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LA RUTA DE ZAPATA

 

Morelos guarda aún el aroma del zapatismo. Aquel que reivindicaba su derecho ancestral a la tierra. Su historia puede contarse a través de algunos cuantos pueblos, unidos entre sí por veredas, cultivos de maíz y recuerdos y una buena red de carreteras que permiten recorrer la historia del caudillo en tan sólo unas horas. La ruta de la revolución del sur no es una simple carretera, es el recorrido de la historia que se detiene en cuatro paradas.

Mientras Obregón y Villa desgarraban a la patria en los campos del Bajío, Emiliano Zapata puso en marcha su revolución en el pueblo de Tlaltizapán -capital moral del zapatismo en 1915. Desde ahí dispuso de las tierras de Morelos; las repartió conforme a los viejos títulos de propiedad expedidos en tiempos de la colonia, ayudó a la gente, dictó leyes, y en sus ratos libres, hasta se dio el gusto de practicar la charrería o escuchar poesía en la plaza del pueblo mientras disfrutaba de una copa de coñac fumándose un buen puro.

“El molino de Tlaltizapán era una casa al estilo antiguo -escribió el profesor Amador Espejo Barrera-, con un gran patio en el centro y alrededor las habitaciones; las situadas frente a la calle servían como oficinas del Cuartel General y sólo dos cuartos eran ocupados por el general Zapata, uno como dormitorio y otro para comedor. A la izquierda de sus habitación se encontraba la tesorería y pagaduría; en el fondo se había instalado una fábrica para acuñar moneda, con los aparatos útiles y necesarios, pues el general Zapata siempre quiso que en el territorio controlado circulara la moneda zapatista”.

El cuartel del caudillo -en otros tiempos un molino de arroz- alberga hoy una escuela y un modesto museo de sitio. Por encima de las fotografías, algunas armas y una copia original y amarillenta del famoso plan de Ayala, las reliquias más preciadas del lugar son el traje ensangrentado que Zapata traía puesto al ser asesinado, el sombrero agujereado por las balas de la traición, un juego de naipes del jefe revolucionario y la cama que utilizó Emiliano durante su estancia en Tlaltizapán.

Unas calles arriba se levanta la iglesia del pueblo. En su fachada aún pueden verse los rastros que dejaron las balas federales cuando tomaron el cuartel general en 1916. Al interior del templo, una imagen recuerda la mayor devoción de Emiliano: el padre Jesús. Se dice que su milagrosa intercesión le salvó la vida en al menos una ocasión. En el atrio se encuentra un mausoleo en forma de pirámide que proyectó el propio Zapata para que, llegado el momento, los generales zapatistas encontraran el descanso eterno dentro de sus nichos. El destino, caprichoso, dispuso otra cosa: que los principales jefes quedaran sepultados en el mejor de los sepulcros: a lo largo y ancho del estado de Morelos.

“Escuchen señores, oigan el corrido/ de un triste acontecimiento/ pues en Chinameca fue muerto a mansalva/ Zapata, el gran insurrecto./ Abril de mil novecientos diecinueve,/ en la memoria quedarás del campesino/ como una mancha en la historia”.

Al iniciarse el trágico año, la revolución del sur se encontraba en franca derrota. Los mejores compañeros de Emiliano habían desaparecido casi en su mayoría. Desesperado ante la falta de hombres, pertrechos de guerra y victorias, y contrario a su costumbre, Zapata confió en el coronel Jesús María Guajardo –un Judas enviado por Venustiano Carranza y Pablo González- quien le preparó una celada en la hacienda de San Juan Chinameca.

“Abraza Emiliano al felón Guajardo/ en prueba de su amistad,/ sin pensar el pobre que aquel pretoriano/ lo iba ya a sacrificar./ Y tranquilo se dirige a la hacienda con su escolta;/ los traidores le disparan/ por la espalda, a quemarropa”.

La muerte dejó su rastro cerca de las dos de la tarde del jueves 10 de abril de 1919. Principio y fin de su historia, Chinameca parecía tener un sino trágico. Años antes, cuando Zapata iniciaba su lucha (1911) un enfrentamiento en los alrededores de la hacienda casi le había costado la vida. Un monumento del caudillo sureño en magnífica montura recibe al visitante. Los agujeros de bala en el dintel de la entrada aún guardan el sonido de los clarines que le rindieron honores antes de que se escuchara la orden de “¡Fuego!”. La casa de la hacienda está en ruinas. Los vidrios rotos, las escaleras desvencijadas, los muros carcomidos por la historia. Tres mil días de lucha culminaron en Chinameca.

El 12 de septiembre de 1909 se reunió el consejo de ancianos de Anenecuilco. Rebasaban entonces los setenta años de edad. Casi todos habían combatido a favor de la República en 1867 y sostenían una férrea defensa del pueblo frente a los despojos de los hacendados porfiristas. Don José Merino, el calpuleque solicitó entregar el cargo por motivos de edad. Era necesario trasmitir el poder a un joven que reuniera “como principales cualidades la seriedad en sus actos, sin vicios y conocedor de los problemas del pueblo”. Eligieron así, a Emiliano Zapata.

“En esos momentos y por acuerdo del consejo –recordaría Salomé Benitez-, Emiliano es trasladado a la sacristía de la iglesia ubicada en el segundo piso a fin de ser sometido a una ardua enseñanza durante treinta días, la cual se basaba en estudio de códices y glifos del lugar, así como documentos que demostraban la autenticidad de la tenencia de las tierras y aprende a amar su historia, su cultura, para poder amar a México”.

El nuevo calpuleque -representante del pueblo- había nacido treinta años antes. Sobre los restos de la casa paterna la imaginación reconstruye lo que alguna vez existió. El adobe de las paredes asoma claramente. Protegido por un solemne recinto, el sitio que vio nacer a Zapata ha traspasado el tiempo. Cada 8 de agosto Anenecuilco celebra como fiesta religiosa el natalicio de Emiliano. “Nació entre los pobres,/ vivió entre los pobres/ y por ellos combatía./ ‘No quiero riquezas,/ yo no quiero honores’/ -a todos así decía”. Ahí, en el lugar “donde el agua se arremolina” comenzó el zapatismo.

Los restos de Zapata escaparon a los homenajes oficiales y su gente logró mantenerlos en tierra zapatista. Ni muerto, transigió Emiliano con los otros caudillos de la revolución y menos con la historia oficial. Su destino fue siempre resistir. “Revoluciones van, revoluciones vendrán, yo seguiré con la mía” -comentaba ufano. Solitario, hoy descansa en Cuautla. No podría ser más feliz. La ciudad alcanzó la fama gracias al ilustre cura Morelos y bajo su sombra, Zapata yace en paz, cobijado por “este pequeño pueblo protegido del cielo” como lo llamó en 1812, el cura de Carácuaro.

Fuente: Wikipedia. Articulo autoría de Alejandro Rosas. México 2010. Bicentenario del inicio del movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del inicio de la Revolución Mexicana. INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Creative Commons.

 
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