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LAS HAZAÑAS DE HERMENEGILDO GALEANA

 

En un día 13 de abril, pero de 1762, nace el más aguerrido exponente de la lucha de Independencia de México. En Tecpan, que en ese tiempo no pertenecía a Guerrero, sino a la provincia de Michoacán.

Se cree que fue descendiente de un náufrago inglés o irlandés. Según Ramón Sierra López, en su libro El héroe sin cabeza, refiere que su origen era vasco. Alejandro Villaseñor Villaseñor (1864-1912), historiador y periodista, autor de Biografías de los héroes y caudillos de la Independencia, publicado en 1910, nos dice que la ascendencia del héroe de la Costa Grande era italiana.

A propósito, para esta entrega biográfica e independentista, revisé –entre otros textos–, la enciclopedia de Historia de México, así como la investigación Hermenegildo Galeana, de Arturo Ríos Ruiz, del IPN, de 2002. Este domingo, vámonos recio con un resumen de la vida de este cuadro insurgente, que según lo que he leído, es un valiente totalmente fuera de serie.

Los Galeana se pusieron a las órdenes de Morelos el 7 de noviembre de 1810, allí en Tecpan. Y fueron admitidos en sus filas rebeldes, al igual que su contribución con armas, entre ellas, un diminuto cañón inglés apodado El niño. Nuestro Tata Gildo, a sus 48 años de edad, se sumó a la lucha junto con un valioso contingente de soldados reclutados por él.

Morelos, pudo apreciar pronto lo que valían sus aliados: para el día 13 ya se batían valerosamente contra el comandante realista Calatayud, en el Cerro del Veladero. Luego, el 8 y 13 de diciembre, don Hermenegildo se distinguió peleando a las órdenes de Avila, en el Llano Grande y en La Sabana. Pero fue el 29 de marzo de 1811, en el campo de Los Coyotes cuando el caudillo, que estaba enfermo, reconoció las dotes militares de Galeana, ya que tuvo que suplir en la batalla al coronel Hernández, quien en vísperas de la acción huyó vergonzosamente del lugar. Los soldados, en el momento del conflicto lo eligieron como jefe. Seis días después rompió el sitio y rechazó a Cosío, obteniendo la victoria.

Fueron juntos a Chilpancingo y Chichihualco, donde invitaron a los Bravo a participar en la revolución. Por estos rumbos fue cuando sus tropas, al ser atacadas por sorpresa, mientras descansaban y se bañaba en el río –con todo y eso–, derrotaron a los agresores realistas, que en su huída dejaron cien fusiles y otros tantos prisioneros. Su mismo comandante Garrote lo reconoció así: “los negros no teniendo tiempo de vestirse, pelearon desnudos y parecían demonios”.

En Tixtla, Galeana, ya sin municiones, hizo repicar las campanas para hacer creer a los contrarios que el generalísimo ya venía en su auxilio. “Pero no dio retirada, aunque el parque le faltó”. Allí, por primera vez, los realistas “sintieron en carne propia” los estragos del famoso machete suriano. Mientras tanto, los insurgentes del centro del país, dirigidos por Ignacio López Rayón, instalaban en Zitácuaro la Suprema Junta Nacional.

Ya tácitamente como su segundo de Morelos, estuvo en la acción de Chilapa, fue enviado a Taxco, Tecualoya, Cuernavaca, Cuautla y destacó algunas partidas a Juchi, Ameca y Chalco. En Cuautla, contra el general Félix María Calleja, Galeana recibió el mando del punto de Santo Domingo, el más peligroso de todos (2 de mayo de 1812). Saltando la trinchera, rechazó el ataque realista y mató con su propia mano al capitán Sagarra.

Avanzó a Chilapa, derrotó a Añorve el 4 de junio. Siguió a Morelos hacia Huajuapan, donde Valerio Trujano llevaba sitiado más de 105 días. Nicolás Bravo, también acudió en su auxilio. Y pudieron vencer y encarcelar a decenas de hacendados simpatizantes de la corona y obtener un botín de cañones, rifles y municiones. Luego de la batalla, se instaló el campamento para reorganizar la ofensiva.

Trujano murió durante una batalla de avanzada hacia Puebla. Galeana, salió en su ayuda; consiguió hacer huir a los realistas, pero no pudo evitar la muerte de su compañero. Rescató su cuerpo y lo llevó de regreso a Tehuacán. El generalísimo ordenó sepultarlo con honores.

Cuando ganaron Tehuacán, Morelos nombró mariscal a Galeana; también dio un grado superior al joven Mariano Matamoros, por ser cura y saber leer a la perfección. Era indiscutible que Galeana tenía más méritos y gran ascendencia sobre la tropa, pero era analfabeta. Como señal de inconformidad con tal decisión, es famosa su frase: “Yo no sabré escribir en un pedazo de papel, pero sé dirigir un campo de batalla”.

Luego vino el ataque de Orizaba; allá Galeana fue a pelear. También asistió a la toma de Oaxaca, el 25 de noviembre de 1812, donde se mandó fusilar a todos los defensores realistas, como un escarmiento, lo que impactó aún más la causa insurgente.

En el sitio de Acapulco, Galeana se situó en el Cerro de la Iguana. El cura Hidalgo, desde un principio ya había ordenado a Morelos tomar este puerto estratégico, por donde el virreinato realizaba actividades comerciales. El enemigo se rindió el 20 de agosto de 1813, en el Fuerte de San Diego. Entonces, nuestro protagonista recibió órdenes de inspeccionar la Costa Chica.

En noviembre obedeció instrucciones de alcanzar al grueso del ejército y combatir en Valladolid, adonde llegaron el 22 de diciembre. Los insurgentes fueron derrotados fácilmente por los ejércitos de Ciriaco del Llano y de Agustín de Iturbide, por cierto, menos numerosos, pero mejor capacitados. Galeana escoltó a Morelos por Zirándaro y Coyuca.

Las fuerzas de Bravo y Galeana se retiraron en desconcierto hacia Puruarán. Fueron perseguidos y sometidos de nuevo el 5 de enero de 1841. Matamoros fue capturado cerca de Pátzcuaro y fue ejecutado más tarde. Ya en el Sur, mientras Morelos se unía al Congreso, Galeana quedó mandando en el punto del Veladero; allí lo atacó Armijo con fuerzas superiores. El mariscal se refugió en su hacienda del Zanjón, luego en el Tomatal. Después, él y los Bravo fueron derrotados en Chichihualco.

En territorio de Coyuca de Benítez, fue rodeado por 14 dragones enemigos. En la refriega, se golpeó la cabeza en una gruesa rama de árbol, cayó de su caballo y fue rematado con un balazo de carabina en el pecho. Intentó sacar su espada pero... Luego, cercenaron su cabeza y la fijaron en la punta de una lanza. El comandante que representaba a la realeza española, reconocía: “Esta es la cabeza de un hombre honrado y valiente”. Murió en la raya el 27 de junio de 1814.

El Siervo de la Nación, al enterarse de la muerte del ilustre tecpanense, exclamó con gran tristeza: “Se acabaron mis brazos, ya no soy nada”. En referencia a Matamoros y a don Hermenegildo.

Fuente: Articulo autoría de Salomón García Jiménez. Jornada Guerrero, domingo 13 de abril de 2008. Creative Commons.

 
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