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EL ESTADO MAYOR DE FELIPE ÁNGELES

 

Hasta la batalla de Zacatecas, el general Ángeles no había tenido más que oficiales ayudantes, entre quienes nos contábamos José Herón González (ahora con mando de infantería), Gustavo Bazán (con mando de artillería) y yo; el capitán Espinosa de los Monteros y el mayor Eduardo Ángeles, hermano mayor del general, quien se había incorporado recientemente, después de una azarosa odisea para unirse a la Revolución, y quien posteriormente alcanzó el grado de coronel, en la División del Norte, por especiales méritos en campaña. También se acababan de incorporar el capitán Eugenio Aguilar, el joven Ángel Caso y los ingenieros Julio Prieto y Enrique del Valle. Estaba cerca de nosotros el doctor Federico Whisman, extranjero que se portó muy bien en la batalla de Zacatecas, recogiendo valientemente a nuestros heridos del campo de batalla.

Ahora y por indicaciones del general Villa, el general Ángeles constituyó su Estado Mayor, del que me designó jefe (acababa yo de ser ascendido a teniente coronel, por méritos en campaña), integrándolo, a más de las personas mencionadas, con jóvenes de honorable procedencia, quienes después habrían de distinguirse por su lealtad y valentía, tales como Alfonso y Rafael Iturbide (el primero murió heroicamente en la batalla de León), Fernando Liceaga, Manuel Icaza, Luis Espinosa Casanova, José de Lara, Ramón Villanueva (a quien cariñosamente llamábamos “el Zapatista”) y los oficiales zapatistas Francisco Cuervo Martínez (profesor y poeta que compuso una oda a la batalla de Zacatecas) y Alberto Quiroz, así como el doctor quiropráctico Salvador Anaya y Arrieta. Posteriormente ingresaron al Estado Mayor del general Ángeles varios jefes ex federales de los más honorables, como Manuel Cabrera, José Romero, quien posteriormente me substituyó en la jefatura del Estado Mayor, cuando fui enviado a la Convención Nacional Revolucionaria en representación del general Ángeles; general M. Luna, Manuel Calderón, Carlos Aranao, Ricardo Gutiérrez, Fausto Villanueva, Antonio Espinosa, doctor Cuarón, Eduardo Manrique de Lara, Agustín Garza Farías, general Joaquín Mendoza Soto y Roberto Morelos Zaragoza, quienes desempeñaron importantes comisiones.

El general Ángeles y su Estado Mayor tenían su cuartel general (de la Brigada Ángeles) a bordo de un carro de tercera sin asientos, llamado “Zacatecas”, en el que de día se armaban mesas y sillas de campaña y por la noche se tendían catres de campaña. Un pequeño compartimiento era el gabinete del general. En un carro inmediato había cocina y comedor anexos y una despensa que proveía a las comidas, las cuales se hacían conjuntamente.

El general Villa acostumbraba dar a sus oficiales, después de las acciones de guerra, valiosas gratificaciones. Esta costumbre no rezó con los oficiales del Estado Mayor del general Ángeles, quienes siempre estuvieron atenidos a su sueldo. Era el general sumamente parco en halagos, alabanzas y ascensos; los oficiales a sus órdenes se acostumbraban pronto a un trato cordial, pero del que estaban proscritas así la adulación como las malas costumbres. El general Ángeles era hombre probo y exquisitamente aseado; siempre tomaba su baño matinal; nunca su lenguaje fue obsceno, no fumaba, ni llegó a embriagarse, lo cual no quiere decir que rehusara alguna vez gustar, en la mesa, un buen trago de vino. Decía el general que el vicio de fumar es el vicio del mono, porque se adquiere por pura imitación, ya que los primeros ensayos del fumador son de lo más desagradable; y que el vicio de la embriaguez arraigaba en personas de débil voluntad.

Sabedor Villa de que la familia del general Ángeles había llegado a Estados Unidos, dispuso que se le pasara una mensualidad para vivir; el general Ángeles, dando muestras de exquisita delicadeza, no volvió a firmar la nómina ni a cobrar los haberes que le correspondían por su categoría y mando.

Curioso es referir que en Chihuahua Ángeles invitó especialmente a comer a Villa y oficiales de su Estado Mayor, preparándole un banquete rociado con los mejores caldos. Villa concurrió, pero, según su costumbre de exagerada desconfianza con la comida, no probó bocado y cuando Ángeles le ofreció una copa de vino, Villa le dijo en tono de victoria: “Ahí sí me lo llevo, mi general; yo nunca pruebo una gota de vino!”...

En efecto, Villa no tomaba, ni tampoco fumaba, tenía marcada aversión por los borrachos. Su abstinencia, como su temor habitual de que lo envenenaran, era seguramente producto de su vida azarosa y llena de asechanzas.

Un señor a quien después conocí en la Penitenciaría de Leavenworth, Kansas, E. U., apellidado Del Valle, me refirió que en una de las correrías de Villa por su pueblo, dio muerte a su padre por enemigo político y que a él se lo llevó prisionero, con amenazas de muerte, haciendo que en cada lugar adonde Villa llegaba a comer, su prisionero probara la comida y no tomándola hasta que veía que no lo dañaba. Un día que Del Valle se rebeló de que lo tratara como a un perro, haciéndolo probar lo que Villa sospechaba que pudiera estar envenenado, la indignación de Villa fue grande: de un sablazo que le hundió el cráneo, lo dejó por muerto. El señor Del Valle sobrevivió.

Recién llegados a Torreón, procedentes de Zacatecas, se nos presentó disfrazado estrambóticamente el señor Octavio Serrano, compañero que fue del Colegio Militar (le llamábamos “El Ronco”) y quien como jefe de la policía en Zacatecas, a la hora de la derrota había escapado de la matanza escondiéndose hábilmente primero y después viajando en los trucks de nuestros propios trenes. Serrano fue acogido por nosotros, acompañándonos hasta Chihuahua, donde un jefe militar averiguó que había sido “pelón”, en Zacatecas, y estuvo a punto de fusilarlo. El general Ángeles lo salvó hablándole con energía al comandante militar, quien lo tenía en capilla, y yo lo recogí y conduje hasta Ciudad Juárez, poniéndolo a salvo del lado americano. Serrano se abrió paso en el extranjero trabajando afanosamente y ahora es rico hombre de negocios.

En Torreón, al presentarme un día en el cuartel de la artillería, el general Ángeles me llamó diciéndome: “Oiga, Cervantes; hágame favor de escribir un oficio para el mayor Rubén Morales, manifestándole que queda dado de baja por indigno de pertenecer a la División del Norte; le entrega usted el oficio y le dice que se marche inmediatamente”. Aquella orden me causó estupor porque yo sentía amistad hacia Morales; era mi coterráneo y yo lo había tratado en el Colegio Militar. Le dije entonces al general Ángeles: “Mi general, esa baja es terrible para un militar”. Entonces el general, apresurándose a contestarme antes de que yo abogara por mi paisano, me dijo: “Yo sé por qué se lo digo, Cervantes; haga usted el oficio como se lo indico”. Me puse a la máquina, escribí el oficio y luego que el general lo firmó, se lo llevé a Morales diciéndole: “Oiga, paisa, ¿qué ha pasado?; ¡mire esto!” Morales, intensamente pálido, leyó aquella comunicación y casi sin decirme nada, se marchó. Supe después que Morales se incorporó con el señor Carranza y obtuvo ascensos y buenas posiciones oficiales. Posteriores declaraciones periodísticas descubrieron que Morales era espía confidencial del general que se negó a combatir en Zacatecas. (Carranza.)

Por muchos años ignoré yo la causa de aquel cese degradante. Pero Morales se dedicó a atacar por la prensa, con verdadera saña, la memoria del general Ángeles, y como yo lo defendiera, entablamos agria polémica en El Universal. Y tal como reza el adagio, “el pez por su boca muere”, en una de sus respuestas, Morales afirmó que a la División del Norte lo llevó una misión confidencial del Primer Jefe (era un espía) y que él había sustraído de los cañones de la artillería de la División del Norte, varios cierres de cañón...

Al correrlo, Ángeles le salvó la vida; pues Villa lo habría mandado incontinenti al patíbulo.

Fuente: Wikipedia. Federico Cervantes. Colección Biografías Conmemorativas publicada por el Gobierno del estado de Hidalgo con motivo del Bicentenario de la independencia y del centenario de la revolución. Director de la colección Rubén Jiménez Ricárdez. Gobierno del Estado de Hidalgo. Creative Commons.

 
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