historia.jpg

Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
OCAMPO, DEGOLLADO Y VALLE: LOS PATRICIOS DE JUNIO

 

Junio de 1861 fue un mes trágico para las fuerzas liberales, inmersas entonces en una encarnizada lucha política y militar contra el bando conservador. Entre  los días 3 y 23 de ese funesto mes, tres insignes liberales, Melchor Ocampo, Santos Degollado y Leandro Valle, fueron asesinados en distintos escenarios de ese México dividido.

El jueves 30 de mayo de 1861, Melchor Ocampo despidió a sus hijas Petra y Lucila, quienes dejaban su hacienda Pomoca (Michoacán) para dirigirse a Maravatío. Horas más tarde, las gavillas conservadoras que merodeaban la región llegaron a Pomoca. Lindoro Cajiga, cabecilla de esos hombres, aprehendió a Ocampo con la intención de presentarlo ante Leonardo Márquez, uno de los jefes conservadores aún activos tras la derrota del grueso del ejército conservador. Cruzaron Pateo para dirigirse a Maravatío, y en la tarde del día siguiente arribaron a Tepetongo, todavía en territorio michoacano. Como el tiempo apremiaba, Cajiga apresuró el galope para entregarlo en Huapango, Timilpan, Estado de México, sitio en donde se encontraba el campamento de Márquez y del otro jefe de los levantados, Félix Zuloaga.

Más tarde optó por dirigirse hacia Tepeji del Río (actual estado de Hidalgo); ahí llegaron en la mañana del 3 de junio; en ese lugar el prisionero fue encerrado en el cuarto número 8 del mesón de Las Palomas. A tan sólo unos metros de distancia, Márquez y Zuloaga deliberaban sobre el destino de quien era uno de los pilares de la Reforma liberal.

A las diez de la mañana, Ocampo fue notificado de su fusilamiento. Durante su cautiverio, un hombre llamado Nicolás Alcántara le proporcionó un vaso con agua. También le acercó tinta y papel para escribir su testamento: reconoció como hijas naturales a Josefa, Petra, Julia y Lucila; adoptó como hija a Clara Campos y nombró albaceas a José María Manzo, Estanislao Martínez y Francisco Benítez. En un párrafo expresó: “Me despido de todos mis buenos amigos y de todos los que me han favorecido en poco o en mucho, y muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en consecuencia que era bueno”.

A las dos de la tarde montó un caballo escoltado por otros jinetes con destino al patíbulo, no sin antes rechazar el auxilio espiritual del cura Domingo M. Morales: “Padre, estoy bien con Dios, y él está bien conmigo”. Al pasar por la hacienda de Caltenango pidió que se le permitiera adicionar algo más a su testamento: se trataba del reconocimiento de sus amoríos con Ana María Escobar y el legado de sus libros al Colegio de San Nicolás.

Vigilado por el pelotón de fusilamiento, retomó nuevamente el camino de Occidente, pero por poco tiempo, ya que el jefe de la escolta, Antonio Andrade, le ordenó bajar de la cabalgadura. Los hombres de Márquez dispararon al pecho y cabeza del reformador, para de inmediato colgar el cuerpo inerte en un pirul. Los asesinos huyeron. Algunas horas pasaron antes de que el cadáver  fuera rescatado y trasladado con grandes honores a la Ciudad de México, para ser sepultado el 6 de junio en el Panteón de San Fernando; su corazón, en cambio, fue depositado en el Colegio de San Nicolás, en la ciudad de Morelia.

Tras saber la noticia del asesinato, el presidente Benito Juárez sintió hondo pesar por la muerte del amigo y leal servidor a la causa liberal. Por ello, decretó que los asesinos Félix Zuloaga, Leonardo Márquez, Tomás Mejía, José María Cobos, Juan Vicario, Lindoro Cajigas y Manuel Lozada quedaban fuera de la ley y que recompensaría con 10 mil pesos al que “libertare a la sociedad de cualquiera de estos monstruos” y, en caso de estar procesado por algún delito, sería indultado.

Por su parte, el general Santos Degollado actuó de inmediato para vengar la muerte del ex ministro de Estado: el 4 de junio se presentó en el Congreso y pidió permiso para salir a campaña. En esos días, Degollado era un general sin mando de tropas, procesado por negociar la pacificación del país con el encargado de negocios británico George W. Mathews, dejando de lado a Juárez. Quizás para lavar su nombre optó por llevar a cabo tal aventura y, con el consentimiento del Congreso, el 7 de junio emprendió su viaje rumbo a Toluca.

La expedición punitiva estaba integrada por el Batallón de rifleros de San Luis y el cuerpo de Lanceros de la Libertad, —formado éste por catorce dragones— proporcionados por el gobernador del Estado de México, Felipe Berriozábal. En realidad la tropa estaba mal armada y sus oficiales necesitaban caballos y equipo.

El 15 de junio una columna emprendió la incursión al cerro de La Pila para encontrar ahí la muerte: los hombres a quienes los liberales perseguían comenzaron a emboscarlos, diezmarlos y hacerlos retroceder. Al poco tiempo Degollado se encontró rodeado por las partidas de José María Gálvez y de El Chato Alejandro Gutiérrez. Sin parque, y presas de la desesperación, los soldados liberales fueron dispersándose: el ayudante de Degollado, José María Gómez, murió y sus demás oficiales lo abandonaron. Acompañado por el teniente coronel Castañeda, Santos huyó hasta los llanos de Salazar. En el intento por escapar, una bala que disparó el indio Neri se incrustó en la parte posterior de su cabeza, El Chato lo hirió en el cuello y un tercero le disparó a quemarropa en el pecho.

Gálvez ordenó que su cuerpo fuese enterrado en Huixquilucan. Más de un año transcurrió, cuando el 5 de julio de 1862 sus restos fueron exhumados, trasladados a la Ciudad de México e inhumados en el Panteón Inglés, situado en los predios de Tlaxpana.

El 21 de junio de 1861, el ministro de la Guerra, Ignacio Zaragoza, pidió al Congreso que concediera licencia a Leandro Valle para dirigir las operaciones militares en contra de Márquez, que en realidad no mandaba sólo a una gavilla de forajidos, sino a seis mil hombres que ponían en riesgo la frágil estabilidad del régimen juarista.

El día siguiente, Valle salió rumbo a Toluca al mando de una brigada integrada por elementos de los batallones Zacatecas, Reforma y Moctezuma, y el escuadrón Romero, con el fin de reunirse con el general Jesús González Ortega. Alrededor de las diez de la mañana del 23 de junio, la columna de Leandro Valle fue atacada por las avanzadas conservadoras de Márquez en el Monte de las Cruces. El enfrentamiento duró más de dos horas con la disminución de las fuerzas liberales. Valle resistió heroicamente, pero el embate del rival era mayor, por lo que, sable en mano y montado en su caballo San Pedro, optó por romper el sitio. Este intento resultó infructuoso, ya que Lindoro Cajiga le dio alcance en las lomas de Santa Fe.

Entonces fue conducido hasta La Marquesa, ante la presencia de Márquez, quien ordenó al capitán Manuel Beltrán y Puga pasarlo por las armas y colocar su cadáver en un paraje público “para escarmiento de los traidores”. Más tarde, enterado de los acontecimientos, el general Berriozábal ordenó al coronel Tomás O’Horan buscar el cadáver.

Sus restos fueron trasladados a la Ciudad de México el 28 de junio y expuestos al público en el salón de sesiones del Ayuntamiento. Al día siguiente se efectuaron los funerales: del palacio municipal salió el cortejo fúnebre, un piquete de seis hombres y un cabo de carabineros abrió la marcha. El Batallón de Zacatecas tenía la encomienda de hacer tres descargas: la primera al llegar el cuerpo de Valle al Panteón de San Fernando, la segunda al concluir el oficio de difuntos y la tercera en el momento de darle sepultura. El diputado Vicente Riva Palacio pronunció en aquella ocasión la oración fúnebre. En nuestros días, los restos de los tres patricios reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres.

En cambio, los “monstruos” que cometieron el asesinato de Ocampo tuvieron otro destino: Lindoro Cajigas cayó prisionero de los republicanos en 1863, y fusilado después de un juicio sumario en Acambay, Estado de México. En ese mismo año, José María Cobos aceptó desde Brownsville la invitación del general Manuel Cortina para adherirse a la sublevación contra el gobierno de Tamaulipas. El 6 de noviembre manifestó su oposición tanto al régimen tamaulipeco como al gobierno de Benito Juárez, lo que provocó que Cortina ordenara su aprehensión y fusilamiento al día siguiente en Matamoros.

Tomás Mejía fue fusilado en el Cerro de las Campanas, al lado de Maximiliano y Miguel Miramón, el 19 de junio de 1867. Por su parte, Manuel Lozada se levantó en armas contra los poderes de la Unión mediante el Plan Libertador de los Pueblos de la Sierra de Álica el 17 de enero de 1873, mantuvo algunos combates hasta que fue derrotado en La Mojonera y entonces perseguido por el general José Ceballos hasta su aprehensión, el 15 de julio. Condenado a muerte en Tepic, fue ejecutado en la Loma de los Metates el 19 de julio de ese año.

Otro más, Juan Vicario, se sumó al imperio de Maximiliano, pero su indisciplina provocó su inhabilitación para comandar tropas. No obstante, a principios de 1867 retornó al servicio de las armas con el grado de general de brigada. Triunfante la República, se refugió en su pueblo natal, Huitzuco, donde falleció en 1880.

Poco después del asesinato de Ocampo, Félix Zuloaga salió del país para radicarse en Cuba hasta que Porfirio Díaz le concedió la amnistía. Murió en la Ciudad de México el 11 de febrero de 1898, casi al finalizar el siglo, siendo sepultado en el Panteón del Tepeyac.

Por su parte, Leonardo Márquez permaneció fiel al bando conservador y durante la Intervención francesa combatió férreamente a los republicanos. Pese a haber sido enviado a Turquía a cumplir una misión, regresó a México en 1866 para continuar combatiendo hasta que fue derrotado en Puebla, en abril de 1867. Entonces regresó a la Ciudad de México; ahí permaneció escondido durante seis meses, para huir del país disfrazado de arriero con rumbo a Estados Unidos; posteriormente se trasladó a La Habana, ciudad en la que fijó su residencia hasta 1895, cuando el presidente Díaz le concedió volver a suelo patrio. Sin embargo, debido al mal trato, decidió volver a La Habana, donde murió el 4 de julio de 1913, a los 93 años de edad, en calma; aquel hombre que fue un jefe valiente y cruel, falso y ambicioso; aquel general victimario de los patricios de junio.

Fuente: Wikipedia. Artículo autoría de Roberto Espinosa de los Monteros Hernández. México 2010. Bicentenario del inicio del movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del inicio de la Revolución Mexicana. INEHRM. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Imagen: libro de Vicente Riva Palacio, Julio Zárate (1880) "México a través de los siglos" Tomo III: "La guerra de independencia" (1808 - 1821). Creative Commons.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia