UN GOBERNADOR PINTORESCO; ALBERTO FUENTES DÁVILA

 

Durante la Revolución Mexicana algunas entidades del país fueron gobernadas por coahuilenses.

Alberto Fuentes Dávila, saltillense de origen, que fuera gobernador de Aguascalientes en la época revolucionaria, asombró a los aguascalentense con sus medidas reformistas y sus disposiciones.

Durante la época de la Revolución Mexicana diversas entidades del país fueron gobernadas por coahuilenses; se pueden mencionar Durango, Chihuahua, San Luis Potosí, Nuevo León, Puebla y otros. Eran los signos del maderismo, el carrancismo y el villismo. La lista es prácticamente incontable y los mismos permanecían en el cargo desde unos días hasta varios años.

Tal es el caso del saltillense Alberto Fuentes Dávila, nuestro personaje de hoy, que naciera el 18 de febrero de 1873. De origen humilde, a los quince años abandonó los pupitres escolares para salir a buscar la subsistencia. Probó fortuna en Nueva York y regresó para establecerse en la ciudad de México. Allí trabajó como empleado comercial.

Ya a los treinta años, en 1903, llegó a la ciudad de Aguascalientes y pronto se hizo de amigos, por su espíritu emprendedor y porque era un tipo de mediana cultura, franqueza simpática y atractiva, enérgico, activo y práctico.

Antirreeleccionista, desde 1908 había apoyado la candidatura de Bernardo Reyes y fundaba un Club Democrático con 300 seguidores que sesionaban en el Salón Vista Alegre; pronto contó con una membresía de entre 800 y 1,200 afiliados, pero aquellos animosos revistas se disolvieron al abandonar la contienda el gobernador de Nuevo León.

Esos demócratas se reavivaron con la aparición de un antagonista ante don Porfirio; en marzo de 1910 se convirtieron en maderistas, que encabezaba el rebelde Alberto Fuentes. Ese mismo mes arribó Madero a la capital hidrocálida como candidato oposicionista y los correligionarios de Fuentes Dávila le dieron una entusiasta y nutrida bienvenida.

Aquel 24 de marzo de 1910 los manifestantes se arremolinaron frente a un balcón del Hotel Francia para escuchar a su candidato. Madero incitaba al pueblo para que ejerciera el sufragio, hiciera efectiva la democracia e impidiera la reelección. A la gente aquello que escuchaban les parecía imposible: sueños e ilusiones del pequeño orador.

La presencia del candidato presidencial mucho ayudó a que se incrementara el maderismo en Aguascalientes. Los miembros del Club Reeleccionista de la capital, fuertemente apoyados por el clero y la feligresía católica descalificaban a Madero en la prensa, al juzgarlo que no servía ni para escribir ni para tribuno ni para presidente. Aún así seguía creciendo la oposición; un periodista liberal dijo: Madero no había sembrado en tapetate y los maderistas se multiplicaron como granos de maíz en una mazorca.

Pronto llegaron los enfrentamientos, primero verbales y luego físicos; la prensa local trataba de calmar los ánimos y preservar la paz y la tranquilidad. Fue en ese tiempo que apareció el cometa Halley en los cielos. Los científicos porfirianos, dada su ilustración, lo tomaron como un fenómeno natural.

[…] pero entre la clase popular en donde el resplandor destruyó la paz de la noche y puso inquieto hasta el ganado, aquello, como había pasado antes era un aviso. Los viejos le decían a los jóvenes que significaba guerra, muerte, hambre, destrucción y plagas.

Fue a inicios de junio que el gobierno encarceló al prócer de Parras en San Luis Potosí: escenario de sus delitos y con las fiestas del centenario en puerta, el pueblo aguascalentense repetía el estribillo:

Porfirio Díaz está de parto

Ramón Corral es el partero

y el hijo que viene

es Francisco I. Madero.

Los habitantes del estado de Aguascalientes celebraron rumbosamente las fiestas del Centenario. Se inició con un desfile de bandas y grupos militares. Los extranjeros organizaron una Kermess, eventos deportivos, bailes en las barriadas y el 16 de septiembre el gobernador inauguraba El Parián y el monumento a la Independencia en la Plaza Principal.

Aquella aparente paz se esfumaba. Madero huyó rumbo a San Antonio, Texas, y desde ahí conspiraba, pero ahora con fines de iniciar una lucha armada. En octubre redactaba y lanzaba el llamado Plan de San Luis, junto con aquel plan iban algunos nombramientos de gobernadores provisionales, entre ellos el de Alberto Fuentes para Aguascalientes.

Fuentes se encontraba en la funeraria de su propiedad con unos amigos, cuando un enviado le entregó el Plan de San Luis y su nombramiento como gobernador provisional. Esto convirtió a Fuentes de activista a perseguido político y alcanzó a abandonar Aguascalientes en vísperas del estallido de la Revolución. Hubo de huir a los Estados Unidos, mientras tanto su esposa fue reducida a prisión so pretexto de que incitaba a la rebelión.

Días después la señora Anselma Ramos de Fuentes fue puesta en libertad condicional. Fuentes abandonó sus actividades revolucionarias, cruzó la frontera con Estados Unidos en febrero de 1911, se encontró con Madero y pasó a formar parte de la Junta Revolucionaria. Hizo la campaña de Chihuahua hasta el triunfo en Ciudad Juárez a fines de mayo de 1911.

Fuentes Dávila se trasladó a Aguascalientes donde recibió el 5 de junio a Madero, quien paseaba por la entidad en plan triunfante rumbo a la ciudad de México. Dos días después Fuentes Dávila rendía protesta ante el Congreso del Estado como gobernador provisional. Al poco tiempo se lanzaba a la campaña para gobernador provisional en el periodo 1911-1915.

Fuentes triunfó en forma contundente, pero el Congreso Local no le reconoció su victoria, ya que lo calificaba de socialista, agrarista y radical. Hubo de irse a otra elección y al fin tomó posesión como gobernador el 1 de diciembre de 1911. Los antiguos porfiristas, favorecidos por el régimen, nunca lo aceptaron, porque apoyaba y ayudaba a las clases necesitadas. Se ganó el repudio de los hacendados porque aumentó el predial rústico. Estos y otros acontecimientos le valieron a Fuentes la crítica del joven poeta zacatecano Ramón López Velarde, radicado en Aguascalientes, que defendía la causa del Partido Católico:

Para tu pecho esforzado.

Todo es cosa baladí,

que lo refiera por mí

el porrista y glorioso arte

con que deshiciste a Ugarte,

a Luna y Lomelí.

¿No es verdad, Gobernador,

que en esta tierra sencilla

la Porra es lo que más brilla

y lo que huele mejor?

También en prosa López Velarde reiteraba su crítica contra el gobernador Fuentes Dávila y escribió:

¿Quién hubiera podido vivir en las centurias clásicas de la Porra ancestral en que los caciques hacían renunciar a los Tomases a los Leocadios, a los Jacobos y a los Anicetos, sin que se hablase en montañas ni chozas de ultrajes a un Poder Legislativo que no tiene fuero?

Territorio rural era Aguascalientes, ahí mandaban los hacendados y Fuentes Dávila les quitó todo el poder, les alzó los impuestos, les reglamentó la contratación y servicios de los peones. Uno de aquellos hacendados, Felipe Ruiz de Chávez, que fue el gobernador porfirista que le entregó a Fuentes, el día del acto le dijo al maderista: Hasta que se te hizo, jodido desgraciado. López Velarde, apegado entonces al porfiriato, volvió a intervenir en agosto de 1912:

El gobernador o desgobernador de Aguascalientes, como ustedes quieran llamarlo, ha dado una flamante ley de revalúo en combinación con los diputados de sello porrista. Imagínese el lector cómo estará la cosa, cuando del revalúo del señor Fuentes no se escapan ni los perros callejeros […] Miseria atropelló a Aguascalientes y desprestigió al gobierno del señor Madero. Nosotros señalamos con índice inexorable a Fuentes.

Un sorpresivo final se venía entre aquellos conflictos y pleitos de campanario. Llegaba febrero de 1913 y Victoriano Huerta, en un golpe de estado infame y artero, acababa con la administración y la vida de Madero. Con esto obligaba a Fuentes y sus seguidores a dejar el estado.

Fuentes no abandonó las filas revolucionarias, se fue a la frontera, donde se afilió a Carranza, bajo las órdenes con el general Lucio Blanco y luego en el Estado Mayor del Ejército del Noreste. Ayudó al contrabando de armas, voló vías férreas y ayudó al ataque de la plaza de Nuevo Laredo. El 30 de agosto de 1913 firmaba el acta de repartición de tierras hecha por Lucio Blanco en Matamoros.

La Revolución siguió triunfando, en junio de 1914 la ciudad de Zacatecas había sido tomada por la imbatible División del Norte. El espinazo del huertismo estaba quebrado. Los huertistas abandonaron Aguascalientes. El 18 de julio de 1914 retornaba al gobierno estatal el coronel Alberto Fuentes Dávila. Con él llegaba como secretario de gobierno el joven maestro David G. Berlanga. Los dos norteños se identificaron en sus metas e ideales. De inmediato expidieron decretos para mejorar las condiciones de vida de los obreros y campesinos, crearon más escuelas, repartieron tierras, expulsaron sacerdotes y confiscaron bienes a explotadores.

El gobernador Fuentes Dávila externaba que los gobiernos anteriores (no el suyo, obviamente), tanto municipales como estatales y federales, no habían sabido cumplir con su misión de mantener un equilibrio entre los derechos individuales y de los derechos de una autoridad. Fue que el nuevo gobierno, gracias al triunfo de las armas, se disponía a imponer condiciones. Los poderes judicial y legislativo fueron disueltos.

Entre las medidas administrativas realizadas por el gobierno fuentista en materia de obras públicas destacó la apertura de calles y otras obras de mejoramiento urbano. Ya desde la etapa maderista Fuentes Dávila había planeado: Abrir una calle recta y amplia, que estando en las bancas de la plaza, pudiera ver el paso de los trenes.

Para la consecución de aquellas obras Fuentes Dávila debía de expropiar y desde luego indemnizar muchas propiedades que se verían afectadas, muchas de ellas eran huertas, Cuando anunció las obras, nadie quería ceder un centímetro cuadrado. Fue una madrugada que la ciudad amaneció con el ruido de la piqueta. La principal arteria que inició fue la que hoy se conoce como Avenida Madero, la más importante de la ciudad hasta la fecha y que al inicio se conoció como Avenida de las Lágrimas, por los lamentos de los dueños de los predios afectados. Años después el mismo Alberto Fuentes asentó en su carácter de gobernador urbanista:

Fui el primer gobernante del período revolucionario que dio principio a la planeación de las ciudades. Abrí la hoy principal avenida de Aguascalientes, en línea recta desde la estación de ferrocarril hasta el centro de la ciudad, así como las calles transversales de ese rumbo.

En esto estaba Fuentes Dávila cuando se escogía la ciudad de Aguascalientes como sede de las sesiones de la Soberana Convención Revolucionaria, donde se decidiría el futuro de la nación. A inicios de octubre de 1914 todo cambió para los moradores de la ciudad que tenían fama de pacíficos, industriosos y fervientes católicos. La población a partir de entonces vivió una atmósfera tensa y alucinada.

Del oriente de la ciudad y durante varios días llegaban los agudos silbatos de las locomotoras y el arribo de millares de hombres, soldados y oficiales que de diversas regiones del norte y sur acudían a la tan sonada Convención. Venía una turba de forasteros, gente de todas cataduras, casi todos armados, pertenecientes a distintos grupos de revolucionarios que tenían anonadados a los lugareños.

Llegaron millares de fuereños, de modo que los hoteles, mesones y casas de huéspedes fueron insuficientes para dar albergue y alimentación a tanta gente. Los vecinos, temerosos, escondieron a sus familias, sobre todo cuando en ellas había vírgenes hermosas y otros tesoros de igual precio.

Los hormigueros de gente llenaban las calles, plazas y jardines. Eran casi los 200 caudillos presentes, todos ellos de armas tomar y amenazantes polvorines. Cada jefe tenía su historia, era el reino mismo de la Revolución, Pancho Villa, Álvaro Obregón, Pablo González, Eulalio Gutiérrez, Roque González Garza, Saturnino Cedillo, Antonio I. Villarreal, Tomás Urbina, Rodolfo Fierro, José Isabel Robles, Ramón Iturbe y muchos más.

Los trabajos formales de la Convención se iniciaron el 19 de octubre. Dos días antes se formó una Junta de Gobierno Militar encabezada por el ya general Alberto Fuentes Dávila. Esta Junta tendría por funciones otorgar garantías a todos los ciudadanos generales y jefes con representación de fuerzas. El general Pancho Villa apareció de pronto en la Convención, estampó su firma sobre la bandera nacional, hizo público su desinterés, abrazó con afecto a los generales de uno y otro bando y dejó correr el nombre del general Obregón como presidenciable y surgió como líder democrático.

Pero lo que apareció como armónico fue un teatro de simulaciones. El 1 de noviembre se eligió a Eulalio Gutiérrez como presidente provisional y trasladó su gobierno a la capital. Poco duró en el cargo, pero enseguida se desató la peor de las guerras. En julio de 1915 Villa perdía en El Bajío con Carranza. Pero antes en noviembre de 1914 Villa destituía a Fuentes Dávila como gobernador y puso en su lugar a un general incondicional, al muzquense Víctor Elizondo.

Después de dejar forzosamente el cargo, don Alberto desempeñó varias comisiones militares en los estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas para el gobierno militar. Ascendió a general de brigada y al final de sus días, en 1950, se le concedió la Medalla de Honor de la Legión Mexicana. Residente en la capital del país entregó su vida a quien se la dio, en paz y con la conciencia tranquila en 1954.

Fuente: Álvaro Canales Santos. El Diario de Coahuila. Domingo, 15 de Agosto de 2010. Creative Commons.

 
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