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ALFONSO REYES, CORRESPONSAL INCANSABLE

 

…pienso en vosotros, y en México, entre anhelos

y dudas. Tiemblo, a veces, por mi felicidad. Temo

a muchas cosas que tú sabes. Temo al rencor, a

la maledicencia, a la indiferencia, a la oscuridad

del alma, a la mala obra de Satanás…

Carta de Alfonso Reyes a José Vasconcelos,

Madrid, 5 de noviembre de 1920.

Distinguido y admirado don Alfonso, amigo de tantos…

Por estas fechas se cumplen 50 años desde que la muerte se lo llevó. Aquel 27 de diciembre de 1959, su pluma, que no se cansaba de formar cuartillas, se detuvo sin remedio. Se interrumpía así la elaboración cotidiana de su inconmensurable legado, que incluso en nuestros días no ha sido totalmente editado.

En sus afanes por el saber a través de las palabras, como lo afirman todos los que lo han leído, se reconoce la fuerza de la erudición, que descansa en la disciplina de un hombre que vivió por las letras y para ellas. Orgullosamente mexicano, Usted fue un atento observador del universalismo y trascendió las fronteras de nuestro ser nacional. En su obra se recapitula la historia universal, se proyecta la vivencia y se entrelaza la sapiencia con el sentimiento. ¡Qué lástima que actualmente su trabajo no sea abrevadero firme para las nuevas generaciones! ¡Qué grandes cosas podríamos hacer si lo emuláramos un poquito más!

Sin embargo, no solamente en las páginas de imprenta se refugió su cabal expresión. Afortunadamente, Usted fue un incasable corresponsal que promovió la comunicación epistolar sin desidia alguna: amigos, con los que después se tendrían desencuentros; conocidos, que al paso del tiempo serían entrañables compañeros; colegas con quienes compartir la cita erudita; íntimos y sinceros sentimientos expresados en simples hojas de papel que, viajando de un lado a otro del planeta, constituyen herencia invaluable de una forma de comunicación que, por desgracia, se pierde hoy en la trama de las tecnologías.

La lejanía no era obstáculo infranqueable. Ya fuera desde París, Madrid, Río de Janeiro o Buenos Aires, no le faltó a Usted tiempo para refrendar lazos y cultivar amistades que lo acompañaron toda la vida. En sus cartas se transmite la preocupación constante por los amigos que no estaban cerca. Se destila esa nostalgia producto del alejamiento. Se recupera el más hondo sentimiento por los seres queridos. Pero asimismo podemos conocer la labor perenne que Usted emprendía por el conocimiento, por su amor a México.

Sus corresponsales se cuentan entre la pléyade cultural que forjó el ámbito intelectual mexicano durante la primera mitad del siglo XX. Son incontables los ejemplos de franqueza y confianza que quedaron plasmados en esas maravillosas epístolas que componía Usted, artífice de la palabra, maestro de la sintaxis, enemigo declarado de las erratas.

Cabe recordar aquellas palabras que le remitió a José Vasconcelos, desde Madrid el 6 de octubre de 1916. Se quejaba Usted, quizá con cierta ironía, de la pereza que lo agobiaba, a pesar de trabajar día y noche sin parar, y añoraba la estricta enseñanza del “Sócrates” del Ateneo, su querido amigo Pedro Henríquez Ureña, quien sufría los fríos inclementes del invierno de Minneapolis. Entonces calificaba Usted a sus dos más entrañables colegas intelectuales como “hombres de una pieza”, con la intención clara de elevar la autoestima de un Vasconcelos que, solo y abandonado, se encontraba en territorio limeño. Como Usted mismo lo expresó cuando el amigo se le adelantó allá por junio de 1959, la vida los llevó de un lado a otro y en los días de mayor alejamiento, se confesaban, secretamente, unidos por una suerte de magnetismo cósmico.

Por eso esas palabras escritas en la intimidad nos dan pistas para descubrir rasgos de su personalidad que se convierten en lúcido ejemplo de lo que más le importaba, como las que dirigió a Antonio Castro Leal, el 12 de enero de 1917 desde su departamento en General Pardiñas número 32, en la capital española. Con qué alegría recordaba Usted el magnífico día en el que, después de varios años de estar alejado de ellos, se reencontraba con sus libros, compañeros queridos, con los que lo ligaba un sentimiento profundamente contradictorio. Decía Usted que ya había aprendido a pasar la vida sin su compañía, y que deseaba poder prescindir de ellos a la hora de escribir. Con lamentación se preguntaba entonces si acaso sería posible lograrlo. Los años confirmarán que no lo consiguió y que, gracias a ello, contamos en el presente con su maravillosa biblioteca, conocida como la “Capilla alfonsina”, que integró con constante devoción a lo largo de tantos años.

En el mar de los tiempos se inscribe esta faceta de su notable trayectoria. La mano no se le cansaba para dar rienda suelta a sus preocupaciones intelectuales, pero tampoco para interrumpir la comunicación epistolar con sus amigos. Hoy que tenemos la ventura de poder acercarnos a las cartas que elaboró durante su prolífica vida, créame don Alfonso, que aprovecharemos la oportunidad para conocerlo más íntimamente. Su disciplina es ejemplo a seguir. Los que, por razones generacionales, no tuvimos la ocasión para tratarlo, debemos sentirnos afortunados porque se han conservado esos mensajes suyos. Releerlos lo mantienen vivo.

Quedo de usted profundamente agradecido. Un lector más.

Fuente: Wikipedia. Artículo autoría de Carlos Betancourt Cid. México 2010. Bicentenario del inicio del movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del inicio de la Revolución Mexicana. INEHRM. Imagen: Capilla Alfonsina (Instituto Nacional de Bellas Artes. Dir. Alicia Reyes), Biblioteca Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Creative Commons.

 
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