

A unos veinte pasos las vieron los caballos y se pusieron al galope para saltarlas. “La Criatura”, al llegar al obstáculo, se detuvo, levantó las manos, hizo resorte con los remos posteriores y se aventó vigorosamente como para saltar a lo largo. No esperando yo tan ridícula manera de brincar un obstáculo pequeño y de una altura como si fuera grande y a lo largo, con una parada previa después del galope, no pude menos que girar sobre las rodillas y levantarme del asiento. La torpeza de mi caballo y mi falta de atención me irritaron un poco e hicieron exclamar: ¡Buena es la educación de este caballo que no sabe preparar ni medir el salto más sencillo, y es mejor la disposición de nuestra montura con su teja, que para facilitar la liga del jinete al caballo permite a muchos sentarse en ella, elevando excesivamente el centro de gravedad y siendo así para el caballo incomodísima carga, con su cabeza imbécil que en una exagerada rotación alrededor de las rodillas sirve de yunque y lastima gravemente al jinete, con su carencia de apoyo en las rodillas cuando el caballo cambia bruscamente de velocidad, disminuyéndola, es preciso adelantar los pies, aflojar necesariamente los muslos y poniendo rectas las piernas, apoyarse en los estribos!

Comprendí que me había enfurecido demasiado por cuestión tan leve, porque mi amigo me miraba sonriendo; y por ello eché a la chanza ese apresurado y severo juicio, concluyendo con una carcajada.

Mi amigo llevó la benevolencia al extremo participando de mis ideas y diciendo sin abandonar su aspecto de buen humor y chanza:

—Tiene usted razón, es lo que yo siempre he dicho. Nuestra montura tiene esos defectos graves que ha señalado usted, amén de su excesivo peso, de lo fácilmente que mata a los caballos, de sus anchas, rígidas e inajustables aciones, de sus monstruosos estribos y de lo inadecuado de su forma para el lucimiento de las líneas perfectas y las atléticas formas del caballo. Y prosiguió, intercalando las notas alegres de su risa: bien es cierto que es mejor cubrir pudorosamente las elegantes líneas de nuestras ánforas; es cierto que con la rigidez de las aciones y el peso de los estribos, no se pierden éstos; que con la existencia de la teja no se queda uno en las ancas en un violento arranque, dispensando esto al jinete la molestia que le ocasiona el estudio de las posiciones de su cuerpo en relación a los movimientos del caballo para conservar el equilibrio, y sobre todo, añadió, poniéndose repentinamente serio y malhumorado, lo que me proporcionó el desquite, sonriéndome a mi vez, y sobre todo, ¡en qué ridículo no se pondría un oficial sin la existencia de la cabeza de la montura, de nuestra patriótica montura vaquera, el día en que un jefe le ordenara:

Vaya usted, señor oficial, a traer aquella res!

El teniente comprendió que a su turno se entusiasmaba seriamente y que agriábamos nuestro paseo, y por un acuerdo de simpatía mutua, partimos al galope en medio de la nube de polvo de la calzada de la Verónica.

Llegamos a mi casa, besé a mi esposa, elevé en alto sobre mis brazos tendidos a mi linda Chabelita, tomamos las dos copas prometidas y salimos en busca de nuestros caballos, que paseaba un mozo.

Al salir miré los ojos brillantes y húmedos con que la sobrina del cura, mi vecino, veía al teniente, y el movimiento exagerado de las caderas de una criada que pasó rozándolo.

Montamos, anduvimos la primera de la Industria, giramos para entrar en la Tlaxpana y tomamos el camino del Panteón Español. Al pasar por la Escuela de Agricultura, me dijo el teniente:

—¿Recuerda usted, mi capitán, el día en que visitamos esta escuela, que nos enseñaron los dos caballos pur sang?

—Lo recuerdo como si en este día hubiésemos hecho esa visita.

—Yo también. Se me figura que es en este momento. Los colorados. Primero salió el más claro y de más edad, como de unos ocho años. Se me figuraba que había servido de modelo al comandante Bonal para describir el caballo inglés en su tratado de equitación:

El ojo algo sangriento, una gran nerviosidad, espaldas vigorosas y a pesar de su finura, el desarrollo de los músculos de un atleta; el maslo arrancando alto, la cola encorvada y los ollares ampliamente abiertos para que los pulmones aspiraran el aire fuertemente. Después salió el otro, como de cuatro años; yo quedé encantado. A la puerta de la caballeriza se detuvo como deslumbrado y nos deslumbró a nosotros con la fuerza seductora de su belleza. En seguida avanzó decidido, con la maravillosa alegría de su gran juventud. Sus líneas eran perfectas, sus ojos casi humanamente inteligentes; hubo un momento en que se me figuró que iba a hablar. De pronto encorvó una mano, resopló como un huracán, y con la otra mano rascó el empedrado. Se revelaba tanta fuerza en la finura de sus remos, que no dudé un instante de que ese caballo fuera capaz de saltar un foso de diez metros.

Más adelante, como el camino se levantaba un poco, distinguí unos eucaliptos elevados que en la semitristeza de aquella tarde agonizante se me antojaron lúgubres.

—Vea usted, Salas, yo creo que allí donde están esos árboles es el Panteón Español.

—Es muy probable, contestó lacónicamente. Volví la cara para verle y le encontré poseído de la melancolía a que es tan propenso.

—¿Qué le pasa?, le pregunté.

—Hombre, esos árboles, ese cielo, esa luna pálida y la hora, me han entristecido.

—Galopemos, imagínese que aquella casita es una venta francesa del tiempo de Luis XIII, que usted es Artagnan, que yo soy Athos, que ya Porthos y Aramis han sido heridos y que sólo quedamos nosotros para ir a Londres por los herretes de Ana de Austria.

Eso fue mejor que el bálsamo que recibió de su madre el simpático gascón, para curar la tan repentina cuan pasajera enfermedad de mi romántico amigo, quien rió con placer y arrimó los acicates al vientre de su caballo, al que no puedo apellidar noble porque es de linaje obscuro como su nombre lo indica: “El Ranchero”.

Llegamos al panteón y nos enternecimos en ese lugar de descanso de la noble y caballeresca raza española.

En la venta francesa del tiempo de Luis XIII, nos dijeron el gran rodeo que debíamos dar para regresar a Chapultepec y preferimos marchar a campo traviesa para llegar más pronto.

La luz dorada del sol había muerto por completo hacía más de cuarenta minutos, y la plateada luz de la luna argentaba los campos. A la izquierda, detrás de una arboleda, salía un gran resplandor de luz difusa que revelaba la dirección de la Capital y al frente teníamos la masa negra de la cordillera del Ajusco, en medio de la cual se proyectaba gloriosamente iluminado el castillo de nuestra escuela.

El terreno por donde galopábamos era consistente y no levantaba polvo alto, y nos daba el placer de una hermosa perspectiva. En alguna parte he oído que no hay cosa más hermosa que una de las tres siguientes: un caballo galopando, una mujer bailando y una fragata con las velas desplegadas. No he presenciado, y me pesa, la tercera: soy perito en las otras dos, pero no quiero hablar sino de la primera, y eso muy ligeramente.

La sensación de la vencida resistencia del aire que zumba, el sentimiento del poderoso empuje del tercio posterior, la aspiración de oleadas de aire siempre nuevo y puro, la circulación activa de la sangre, el incremento de la fuerza de los muslos que aprietan a una bestia sudorosa y resoplante, el ligero peligro del terreno siempre oculto de quien se recela el acecho y la gloria de vestir el uniforme y ceñir pendiente de un costado la espada relampagueante y del otro el rayo con su trueno en un extremo y su lazo de fuego que termina en la ancha boca por donde entra la eternamente majestuosa muerte, todo esto hace al hombre más grande, más fuerte, más noble, forma el ideal y hace más buena la vida.

Seguíamos galopando; si encontrábamos una zanja de menos de dos metros, la saltábamos, pero de más se rehusaban los caballos, lo cual nos obligaba a rodeos hasta que llegamos al Río del Consulado.

Tuvimos que seguir su margen izquierda, encaminándonos a la calzada de la Verónica; pero antes de llegar pudimos pasar a la otra margen del río y ya no cambiamos la dirección recta de nuestra marcha.

—¡Qué hermoso ha de ser en campaña el papel de un oficial de caballería!, decía el teniente Salas. Pero en un caballo bueno, como debería tenerlo todo oficial de esa arma, siendo resuelto y osado hasta la bravura, ilustrado como es indispensable, patriota como es ineludible y entusiasta como la misma juventud; sin que haya obstáculos para ninguna marcha, volando todos los fosos, salvando todas las barreras. Por inclinación, amo a los franceses, más bien debería decir por afinidad, sobre todo tratándose de las francesas; tengo una ligera repugnancia por los alemanes, tal vez por su mismo equilibrio, tal vez por la fuerza tanto latente como activa de su raza, en fin, no sépor qué, pero me siento invenciblemente atraído por esos oficiales alemanes de caballería, briosos hasta producirme entusiasmo aun a pesar de mi repugnancia, briosos como su joven emperador.

Y ahora que viene al caso, me decía entregando las riendas de su caballo a un caballerango, pues habíamos llegado al picadero, ahora que viene al caso, me va usted a dar una poca de pomada húngara para ponerme los bigotes al estilo de Guillermo II.

Chapultepec, enero 24 de 1900.

Fuente: Wikipedia. Federico Cervantes. Colección Biografías Conmemorativas publicada por el Gobierno del estado de Hidalgo con motivo del Bicentenario de la independencia y del centenario de la revolución. Director de la colección Rubén Jiménez Ricárdez. Gobierno del Estado de Hidalgo. Imagen: General Felipe Ángeles,  Library of Congress. Creative Commons.

 
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