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A UN SIGLO DEL ASESINATO DE MADERO

 

En el muro oriente de la Penitenciaría de Lecumberri, hoy sede del Archivo General de la Nación, un monumento con las caras grabadas de Francisco I. Madero y Pino Suárez recuerda la trágica noche del 22 de febrero de 1913.

Ahí, hace 100 años, en los llanos de San Lázaro, en una madrugada fría y sombría, se escribiría una de las páginas más trágicas de la historia de México: presidente y vicepresidente serían asesinados a fuego de metralla y con ellos la incipiente democracia apenas puesta en práctica dos años antes, en la campaña presidencial de Madero.

Los hechos que antecedieron a este sangriento asesinato convirtieron a la ciudad de México en un auténtico escenario bélico. El fuego cruzado que sostuvieron los federales que defendieron al presidente Francisco I. Madero y los sublevados bajo las órdenes de los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón, entre la madrugada del domingo 9 y el martes 18 de febrero de 1913, trastocaron totalmente el escenario cotidiano de la capital.

Hoy, gracias a las imágenes de la decena de fotógrafos, entre profesionales y aficionados que salieron a las calles a registrar los hechos, así como por las crónicas recogidas en los periódicos y revistas del momento, es posible reconocer algunos inmuebles, calles y edificios que fueron testigos de estos diez días de bombardeos incesantes, conocidos como la Decena Trágica.

Presentamos aquí algunos de los sitios significativos en los que se libraron batallas y momentos decisivos de esa rebelión armada, en la que por última vez los habitantes de la ciudad de México presenciaron los horrores de una guerra, que dejaría incontables bajas en la población civil y decenas de calles e inmuebles destruidos.

La Ciudadela de los golpistas

Tras su reciente remodelación, en los muros del edificio de La Ciudadela es imposible ubicar algún indicio de las balas o cañonazos de 1913. Hoy, ese polvorín militar donde hace 100 años un grupo de militares sublevados gestaron la caída de Madero, se ha convertido en la Ciudad de los Libros y la Imagen, con espacios dedicados a las actividades académicas y culturales.

En una de las remodeladas salas del edificio, una serie de imágenes históricas recuerda que hace un siglo fue el punto nodal de los sublevados. La entonces Fábrica Nacional de Armas fue tomada por los sublevados en un segundo asalto la tarde del 9 de febrero, momentos después de que el general Bernardo Reyes cayó muerto en las puertas de Palacio Nacional en su intento por tomar ese sitio estratégico.

La Ciudadela se convirtió en los siguientes días en el principal centro de operaciones de los traidores de Madero: Victoriano Huerta, Félix Díaz y Manuel Mondragón.

“Aquí se guardaban los cañones, las balas, los rifles, era el polvorín, el lugar donde se concentraba el material. Tenían municiones hasta para seis meses, por eso fue estratégicamente importante”, relata la historiadora Rebeca Monroy Nasr, durante un recorrido por este sitio y sus alrededores.

En uno de los salones de este edificio, los golpistas fraguarían la caída de Francisco I. Madero, tal como lo indica una fotografía icónica tomada por Eduardo Melhado, que registra el momento en que Díaz y Mondragón planean su estrategia de ataque sobre Palacio Nacional para el 16 de febrero. La foto fue publicada en la portada de uno de los periódicos de la época, como una especie de advertencia de lo que se avecinaba. Pero el aviso pasó inadvertido ante los ojos de Madero.

A unos metros de la puerta principal de La Ciudadela, el monumento dedicado a Morelos fue testigo de uno de los actos más sangrientos del Cuartelazo. Ahí, el 19 de febrero, Gustavo A. Madero, hermano del presidente Madero, fue torturado y asesinado por los sublevados.

Desde la azotea de La Ciudadela, sobre Balderas y otros puntos estratégicos, el ejército rebelde ejecutaba un nutrido bombardeo sobre los rumbos céntricos.

Entre esta lluvia de balas, la torre del Reloj Chino sufrió graves daños al ser alcanzada por uno de los proyectiles lanzados desde La Ciudadela. El obsequio que el gobierno chino había legado a la ciudad dos años antes con motivo del centenario del inicio de la Independencia de México, quedó reducido a escombros.

Al pie de las ruinas de este reloj, que fue reconstruido y reinaugurado en septiembre de 1921, un grupo de reporteros posaría para una fotografía junto al líder de los amotinados, Félix Díaz. Una imagen, que explica el historiador Samuel Villela, demuestra el desdén de los periodistas hacia Madero. “Pareciera que los periodistas dijeran ‘somos tan independientes que no nos importa la destrucción que ha causado este golpe’, pero no sólo era la destrucción de los bienes materiales, sino el proceso democrático que se estaba desarrollando en el país”, comenta el historiador, mientras las campanadas de ese reloj se apagan entre el bullicio de los camiones de carga que transitan por la avenida Bucareli.

El centro, zona de guerra

El retumbar de cañones y las balas de ametralladoras que cayeron en un perímetro que hoy conocemos como zona centro -desde Paseo de la Reforma hasta Salto del agua, y de Plaza de la Constitución a la avenida Balderas-, trastocaron totalmente la vida cotidiana de la ciudad:

“Todo esto se convirtió en un escenario bélico que la capital no había tenido jamás. La gente huyó de la ciudad con sus cosas; hay fotos donde ves a la gente huyendo con su jarrito, con su rebozo y hasta con su colchón. Hay una transformación del espacio visual y cotidiano, porque aunque la vida bélica desde antes del inicio de la Revolución se conocía, fue la última vez en que la ciudad experimentó lo que era una guerra”, refiere Monroy Nasr, investigadora del INAH.

Con la historiadora, autora del libro La Ciudadela de fuego. A ochenta años de la Decena Trágica, coincide Villela, quien comenta que “los bombardeos eran muy fuertes; entre la gente había mucho temor y muchos de ellos añoraban los tiempos del porfiriato”.

La violencia de esos días dejó a oscuras varias calles de la ciudad que fueron iluminadas con las pilas de basura y cadáveres envueltos en llamas. Para el tercer día, los reportes oficiales contabilizaban entre 200 muertos y 300 heridos, mientras que El Diario, periódico independiente, el 11 de febrero de 1913 informaba que unas “700 personas han sido muertas o heridas en los combates efectuados en la ciudad”.

Además, en esta zona del centro de la ciudad, decenas de edificios tanto gubernamentales como privados, fueron dañados. Uno de ellos fue la cárcel de Belem, ubicada a unos metros de la Ciudadela. El edificio fue incendiado y los reos quedaron en libertad.

Otro de los edificios incendiados fue el del diario Nueva Era, de filiación maderistas. Ubicado en la esquina de avenida Balderas y Nuevo México, hoy conocido como Artículo 123, el edificio fue consumido por el fuego el 18 de febrero.

A unas cuadras de este inmueble, en la esquina de Victoria y Revillagigedo, el edificio que hoy alberga el Museo del Policía y sus alrededores fue otro de los escenarios de la Decena Trágica.

Una de las torres de la entonces VI Demarcación de Policía resultó severamente dañada por uno de los cañonazos disparados durante el fuego cruzado entre los federales y felicistas que tomaron esos rumbos como una zona de ataque. “En esta parte de la ciudad había viviendas, uno que otro comercio, establecimientos fotográficos, restaurantes o cantinas. Pero en la Decena Trágica se convirtió en una zona donde pelearon las fuerzas felicistas que estaban atrincheras en la Ciudadela, que avanzaban y se encontraban con el ejército leal a Madero, que estaban en las calles de Revillagigedo y Balderas. Era como una zona de toma y daca”, señala Daniel Escorza Rodríguez, investigador del Sistema Nacional de Fototecas del INAH.

En las inmediaciones de las avenidas Balderas y Juárez, en la Rinconada de San Diego, hoy desaparecida, se apostó una de las baterías federales, pero los severos ataques de los cañones disparados desde La Ciudadela no sólo causaron destrozos en las calles y edificios de ese rumbo, sino que provocaron una severa baja en el ejército que defendía a Madero. “Haciendo un recorrido a pie, te das cuenta que las fuerzas maderistas estaban ya muy cerca de tomar La Ciudadela; sin embargo, la fuerza que toman los felicistas impide que lleguen, tiene muchas bajas en el ejército y lo que los acaba por derrotar es la traición de Victoriano Huerta”, afirma Monroy Nasr.

Aunque los intercambios de disparos se concentraron en las calles céntricas de la ciudad, el 14 de febrero las turbas golpistas llegaron hasta la Colonia Juárez, donde prendieron fuego a la casa de la familia Madero. De esa casona porfiriana, que se ubicaba en la esquina de Berlín y Liverpool, actualmente sólo queda una placa colocada por la Dirección de Monumentos Coloniales y de la República (hoy Dirección de Monumentos Históricos del INAH), que recuerda que en ese sitio vivió la familia Madero. La moderna casa que hoy se ubica en esa esquina es sede de la Asociación mexicana de Malta A.C., una orden religiosa católica.

Los sitios del desenlace

Por ser uno de los sitios estratégicos, el Palacio Nacional fue escenario de algunos de los momentos más significativos de la Decena Trágica. Desde el 9 de febrero en la mañana, un escuadrón de la Escuela de Militar de Tlalpan intentó tomar el edificio por asalto pero fracasó. Más tarde, en otro intento, el general Bernardo Reyes cayó muerto cerca de la puerta principal, mientras que en la plaza del zócalo quedaron decenas de cadáveres y heridos.

Entre los bombardeos del 13 de febrero, la puerta mariana del Palacio Nacional resultó dañada por una bala de cañón y mató al Comandante de la Guardia y a seis soldados.

Días después, el 18 de febrero, en el Salón de Acuerdos del Palacio, Madero y Pino Suárez son arrestados por sus detractores, quienes los mantienen presos dos días, antes de ser conducidos a la muerte

El colofón de esta decena de días trágicos llegó la noche del 22 de febrero, cuando por órdenes de Victoriano Huerta, Francisco I. Madero y José María Pino Suárez son trasladados a la cárcel de Lecumberri. En la puerta trasera de la Penitenciaría, sobre los llanos de San Lázaro, Madero sería asesinado de dos tiros en la nuca y José María Pino Suarez muerto de 13 disparos.

Días después del sangriento crimen, justificado como un asalto, los seguidores de Francisco I. Madero colocarían dos montoncitos de piedra para señalar el lugar donde dedujeron que habían caído los cuerpos. Un siglo después, a la sombra de los frondosos árboles del Jardín Lecumberri, los rostros de Madero y Pino Suárez empotrados en un monumento de concreto recuerdan aquel magnicidio que suspendería la democracia en México durante casi un siglo.

Fuente: Articulo autoría de Abida Ventura. Tomada de El Universal. Agosto 2014. Creative Commons.

 
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