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GENERAL GENOVEVO DE LA O POR EL GENERAL FELIPE ÁNGELES

 

A mi buen amigo el distinguido cubano Manuel

Márquez Sterling, en comprobación de una crítica

que hice, en afectuosa carta de felicitación,

a su libro Los últimos días del Presidente Madero.

Dic. de 1917. “La Patria”, El Paso, Tex.

No conozco bien al hombre; no podré hablar de él, como lo haría de Francisco Villa; pero Genovevo de la O cabe bien dentro del marco de un artículo, mientras que Francisco Villa apenas cabría en las páginas de un libro.

Apenado por haber sido enviado a dirigir la guerra del Sur en el vasto territorio de cinco estados, México, Morelos, Puebla, Tlaxcala y Guerrero, sin que se me hayan permitido unos cuantos días para enterarme del estado de la campaña, sacado violentamente de una ardua tarea de reorganización del Colegio Militar, iba yo en el tren de Cuernavaca escoltado por la tropa del coronel Jiménez Castro.

Avisadas las tropas de los destacamentos de que el nuevo jefe de la campaña iba en el tren, me esperaban formados a lo largo de la vía. Los soldados parecían sin alimentos, amarillos los rostros, sucios y desgarrados los uniformes.

¿En dónde están los cuarteles?, pregunté. ¿Dónde duermen los soldados, dónde se protegen de las lluvias? ¡Pobres soldados, vivían a la intemperie en aquellas elevadas cimas de lluvias frecuentes, casi continuas todo el año! ¡No tener siquiera un pedacito de tierra seca donde echarse a dormir!

Al llegar a Tres Marías nos encontramos con la novedad de que en el destacamento se había capturado a un espía zapatista.

Este acontecimiento está ligado con el acto más trascendental de mi vida. No puedo relatarlo por falta de espacio.

Los oficiales del destacamento estaban indignados; había que colgarlo inmediatamente; no cabía la menor duda de su culpabilidad y no era perdonable la menor vacilación. No hacía mucho había ido al mismo destacamento otro espía, y una vacilación, una torpeza, había hecho posible su evasión. Todos los soldados estaban ebrios, el espía había llevado la noticia al enemigo y Genovevo de la O llegó de noche con sus zapatistas y acabó con el destacamento. Al recordar las escenas ocurridas y cómo al otro día encontraron el campo las tropas de auxilio, daba escalofrío. Así apareció ante mí por primera vez, la figura fatídica de Genovevo de la O. Así aparece, en general, a toda la sociedad, el heroico soldado zapatista.

Mientras estuve encargado de la campaña del Sur, Genovevo fue el jefe zapatista más activo; tuvimos con él dos combates, uno en la hacienda de Micatitlán y el otro en el cerro de la Trinchera, que voy a relatar.

La víspera del combate en la hacienda, un señor me informó que tenía noticias de que Genovevo preparaba el ataque para el día siguiente.

Llovía torrencialmente la tarde de esa víspera y me apenaba dar a los destacamentos circunvecinos al objetivo del enemigo la orden de concentración. Vacilaba yo en darla, porque hacía tiempo había yo cambiado radicalmente la política de mi antecesor, el general Robles, y tenía por ello descontentos a mis oficiales. Si el ataque del enemigo no se verificaba, los oficiales no me perdonarían que hiciera mover las tropas bajo la lluvia torrencial. Ordené, finalmente, que el movimiento de tropas se verificara en la noche a diversas horas, según la lejanía de cada destacamento. Al día siguiente, muy temprano, el empuje del capitán Galaviz, que murió en el combate, casi derrotó al enemigo, acabando por destrozarlo el regimiento de Triana. Galaviz y Reyes, un valiente revolucionario de Gómez Palacio, fueron los héroes de la jornada. Yo me empeñé en acreditar al coronel de Estado Mayor Alberto Bátiz, que mandé en tren y con tropas numerosas, dándole el mando supremo; pero él evadió el combate, yéndose cerca de Jojutla, y resistiéndose después a hacer una persecución a fondo, como se lo ordené repetidas veces.

El combate de la Trinchera fue más honorífico para Genovevo porque en él no tuvieron real éxito las tropas del gobierno.

La Trinchera es un cerro que está entre Santa María y Huitzilac; ese cerro domina en casi toda su extensión el camino entre los dos pueblos mencionados, y está separado del mismo por el hondo y pedregoso lecho de un arroyo. Así pues, para atacar la Trinchera desde el camino por un combate de frente, se necesita una superioridad numérica muy grande. Detrás de la Trinchera, hay una escabrosísima serranía que termina en una ranchería que era el cuartel general de Genovevo, cerca de Santiago Tianguistengo, del Estado de México.

Quiero relatar este combate con más detalles que el anterior, porque la importancia que le dimos y la fuerza que desplegamos hacen honor a Genovevo.

Un día había salido a pie de Cuernavaca a México el capitán Gonzalitos, y a poco recibí la noticia de que los zapatistas, en la mañana de ese mismo día, habían dado muerte a un muchachito vendedor de periódicos en el camino, frente a la Trinchera. Creíamos que también a Gonzalitos lo habían muerto; pero a poco, por teléfono supimos que internándose al monte había escapado, y que, sin novedad, Gonzalitos proseguía su camino hacia México.

Un día después supimos que en el mismo lugar del camino, frente a la Trinchera, los zapatistas habían detenido y robado a unas soldaderas. Mandé el destacamento de Cruz de Piedra, que era el más inmediato (estaría como a tres kilómetros de la Trinchera), para que despejara el camino y persiguiera a los zapatistas. Tuvieron las fuerzas de ese destacamento un combate con los zapatistas y me informó el jefe del destacamento que había derrotado al enemigo; pero por lo que supe después, eso era falso, pues sólo se había tiroteado el destacamento con el enemigo y en seguida retirado a Cruz de Piedra.

Por el jefe del destacamento de Huitzilac fui informado de la falsedad del parte del de Cruz de Piedra, y por ello mandé en seguida al capitán Osorno, que se había distinguido frecuentemente en persecuciones al enemigo, para que con una compañía lo batiera y arrojara de la Trinchera. Osorno dio parte de que había desalojado al enemigo.

Un día después volvió a informarme el jefe de Huitzilac, coronel Viruegas, que los zapatistas continuaban en su puesto y de que eran muy numerosos.

Me resistí a creer que un oficial tan valiente y caballeroso como Osorno, diera un parte falso; pero me indujo, fuertemente a cerciorarme de la veracidad de la información de Viruegas, el hecho de que Gonzalitos debía regresar a pie de México, la tarde de ese mismo día. Así es que después de comer pensé en ir a hacer personalmente un reconocimiento con sólo los oficiales de mi Estado Mayor. Ya en camino reflexioné que si acaso nos atacaban los zapatistas y mataban a alguno de mis oficiales, la prensa de México recibiría la noticia con inmensa alegría y que gritaría a voz en cuello mi impericia y mi tonto espíritu de aventura, y decidí escoltarme con tropas del destacamento de Buena Vista (hacienda inmediata a Cuernavaca); pero las tropas de ese destacamento habían salido a algún servicio y sólo pudieron darme 13 soldados. Eso era peor que nada; porque sin soldados de infantería podríamos muy fácilmente escapar del enemigo en caso de encontrarlo numeroso, mientras que con una pequeña escolta de infantería no podríamos escapar. A esos 13 soldados agregué 40 que encontré en Cruz de Piedra: total, 53 soldados.

Una casualidad nos salvó de haber sido derrotados; consistió la casualidad en detener a mis soldados para simular una maniobra por vía de ejercicio en un lugar que sin saberlo yo, estaba oculto de la vista del enemigo. Seguramente éste que nos había visto venir, estaba esperando que pasáramos del lugar donde por casualidad nos habíamos detenido, para romper el fuego. Si hubiéramos pasado un poco más adelante, el enemigo hubiera matado a casi todos mis soldados en unos cuantos segundos, y hubiera dispersado a los pocos que hubieran quedado, porque estábamos como a doscientos metros del enemigo y éste era por lo menos de quinientos hombres, según supe después. Aposté bien a mis soldados parapetándolos con el borde del camino y quince de ellos mandados por un sargento, iban a servir como exploradores, que tenían por misión marchar hacia la Trinchera, bajo el amparo de los demás que quedaban apostados, con objeto de cerciorarse de si efectivamente el cerro había ya sido abandonado. Apenas avanzaron los exploradores unos cuantos pasos, quedaron a descubierto y fueron recibidos por un nutrido fuego, cuya intensidad hacía comprender lo numeroso del enemigo. Afortunadamente, si era imposible para nosotros llegar a la Trinchera por encontrarse de por medio la barranca del río y por nuestra inferioridad numérica, era difícil para el enemigo atravesar sin peligro ese obstáculo. Repuestos de la sorpresa, pudimos apreciar bien la situación y estimar que mientras hubiera bastante luz, el enemigo no podría pasar el obstáculo.

El tiroteo orientó a Gonzalitos (quien regresaba a pie de México) para saber qué camino debería seguir, y con una escolta de 12 hombres que tomó de Huitzilac, en el momento preciso en que los zapatistas nos anunciaban que nos iban a cortar la retirada, por una vereda que Gonzalitos conocía bien. Apostamos la escolta de Gonzalitos en la salida de esa vereda y cuando los zapatistas avanzaban por ella, los hicimos retroceder. Había yo ido con tropas para salvar a Gonzalitos y éste, a su vez, nos salvaba con sus tropas y su conocimiento del terreno.

Tan cerca estuvimos los combatientes que se oían claramente las voces infantiles de los zapatistas que decían: “Vendidos de Madero, vengan por su peso”, y nuestros soldados contestaban: “Ahí les van sus tierritas”.

En la noche nos retiramos a Cuernavaca y di la orden para que al día siguiente fuera todo un batallón que había en esa ciudad, disponible para expediciones contra las partidas zapatistas que pudieran aparecer en cualquier región del Estado de Morelos, y lo mandé a las órdenes de su jefe el coronel Tamayo. Nunca creí que todo el batallón fuera insuficiente para batir a los zapatistas de la Trinchera; pero sí desconfié de la pericia de su jefe, por lo cual le di un valiente oficial de mi Estado Mayor, el teniente San Román, que me había acompañado en el reconocimiento referido y que, por consiguiente, estaba en aptitud de evitar al coronel Tamayo cualquier sorpresa del enemigo. A pesar de esto, el coronel desplegó su batallón enteramente a descubierto, bajo el fuego cercano de los de la Trinchera, y después de breve combate tuvo que retirarse al amparo del fuego de dos ametralladoras, una de ellas manejada por el mismo San Román, quien fue herido mortalmente. El fracaso del coronel Tamayo fue de importancia, porque desmoralizó a la única tropa disponible para expediciones. Me habría sido fácil relevar con ese batallón algunos destacamentos y tomar parte de otros para tener tropas frescas y suficientes con que emprender un nuevo ataque; pero no quise debilitar las fuerzas de los destacamentos y guarniciones de los pueblos y haciendas, para no infundir ninguna alarma, y pedí a México que se me enviara un batallón y una batería. Pasaba a la sazón por la capital el 299 batallón y me lo enviaron. El general Blanquet, que mandaba ese batallón, tardó una semana en llegar, y, mientras, se esparció la noticia entre los zapatistas de que no habíamos podido desalojar a Genovevo de la Trinchera, y esto, naturalmente, constituyó un triunfo moral para los zapatistas de todo el Estado.

Cuando el general Blanquet se puso en comunicación conmigo desde Tres Marías, lo enteré de la operación que íbamos a emprender y que consistía esencialmente en que yo fijaría al enemigo por un combate de frente, con un batallón y una batería y que mientras el enemigo estaba entretenido conmigo, Blanquet bajaría de Huitzilac y caería por la espalda.

Ésa sería la operación principal, completada por las dos siguientes secundarias. Seguramente los dispersos de las tropas de Genovevo escaparían por la sierra hacia la ranchería que les servía de cuartel general, por lo cual ordené al general Velázquez (quien mandaba las tropas del Estado de México) que mandara con anticipación fuerzas que los batieran. Por otra parte, era de esperarse que las diversas partidas zapatistas acudieran al auxilio de Genovevo, hostilizando por la espalda al batallón del coronel Tamayo, que fijaría de frente al enemigo de la Trinchera. Para impedirlo, los destacamentos que estaban por esa región, el Fuerte, la Herradura, etc., fueron movidos ligeramente y puestos en comunicación para obrar como el caso lo requiriera.

El combate en la Trinchera duraría tres horas; desalojamos al enemigo, tomamos posesión del cerro y establecimos ahí un destacamento en un cuartel y fortificación muy confortables.

El triunfo fue celebrado por la prensa y otorgado naturalmente a Blanquet, el enemigo latente del gobierno. Este general fue fotografiado por sus reporteros en unión mía; yo muy limpiecito y de pie, como quien no ha trabajado gran cosa (y ésta era la realidad para ambos) y Blanquet a un lado, dormido en el suelo, muerto de fatiga.

Mis oficiales estaban muy orgullosos del buen éxito de mis previsiones, pues al tomar posesión del cerro de la Trinchera, vimos el combate de nuestros destacamentos, que por el lado de la Herradura rechazaban a las partidas zapatistas que intentaban hostilizarnos por la espalda.

Pero en realidad el triunfo era de Genovevo, que por diez días había desafiado desde la altura de la Trinchera a las tropas del gobierno, y finalmente se iba casi intacto, según voy a explicar.

El destacamento que del Estado de México había enviado el general Velázquez, cayó en una emboscada y fue rechazado en Ocuila, antes de llegar a su destino para batir a los dispersos zapatistas.

Nuestro fuego de frente debe de haber hecho muy poco efecto. Esa impresión tuve desde luego y la confirmé después por rumores que me venían de nuestros enemigos.

El general Blanquet, que debía caer por sorpresa sobre la espalda del enemigo, en lugar de acercarse silenciosamente, desplegó su batallón y maniobró a toques de corneta, como diciendo al enemigo:

“Allá vamos por tu espalda, tú sabes si nos esperas”, y el enemigo dijo: “Mil gracias, hasta luego”.

Veremos adelante quién es Genovevo y se juzgará imparcialmente si estas hazañas insignificantes para un general, no son meritísimas para un humildísimo indito.

Muy interesado inquirí quién era Genovevo, entre extranjeros y mexicanos, entre maderistas, antimaderistas y netamente zapatistas, y adquirí la certeza de que era simplemente un carbonero del pueblo de Santa María, muy trabajador, muy cumplido en sus compromisos y muy pacífico.

¿Por qué entonces se ha rebelado contra el gobierno? Nadie se atrevía a contestar: los más osados y sinceros llegaron, sin embargo, a decirme que se había rebelado porque mataron a personas de su familia; algunos decían que la víctima había sido el padre; otros, la madre; otros, la hermana; no supe de fijo quién o quiénes de su familia habían sido sacrificados.

¿Pero quién era el responsable? Ahí era donde todos permanecían mudos.

La casualidad me llevó a saber la realidad suficiente de los motivos que tuvo Genovevo para rebelarse contra el gobierno.

El noble y valiente teniente coronel Alvírez, que primero había colaborado dócilmente en la política de exterminio del general Juvencio Robles, ahora colaboraba con igual docilidad en la política mía de amor y reconstrucción.

Habíamos logrado juntar casi por completo a los ahora nómadas que anteriormente formaban el pueblo de Huitzilac. Los habíamos ayudado a reconstruir sus casas y no sólo, sino que los habíamos hecho nuestros amigos y los habíamos armado. Un día que supe que el destacamento federal al mando de Alvírez había salido de Huitzilac a algún servicio, fui a ver a Alvírez para invitarlo a una excursión a una laguna que existe en medio de la intrincada sierra de las hazañas de Genovevo. “No podemos ir, mi general, me contestó, porque mi tropa ha salido a un servicio”. “Pero el pueblo está armado y él puede escoltarnos”, le repliqué.

Alvírez me miró con sorpresa y quizá con un oscuro pensamiento de desaprobación. Era un hombre bueno; pero estaba embebido del prejuicio antiindígena.

Hicimos una larga e interesantísima excursión y sentí la inmensa satisfacción de ver que mis amigos los pobres, los expoliados, los perseguidos, los indignos de confianza, me entendían, eran buenos y leales y se acercaban y se me pegaban al corazón.

Había emprendido en Santa María idéntica labor a la ya insinuada acerca de Huitzilac; pero ahí no tenía yo un colaborador tan eficaz como Alvírez.

Cuando existía ese pueblo, patria del ex gobernador porfirista Alarcón, tenía una situación privilegiada y todos los encantos. Ahora era una ruina, como de un pueblo anterior a la Conquista. La iglesia era a la vez un cuartel y una caballeriza del ejército federal. Todo aquello era una terrible acta de acusación contra el gobierno. ¿Para qué ser más explícito? Alguna vez lo diré todo si es preciso. Sobre aquellas ruinas desoladas vibraba el clarín del destacamento de Cruz de Piedra, dominándolo todo en el encanto del delicioso valle de Morelos.

Yo, un descreído, me avergoncé de la obra del gobierno y, un indio, me apesadumbré de imaginarme a mis hermanos sin hogar, errantes como fieras en los bosques. Y empecé la reconstrucción. Ya la iglesia no fue un cuartel y una caballeriza; la reparé de los cañonazos, la pinté y la decoré. Y así, nuevecita y sola parecía más triste y era una protesta más enérgica.

Los antiguos pobladores empezaron a cultivar sus pequeñas hortalizas y luego a construir sus jacales para vivir provisionalmente, mientras construían sus casas. La cosa marchaba muy bien y muy aprisa cuando renació la vieja intriga que me puso en la pista de por qué se rebeló Genovevo.

Estaba yo en mi oficina cuando se me presentó un semisoldado federal. No vale la pena que explique la palabra compuesta semisoldado. “Allí están unos enviados de Genovevo que vienen a matar a usted”, me dijo.

Me causó risa y curiosidad la noticia. ¿Pero cómo sabes tú eso?, le dije.

—“Muy bien, señor, porque los conozco, sé que están con Genovevo y le dijeron a Doña Fulana, que les hizo un almuerzo, a qué venían”.

Era aquello inverosímil, pero poco a poco me pareció posible. Por supuesto que voy haciendo este relato sin pretender escribir en los diálogos exactamente las palabras empleadas, tanto porque no es indispensable, como por necesidades literarias y como porque no recuerdo exactamente las expresiones reales, aunque este proceder merezca los reproches de la Revista Mexicana, de San Antonio, Texas, que al comentar mi artículo de combate “Díaz, Madero y Carranza”, me incrimina por no citar textualmente las palabras de Cabral, en lugar de contestar el asunto principal para los porfiristas, que consiste en que es ridículo que quieran arrebatarnos la bandera democrática diciendo que siempre la han tenido entre sus manos.

“Sí, señor —prosiguió el semisoldado—, la señora del almuerzo es también de Santa María y yo también”. Y sacó de la bolsa una larga lista. Era la lista de los ex habitantes de Santa María. “Vea usted, señor, éste está con Genovevo; éste también; éste ya murió, murió en tal parte de tal enfermedad; éste murió en tal combate, lo hirieron en el pecho; éste está en Tepoxtlán, etc., etc.”, y luego cambiando de asunto: “Ya se convencieron de que a usted es muy fácil matarlo, porque sale solo por los campos y es muy confianzudo, y vienen a matarlo a cuchillo; se lo dijeron a la señora que les sirve el almuerzo, y ahorita están allí sentados frente al Palacio de Cortés”.

Todo eso dicho muy largo y muy confuso, y muy despacio, y muy torpemente.

“Bien, le dije, toma esta orden y ve a tal cuartel para que te den una tropa y los aprehendas”.

Al poco tiempo volvió y me dijo: “Señor, ya se fueron”.

“Pues mira, le dije, otra vez no te dilates tanto para decir las cosas; conserva esta orden y cuando los vuelvas a ver, muy calladito y muy de prisa vas por la tropa; los aprehendes y me los traes”. No habían transcurrido ocho días y ya estaban presos.

Muy ocupado estaba yo cuando me lo participaron y no pude desde luego estudiar el asunto. Cuando me desocupé, cansado y con el juicio torpe, pedí que me trajeran a los presos.

¡Cuál no sería mi sorpresa al ver que los presos eran los mismos a quienes estaba yo protegiendo y ayudando a reconstruir sus casas! Por cansancio cerebral me cupo un momento la duda de si sería fundado el cargo que les hacían. Me hubiera bastado pensar que a ellos se les hubiera podido aprehender cualquier día y que el haber dejado transcurrir casi una semana había sido totalmente meditado.

“¿Pero es posible que ustedes pretendan asesinarme?” “¿Quién le dijo a usted eso?”, me preguntaron al instante aquellos indios reservados que a mí me hacían el honor de tener confianza.

“Fulano de tal”, contesté.

“¡Ah!, se explica; ése es el hombre que nos ha hecho tantos males; era de nuestro pueblo y le servía de espía al general Robles; por él mataron a muchos del pueblo”.

Seguramente que aquéllos decían la verdad; ya estaba yo en la buena pista. Algunos días más tarde me telefoneó el jefe del destacamento de Cruz de Piedra diciéndome que habían atacado al destacamento desde las ruinas del pueblo de Santa María, que él había bajado con su tropa, había aprehendido a los agresores y los tenía presos.

“No haga usted nada a los presos, le dije, dentro de unos minutos estoy con usted”, y me fui al galope.

¡Eran los mismos que me querían asesinar!

“¿Pero dónde están las armas de estos señores?”, pregunté al jefe del destacamento.

“No las pudimos encontrar”, respondió el oficial.

Y los indios confesaban que habían oído partir desde el pueblo los primeros tiros; pero que no vieron quiénes los dispararon.

En pocas palabras enteré al oficial que tenía yo la seguridad de que aquellos indios no eran culpables y que estaba yo en vías de descubrir una interesante intriga. “Póngalos en libertad y protéjalos usted en su trabajo en el pueblo”, ordené al oficial.

Obedeció bien, pero leí en sus ojos la incredulidad.

Inmediatamente fui a ver al señor gobernador del Estado, el ingeniero Patricio Leyva, mi amigo y condiscípulo.(1) Lo enteré de todo lo sucedido y del afán que tenía por descubrir la intriga.

Bien, me dijo, no la ha descubierto todavía porque no está usted enterado de las cosas del Estado. Desde hace mucho tiempo están de pleito el pueblo de Santa María y la hacienda de Temixco y el motivo es un terreno en discusión. En tiempo del gobernador Alarcón le dieron el triunfo a la hacienda y desde entonces está muy disgustado el pueblo. La intriga fue muy sucia, como sucedía frecuentemente en tiempos de Díaz. Por la buena y con habilidad, hicieron que Santa María nombrara un delegado para entenderse con otro de Temixco. Compraron fácilmente al delegado del pueblo y éste decidió con el otro delegado que el terreno en litigio quedaría a favor de la hacienda y que ésta daría al pueblo 15,000.00 pesos. Se hicieron todos los documentos, se legalizó el convenio y se depositaron los... $15,000.00 en el banco, a disposición del pueblo. Éste se enojó y no admitió, protestó; pero la cosa estaba ya hecha y las autoridades la apoyaban. Esta situación se agravó, porque una vez estando el pueblo necesitado de dinero, tomó $3,000.00 de los $15,000.00 depositados. Cuando el gobierno del señor Madero se estableció, los del pueblo revivieron el litigio y era muy probable que ahora las autoridades dieran la razón al pueblo. El camino que sus enemigos encontraron fácil, fue el de presentar al pueblo como rebelde indómito al que es preciso exterminar y lo consiguieron, en efecto, como usted sabe. Y ahora quieren probablemente que usted desista de su empeño en reconstruir el pueblo.

Voy a ser lo más benévolo posible con el señor general don Juvencio Robles y a emplear las palabras más suaves. Voy a suponer que no haya sido cómplice en la intriga de exterminar el pueblo; voy a suponer que haya estado en mi caso, pero que él no tuvo ni la actividad mental ni física necesarias; o que su amistad con los próceres del partido científico lo predispusieran en contra de los indios y en favor de sus expoliadores. Y en esa actitud voy a hacer una evocación de los acontecimientos que produjeron la rebelión del trabajador, cumplido y pacífico carbonero de Santa María.

La mano de la intriga se mueve en las sombras misteriosas. Las delegaciones hábiles traen consigo los colgamientos de los habitantes más connotados del pueblo de Santa María. El malestar y disgusto crecen primero tímida y ocultamente y después cada vez más ostensibles; algunos, los menos sufridos, abandonan el pueblo y se incorporan a Zapata. Los más sufren y almacenan odio. Luego, la conspiración y las expresiones de disgusto se tornan poco a poco en desafíos, hasta que finalmente viene la amenaza del general Robles:

“Si el pueblo no se somete, irá la tropa a someterlo”; y el pueblo contesta: “Que venga y la recibiremos a balazos”. Y así fue, y se dio la batalla de Santa María, que tuvo en la capital la resonancia de un acontecimiento histórico que hace época. El insigne artillero Guillermo Rubio Navarrete se cubrió de gloria; casi todos los oficiales fueron ascendidos, y hasta un ayudante del Presidente de la República, Justiniano Gómez, que fue a presenciar la batalla, tuvo que ser ascendido, en realidad para ganar su testimonio de tan distinguido hecho de armas, y oficialmente por haber tomado una activa participación en la batalla.

¿Y qué es lo que en verdad había pasado?

Que con unas cuantas armas, los habitantes de Santa María habían cumplido su palabra de recibir a balazos a las tropas del gobierno, que esos habitantes se batieron heroicamente, y que mucho tiempo después de que los defensores del pueblo fueron desalojados, entraron las tropas del gobierno y mataron a muchos inocentes, entre otros a alguno o algunos de los miembros de la familia de Genovevo de la O, y que éste desde entonces se levantó en armas, y se transformó de carbonero en enemigo de la injusticia de tan inicuos colaboradores de un gobierno bien intencionado, pero pésimamente servido.

Y ahora Genovevo, de víctima de la codicia por un terreno, de víctima de la estulticia o parcialidad de un general, de víctima de la sed de ascensos de los oficiales, se había convertido en colaborador de los enemigos del gobierno.

Después, así como la prensa elogiaba a Robles, Blanquet y Huerta, por ser enemigos latentes del gobierno, así se abultaba la actividad de Genovevo para hacer creer que a pasos agigantados se derrumbaba el gobierno del señor Madero.

Una vez en Chapultepec me decía bromeando mi esposa:

“¿Cómo te prueba la campaña, has engordado, o será la lejanía de tu mujer lo que te hace tanto bien?”

Pocos días después los periódicos de México traían la noticia de que Genovevo había tomado Cuernavaca y era gobernador del Estado; que a mí me había pasado a cuchillo y que mis oficiales de Estado Mayor huían por el texcal. Mi esposa creyó la noticia y como medio de tener alguna información, me puso un telegrama preguntándome cómo seguía yo. Recordé la broma y contesté: “engordando”. No me pasó siquiera por la imaginación la angustia de mi esposa, ni las indignidades de la prensa.

La campaña de ésta fue tan activa que al señor Presidente le pareció de efecto político que hiciera yo una excursión aparatosa al Estado de México, que quemara el cuartel general de Genovevo y que me hiciera acompañar del batallón de Blanquet, que ahora estaba encargado de las tropas de ese Estado, para que la prensa de oposición hiciera ruido a la excursión.

Le ordené a Blanquet que estuviera el 29 batallón cierto día en Malinalco, un hermoso pueblecito del Estado de México. Y estuvo allí, en efecto, juntamente con los carabineros de Coahuila. Afortunadamente para el pueblo (como se comprenderá después), llegaron pocos minutos después que las tropas de Morelos. Se decía que ese pueblo era muy frecuentado por Genovevo; de la exactitud de esto adquirí la convicción por un acontecimiento que es pertinente referir.

Un rico señor de Malinalco nos invitó a comer. Al tomar la copa de aperitivo, el teniente coronel Jiménez Riveroll, que era el que en realidad mandaba todas las expediciones del 29º., se empeñaba en aprehender a una señora que vivía en Malinalco. Al principio sólo me daba por razón (que seguramente era suficiente para su jefe el general Blanquet) que la señora era querida de Genovevo; pero como yo me reí de la razón, tuvo que suspender su empeño. A los postres volvió a insistir con nuevas razones, que apoyaba con el testimonio del anfitrión. Era una inmoralidad su presencia en la población, un motivo de disgusto para toda ella y una amenaza, porque atraía frecuentemente a Genovevo, y la sociedad deseaba su alejamiento.

Desde luego pensé que estos nuevos motivos eran una invención del teniente coronel Riveroll, a quien apoyaba el dueño de la casa quizá sólo por cortesía; pero yo seguía una conducta invariable de prudencia, sin chocar brutalmente con mis subalternos, a no ser que el caso imperiosamente lo exigiera. Así es que accedí a la petición de Riveroll, permitiendo que condujera a Toluca a la señora en cuestión. Mis enemigos verán en eso una falta imperdonable, porque exigen del contrario una conducta idealmente perfecta y toleran en el amigo las atrocidades más grandes.

Tengo la costumbre de visitar las iglesias en cada pueblo que no conozco bien, para observar el terreno desde las torres y tener la primera idea acerca de su configuración para establecer el servicio de seguridad. Acompañado de mi condiscípulo del Colegio Militar el ingeniero Rafael Izquierdo (bajo el mando de Riveroll), nos sentamos a platicar sobre las bóvedas de una iglesita muy interesante, situada en uno de los barrios de Malinalco. Por la conversación de Izquierdo sentía yo que un obstáculo inmaterial nos separaba; tenía algo secreto que no podía decir y, sin embargo, el recuerdo de los días que pasamos juntos en Chapultepec lo impulsaba hacia mí. “Si usted supiera, me decía, la conspiración que hay y quiénes son los comprometidos en ella, se asombraría usted”.

No puedo ser explícito en esto porque requeriría muchas páginas, y no quiero tampoco hacer conclusiones sin el desarrollo cabal de mi pensamiento porque atraería ataques de mis enemigos, aun los menos intransigentes; pero sí diré que después de la Decena Trágica entendí todo lo que Izquierdo no me pudo decir, y algo de ese todo es lo siguiente: Que Blanquet y los jefes del 29 batallón estaban desde esa fecha en conspiración contra el gobierno del señor Madero.

Salimos al día siguiente para Ocuila, Riveroll con las tropas del Estado de México directamente, y yo con las del Estado de Morelos, rodeando por Chalma. En Malinalco nos informaron que con seguridad encontraríamos a los zapatistas en Ocuila y tramamos caerles de frente y por la espalda.

El camino que yo seguí es maravilloso. Los católicos podrían aprovechar muy bien el encanto de aquel camino cubierto de hermosos árboles y encajonado entre majestuosas montañas, en prestigios del Señor de Chalma. Los creyentes infaliblemente sienten ahí la presencia de Dios.

Los pobres habitantes de aquellas regiones huían de nuestra vecindad y desde las cumbres de las montañas presenciaban el desfile de las tropas.

Las soldaderas, al ver las siluetas de aquellas gentes proyectadas en el cielo, me pedían que las tropas tiraran sobre aquellos zapatistas, suponiendo que cada uno de esos hombres, o mujeres, o niños, era un enemigo con una carabina, y al rehusarme, comentaban:

¡Ah qué mi general tan bueno, que no quiere que maten a los zapatistas!

Aquellas heroicas mujeres no sospechaban que esas gentes eran los habitantes de los pueblos que huían de nuestra vecindad por los infames atropellos de que habían sido víctimas; no comprendían que con ellas tenían causa común, y también pedían su exterminio. Pensaban lo mismo que Jiménez Castro, que se gloriaba de haber colgado de cada árbol de Morelos a un habitante del Estado; pero, también como en Jiménez Castro, trabajaba en ellas lentamente la nueva idea. Jiménez Castro, que había sido el más enérgico opositor de mi política, la imitó en tiempos de Huerta, cuando éste lo hizo gobernador del Estado.

Desgraciadamente llegué a Ocuila después de Riveroll, que había inventado ya una batalla contra los habitantes del pueblo y colgado a algunos infelices.

Al llegar pregunté a todos los que creí conveniente del pueblo y de las tropas mismas: todas las informaciones eran concordantes. La información de una linda muchacha de veinte años, una de la sección de prostitutas de Toluca que traían los oficiales de Riveroll, fue la más pintoresca.

De pie la muchacha, contaba accionando con todo su gracioso cuerpo, a la vez delgado, redondo y fuerte. Extendiendo los flexibles brazos simulaba el arco de las tropas llegando en torno del pueblo. El fuego era nutrido, los habitantes asomaban la cara en las puertas y luego se escondían, tal vez se tiraban al suelo o se metían debajo de las camas; algunos corrían despavoridos por las calles. Un infeliz salió con una pistola antiquísima en las manos, una pistola descompuesta; era probablemente un desequilibrado que al ser rodeado por los soldados exclamó, tirando la pistola y levantando las manos: “Estoy dado”.

“¿Sí, he?, pues te vamos a colgar”, le dijo alguno de los oficiales.

Y la linda muchacha se embellecía aún más, poniéndose seria.

“Se puso el pobre hombre muy descolorido —continuaba la muchacha—, dijo: ‘¡Oh, mundo engañador!’, y le pusieron el lazo, y lo izaron, y estiró los pies, y agachó la cabeza, y sacó la lengua, una lengua muy larga”.

Imitando, la muchacha sacaba también la lengua, delgada y roja, agachaba la cabeza y se le llenaban de espanto los grandes ojos negros. Yo pensaba: y ¡esto pasa cerca de mí, casi en mi presencia!

Acababa yo de visitar la iglesia que domina admirable y artísticamente aquel simpático pueblo de indios y de platicar con el curita, y recorría yo los lugares donde estaban acantonadas las tropas, cuando en la guardia del 29 batallón me encontré a una señora ya de edad, gruesa, con la dentadura imperfecta y hermosos colores en la cara, que estaba llorando abundante y silenciosamente.

—¿Qué le pasa a la señora? —pregunté al oficial de guardia.

—No sé, mi general —contestó.

—¿Qué le pasa a usted, señora? —le pregunté.

—Nada —respondió enfadada.

—¿Quién es esta señora? —volví a preguntar al oficial de guardia.

—Es la querida de Genovevo de la O.

—Bien —dije al oficial—, voy a buscar algo qué comer y como dentro de una hora estaré en esa casa, que es donde me alojo, mándeme usted entonces a esta señora.

Quería yo hablar a solas con ella, para saber qué le pasaba.

—Cómo no he de llorar —me dijo—, si lo que no me ha pasado con los zapatistas me pasó con las tropas de usted.

Cuando se convenció de que yo no había tomado participación en su desgracia, me contestó, ya de buen modo, lo que la apenaba:

—Sí es cierto, Genovevo de la O tiene relaciones conmigo. ¿Por qué no? yo no pierdo nada; pero no me ha impulsado el amor, sino el deber de defender, aunque sea con mis faltas, el honor de mis hermanitas. Y mi amistad con Genovevo protegió la virginidad de mis hermanas. Pero contra la perfidia de los oficiales de usted no he podido luchar. Fueron a mi casa, me dijeron que si yo no aceptaba estar con uno de ellos me traerían presa, pero que si aceptaba me darían un salvoconducto; y acepté y me encerré en un cuarto con un oficial, y mientras los demás violaron a mis hermanitas. Usted comprenderá ahora mi pena.

Siento mucho no seguir el curso de este asunto; esto basta en un artículo dedicado en honor de Genovevo y para vergüenza nuestra. La exposición completa nos llevaría más adentro del infierno en que vivimos.

Me informé de la situación topográfica de la ranchería, cuyo nombre he olvidado y que según fama servía de cuartel general a Genovevo. El camino desde Ocuila hasta ese cuartel general es descubierto, pasa por terrenos casi planos y el cuartel general estaba en la hondonada de un vallecito, situado un poco antes de Santiago Tianguistengo, en la boca de la sierra que termina en Huitzilac.

Di la orden de marcha; la caballería de los carabineros de Coahuila iría delante (como caballería independiente), dos compañías de las tropas de Morelos irían de vanguardia, y el resto formaría el grueso en donde, a la cola, iría el 29 batallón de Riveroll para que no pudiera volver a inventar batallas.

Cerca ya del cuartel general de Genovevo, yendo yo a la cabeza del grueso, vi que algunos de los carabineros de Coahuila corrían por nuestro flanco y se me figuró que iban en dirección del enemigo. Eso me desagradó; creí que el enemigo caía sobre nuestro flanco y pensé desde luego detener las tropas para maniobrar hacia ese flanco; pero pronto me convencí de que estaba yo equivocado: los carabineros de Coahuila no galopaban hacia el enemigo, sino hacia unos caballos que pacían en el potrero y que se querían robar.

Jiménez Riveroll envió un oficial para solicitar que lo pasara yo a la cabeza, y para advertirme que nos iban a sorprender y a derrotar. Le contesté yo que no tuviera cuidado, que ya sabía yo que su batallón era muy bueno; pero que recordara que las buenas tropas, como la guardia de Napoleón, se reservaban para lo último: para el “evenement”, como decía ese gran capitán.

Al llegar finalmente a nuestro objetivo, los carabineros de Osuna dispararon algunos tiros, quizá sobre rezagados del campamento de Genovevo. La vanguardia formada por tropas de Morelos, que ya fraternizaban conmigo y tenían el mismo espíritu que yo, entraron desplegadas, pero sin disparar un solo tiro. El grueso de las tropas entró en columna de viaje, al paso redoblado.

Se conoce que Riveroll no tragó los elogios que hice a su batallón por conducto del oficial que me envió, porque estaba atufado y no se me acercó en todo el día.

En aquella ranchería sin un solo habitante, cada casita tenía un cuarto habitación, una cocinita y una pequeña caballeriza. Parecía realmente un campamento muy bien organizado. ¿Lo sería realmente?

En la noche, acurrucado de frío en mi catrecito de campaña, tenía yo los ojos muy abiertos en la oscuridad.

Los tiros de los centinelas del servicio de seguridad se centuplicaban por el eco de las montañas y semejaban el sonido que produjera al ser rasgada una pieza larguísima de manta, de esa “manta trigueña” con que se hacen sus vestidos nuestros indios.

¡Nunca me habían producido más placer los tiros!

Sí, pensaba yo, que tiren los soldados, aquí nadie los oye; aquí no sucede lo que en Cuernavaca; allá un tiro que se le sale a un soldado es transformado por los reporteros en una batalla que nos dan y nos ganan los zapatistas; aquí no nos oye ningún reportero, aquí pueden tirar los soldados. El eco era largo y parecía continuo; seguramente no era sólo producido por los flancos de las estribaciones de los cerros, sino también por los troncos de los árboles, por las ramas y las hojas; y me dormí pensando en el maravilloso libro de Helmholtz, Las sensaciones del tono, la primera base científica de la música.

Al día siguiente formamos la tropa y le hice saber a Jiménez Riveroll que daba yo por concluida la expedición y que él debería marchar a Toluca con las tropas que había traído. Nosotros seguiríamos a Cuernavaca por Santiago Tianguistengo, Jalatlaco y Tres Marías. Además, le ordené que mandara quemar el campamento. Sus ojos brillaron de alegría, como diciendo: Vaya, hombre, hasta que empieza usted a ser sensato!

¡Qué espectáculo más salvaje el del incendio de un poblado! Se me figuró ver al Presidente con sus ojos bondadosos y estuve seguro de que si hubiera estado allí, habría ordenado: “¡Mande usted que apaguen ese fuego, que lo apaguen a toda costa!”

Notas: 1. El gobernador constitucional era el licenciado Aniceto Villamar.

Fuente: Wikipedia. Articulo autoría de Federico Cervantes Muñoz Cano. Colección Biografías Conmemorativas publicada por el Gobierno del estado de Hidalgo con motivo del Bicentenario de la independencia y del centenario de la revolución. Director de la colección Rubén Jiménez Ricárdez. Gobierno del Estado de Hidalgo. Creative Commons.

 
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