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ARMEROS, MAESTRANZAS Y ARTILLERÍA RUDIMENTARIA EN NUEVA ESPAÑA DURANTE LA PRIMERA INSURGENCIA

ARMEROS, MAESTRANZAS Y ARTILLERÍA RUDIMENTARIA EN NUEVA ESPAÑA DURANTE LA PRIMERA INSURGENCIA, 1810-1811

Uno de los temas de la historia militar en México que ha permanecido olvidado por la historiografía es el relacionado con el papel desempeñado por los armeros durante la lucha por la independencia. Por lo general, la mayoría de los historiadores especialistas en este período han privilegiado el estudio de las grandes batallas o la conformación de los ejércitos libertadores, pero poco o nada se han ocupado de los fabricantes de armas en tiempos de guerra —especialmente las de fuego—, o de los hombres responsables de su cuidado y conservación, que es como se identifica a estos sujetos.(2)

El estudio de estos personajes, de los espacios físicos donde realizaban su labor y de sus tareas y logros armamentistas, nos ayudará a comprender la producción de una artillería peculiar, no sólo por los actores que intervinieron en su manufactura, sino por las características del material empleado en su elaboración, sin sujeción plena a los lineamientos señalados por la Ordenanza de Artillería y el Tratado de Artillería del Real Colegio de Artillería de Segovia. Pero además, nos permitirá apreciar las transformaciones tecnológicas y las mutaciones culturales de la sociedad novohispana, que tuvo que aprender a construir y a utilizar armas blancas y de artillería para defender su vida, sus valores y su libertad.

El período que comprende este ensayo corresponde fundamentalmente a la primera etapa del movimiento insurgente acaudillado por Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, también llamada de la primera insurgencia, aunque también se hace alusión a la producción de cañones de madera en los años posteriores. Desde el punto de vista militar se caracteriza por una enorme participación del bajo pueblo, por la inexistencia de un “ejército” regular, debidamente disciplinado y armado; por el empleo en combate de armas punzo cortantes y arrojadizas, y por la invención de un tipo de artillería bastante burda e improvisada.

Para esto dividiremos el trabajo en tres partes. Primero hablaremos de los armeros que existían en Nueva España poco antes de que diera inicio la insurrección en la congregación de Dolores. Después nos ocuparemos de los talleres y maestranzas que proliferaron con el estallido de la revolución y en el que jugaron un papel fundamental decenas de herreros, carpinteros, mineros, curas de pueblo y ex alumnos del Colegio de Minería de la ciudad de México. Finalmente, centraremos nuestra atención en la fabricación de artillería rudimentaria a partir de los diferentes testimonios documentales que ofrecen los archivos y testimonios de la época, y haremos un análisis de los cañones de madera con base en la pintura que realizó el oficial suizo Theubet de Beauchamp durante su residencia en México entre 1810 y 1827.

Armeros en Nueva España

Pedro Garibay llegó a ser teniente general de los reales ejércitos, virrey, gobernador y capitán general de Nueva España y presidente de su Real Audiencia, gracias al golpe de estado perpetrado por un grupo de comerciantes encabezados por Gabriel de yermo, en contra de José de Iturrigaray la madrugada del 16 de septiembre de 1808. Garibay era un hombre octogenario, natural de Pamplona, reino de Navarra, lugar donde nació por el año de 1730, pues en 1799 declaró tener 69 años de edad. Peleó en la guerra de Italia de 1742 a 1749 en que regresó a España proveniente de Nápoles; también estuvo en la de Portugal en 1762 y en la de la Isla Española de Santo Domingo en 1794. Permaneció cinco años de guarnición en la plaza de Ceuta, atacada por el emperador de Marruecos en 1757. Llegó a Nueva España en 1764 con la expedición del comandante general e inspector general de ejército Juan de Villalba, quien tenía como misión la reforma de los cuerpos castrenses del reino. En agosto de 1782 desempeñó el cargo de sargento mayor de plaza en el cuartel que ocupaba el pie de veteranos del Regimiento de Infantería Provincial de la ciudad de México, la cual por cierto tenía varias casas inutilizadas por el tiempo.(3) Ahí permaneció por 22 años, hasta que a mediados de junio de 1795 en que residía en La Habana, pidió al rey le concediera el grado de mariscal de campo.(4)

Así mismo, fue caballero gran cruz de la real y distinguida orden española de Carlos Tercero, y estuvo casado con doña Francisca Xaviera Echegaray, prima del erudito Francisco Xavier Clavijero. Poco después regresó a la Nueva España en compañía de su esposa a vivir una vida digna, hasta que se dejó seducir por los miembros de la Real Audiencia. Señala Bustamante que “atenido siempre a su sueldo y sin más recursos para pasar una vida estrecha y pobre, vio su exaltación como un gran beneficio y en los oidores unos protectores, cuyo título no les negaba en sus contestaciones secretas: era todo de ellos y hacía precisamente lo que le mandaba Aguirre, capataz de la Audiencia”.(5)

Más allá de los millones de pesos enviados a la Península por concepto de consolidación; de los tres mil quintales de cobre que puso a disposición del gobierno inglés, aliado de España en la guerra contra Napoleón; de la persecución que hizo de los extranjeros a través de la sala del crimen; de la creación de la Junta de Seguridad; del juramento de obediencia a la Junta Central de España; del aumento del espionaje, prisión y muerte de algunos personajes de cierta importancia de la ciudad de México, y de los carteos con la infanta Carlota Joaquina del Brasil, quien pretendía que a su hijo don Pedro se le nombrase regente de América, hechos todos característicos de su breve período de gobierno;(6) las fuentes de información de la época dejan ver ante todo, la crítica situación militar que se vivía en el reino a causa de la guerra contra Francia, el mal estado de las armas de muchos regimientos y el reducido número de armeros en las provincias, en quienes el virrey Garibay fincaba sus esperanzas de fabricar armas de fuego y con ellas defender los dominios del soberano. En efecto, a pesar de contar con el respaldo y protección de los integrantes de la Audiencia, Garibay llegó a temer una reacción por el atentado cometido contra su antecesor, por lo que de inmediato tomó algunas providencias. A principios de abril de 1809, giró una orden circular con carácter de “reservada” a los intendentes de Veracruz, Puebla, México, Guanajuato y Guadalajara, así como a los tenientes letrados de Oaxaca, Valladolid, Zacatecas y San Luis Potosí, solicitándoles que a la mayor brevedad le dieran noticias de los armeros que existían en el reino, sus circunstancias particulares así como el número y tipo de armas que podrían fabricar en su jurisdicción.

Lo que más le interesaba al virrey era conocer el número de armeros que había en el distrito de cada intendencia, que tuvieran un taller debidamente establecido y que de preferencia trabajaran en la fabricación de armas de fuego y blancas, expresando sus nombres y residencia. Así mismo, requería saber “las proporciones que se les consideren para subsistir”, las cuales iban en relación con “su mayor o menor habilidad”, pero sobre todo, pedía a cada intendente emitir un juicio particular sobre ellos.(7)

No obstante tratarse de una orden superior para atender un asunto sumamente delicado, que hoy en día podríamos llamar “de seguridad nacional”, sólo algunos de los funcionarios y empleados del gobierno mandaron sus respuestas. De los que sí tenemos noticia que lo hicieron, figuran los de Veracruz, Puebla de los Ángeles, Guanajuato y Valladolid de Michoacán.

En la intendencia de Veracruz se tenía esperanzas de que tanto en la maestranza de esa plaza, como en la de Perote y Xalapa hubieran personas capaces de fabricar fusiles y bayonetas del calibre y dimensiones marcadas por la Ordenanza, así como también algunas armas de punta y corte. Por eso el virrey encargó al intendente Pedro Laguna hacer una lista con los nombres de las personas peritas en la materia, informándole “el costo sobre poco más o menos que podrán tener las primeras, completamente habilitadas y el de cada hoja de espada y sable, con todo lo demás que parecen a vuestra señoría oportuno para la mayor ilustración y conocimiento de mis tropas, en el evento de que las circunstancias obligan a mandar fabricar armas de dichas clases”.(8)

Veracruz contaba en ese tiempo con dos maestranzas: una permanente, establecida en la plaza de Perote, y otra provisional en Xalapa que estaba por disolverse por órdenes del mismo Garibay. Además de que el número de individuos era bastante reducido, no había uno capaz de fabricar fusiles ni armas de punta y corte en ambos talleres. En Perote sólo podían contar con el sargento de armería Pedro Urquía que pasó a Jamaica, elegido por el teniente coronel Julián de Bustamante, comisionado por el virrey con el armero del mismo oficio Manuel Ximénez. El intendente de Veracruz informó que en las proximidades de Perote había un pueblo llamado Teziutlán en donde sus vecinos se dedicaban a la fábrica de armas, particularmente blancas o punzocortantes. El funcionario no tenía duda de que pudieran fabricar las armas pedidas por el virrey “aunque no sean de tan buena calidad como las fabricadas en Europa”, pero sí tendrían la resistencia necesaria para ofender, matar y defenderse, que era para lo que se ocupaban. Por otro lado, le informó que si concluida la licencia que había concedido al capitán del cuerpo de su mando, José Carrera, destinado en Perote, hubiese de restituirse a dicho Fuerte podría, de acuerdo con el señor gobernador y ministros pagadores, tomar todas las noticias necesarias al efecto. De esta manera el virrey podría determinar la fabricación de cada clase, y probada su calidad, ordenar la fabricación de las que quisiera.(9)

La ciudad de Puebla por su parte, desde agosto de 1808 se había ofrecido a entregar al gobierno virreinal 20 fusiles cada semana durante el tiempo que durase la guerra entre Francia y España. Las armas estarían bien acondicionadas y a precio muy cómodo, pero sólo faltaba la autorización del virrey para que dichas armas comenzaran a fabricarse y a remitirse a la capital del reino. De esa manera, al tiempo que la ciudad de Puebla proveía de fusiles, los pueblos de Teziutlán y otros de las cercanías de Perote irían fabricando espadas y sables y el virrey podría contar en muy poco tiempo con las armas de que carecía.(10)

Mientras que en los casos de Veracruz y Puebla el virrey podría albergar algunas buenas esperanzas de contar con armamento, no pasaba lo mismo en la intendencia de Guanajuato a cargo de Juan Antonio Riaño. En su informe señaló que los maestros armeros que había en la ciudad capital “no son más que unos remendones, sin talleres formales para forjar armas de fuego”. Con lo que sí contaba aquel Real era con herreros que se dedicaban a la fabricación de cuchillos, teniendo alguna fama los que se hacían en Marfil, gracias a su “temple”. Riaño no sabía a ciencia cierta si en el resto de la provincia existían fabricantes de armas; pero de lo que no tenía duda era de que “si llegase el caso, sobrarían herreros que hiciesen armas blancas de todas clases, más o menos buenas, y trabucos, que son las armas de fuego más usadas por los de a caballo”. Lo que llamaba la atención del funcionario real era la capacidad de imitación de los operarios de todo cuanto veían o se les explicase; y aunque carecían de herramientas, de máquinas adecuadas para su trabajo y de dinero para adquirir la materia prima, tenían el talento y la constancia necesaria para lograr sus propósitos, “no con perfección, pero sí aproximándose más o menos a ella”. y enseguida expresó un presentimiento que se haría realidad en septiembre de 1810 cuando inició la insurrección del padre Hidalgo:

“Debe, pues, desearse, que no llegue el tiempo infeliz, de que haya quien los estimule y pague bien; porque entonces cada herrero sería un maestro armero, y cada fragua un taller de armas, sobrando lugares ocultos donde esconderse, y no pudiéndose evitar entonces sin unas pesquisas y providencias que agravarían el mal con el descontento”.(11)

Pero lo más significativo fue lo que Riaño dijo al virrey en su carta “muy reservada”, dándole noticia de las ambiciones expansionistas de los vecinos del norte, de su interés por las dos Floridas, de los indios robustos y habituados a la fatiga que causaban problemas a los pueblos-misiones del septentrión, y de su actividad armamentista al estar fabricando lanchas cañoneras. Ante ese panorama, la realidad de Nueva España era poco alentadora. Decía Riaño:

“Nosotros estamos sin tropa verdadera por la mala elección de los oficiales de milicias, falta de academias-militares, y rigorosa activa disciplina. Carecemos de buena y competente artillería, de armas blancas y de fuego excelentes, y en el número conveniente y de otros utensilios necesarios de que, importa, haya siempre abundante repuesto. Finalmente, no conozco el número preciso de oficiales de ciencia y desempeño acreditados que ayuden a vuestra excelencia en la organización de un cuerpo de ejército respetable en caso necesario. Las tropas de Provincias Internas son buenas y quizá las únicas, pero son pocas y de caballería únicamente, instruidas sólo en las guerras de los indios bárbaros y que por tanto se hallarían en el caso nuevo de guerrear con los americanos, muy embarazadas”.(12)

Más adelante Riaño sugería dar una nueva cara a las fuerzas del reino; pedir a la Junta Suprema Central jefes, oficiales, sargentos y cabos aguerridos y expertos que pudieran tanto pelear en el campo de combate al lado de las tropas del país, como fundir abundante y buena artillería, fabricar armas blancas y de fuego, proveerse de municiones y lo demás necesario para acampar, atrincherarse o fortificarse.

Las noticias de Riaño no pasaron desapercibidas para el virrey. Don Pedro de Garibay sabía que el intendente de Guanajuato hablaba con conocimiento de causa, dado su paso por la Luisiana y la Florida Occidental donde radicó por algún tiempo y que lo llevarían a enfrentar a las tribus apaches del norte del reino. Por lo referente al acopio de armas fuera de la Nueva España, Garibay ya había tomado providencias; solicitó al vice-almirante de Jamaica le proporcionase en venta armas blancas y de fuego, comisionando para conducirlas al capitán de artillería Julián Bustamante, quien en cuestión de semanas regresó con cerca de ocho mil fusiles que condujo la fragata Franchise.(13) Por otro lado, insistía a la Junta Suprema Central sobre la necesidad de contar con más armamento, así como azogues y otros productos señalados por Riaño en su oficio.(14)

El otro funcionario que también remitió sus informes al virrey Garibay fue el asesor letrado de Valladolid de Michoacán, licenciado José Alonso de Terán. Luego de varios días de visitas e indagatorias, Terán pudo reunir los datos necesarios para poder escribir su respuesta al virrey. En su carta del 17 de abril le decía que en el pueblo de Uruapan, ubicado a 24 leguas de Valladolid, había dos hermanos que eran dueños de sus propios talleres y que trabajan por separado en la fabricación de armas de fuego. “Tienen sus proporciones y son muy hombres de bien”, decía Terán en su informe. Se llamaban José María y Trinidad López y al parecer este último era el más inteligente. Entre las armas de fuego que fabricaban había pistolas y carabinas; se decía que también trabajaban las armas blancas, pero cuando el asesor letrado fue a visitarles no tenían ninguna en existencia. A Terán le resultó imposible averiguar el costo por la fabricación de la carabina, pero sí conoció el de la pistola, la cual “poniendo y labrando la plata con todo lo que se componen, fueron diez y ocho pesos”. Las habilidades de los hermanos López fueron bastante bien ponderadas por el asesor Terán cuando los visitó, sobre todo porque eran capaces de fabricar “pistolas de dos cañones”.(15) Para probar que no se equivocaba, remitió un par de ejemplares a la ciudad de México para que un familiar suyo, Francisco Alonso Terán, opinara de su calidad.

Otra localidad investigada por Terán fue el pueblo de San Juan Huetamo, ubicado a 70 leguas al sureste de Valladolid. En este pueblo y la jurisdicción de su distrito existían dos sujetos que se dedicaban a la fabricación de armas blancas, de las cuales mandó una muestra al mismo Francisco Alonso de Terán. De los operarios, Terán señaló:

“Tienen muy mala conducta y ningunas facultades; el uno es indio y se apellida García; el otro mulato, se dice Mendoza, éste es el que mejor trabaja. El costo de una hoja es: dos libras de acero, media de fierro y tres pesos por la hechura, tardando cuando más dos días. El grueso, largo, corto, según se les da la muestra. No tengo noticia hasta hoy de otros en la provincia que entiendan la maniobra”.(16)

Ante el temor de una invasión extranjera y de prevenir acontecimientos como los sucedidos en Quito en 1809, durante el gobierno del arzobispo-virrey Francisco Xavier Lizana se creó un tercer batallón para el Regimiento Fijo de Veracruz al mando de Joaquín de Arredondo, agregado al Regimiento de la Corona, y otro que denominó Fijo de Santo Domingo, mismo que pensaba destinar para aquella Isla luego de haber sido reconquistada por los españoles;(17) sin embargo, no tenemos noticias de que se hubiesen fabricado armas de fuego en las maestranzas del reino. Inclusive, esta situación se mantuvo meses después de que comenzara la lucha por la independencia; la mayor parte de las tropas de Celaya que resguardaban aquella plaza estaban armadas con “espadas amoladas” porque no disponían de algo mejor;(18) mientras que en San Luis Potosí, faltaban artesanos especializados en armamento y las armas existentes eran de pésima calidad, situación por la cual Calleja sólo pudo ordenar la construcción de lanzas, machetes y sables en la capital y en algunas subdelegaciones. Más adelante pudo hacerse de algunos cañones que fundió en San Luis Potosí y en el relativamente cercano Real de Catorce.(19)

Maestranzas y revolución

La insurrección que inició el cura Miguel Hidalgo y Costilla en su parroquia de Dolores la madrugada del 16 de septiembre de 1810, gritando “viva la virgen de Guadalupe”, “mueran los gachupines” y otras consignas contra el “mal gobierno”, haría realidad las palabras del intendente Riaño dichas al virrey Garibay el año anterior desde Guanajuato: cada herrero se convirtió en armero y cada fragua en un taller o maestranza de armas.

En efecto, las personas que colaboraron en la fabricación de armas blancas y de artillería fueron herreros, como aquel de apellido Camargo que montó las primeras piezas de madera en el pueblo de Irapuato cuando las fuerzas de Hidalgo pasaron por ese lugar.(20) Junto a ellos estaban los antiguos alumnos del colegio de Minería de la Ciudad de México radicados en ese entonces en el Real de Minas de Guanajuato y quienes por diversas razones decidieron unirse a la insurgencia, como Mariano Jiménez, director de la mina Valenciana; Ramón Fabié, pensionista del consulado de Manila, nombrado por Hidalgo teniente coronel del Regimiento de Infantería levantado en Valenciana; e Ignacio Ayala, que recibió el grado de sargento mayor destinándole al mismo cuerpo.(21) José María de Liceaga, primo hermano del insurgente del mismo nombre y apellido, dice que los cañones:

“se fundían y formaban en las capellinas(22) de las haciendas de beneficio pertenecientes a españoles; y la dirección de ella se encargó a don Rafael Dávalos, colegial de Minería que hacía su práctica en Valenciana, y era catedrático de matemáticas, al que se le dio el empleo de capitán de artillería con el grado de coronel. Se formaban también cañones de madera con cinchos de fierro; pero no sólo éstos, sino los de metal quedaban imperfectos”.(23)

En cuanto a las maestranzas, durante la primera etapa de la lucha armada la insurgencia contó con dos clases de ellas: las que lograron establecer de manera permanente en los territorios controlados por sus fuerzas, y aquellas que se montaban de manera provisional en pueblos y lugares, acordes con los itinerarios señalados por la dirigencia. Identificamos al menos tres polos de construcción de maestranzas: Las primeras se levantaron en el Real de Minas de Guanajuato localizado en la región central del virreinato, y en varios lugares de la intendencia de Valladolid de Michoacán, sobre todo en aquellos que contaban con yacimientos de plata, cobre o estaño como Santa Clara, Angangueo y Tlalpujahua. Otro polo importante lo constituyó la parte sur de la intendencia de México, en donde se ubicaban los reales de minas de Tasco, Zacualpa, Sultepec y Temascaltepec. De varios de estos centros mineros se extrajeron metales para las fundiciones que los insurgentes habían establecido en los pueblos de Tenancingo y Tecualoya, situados al sur de Toluca. Un tercero podemos ubicarlo en la parte norte y noroeste del virreinato, en ciudades como Guadalajara, Zacatecas, San Luis Potosí y en pueblos como Matehuala. En esa zona los insurgentes utilizaron los talleres que los españoles tenían al servicio del rey, en los cuales fabricaron obuses, cañones y cantidades importantes de material explosivo.(24) (Véase la tabla 1).

También las hubo en villas y lugares de cierta importancia. Cuando Hidalgo se encontraba en su cuartel general en Salamanca, al sur de Guanajuato, el 10 de octubre envió una carta al ayuntamiento de la villa de León autorizando la formación de dos compañías para su resguardo, y se mostró complacido con la fundición de cañones que la corporación estaba por comenzar. Para esto, dispuso que el coronel del Regimiento de Guanajuato, Bernardo Chico Linares, enviara a los regidores el cobre necesario para su fundición y el propio Hidalgo les mandó 300 pesos para la conclusión de los trabajos, dejando para después la designación del ramo de donde deberían pagarse.(25)

Así mismo, en la hacienda del Rosario, finca cercana al pueblo de Coahuayutla, en la Tierra Caliente del actual estado de Guerrero, el licenciado José María Izazaga edificó una maestranza aprovechando la ayuda de unos marinos extranjeros que vivían en la región. En ella se habría de fabricar una cantidad importante de armas y pertrechos que utilizaron los vecinos de las rancherías aledañas que se incorporaron a las fuerzas de José María Morelos, incluidos “los negros” de la costa. Pólvora, municiones, fusiles y posteriormente cañones, comenzaron a salir de aquel taller, gracias al cura Mariano Salgado quien no sólo se hizo cargo de la maestranza de Coahuayutla, sino que además estableció otra en la hacienda de La Orilla, muy cerca de la desembocadura del río Balsas, hacia el oeste.(26)

Salgado era originario del pueblo de Los Reyes, en la provincia de Michoacán. Estudió gramática en la ciudad de Querétaro, retórica, lógica y teología en el colegio de Celaya y posteriormente pasó al colegio de San Nicolás Obispo en Valladolid donde estuvo tres años más estudiando teología. En esta institución presidió actos y oposiciones de alumnos gramáticos y filósofos; fue propietario de las cátedras de mínimos y menores, medianos y mayores. Por espacio de seis meses administró los servicios religiosos en el pueblo de Los Reyes del curato de Peribán, y por nueve años en el de Cotija, sujeto a Tingüindín. Desde 1799 fue designado cura de Coahuayutla parroquia localizada al suroeste del actual estado de Guerrero, un lugar caluroso y distante de la capital de la diócesis en el que habría de sufrir no pocas enfermedades.(27) Fue en este lugar donde conoció el trabajo de la maestranza gracias a los extranjeros que ahí vivían y donde le sorprendería la insurrección, incorporándose al movimiento bajo las órdenes del licenciado Izazaga.

El segundo tipo de maestranzas, por ser provisionales, se podían montar en los patios de algunas casas o en los portales de las garitas poco después de ocupadas las poblaciones por los rebeldes;(28) pero generalmente se establecían en los parajes y sitios al aire libre, aunque provistos de materia prima indispensable para hacerlos funcionar. Este tipo de talleres eran atendidos por personas que antes de la revolución se desempeñaban como herreros y carpinteros; era gente que conocía el oficio de la fundición de metales o que habían trabajado en algún centro minero del virreinato.

Un caso que podríamos citar es el de aquel taller que establecieron algunos partidarios de la independencia en el portal de la garita del peaje, en la desaparecida venta de Cuajimalpa, después del enfrentamiento que sostuvieron los insurgentes contra los realistas en el Monte de las Cruces y se dispusieron a marchar rumbo a la ciudad de México.(29) Se trataba del maestro herrero José Lechuga, de otro individuo del mismo oficio originario del pueblo de Lerma que años después publicaría sus Memorias bajo el seudónimo el “lermeño imparcial”, y de dos oficiales que estaban con él reunidos.(30) Lechuga fue la persona encargada de ir a los pueblos de San Lorenzo Acopilco, Cuajimalpa y Atlalpulco a solicitar el carbón de que carecían para operar la fragua, mientras que el “lermeño” y los dos oficiales se encargaron de levantar la hornilla y colocar la herramienta en lugar adecuado para comenzar a trabajar. La fragua se instaló en el portal de la garita del peaje, muy cerca de ahí los operarios encontraron algo de carbón de encino, considerado “impropio” para su ejercicio con el que se pusieron a maniobrar, y como a las 11 del día ya tenían montados dos cañones, sin especificar de qué material.(31)

Las fuentes de información de que disponemos indican que en esta primera etapa, los armeros que apoyaron la independencia centraron su atención en la fabricación de lanzas, cuchillos, machetes y algunos cañones con algo de pólvora y pertrechos; para nada se ocuparon de la elaboración de fusiles, pistolas o trabucos que debían armar a los rebeldes. Ni en Aculco ni en Guanajuato en noviembre de 1810, ni en Puente de Calderón en enero de 1811, la insurgencia pudo contar de manera suficiente con armas de ese tipo. En este último punto “apenas había mil doscientos fusiles, todo armamento viejo quitado al enemigo; y para suplir esta falta se construyeron granaditas chicas, que despedidas con hondas, dándose fuego a una espoleta, pudieron suplir la falta de mosquetes”. A estas armas habría que agregar los siete mil indios que llevó de Colotlán el padre José Pablo Calvillo, mismos que se ejercitaron tirando flechas por veinte días consecutivos en las llanuras de Guadalajara.(32)

La artillería rudimentaria

A finales del siglo XVIII la palabra artillería tenía diversas acepciones: en sentido amplio, hacía alusión al tren de guerra, es decir el cañón, balas, granadas, petardos y otras armas de fuego que se cargaban con tiros, cajas y cartuchos; también se entendía por artillería la pólvora y todos los útiles e instrumentos necesarios para la guerra; y por último, se llamaba así al cuerpo militar destinado a este servicio.(33) Pero en sentido estricto, cuando los oficiales de la época de la independencia pronunciaban esta palabra, se referían a las armas de grueso calibre que usaban en los combates contra sus enemigos, ya fuese en la montaña, en una plaza o en una fortaleza costera, como la de San Blas o Acapulco, por ejemplo. Entre ellas podríamos mencionar: los cañones, las culebrinas, los obuses y los pedreros.(34)

En cambio, cuando hablamos de artillería rudimentaria nos estamos refiriendo a la manufactura de armamento embrionario, que se pretendía fuese similar al de grueso calibre, hecho por personas no especializadas en su elaboración, pero con bastante habilidad e ingenio, como lo describió el intendente Riaño en su carta al virrey Garibay; que empleaban materias primas no comunes para su construcción y que tampoco se sujetaban del todo a los lineamientos marcados por las Ordenanzas de Artillería. Si bien en nuestro concepto de artillería rudimentaria también podrían caber esos cañones raros y deformes, como el capturado por Torcuato Trujillo en julio de 1811 a los insurgentes que atacaron Valladolid, y cuya construcción fue considerada “monstruosa” porque su boca tenía “una tercia de diámetro (21 centímetros) y su longitud es de tres y tercia varas” (2 metros 73 centímetros);(35) nuestro verdadero interés radica en un tipo de artillería impensable en nuestros días, pero que fue toda una realidad en aquellos años iniciales de lucha: las culebrinas y cañones de palo.

Sabíamos de la fabricación de cañones de bronce o de hierro, pero de palo, nos parecería hoy un despropósito, un contrasentido, y sin embargo, culebrinas y cañones de madera se usaron en distintos lugares del virreinato durante la primera etapa de la insurgencia y aún meses después. Inclusive, esta clase de artillería rudimentaria se llegó a utilizar en Chile durante los siglos XVII y XVIII y en España, Cuba y Filipinas en el transcurso del siglo XIX.(36)

A falta de un testimonio fiel sobre su manufactura, inferimos que se hacían a partir de un tronco de encino, casi del mismo tamaño y dimensiones que un cañón convencional. Luego de ser cortado el árbol, se retiraban las ramas y cortezas del tronco, se desflemaba para eliminar la resina y al final se abría el agujero con un barreno, herramienta de acero con una rosca en espiral en su punta y una manija en el extremo opuesto que solían usar los mineros y carpinteros de aquel tiempo. El mismo maestro “carpintero de lo prieto”, que por lo regular sabía ensamblar, hacer carretas y ruedas para distintos usos, lo montaba en la cureña construida por él.(37) Después entraba el herrero, quien se encargaba de abrazar la pieza con varios cinchos de hierro; esto lo hacían con la idea de que al momento de hacer los disparos no reventara la madera, pero el resultado no siempre fue favorable. No se descarta la posibilidad de que en su manufactura también hubieran participado gente de las comunidades indígenas de Michoacán, particularmente de Cuanajo, dadas sus grandes habilidades artesanales.(38)

El testimonio más temprano sobre su fabricación por parte de los rebeldes data del 25 de septiembre de 1810. Mariano Abasolo en la declaración que dio a las autoridades españolas luego de ser aprehendido, señaló que Hidalgo y Allende mandaron fabricar cañones de varios calibres por las poblaciones donde transitaban; “los primeros de madera cinchados de fierro en Irapuato, cuyo maestro fue un fulano Camargo, distinto al que está preso”.(39)

De tal manera que para el 28 de septiembre, cuando Hidalgo tomó por asalto la ciudad de Guanajuato, sus hombres cargaban ya con cañones de palo que fueron usados por primera vez aquel día. El doctor Díaz Calvillo, enemigo de la insurgencia, señala que el caudillo la había ocupado con un “ejército” compuesto en su mayoría por indios honderos y flecheros y otros más armados con garrote y lanza; una minoría la integraba el Regimiento de Infantería de Celaya, los de Dragones de la Reina y Príncipe, y porción de lanceros de caballería, todos en número de veinte y dos mil hombres, “con dos cañones de madera abrazados con cinchos de hierro”.(40) Por su parte, José Sotelo, uno de los primeros acompañantes del padre Hidalgo que nos legó sus memorias, agrega que

“se venció el castillo a fuerza de hondazos y balazos con las pocas armas de fuego que se habían recogido, y unos cañones de artillería de madera que se improvisaron de cuero crudio y reforzados con cinchos de fierro”.(41)

El “cuero crudio” que menciona Sotelo no era otra cosa que el pellejo crudo y áspero que cubría la carne de los animales, y que en este caso debió ser de res o de carnero. Con él se llegaba a revestir todo el cañón, el cual era reforzado con los cinchos de fierro; así se pensaba resistir la deflagración, o sea, la rápida combustión de pólvora con una llama a baja velocidad de propagación, sin explosión.(42) El insurgente Pedro García, que también marchaba con las fuerzas de Hidalgo refiere en su Memoria que antes de salir de Guanajuato

“Se habían construido dos cañones de madera, de calibre de a 4, muy bien hechos, asegurados con cinchos de fierro, que aunque no de mucho alcance, llenaban sin embargo el objeto, pues a pesar de experimentos ni se incendiaron ni reventaron, y era curiosa esta artillería”.(43)

Es bastante probable que esas mismas piezas hayan sido las que utilizaron los rebeldes en el mes de octubre siguiente, cuando Miguel Hidalgo y su “ejército” se encontraban en el Monte de las Cruces, a unos pasos de la ciudad de México, dispuestos a enfrentar al ejército del rey. Cuando inició el combate contra los realistas comandados por Torcuato Trujillo, las fuerzas insurgentes se componían de cerca de ochenta mil hombres, de los cuales tres mil eran de infantería y caballería que en otro tiempo formaron parte de la milicia virreinal, y catorce mil rancheros de a caballo y gente de a pie armados con lanzas, machetes y palos. Como artillería tenía cuatro cañones, dos de bronce y dos de madera con cinchos de fierro.(44)

Por fortuna contamos con una imagen de la época que nos permite apreciar las características que llegaron a tener estas piezas. Fue elaborada por el coronel suizo Theubet de Beauchamp durante su estancia en México, y junto con otras obras pictóricas se conserva en la Biblioteca del Real Palacio en Madrid. Muy recientemente las publicó en México Sonia Lombardo de Ruiz, acompañadas de un excelente estudio introductorio de su autoría.(45) No obstante haber sido ya difundida en libros, artículos y discos compactos, los historiadores no han ofrecido hasta ahora una descripción e interpretación amplia de la misma, a la manera en que se habló de las pinturas de Francisco de Goya sobre la fabricación de balas y pólvora en la región de Aragón, España, durante la Guerra de Independencia.(46) La pintura de Beauchamp es muy didáctica y sumamente valiosa, porque además de enseñarnos las características de la pieza nos muestra a los actores sociales encargados de manipularla y ofrece pistas sobre la dimensión simbólica de la guerra, aspecto no estudiado suficientemente hasta ahora.(47)

En un primer plano observamos un cañón de madera abrazado con varios cinchos de hierro de distinto grosor colocado en un suelo de tierra. La boca de fuego a su vez fue fijada con tres cinchos más gruesos, y puesto sobre una cureña de madera que contaba con dos grandes ruedas para poder moverla. Por sus dimensiones, se trataba de un cañón usado para el asedio o defensa de una plaza. La corona de cada rueda fue formada en “sectores” mediante ocho partes que probablemente fueron unidas por un maestro ensamblador; en forma radial salían del cubo de la rueda hacia afuera ocho rayos delgados que se conectaban con la corona. Para protegerlas, se le puso a ambas una “llanta” o cerco de metal a su alrededor; eran tiras de hierro unidas y clavadas, formando un aro, que se cerraba soldando los extremos. Esto les proporcionaba una superficie de rodamiento suave, aminoraba los choques del camino y daba mayor resistencia y durabilidad al momento de realizar los desplazamientos. La cureña a su vez estaba formada por dos palos que le servían de sostén, y desde el eje de las ruedas sobresalían cuatro lazos atados a otras cuatro estacas clavadas en cada uno de los extremos de la pieza. Esto se hacía para que al momento de realizar el disparo el cañón no perdiera su posición, ya que podría moverse o incluso desbaratarse.(48)

En cuanto a los actores sociales que se aprecian en la pintura, vemos a dos insurgentes del sexo masculino; uno de ellos parece ser un hacendado, lleva sombrero negro ribeteado con un listón o cinta de seda de color amarillo, con pañuelo al cuello, camisa a rayas de manga larga, pantalón de gamuza y su cuerpo cubierto por una capa forrada con algún estampado; sostiene con su mano izquierda un estopín y con la derecha un asta que lleva amarrada una bandera maltratada. El otro personaje es el típico ranchero, porta sombrero blanco rodeado con un listón rojo, viste camisa blanca arremangada hasta los codos, chaqueta corta y pantalón de gamuza abierto de la rodilla hacia abajo, y debajo, un calzón de color verde. De la parte trasera de su cinturón en rojo cuelga un arma blanca y en su mano izquierda lleva un palo de ocote encendido para disparar el cañón. Además, aparecen también dos mujeres con el pelo recogido y rebozo a rayas cruzado a la espalda, ataviadas con blusa y enaguas de colores azul y morado, esta última con franjas en amarillo; una lleva en cada mano una bolsa que podría ser pólvora o metralla, mientras que la otra que la observa, vacía el saco de pólvora por un orificio superior del cañón de madera. La pólvora era blanca o negra y se llevaba en bolsa para que no se dispersara. Es probable que se tratara de pólvora en grano porque de esa manera se le daba mayor fuerza al disparo.(49)

Por último tenemos la dimensión simbólica de la guerra. Ahí aparece una bandera medio desgarrada por los continuos enfrentamientos entre insurgentes y realistas, misma que lleva en su centro un recuadro con vivos en rojo y dentro de éste la silueta de una imagen mariana, probablemente de la virgen de Guadalupe, considerada por la dirigencia insurgente y el pueblo en armas como su principal señora y protectora. En nuestra perspectiva, este sería uno de los vínculos que permitiría explicar la adhesión de numerosos grupos guerrilleros que aparentemente luchaban por objetivos distintos a los de la independencia.

El uso de las culebrinas de madera fue cosa común durante los primeros meses de la lucha armada. Un testigo presencial de la llamada “Batalla del Monte de las Cruces” ocurrida a pocas leguas de la capital del virreinato, precisa que a las diez de la mañana de aquel 30 de octubre de 1810 cuando se dio el enfrentamiento entre insurgentes y realistas, el comandante Trujillo le hizo a Hidalgo gran mortandad y estuvo a punto de destrozarlo, “si no toma Hidalgo la providencia de flanquear a Trujillo por la derecha con una culebrina de palo, que talando a toda prisa el monte de la izquierda, mandó trepar al punto superior en altura que superaba a la posición en que lo batía Trujillo”.(50) El resultado final de esta maniobra fue desbaratar la división de Trujillo, dejando en el campo dos cañones y todo el tren de guerra, cargando con los heridos que pudo, entre los cuales iba el capitán Francisco Bringas que moriría poco después en la ciudad de México.

Una de las ventajas que ofrecían los cañones y culebrinas de palo usados por los insurgentes, es que buena parte del material empleado para su fabricación podía ser reutilizado luego de que reventaban. Por ejemplo, la culebrina de madera que se había “desfogonado”(51) en el Monte de las Cruces tenía bastante hierro en los muñones y casquillos con que a trechos estaba ceñida. Generalmente piezas como esta no se trasladaban de un lugar a otro de forma completa, sino que se demolían en el sitio en que habían quedado inservibles para recuperar únicamente el hierro. Tocaba a los que hacían de armeros destrozar la pieza, ya fuera por medio del fuego o a golpes de machos y martillos.(52) Los mismos hombres que comandaba Agustín de Iturbide llegaron a yuriria en abril de 1811 haciendo huir a los defensores de la plaza; en su fuga los rebeldes abandonaron dos cañones de palo que tenían en el camino con muchas conchas de hierro, y aunque el capitán realista quiso quemarlos finalmente los voluntarios de don Manuel Valdovinos se ofrecieron a trasladarlos a un pueblo cercano donde las piezas fueron quemadas y sólo rescataron las ruedas y el herraje.(53)

Otro momento importante sobre el empleo de artillería rudimentaria ocurrió de nuevo en Guanajuato, en noviembre de 1810, poco después de la derrota que sufrieron los insurgentes en el pueblo de San Jerónimo Aculco a manos del brigadier Félix María Calleja y de su segundo Manuel Flon, conde de la Cadena. Por fortuna, contamos con otro testimonio invaluable sobre el uso de los cañones de madera gracias a la correspondencia entre los partidarios del realismo. En la carta que le envió José Ignacio García yllueca a su padre desde el Campo de Marfil, situado a dos leguas de aquel Real, precisó:

“A las once del día empezó el ataque al primer cerro que hizo su fuego; pero nuestra artillería los desalojó y la caballería que trabajó en todo el día admirablemente subió al cerro, hizo matanza y les hizo fuego con sus mismos cañones, que siendo dos y de palo los inutilizó y seguimos adelante, lo mismo fue sucediendo con corta diferencia en todos los cerros que fueron en mi concepto más de diez posiciones las que se les tomaron, en todas dos cañones, unos chicos y otros aunque fabricados sin arte del calibre de a doce.

…los presos muchos…También un mozo que fue colegial de la Minería muy hábil y era quien dirigía la fábrica de cañones y quien tomó las provisiones para la defensa y señaló los lugares barrenados”.(54)

Como sostiene Bustamante, en Guanajuato no hubo acción de guerra formal, pues los insurgentes contaban únicamente con un cañón situado en el cerro del Cuatro; la mal formada batería de Rancho Seco y tampoco había fusileros ni caballería. “Fusilería no la había absolutamente; los frascos de azogue de fierro, que se cargaban como cañones pequeños o pedreros, servían sólo para dañar a los que los disparaban, porque al reventar hacían un embique o retroceso que lastimó a varios indios y les quemó las piernas”.(55)

Ahora bien, es necesario plantearnos algunas preguntas relacionadas con la artillería rudimentaria. En cuanto a su manufactura ¿De qué tipo de madera estaban hechos? ¿De donde provenía el metal para fabricar los cinchos de fierro? y en cuanto a su uso, ¿Qué tanta era su efectividad? Sobre la primera cuestión, pensamos que la madera usada para su construcción fue extraída de los bosques de encino de los lugares por donde transitaban los insurgentes. El encino era una madera bastante resistente, muy parecida al roble, y abundaba en los bosques de los actuales estados de Michoacán, Guerrero y el Estado de México. Por otro lado, sabemos que antes de 1810 Reales de Minas como el de Guanajuato por ejemplo, dependían del fierro que se extraía de los hornos que Andrés Manuel del Río con ayuda de alumnos y operarios había establecido en Coalcomán, al suroeste de Valladolid. El fierro fue acumulado por Casimiro Chovell desde 1808, mismo que dos años más tarde sería transformado por herreros y carpinteros en cuchillos, lanzas, machetes y balas para la insurgencia. (56) Seguramente con ese mismo material también se fabricaron los cinchos para abrazar los cañones de palo.

En cuanto a su efectividad, los generales Luis Gárfias Magaña y Clever A. Chávez Marín -el primero de ellos artillero de formación-, opinan que los cañones de madera eran de pésima calidad y su efectividad totalmente nula porque no llegaron a dañar gravemente a las fuerzas realistas;(57) sin embargo, Eder Gallegos ve su importancia por el lado psicológico, porque el realista podía titubear o desistir de embestir al enemigo al ver frente a ellos las bocas de fuego, que a distancia no podían distinguir si eran de bronce o de palo.(58) Por nuestra parte observamos que no fueron pocas las piezas de palo fabricadas por los insurgentes en esos años, lo cual nos lleva a pensar que con ellos resolvían de algún modo la carencia de cañones de bronce.

Pero veamos qué nos dicen las fuentes históricas. Félix María Calleja habría de señalar dos de las características de este tipo de artillería rudimentaria: primero, su corto estruendo, mucho menor que el de los cañones convencionales; y segundo: su corto alcance, por lo que muy poco daño podía hacer al enemigo ubicado a cierta distancia. En un parte militar sobre la toma de Guanajuato en noviembre de 1810, señaló:

“Bajé al llano para que la columna hiciera alto: situé un cañón con el frente al camino real y otro mirando a la izquierda; la infantería cubrió el frente por donde bajaba la gente de a pie; y la caballería la situé a retaguardia […] En este estado vi que desde el camino hacían fuego con cañones y lo mismo de una altura: su corto estruendo y alcance me persuadió muy en breve que eran de palo”.(59)

Eder Gallegos apoyado en la obra del padre Teresa de Mier, menciona que a principios de septiembre de 1811 el realista José López enfrentó al padre Calvillo, a Oropesa y González Hermosillo en la hacienda de los Griegos, cercana a Aguascalientes, logrando quitarles tres piezas de madera. Además, que el 19 de noviembre del mismo año, el subdelegado de Xicayán Fernández del Campo, derrotó a los cabecillas insurgentes Valdés y Chabarría en Chacahua, en la costa de Oaxaca, quitándoles otros tres cañones de madera.(60)

De igual modo, Tamazunchale, intendencia de San Luis Potosí, fue ocupada en septiembre de 1811 por los insurgentes, quienes fueron apoyados por centenares de indios nahuas de Santiago de los Valles. Para finales del mes de noviembre, se movilizaron varios cuerpos de realistas dispuestos a hacerles frente y a recuperar la población que había sido objeto de saqueos, muertes y destrozos. Luego de derrotar a los rebeldes en Metlapa, a unas cuantas leguas de Huejutla, las armas del rey arrinconaron a los independentistas por el vado de Zacatipan, tomando por asalto a Tamazunchale después de una hora de intenso combate. En el parte militar del capitán José Andrés de Jáuregui dirigido a Benito Fuentes, comandante de la primera división de milicias de la costa del norte, le decía que en Tamazunchale los insurgentes que comandaba Rafael Durán “dejaron asimismo dos cañones de madera, varios de otate, que liados con mecate hacían las veces de trabucos, un estandarte, una caja, [y] dos lanzas,...”(61)

Conforme los insurgentes fueron controlando más territorios y lograron levantar maestranzas mejor equipadas en los pueblos, haciendas y lugares, la fabricación de cañones y culebrinas de madera vino a menos porque ahora podían contar con la artillería quitada al enemigo, o que fabricaban ellos mismos con ayuda de expertos en armamento de origen extranjero que se habían sumado a la independencia. Esto no significó, de ninguna manera, que los insurgentes dejaran de construir cañones de palo en los años posteriores. En Salvatierra, el fraile dominico Laureano Saavedra que tenía título de brigadier insurgente, organizó su artillería con tres cañones de bronce y tres de palo, mismos que le fueron tomados por el realista Francisco Guizarnotegui en el enfrentamiento que sostuvieron el 19 de enero de 1812 en dicha ciudad.(62) A principios de octubre de 1812 las partidas encabezadas por Felipe Landaverde y un tal Rojas por el rumbo de Xalpan y Rioverde, continuaban peleando con cañones de palo y un número importante de arcos y flechas;(63) y por si fuera poco, las fuerzas de Morelos que enfrentaron a Luis del Águila en Orizaba en noviembre de 1812, llevaban como parte de su artillería un cañón de palo.(64) Todavía en mayo de 1813, los realistas lograron arrebatarle a los insurgentes “2 cañones de madera calibre de a 2 que se quemaron”, luego de las acciones de Puente de Atoyac y Medellín, en la intendencia de Veracruz.(65)

Lo que es un hecho es que para agosto de 1811, cuando inicia la segunda etapa de la lucha armada bajo el gobierno de la Suprema Junta Nacional Americana con Ignacio López Rayón a la cabeza, la insurgencia había dado ya otro paso importante en la hechura de armamento: sus hombres habían aprendido a fabricar pistolas, trabucos y fusiles con los cuales enfrentarían a los realistas en campo abierto, aspecto que bien merecería otro estudio.

Conclusión

Septiembre de 1810 marcó un antes y un después en la historia del trabajo armamentista en Nueva España. Unos cuantos armeros eran apenas visibles antes de esa fecha; decenas de ellos habrán de proliferar después del “Grito” del padre Hidalgo. Como lo pronosticó el intendente Riaño desde Guanajuato, los herreros se transformaron en fabricantes de armas y sus talleres en futuras maestranzas, las cuales fueron de dos tipos en esta primera etapa: las establecidas de manera fija en los lugares ocupados por las fuerzas rebeldes, y las provisionales que se montaban conforme lo demandaba la marcha del “ejército”. Aunque llegaron a fabricar cañones de hierro y bronce, lo que más llama la atención fue su capacidad inventiva, que los llevó a construir con ayuda de herreros y carpinteros, culebrinas y cañones de palo, junto con algunos trabucos de otate.

Esta clase de artillería rudimentaria estuvo en uso en el virreinato entre los años de 1810 y 1811 principalmente, aunque continuó utilizándose durante 1812 y los primeros meses de 1813. Sin duda representó una transformación tecnológica importante en el quehacer constructivo y en las prácticas guerreras de los actores de la época; pero al mismo tiempo, es un reflejo de las carencias y rezagos de un país que durante los primeros años de lucha había sido incapaz de fabricar sus propios sables, espadas y fusiles, porque simplemente todo les venía de España o de su aliada Inglaterra.

Con todo, más allá de su poca o nula efectividad, a lo cual se agrega la falta de preparación de las personas encargadas de su manipulación; lo que resulta relevante fue que el trabajo de los armeros realizado en las maestranzas levantadas por ellos y la fabricación rudimentaria de culebrinas y cañones de madera, hechos sin instrumentos, sin recursos y sin mucho apego a la Ordenanza de Artillería, pero sí con bastante ingenio y habilidad, contribuyeron a desarrollar entre la población una nueva cultura asociada al manejo de las armas y por consecuencia, a formas distintas de participación política que se verán reflejadas a lo largo del siglo XIX en México, a través de motines, revueltas y pronunciamientos.

Notas: 1 Doctor en historia por la Universidad de la Sorbona de París, Francia. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores y Miembro Regular de la Academia Mexicana de Ciencias. Premio Nacional de Ensayo Histórico sobre la Independencia, convocado por el Senado de la República Mexicana en 2009. Autor de varios libros y artículos especializados sobre los procesos de independencia y la formación del Estadonación en México e Hispanoamérica. Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla ; 2 Cristina Borreguero Beltrán, Diccionario de historia militar. Desde los reinos medievales hasta nuestros días, Barcelona, Editorial Ariel. S. A., (Ariel Referencia), 2000, p. 35.; 3 Archivo General de la Nación (AGN), Ayuntamientos, vol. 111, año 1782, f. 270.; 4 Archivo General de Indias (AGI), Estado, leg. 40, núm. 2. Pedro Garibay al rey, La Habana, 16 de junio de 1795.; 5 Los tres siglos de Méjico durante el gobierno español hasta la entrada del Ejército Trigarante. Obra escrita en Roma por el padre Andrés Cavo, de la Compañía de Jesús. Publicada con notas y suplemento por el licenciado Carlos María de Bustamante, México, Imprenta de J. R. Navarro, Editor, 1852, p. 256. Cursivas en el original.; 6 Ibíd., pp. 255-260. Garibay gobernó poco más de diez meses, del 16 de septiembre de 1808 al 19 de julio de 1809.; 7 AGN, Indiferente virreinal, caja 1483, exp. 40, fs. 1-2. Orden circular, México, 8 de abril de 1809.; 8 Ibid., fs. 3-3v. El virrey Garibay al intendente Laguna, México, 8 de abril de 1809.; 9 Ibid., 4v-6v. Pedro Laguna al virrey de Nueva España, Veracruz, 15 de abril de 1809.; 10 Ídem.; 11 Ibíd., fs.8-8v. Riaño al virrey de Nueva España, Guanajuato, 14 de abril de 1809.; 12 Ibíd., fs. 10-11. Carta “muy reservada” de Riaño al virrey de Nueva España, Guanajuato, 14 de abril de 1809.; 13 Los tres siglos de Méjico, p. 256.; 14 AGN, Indiferente virreinal, caja 1483, exp. 40, f. 13. Carta “muy reservada” de Riaño al virrey de Nueva España, Guanajuato, 14 de abril de 1809.; 15 Ibíd., fs. 14-15. José Alonso de Terán al virrey Pedro Garibay, Valladolid, 17 de abril de 1809.; 16 Ibíd., f. 14v. José Alonso de Terán al virrey Pedro Garibay, Valladolid, 17 de abril de 1809.; 17 Los tres siglos de Méjico, p. 262.; 18 José Eduardo Vidaurri Aréchiga, Testimonios sobre la toma de Guanajuato el 28 de septiembre de 1810, México, Gobierno del Estado de Guanajuato, Talleres Gráficos del Gobierno del Estado, 2002, p. 330.; 19 Juan Ortiz Escamilla, Guerra y gobierno. Los pueblos y la independencia de México, España, Universidad Internacional de Andalucía, Universidad de Sevilla, El Colegio de México, Instituto Mora, (Colección Nueva América 1), 1997, pp. 66-68.; 20 Carlos Herrejón Peredo, Testigos de la primera insurgencia: Abasolo, Sotelo, García, estudios introductorios, edición y notas de…, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, (Colección Clásicos de la Historia de México), 2009, p. 54.; 21 José María de Liceaga, Adiciones y rectificaciones a la historia de México que escribió D. Lucas Alamán, edición facsimilar de la de 1868, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, Comisión Nacional para las celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana, 1985, p. 150.; 22 La capellina era una campana metálica o mufla para desazogar o afinar la plata. Ibíd., pp. 131-132.; 23 Ibíd., pp. 131-132; además: Benito A. Arteaga, Rasgos biográficos de don Ignacio Allende, edición facsimilar de la de 1910, Guanajuato, Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato, 2003, p. 155.; 24 Cfr. Moisés Guzmán Pérez, “Hidalgo y la artillería insurgente”, en Ciencia. Revista de la Academia Mexicana de Ciencias, México, AMC, vol. 61, núm. 3, julio-septiembre de 2010, pp. 30-39.; 25 Carlos Arturo Navarro Valtierra, La independencia en León. Testimonios documentales del Archivo Histórico Municipal de León, León, Archivo Histórico Municipal, 2003, pp. 68-69.; 26 Francisco Buenrostro, Bosquejo histórico sobre la actuación del mariscal José Ma. Izazaga en la Guerra de Independencia, México, Secretaría de Gobernación, 1964, pp. 12, 14, 17, 27.; 27 Archivo Histórico Casa de Morelos (AHCM), Fondo: Diocesano, Sección: Gobierno, Serie: Sacerdotes, Subserie: Oposiciones, caja 478, años 1805-1807, carpeta 4. Relación de méritos de Mariano Salgado, Valladolid, 27 de febrero de 1807. Además: Tarsicio Díaz Pimentel, José María Izazaga: un político del sur de México en un período de transición 1782-1850”, tesis de licenciatura en historia, Morelia, Facultad de Historia-Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2006, pp. 142-143.; 28 Por el lado de los realistas, se sabe que incluso antes de la toma de la ciudad de Guadalajara por las fuerzas de Hidalgo, en la huerta de los religiosos del Carmen se habían llegado a fundir varias piezas de artillería. Apud. Los tres siglos de Méjico, p. 281.; 29 Otoniel Contreras E., Miguel Hidalgo y los insurgentes en Cuajimalpa 1810, México, Talleres Imprenta Venecia, 2009, p. 48.; 30 Ibíd., p. 57.; 31 “Relación histórica de la ocupación del valle de Toluca por el ejército del cura Hidalgo, Batalla de las Cruces y acontecimientos militares ocurridos en la ciudad de Lerma desde aquella época hasta el 27 de septiembre del año de 1821, escrita por un lermeño imparcial, por noticias fidedignas y como testigo ocular en su mayor parte y la que tuvo en uno que otro de los acontecimientos en el tiempo a que se refiere”, y otros documentos publicados por J. M. B., Querétaro, Imprenta del Sagrado Corazón, 1913, p. 63. 32 Los tres siglos de Méjico, pp. 280, 281.; 33 Diccionario militar, traducido del francés al español por don Raymundo Sanz, Madrid, en la Oficina de don Gerónimo Ortega y Herederos de Ibarra, 1794, pp. 12-13, 66.; 34 Sobre las características y alcances de cada una de estas piezas véase: Moisés Guzmán Pérez, “Fabricar y luchar…para emancipar. La tecnología militar insurgente en la época de la independencia”, Fronteras de la Historia, vol. 15/2, Colombia, Instituto Colombiano de Antropología e Historia, junio-diciembre de 2010, pp. 248-249.; 35 Gazeta del Gobierno de México, t. II, núm. 106, 5 de septiembre de 1811, pp. 795-806.; 36 Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz, “Del bastión realista a la inventiva insurgente: tecnología artillera y paisaje novohispano, 1762-1815”, tesis de licenciatura en historia, Veracruz, Universidad Veracruzana, 2011, p. 113, nota 10.; 37 Sobre lo que sabía hacer un maestro carpintero de la época virreinal véase: Moisés Guzmán Pérez, “Carpinteros y ensambladores de Michoacán”, en Manufacturas en Michoacán, Verónica Oikión Solano (coord.), México, El Colegio de Michoacán, Gobierno del Estado de Michoacán, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1998, pp. 51-52.; 38 Ibíd., p. 51.; 39 Herrejón Peredo, Testigos, p. 54. El preso era Ignacio Camargo, originario de Celaya, quien recibió de Hidalgo el grado de coronel insurgente. Murió fusilado en Chihuahua el 10 de mayo de 1811. Cfr. José María Miquel i Vergés, Diccionario de insurgentes, México, Editorial Porrúa, 1980, p. 112.; 40 Juan Bautista Díaz Calvillo, “Noticias para la historia de nuestra señora de los Remedios desde el año de 1808, hasta el corriente de 1812. Ordenábalas el autor del sermón antecedente”, en Juan E. Hernández y Dávalos, Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821, edición facsimilar de la de 1877-1882, México, Comisión Nacional para las celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana, 1985, t. III, núm. 132, p. 612.; 41 Herrejón Peredo, Testigos, pp. 99-100.; 42 Gallegos Ruiz, “Del bastión realista”, p. 113.; 43 Herrejón Peredo, Testigos, p. 195.; 44 José Luis Alanís Boyso, Batalla del Monte de las Cruces, México, Gobierno del Estado de México, editor, (Colección Mayor Historia y Sociedad/ Biblioteca Mexiquense del Bicentenario 5), 2008, p. 58.; 45 Sonia Lombardo de Ruiz, Trajes y vistas de México en la mirada de Theubet de Beauchamp. Trajes civiles y militares y de los pobladores de México entre 1810 y 1827, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Turnes, 2009.; 46 Cfr. Tesoros de los palacios reales de España. Una historia compartida, México, Presidencia de la República, Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Patrimonio Nacional de España, Acción Cultural Española, 2011, pp. 656-657.; 47 La pintura lleva el siguiente título: “Canon emploié par les indiens en 1810 et 11”, en Lombardo de Ruiz, Trajes, lámina 54.; 48 Para hacer esta descripción nos apoyamos en el Gran diccionario enciclopédico ilustrado (en doce tomos), México, Selecciones de Reader’s Digest, 1983, “cañón”, t. II, p. 619; “llanta”, t. VII, p. 2257; “rueda”, t. X, p. 3323; Wilfren Owen, Ezra Bowen et al., Ruedas, traducción de Francisco José Perea y Agustín Bárcena, México, Ediciones Culturales Internacionales, (Colección Científica de Time-Life), 1990, p. 14.; 49 Nuestra interpretación recoge algunos elementos descriptivos de Claudio Linati y Luis González Obregón, citados en la obra de Sonia Lombardo, Cfr. Trajes y vistas, pp. 24, 36.; 50 “Relación histórica”, p. 60. La cursiva es nuestra.; 51 “Desfogonar” significaba quitar o romper el fogón a las piezas de artillería o a otras armas de fuego”. El fogón es el oído en las armas de fuego y especialmente en los cañones, obuses o morteros. Alonso, Enciclopedia, t. II, pp. 1485, 2027.; 52 “Relación histórica”, pp. 63-64.; 53 Eder Antonio de Jesús Gallegos Ruiz, “Hacer cañones para la libertad”, Revista Bicentenario. El ayer y hoy de México, vol. III, núm. 9, México, Instituto Mora, 2010, p. 29.; 54 AGN, Indiferente virreinal, caja 1483, exp. 9, f. 27. Carta de José Ignacio García Yllueca a su padre, Campo de Marfil, a dos leguas de Guanajuato, 27 de noviembre de 1810. Las cursivas son mías.; 55 Los tres siglos de Méjico, p. 280.; 56 Gerardo Sánchez Díaz, “Fierro y armas para la libertad. La ferrería de Coalcomán y la Guerra de Independencia”, en Otras armas para la Independencia y la Revolución. Ciencias y humanidades en México, Rosura Ruiz, Arturo Argueta y Graciela Zamudio (coords.) México, Fondo de Cultura Económica, Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Autónoma de Sinaloa, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, 2010, pp. 86-90.; 57 Entrevista a ambos generales realizada en la ciudad de Morelia, Michoacán, el 29 de marzo y el 31 de mayo de 2012, respectivamente.; 58 Comentario personal que me hizo en Morelia el 25 de octubre de 2012.; 59 Gallegos Ruiz, “Hacer cañones para la libertad”, p. 28.; 60 Gallegos Ruiz, “Del bastión realista”, p. 143.; 61 Gaceta del Gobierno de México, México, t. III, núm. 168, martes 14 de enero de 1812, p. 49. Además: AGN, Operaciones de guerra, vol. 4, fs. 41, 41v; “Oficio del capitán Alejandro Álvarez de Guitian”, Huehuetlán, noviembre de 1811. También AGN, Operaciones de guerra, vol. 20, exp. 2, f. 85, “Parte de guerra del capitán Andrés de Jáuregui”.; 62 Gaceta del Gobierno de México, t. III, núm. 176, jueves 30 de enero de 1812, p. 107.; 63 Gaceta del Gobierno de México, t. III, núm. 305, jueves 22 de octubre de 1812, pp. 1111-1115.; 64 Gaceta del Gobierno de México, México, t. III, núm. 318, martes 17 de noviembre de 1812, pp. 1211-1214.; 65 Gaceta del Gobierno de México, t. IV, núm. 401, jueves 13 de mayo de 1813, p. 490.

Fuente: Articulo autoría de Moisés Guzmán Pérez(1). Armeros, Maestranzas y Artillería rudimentaria en Nueva España durante la Primera Insurgencia, 1810-1811. Revista Mañongo, Nº 41, VOL. XXI, JULIO-DICIEMBRE 2013; PP 145-175. Creative Commons.

 
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