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DÍA DE REYES EN EL SIGLO XV

 

"Los trabajos y las alegrías de la vida, todo tiene su norma fija. La religión, la caballería y el amor cortés suministran las formas más importantes de la vida" (Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media, 1919).

Leo en una crónica del siglo XV: "Para la fiesta de los Reyes, el señor condestable fazía e mandaba conbidar a los regidores e jurados, cavalleros e escuderos e letrados e otros ciudadanos para comer a la mañana e çenar a la noche".

Era el condestable don Miguel Lucas de Iranzo hombre de probado valor, privado de Enrique IV, refinado, dentro de lo posible en una ciudad de frontera como Jaén, y amigo de jugar a los dados. En la mañana de Reyes trompetas, atabales, chirimías y cantores le "davan el alvorada". Después oía misa, asistía a una procesión y adoraba la Santa Verónica, una reliquia que movía a mucha devoción. Acabados estos ejercicios piadosos, mandaba acudir a sus casas principales a lo más esclarecido de la ciudad "e luego traían de comer con los trompetas e atabales e cheremías, como en las otras fiestas". Todo con gran movimiento de maestresalas y capellanes que bendecían las mesas. Tras levantar manteles "el señor condestable y la señora condesa dançavan un rato y cantavan en cosante". Era la Condesa antepasada del conde de Villardompardo que, un siglo después, fue virrey del Perú y tantos hijos ofreció al servicio de Dios y del Rey.

También el día de Reyes se jugaba a las cañas y a la sortija, con "munchos cavalleros, y bien arreados". Era toda gente muy curtida en la vida fronteriza, capaz de leer el humo de las almenaras, hombres de dicho y hecho, siempre más derechos que una vela en venturas y desventuras. No eran caballeretes de alfeñique. Iban, cuenta el Cronista, aparejados por las calles "en sus cavallos de la brida e muy bien guarneçidos, sus lanças en los muslos", alumbrados con antorchas y, para más demostración de júbilo, "los espingarderos disparando munchas espingardas". El vecindario, atronado y contento con esta tormentaria, se asomaba por los ventanucos.

Los juegos de sortija se hacían junto a la torre de la posada del Condestable. Ante "munchas dueñas e donzellas a las ventanas e tejados". Damas ya olvidadas que se llamaban doña Guiomar, doña Juana, doña María o doña Violante. Los más esforzados recibían como galardones "çiertas joyas y sedas". Los que marraban el tiro, airados,"quebravan lanças por las paredes". Tengo por cierto que juraban en voz baja por no ser oídos.

Después de estos alardes volvían al palacio del Condestable a cenar y a danzar otra vez "con aquel abundancia y çirimonias ya dichas". Y al final "se mandava fazer la Estoria de quando los Reyes vinieron a adorar y dar sus presentes a nuestro señor Iesuchristo" que todos tenían gran placer en contemplar. Como era ya noche cerrada, y a veces helaba, se encendían grandes braseros. Las estancias olían a sahumerios de alhucema y cornicabra de los montes cercanos y algún galopillo, escapado de las cocinas, removía las ascuas a golpe de paleta. Después de una colación el Condestable, siempre tan cumplido, despedía a los concurrentes y "se davan muchas antorchas y pajes con que fueses a sus posadas".

Los datos están tomados de la Relación de los hechos del muy magnífico e Más virtuoso señor, el señor don Miguel Lucas muy digno condestable de Castilla.

Fuente: Ángel Aponte Marín. Retablo de la Vida Antigua. Cuaderno sobre la Vida de los Españoles de Ayer. Creative Commons.

 
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