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EL EXILIO PERPETUO DE DON PORFIRIO

 

José Manuel Villalpando no hace mucho tiempo, bajó del avión en el Aeropuerto Charles de Gaulle, en París, listo para iniciar animosamente una investigación histórica que me llevaría a rastrear los años perdidos del general Porfirio Díaz.

Tras el triunfo de la revolución maderista, Díaz presentó su renuncia a la Presidencia de la República y salió de México, eligiendo como lugar de residencia para su exilio la capital de Francia, donde finalmente murió, sin regresar jamás a su patria, el 2 de julio de 1915.

Los últimos años de la vida de Porfirio Díaz pasan casi inadvertidos para la mayoría de los historiadores. Poco se sabe de esos tiempos de silencio y reflexión de don Porfirio; por ello deseaba investigar más sobre la estancia parisina del general, que se ha prolongado durante más de nueve décadas, con su cuerpo inhumado en la Ciudad Luz, a pesar de que él murió suspirando por su natal Oaxaca, donde deseaba ser sepultado.

Para comenzar, visité la tumba del general Díaz en el cementerio de Montparnasse; desde la entrada, me envolvió por entero esa atmósfera peculiar que se respira en los panteones donde reposan hombres ilustres. Caminando por un sendero, pronto encontré su sepultura. Una capilla angosta, alta, de piedra, que en el frontispicio luce una leyenda en forma ojival: “General Porfirio Díaz”, rodeando un alto relieve del escudo nacional mexicano.

En la oficina del cementerio fue posible descartar el rumor que corre sobre una posible exhumación clandestina de los restos mortales de don Porfirio, los cuales, se dice, fueron extraídos en secreto para ser llevados a Oaxaca. Es falso: la tumba de Porfirio Díaz nunca ha sido abierta.

De vuelta al itinerario parisino del general Díaz, hay que recordar que al poco tiempo de haber llegado a París, realizó una visita protocolaria al Museo del Ejército, ubicado en el Hotel de los Inválidos, donde está el monumental sepulcro de Napoleón I.

Se sabe que el general Niox, gobernador del museo, condujo a Díaz por las galerías, dándole explicaciones acerca de los objetos históricos allí custodiados; al llegar frente a la vitrina que guarda la espada de mando de Bonaparte, la extrajo y se la presentó al mexicano, diciéndole: “En ningunas manos estaría mejor que en las de Vuestra Excelencia”. Luego, al finalizar la visita, le fue ofrecido el Libro de Oro del Museo, en donde Díaz algo anotó de su puño y letra. Esta escena fue captada por un fotógrafo en aquel año de 1911 y en ella aparece don Porfirio sentado frente a una gran mesa, en actitud de escribir, y a sus espaldas el general Niox y el resto de los acompañantes mexicanos.

Me interesaba, por supuesto, averiguar lo que Díaz había escrito, por lo que resolví buscar ese Libro de Oro. Inicié la pesquisa en la biblioteca del museo, donde el personal, por más que se esforzó en atenderme, no encontró nada, hasta que fue llamado un viejo bedel, que conocía todos los secretos del lugar y que además mascullaba un español que era mucho mejor que mi francés.

Él recordó que en la oficina del gobernador del museo se encontraba dicho libro. Me condujo hasta ese lugar y solicitó permiso para consultarlo. Para mi sorpresa, don Porfirio no había anotado ningún pensamiento profundo: únicamente y con letra temblorosa, reflejo de la edad, estampó su firma. El amable bedel me obsequió una fotocopia del documento.

Cuando preparaba en México la investigación, descubrí que en los archivos de la Prefectura de Policía de París, se hallaba un dossier del general Díaz. Era lógico, pues siendo un personaje de gran relevancia, el gobierno francés dispuso un aparato de vigilancia y de información en torno de las actividades del exiliado mexicano, cuyos resultados quedarían seguramente referidos en el expediente, mismo que me propuse consultar.

El recinto policiaco cuenta con un servicio histórico que ofrece a los interesados la consulta de un archivo muy completo, además de un museo en donde es posible admirar desde una antigua guillotina hasta los más modernos aparatos desactivadores de bombas, pasando, por supuesto, por objetos pertenecientes a criminales famosos, las armas con las que cometieron espeluznantes crímenes, recortes de periódicos y una galería de maniquíes con los uniformes que ha vestido la policía de París.

Solicité el expediente de Porfirio Díaz y fue muy agradable constatar que yo era el primer mexicano en revisarlo; pero, resultó tan extraordinaria mi petición, que los empleados del archivo decidieron negarme en principio la consulta a fin de someterla a la consideración de sus superiores. Ante esta dificultad imprevista, acudí al embajador de México, quien amablemente me auxilió, extendiéndome una carta personal de presentación ante las autoridades policiacas, gestión que fue determinante.

Obtuve finalmente una fotocopia de todo el expediente; así pude descubrir, entre otras cosas, que al arribar a París, Porfirio Díaz efectuó una visita de cortesía al presidente de Francia, Armand Fallières, y que éste devolvió el mismo día la atención, acudiendo al domicilio del general.

Por otra parte, existía la suposición de que el cuerpo del general Díaz estaba embalsamado y gracias a este expediente fue posible comprobarlo, pues en él aparecen los documentos que así lo demuestran, tales como el certificado del médico que realizó la operación y la constancia de las sustancias químicas inyectadas al cadáver de don Porfirio.

Me interesaba también conocer el ambiente urbano en donde vivió y murió el general Díaz. Para ello, contaba con la dirección del domicilio donde había pasado sus últimos días y en donde había fallecido: el 26 de la avenida del Bosque, hoy llamada avenida Foch, en un barrio elegante, situado en las inmediaciones del Arco del Triunfo, donde en ese entonces se encontraban las moradas de muchos mexicanos exiliados.

La paradoja curiosa que pude constatar fue que mientras José Ives Limantour, el secretario de Hacienda de Díaz, vivía en una mansión de gran tamaño —que aún hoy en día ostenta la riqueza de sus dueños, descendientes del ministro—, el hombre que gobernó al país durante más de 30 años tan sólo podía permitirse un modesto departamento, cuyos gastos sufragaba con sus cortas rentas, provenientes de las utilidades que le dejaban algunas acciones del Banco de Londres y México, pues su sueldo de General de División en retiro, que le fue respetado, lo donó para premiar a alumnos distinguidos del Colegio Militar.

Cerca de lo que fue su domicilio está la Iglesia de Saint Honoré, a la cual acudía Díaz acompañado de su esposa Carmelita. Aquí fue sepultado originalmente su cuerpo, hasta que su viuda decidió trasladarlo a Montparnasse, convencida de que le sería imposible llevarlo a México. También, a unos pasos de su casa, está el Bosque de Bolonia, en donde el general gustaba de cabalgar entre los añosos árboles y alrededor del lago, pues los paseos por este sitio le hacían recordar el Bosque de Chapultepec.

Pero volvamos a la tumba de don Porfirio, la que es visitada por muchos mexicanos que viajan a Francia para conocer el sitio donde reposan los restos mortales de quien fuera una figura prominente de la historia de México. El turista curioso puede observar el interior de la pequeña cripta a través de polvosos cristales. Allí dentro mirará, junto a un retrato ecuestre del general, una imagen de la Virgen de Guadalupe y otra más de la Virgen de la Soledad. También se ve una vasija que contiene tierra de Oaxaca y un detalle simpático, muy mexicano: sobre el piso de la cripta, una calaverita de azúcar con el nombre “Porfirio”. Afuera, en la puerta, siempre hay un ramo de flores frescas, llevadas allí por manos más piadosas que nostálgicas.

Hasta hace poco tiempo, yo era de los que pensaban que los restos de don Porfirio deberían regresar a México. Creía que los mexicanos teníamos el deber de permitir el retorno a la patria de un mexicano que contaba con el derecho de ser sepultado en ella, tal y como fueron sus deseos póstumos. Llegué incluso a sostener que el regreso de don Porfirio sería un acto de justicia histórica y humana a la vez.

Confieso que andaba muy emocionado con la perspectiva de traer a México los restos mortales de don Porfirio, tanto que me dediqué durante semanas enteras a investigar, estudiar y preparar su posible repatriación, partiendo del descubrimiento ya comentado sobre el embalsamamiento de su cadáver.

Las razones de esta forma de conservación post mortem son fáciles de determinar: su viuda, doña Carmelita, pensaba regresar algún día a México con sus restos. Para ello, era necesario mantenerlo en buen estado. Solamente cuando se convenció de que el gobierno mexicano no se lo permitiría, se decidió a regresar ella sola, dejando abandonado el cuerpo inerte de su marido. Ahora, don Porfirio y Carmelita están separados: él en París; ella en el Panteón Francés de la Piedad, en la Ciudad de México. Y parece ser que nunca se reunirán.

Yo también he cambiado de opinión, quizá en buena medida convencido por mi amigo Alejandro Rosas, quien en pocas palabras me explicó que es mejor que los muertos entierren a sus muertos, que ya pasó el tiempo en el que el cadáver de don Porfirio tenía alguna significación política y que hay ciertas cenizas —como las de los difuntos— que no vale la pena remover: “rescoldo que algo queda” como reza el refrán popular.

Además, hay una razón personal y egoísta para que se quede en París: es un buen pretexto para hacer turismo cultural, histórico y hasta patriótico en la Ciudad Luz. Claro, después de visitar el cementerio y de depositar un ramillete bajo el relieve del escudo nacional que enmarca la cripta, nada mejor que ir a tomar un buen café a alguno de los muchos sitios que abundan en el Boulevard Raspail o bien en el Saint Michel, donde puede uno explayarse recordando los avatares sufridos por el cadáver de Porfirio Díaz.

Recorrer la saga de un hombre derrotado y amargado fue una experiencia intensa que me entusiasmó desde que me la propuse. Seguí el rastro de un hombre que en París, en esa ciudad tan abundante en historias y leyendas, no era nadie, pero que en México lo había sido todo. Y aunque sus restos mortales descansen en tierra extranjera, su recuerdo sigue estando aquí, entre nosotros, donde todavía, a 93 años de su muerte, lo seguimos llamando, respetuosa y cariñosamente, don Porfirio.

Fuente: Wikipedia. Artículo autoría de José Manuel Villalpando. México 2010. Bicentenario del inicio del movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del inicio de la Revolución Mexicana. INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Creative Commons.

 
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