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EL INICIO DE LA INDEPENDENCIA EN MÉXICO: EL CURA HIDALGO

 

Cercano ya el final del siglo XVIII el Virreinato de Nueva España se encontraba en su fase de máximo apogeo. Como se ha escrito, este cénit se había logrado gracias a “que el impulso acumulado bajo los reinados de Felipe V y Fernando VI desemboca en la plenitud vivida bajo los dos últimos Carlos, cuando por la convergencia de la favorable coyuntura económica mundial y de la acción de buenos administradores del virreinato se alcanzaron cotas de prosperidad nunca antes conocidas” [1] .

La época de esplendor

A grandes rasgos, y en primer lugar, debe destacarse el crecimiento demográfico alcanzado dentro del territorio virreinal. Y ello pese, incluso, a las importantes crisis sufridas como consecuencia de cíclicas epidemias, sequías y hambrunas que causaron estragos, fundamentalmente entre la población indígena y los estratos sociales más bajos y desfavorecidos: “se cree pasó de 300.000 el número de habitantes que perecieron en todo el reino por esta fatal reunión de hambre y enfermedades” [2] . Aun así, entre los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, la población del virreinato podría cifrarse en unos seis millones de habitantes, de los que aproximadamente un millón eran blancos, tres millones pertenecían a las distintas etnias indígenas y el resto estaba constituido por mestizos, negros y mulatos [3].

La influencia política, económica y comercial del virreinato se extendía por un área espacial extensísima, pues si por el norte abarcaba gran parte de los territorios que hoy en día pertenecen a los Estados Unidos de Norteamérica (California, Nuevo México, Texas, Luisiana, Florida, etc.), por el oeste llegaba hasta las Filipinas. No olvidemos, además, que distintas plazas fuertes del Caribe y de las Antillas (Campeche, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Trinidad, etc.) dependían para su defensa de un aporte dinerario (llamado situado) que debía remitirse desde las Cajas Reales de México.

A este protagonismo tan marcado contribuyeron diversos factores, entre ellos el incesante buen ritmo de las explotaciones mineras y el aumento de la producción de plata, no solo por el descubrimiento de nuevas vetas, sino también gracias a los avances tecnológicos y a la rebaja en el precio de venta del azogue, por ejemplo. Nueva España era, a principios del siglo XIX, la principal productora de plata de todo el mundo, con el hito del año 1804, cuando se alcanzaron los veintisiete millones de pesos de producción argentífera [4] . De ahí que para la monarquía hispana fuera la colonia más importante de sus dominios ultramarinos y la pieza clave tanto para hacer frente a los gastos internos, como para el mantenimiento de la política exterior que como gran potencia marítima aspiraba a ser.

No extraña, por todo lo expuesto, que además se trataran de aplicar diversas medidas económicas, dentro del espíritu reformista de la época, cuyo último fin era provocar un incremento de la recaudación con vistas a reforzar la política imperial de la corona. Así, se llevó a cabo la regulación y estanco de diversas rentas (tabaco, pólvora, lotería, etc.), se abordó la reglamentación de las ferias de Jalapa, se trató de acabar con el perjudicial contrabando que se efectuaba por todo el golfo mexicano, se acentuó la presión fiscal, etc. Del éxito de estas disposiciones da buena cuenta el hecho de que si en 1760 la Península recibía cada año de México un millón y medio de pesos, a principios del siglo XIX dicha cantidad había aumentado a seis millones, suma total cuya importancia se hace más evidente si añadimos que por esas mismas fechas el virreinato peruano sólo enviaba un millón de pesos, mientras que los de Nueva Granada y Río de la Plata aportaban únicamente medio millón [5] .

Un país de fuertes contrastes

Sin embargo, Nueva España era el lugar donde podían encontrarse los contrastes más bruscos del sistema, entre ellos que la riqueza estuviese en poder de un corto número de individuos. Un magnífico conocedor del virreinato, Humboldt, afirmaba que “la casta de los blancos es... también casi sola ella la que posee grandes riquezas; las cuales por desgracia están repartidas aún con mayor desigualdad en México que en la capitanía

General de Caracas, en La Habana y el Perú” [6] . Si en Caracas la renta media se situaba en los diez mil pesos, en la isla de Cuba oscilaba entre treinta y treinta y cinco mil, y en Lima pocos lograban pasar de los cuatro mil, en México “hay sujetos que sin poseer minas ningunas, juntan una renta anual de 200.000 pesos fuertes”.

Estas desigualdades eran también evidentes en el clero [7] , “parte del cual gime en la última miseria, al paso que algunos individuos de él tienen rentas superiores a las de muchos soberanos de Alemania”. Y qué decir del resto de la población. En palabras del obispo de Michoacán [8] ,

Los indios, y las llamadas castas, están abandonados a las justicias territoriales, cuya inmoralidad ha contribuido no poco a su miseria... [y] de los cuales rara vez pueden los indios, en el estado actual de cosas, esperar protección y apoyo. Así estos acuden a los curas...y los naturales ponen más confianza en los curas... ¿qué afición puede tener al gobierno el indio menospreciado, envilecido, casi sin propiedad y sin esperanzas de mejorar su suerte?... Y que no se diga a V. M. que basta el temor del castigo para conservar la tranquilidad en estos países, porque se necesitan otros medios y más eficaces. Si la nueva legislación que la España espera con impaciencia no atiende a la suerte de los indios y de las gentes de color, no bastará el ascendiente del clero, por grande que sea en el corazón de estos infelices, para mantenerlos en la sumisión y respeto debidos al soberano.

Quítese el odioso impuesto del tributo personal; cese la infamia de derecho con que han marcado unas leyes injustas a las gentes de color; decláreseles capaces de ocupar todos los empleos civiles que no piden un título especial de nobleza; distribúyanse los bienes concejiles y que están pro indiviso entre los naturales; concédase una porción de las tierras realengas, que por lo común están sin cultivo, a los indios y a los castas; hágase para Méjico una ley agraria semejante a la de las Asturias y Galicia, según las cuales puede un pobre labrador, bajo ciertas condiciones, romper las tierras que los grandes propietarios tienen incultas de siglos atrás en daño de la industria nacional; concédase a los indios, a los castas y a los blancos plena libertad para domiciliarse en los pueblos que ahora pertenecen exclusivamente a una de esas clases; señálense sueldos fijos a todos los jueces y a todos los magistrados de distrito. Y he aquí, Señor, seis puntos capitales de que depende la felicidad del pueblo mejicano.

Las audaces, y clarividentes, palabras de fray Antonio de San Miguel, y sus revolucionarias propuestas, hubieran merecido una valiente reflexión entre las autoridades peninsulares y virreinales, así como por parte de los grandes comerciantes, mineros, terratenientes, etc., pero cualquier mínimo atisbo de reforma quizás hubiera provocado un intento de subversión del sistema en el que tan provechosamente se hallaba instalado el grupo dominante, y al que no estaba dispuesto a renunciar. De este modo, las diferencias se acentuaban día tras día, encontrándose “los indios y las castas...a una distancia infinita de los blancos” [9] . Estos últimos, no obstante, distaban mucho de constituir un grupo homogéneo y cohesionado, pues había que distinguir entre españoles peninsulares y criollos, que si bien podían competir en igualdad de condiciones en cuanto a riquezas y ostentación, no sucedía lo mismo en todo lo referente a la ocupación de los altos cargos de la administración colonial, de la jerarquía eclesiástica, de la judicatura, del ejército, etc.

El propio Humboldt supo captar de inmediato tan importantes diferencias y en este sentido se expresó claramente [10]:

las leyes españolas conceden unos mismos derechos a todos los blancos; pero los encargados de la ejecución de las leyes buscan todos los medios de destruir una igualdad que ofende el orgullo europeo. El gobierno, desconfiado de los criollos, da los empleos importantes exclusivamente a naturales de la España antigua... De aquí han resultado mil motivos de celos y de odio perpetuo entre los chapetones y los criollos. El más miserable europeo, sin educación y sin cultivo de su entendimiento, se cree superior a los blancos nacidos en el Nuevo Continente... Los criollos prefieren que se les llame americanos; y desde la paz de Versalles y, especialmente, después de 1789 se les oye decir muchas veces con orgullo: `Yo no soy español, soy americano’; palabras que descubren los síntomas de un antiguo resentimiento... el abuso de las leyes, la falsa dirección del gobierno colonial, el ejemplo de los estados confederados de la América Septentrional y el influjo de las opiniones del siglo, han aflojado los vínculos que en otro tiempo unían más íntimamente a los españoles criollos con los españoles europeos.

Quizás pudiera afirmarse que a un nivel político general el virreinato era totalmente fiel a la monarquía española. Pero entre la última década del siglo XVIII y la primera del XIX se suceden distintas “conspiraciones” y “revueltas”, en muchas de las cuales se han creído ver los prolegómenos de la posterior independencia [11] . Una de las más significativas fue la sublevación de los indios de Tepic (Nueva Galicia), quienes al parecer pretendían la restauración del imperio azteca y la expulsión de los españoles, y a la que siguieron lances semejantes en Jalapa, Tlaxcala, Colotlán, etc., aunque sin mayor trascendencia [12] .

Mayor calado político e ideológico pudieron tener determinados movimientos auspiciados por los criollos en 1794 y 1799, con idénticos fines de control absoluto del gobierno virreinal, y motivados por la enconada rivalidad con los peninsulares [13] . Por su especial situación estratégica México ocupaba un lugar principal para la recepción inmediata de las ideas de los enciclopedistas de la época y de la propaganda revolucionaria francesa a través de las Antillas de colonización gala, y de los Estados Unidos de Norteamérica, cuyo ejemplo de independencia siempre quedaría como un modelo a imitar.

Esta y otras circunstancias ya expuestas bien pronto fueron percibidas en fecha muy temprana por el político sevillano Francisco de Saavedra [14] , quien ya en 1781 afirmaba que

la América con la rebelión de los angloamericanos y la independencia que es regular que aseguren ha variado mucho de semblante…el gobierno de la metrópoli debe [atraer] a los hijos de los americanos ricos con empleos y distinciones que gocen en España… y… [enviar a sus colonias ultramarinas] hombres de probidad, desinterés, prudencia y talento. Por todos estos medios se borrará el desprecio con que los europeos miran a los americanos y la antipatía y rencor con que estos, como es natural, les corresponden…Los criollos se hallan en el día en muy diferente estado del que estaban algunos años ha. Se han ilustrado mucho en poco tiempo. La nueva filosofía va haciendo allí muchos más rápidos progresos que en España (el celo de la Religión, que era el freno más poderoso para contenerlos, se entibia por momentos). El trato de los angloamericanos y extranjeros les ha infundido nuevas ideas sobre los derechos de los hombres y los soberanos; y la introducción de los libros franceses, de que allí hay inmensa copia, va haciendo una especie de revolución en su modo de pensar (hay repartidos en nuestra América millares de ejemplares de las obras de Voltaire, Rousseau, Robertons, el abate Reynal y otros filósofos modernos que aquellos naturales leen con una especie de entusiasmo [15 .

Hidalgo: un cura rural e ilustrado

Es posible que el panorama general del virreinato hubiese continuado ofreciendo una visión de aparente normalidad si las circunstancias políticas mundiales hubiesen permanecido inalterables, pero los testimonios hasta ahora expuestos venían a advertir de que cualquier modificación del statu quo podría provocar un cambio radical de la situación. Y no pocas alteraciones, de una u otra índole, se sucedieron durante la primera década del siglo XIX. Así, por ejemplo, en 1804 la colonia francesa de Saint Domingue, en las Antillas, proclamaba su independencia tomando el nombre de Haití. Los dramáticos y sangrientos sucesos que antecedieron a la emancipación dejaron una honda huella en la conciencia del sector dominante de la población del virreinato, como Humboldt recuerda cuando informa que [16]

el odio mutuo de las castas y el temor que inspira a los blancos y a todos los hombres libres el crecido número de negros e indios... han tomado todavía más fuerza desde los acontecimientos de Santo Domingo; y no se puede dudar que ellos son los que han contribuido a mantener la tranquilidad en las colonias españolas mucho más que las medidas de vigor y la creación de los cuerpos de milicias.

Por otra parte, en el mismo citado año España declaraba de nuevo la guerra a Gran Bretaña y con objeto de sufragar la contienda exigió de sus posesiones ultramarinas, y en especial de México, el envío de fondos, provocando el consiguiente malestar entre la población. Y en 1808, tan solo cuatro años más tarde, la invasión napoleónica de la Península, el motín de Aranjuez, la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando, el levantamiento popular del dos de mayo, la proclamación de José I Bonaparte como rey de España y de las Indias, etc., provocaría un colapso de trágicas consecuencias. Si a todo ello sumamos periodos de terribles sequías, como el de 1808-1809, los consecuentes años de hambre por el descomunal incremento de los precios de productos básicos, etc., era evidente que bastaba bien poco para que la semilla de la insurgencia brotara con rapidez, al menos en un lugar donde las condiciones expuestas, por su extremada dureza, encontraban el abono perfecto para ello: el Bajío. Fue aquí, además, donde emergió una figura clave en la Historia de México: el llamado cura Hidalgo, reconocido como padre de la nación mexicana.

Miguel Hidalgo y Costilla, que tal era su nombre, había nacido el ocho de mayo de 1753 en la hacienda de San Diego de Corralejo, en la jurisdicción de Pénjamo (Guanajuato) [17]. Al parecer cursó un par de años de estudios con los jesuitas hasta su ingreso, en 1767, en el Colegio de San Nicolás Obispo en Valladolid (Morelia), donde se prepararía para la carrera eclesiástica y desarrollaría una exitosa carrera académica tanto como alumno, primero, como profesor más tarde. Consta que impartió, entre otras, las asignaturas de Gramática Latina, Artes y Teología escolástica; que desempeñó los cargos de tesorero, vicerrector y secretario del Colegio hasta su nombramiento como rector de San Nicolás en 1790, y que dominaba el latín, francés e italiano, así como varias lenguas indígenas.

Pese a todo, Hidalgo no ha dejado de ser un personaje muy controvertido. En tanto que alumno fue protagonista de varios incidentes de indisciplina escolar y ya de adulto recibió fuertes críticas por la lectura de libros prohibidos, su afición por el juego, el trato con mujeres (de hecho fue padre de dos hijos, Agustina y Lino Mariano) y sus comentarios sobre las autoridades eclesiásticas y determinados pasajes bíblicos hasta provocar la intervención de la Inquisición. Pero también hay que hablar de su extraordinario espíritu emprendedor, que le llevaría en los curatos donde ejerció, e influido por los ilustrados franceses, al fomento de las labores agrícolas, a la instalación de talleres de artesanía e industria (alfarería, curtiduría, carpintería, etc.) y a prestar toda su ayuda a la feligresía de su cargo, procurando mejorar las condiciones de vida de una población india y mestiza maltratada.

Con razón Lesley B. Simpson afirmaba en 1941 que [18]

hablar sobre Miguel Hidalgo resulta muy espinoso. El patriotismo mexicano ha hecho de él el Padre de la Independencia y el símbolo de la revuelta contra todos los males del antiguo régimen, el látigo de los tiranos, el amigo de los oprimidos, el hombre de México. Todo movimiento colectivo ha de tener sus símbolos y mitos. En los Estados Unidos hemos deformado a tal punto la imagen de nuestros grandes hombres que ni sus mismas madres los reconocerían. En estos últimos años México ha deificado la figura de Hidalgo en los textos escolares y en las pinturas murales, en grado tal que ha perdido toda semejanza con el confuso y entusiasta sanguinario que aparece en los documentos de su época. El mejor partido es reconocer a dos Hidalgos: la figura simbólica y el hombre.

En 1803, Hidalgo ejercía como cura en el pueblo de Dolores, en el Bajío. Lucas Alamán le describe del siguiente modo [19]:

de mediana estatura, cargado de espaldas, de color moreno y ojos verdes vivos, la cabeza algo caída sobre el pecho, bastante cano y calvo, como que pasaba ya de sesenta años, pero vigoroso, aunque no activo ni pronto en sus movimientos, de pocas palabras en el trato común, pero animado en la argumentación a estilo de colegio cuando entraba en el calor de alguna disputa. Poco aliñado en su traje, no usaba otro que el que usaban entonces los curas de pueblos pequeños.

Las noticias sobre los sucesos de mayo de 1808 en España fueron conocidas en México pocos meses después, provocando de inmediato el inevitable enfrentamiento entre criollos y peninsulares, tanto por el poder local como porque la situación en la metrópoli podía modificar sustancialmente el panorama político y abría multitud de interrogantes:

¿debía aceptarse la autoridad de la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino de España e Indias erigida en septiembre o era más idóneo la creación de juntas propias en los distintos territorios americanos?, ¿en ausencia de Fernando VII la soberanía volvía al pueblo?, ¿se aceptaba a José I Bonaparte como nuevo monarca hispano?, ¿había llegado el momento de emprender la ansiada emancipación?

Fue precisamente en este mismo año de 1808 cuando Miguel Hidalgo conoce al capitán Ignacio Allende y a un notable grupo de criollos (Juan de Aldama, Miguel Domínguez, etc.) que llevaban tiempo celebrando reuniones conspirativas en Querétaro donde se discutía acerca de la conveniencia de sustituir a los españoles peninsulares en los centros de poder, del rechazo a que Nueva España quedara bajo el dominio napoleónico y quizás incluso de proclamar la independencia si las circunstancias eran propicias. Muy pronto Hidalgo no solo se incorporó a esta camarilla, sino que fue designado líder de la misma. Había un claro interés en este nombramiento, pues de todos era conocido su ascendiente sobre indios y castas, es decir sobre aquellos que en principio debían componer el grueso del ejército insurrecto. Tras algunas vacilaciones los conjurados fijaron la fecha del levantamiento para principios de diciembre de 1810, pero la denuncia de estas actividades subversivas en los primeros días del mes de septiembre precipitó los acontecimientos.

El Grito de Dolores

Tradicionalmente se admite que al amanecer del 16 de septiembre de 1810, cuando la feligresía se aprestaba para acudir a la misa dominical, Miguel Hidalgo hizo sonar la campana de su parroquia y lanzó el famoso Grito de Dolores, la primera proclama de la posterior independencia de México. Podemos afirmar que ni los más optimistas seguidores de este levantamiento pudieron imaginar la rapidez y la fuerza con la que se extendió por todo el Bajío esta revuelta, pues tan solo un mes después del pronunciamiento el cura Hidalgo era seguido por una muchedumbre de sesenta mil personas, compuesta por [20]

una chusma de indios y gente del campo, con piedras, con palos, con malas lanzas, sin organización de ninguna clase... Las hordas desnudas y hambrientas venían mezcladas con un  sinnúmero de mujeres cubiertas de harapos... eran familias enteras... como si se tratara de las  antiguas emigraciones aztecas.

Ciertamente, la revuelta promovida por Hidalgo tiene, a diferencia de sucesos similares ocurridos en otros territorios americanos, un notorio componente de reivindicaciones sociales e indigenistas. Todo ello está presente en los distintos bandos emitidos aboliendo la esclavitud, decretando el reparto de las tierras, la exención total de contribución fiscal, etc., que le granjearon la ayuda de la población aborigen y de otros grupos marginales (Textos 1 a 5). Pero, precisamente, tan avanzadas ideas para la época le supondrán, al mismo tiempo, la paulatina pérdida de apoyo por parte del influyente e imprescindible sector criollo, defensor a ultranza de la inmutabilidad del orden sociocolonial establecido.

Contribuyó también, y no poco, a la merma de adeptos el comportamiento en combate de las masas incontroladas que componían el ejército revolucionario –en el que apenas había un centenar de criollos. Las matanzas, el saqueo, el pillaje y todo tipo de excesos, donde no se distinguía entre peninsulares y americanos, acabaron convirtiéndose en un verdadero problema, pues de inmediato se recordaron los sucesos de Saint Domingue, a los que ya nos hemos referido. Prontamente el obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, advertía sobre los peligros de apoyar a los insurgentes [21]

el ejemplo más análogo a nuestra situación lo tenemos inmediato en la parte francesa de la isla de Santo Domingo, cuyos propietarios eran los hombres más ricos, acomodados y felices que se conocían sobre la tierra. La población era compuesta casi como la nuestra de franceses europeos y franceses criollos, de indios naturales del país, de negros y mulatos, y de castas resultantes de las primeras clases. Entró la división y la anarquía por efecto de la citada Revolución Francesa y todo se arruinó y se destruyó en lo absoluto...la anarquía en Santo Domingo degolló todos los blancos franceses y criollos, sin haber quedado uno siquiera, y degolló los cuatro quintos de todos los demás habitantes, dejando la quinta parte restante de negros y mulatos en odio eterno y guerra mortal en que deben destruirse enteramente. Devastó todo el país quemando y destruyendo todas las posesiones, todas las ciudades, villas y lugares, de suerte que el país mejor poblado y cultivado que había en todas las Américas es hoy un desierto, albergue de tigres y leones. He aquí el cuadro horrendo, pero fiel de los estragos de la anarquía en Santo Domingo.

La Nueva España, que había admirado la Europa por los más brillantes testimonios de lealtad y patriotismo a favor de la madre patria, apoyándola y sosteniéndola con sus tesoros... se ve hoy amenazada con la discordia y la anarquía, y con todas las desgracias que la siguen y ha sufrido la citada isla de Santo Domingo.

Y desde luego no faltaban motivos para temer lo peor, según se nos relata el 28 de septiembre de 1810 en la toma de la Alhóndiga de Granaditas (Guanajuato) por la tropa capitaneada por Hidalgo [22],

Luego que murió el Sr. Intendente se cerró la puerta de la alhóndiga… entonces unos echaban dinero por las ventanas, otros corrían y tiraban las armas, no había orden ni obediencia, otros querían morir antes que entregarse, y no se sabe quién dio un balazo al Sargento Mayor D. Diego Berzabal del que cayó muerto, atribuyéndose este hecho a uno de sus mismos soldados que reprehendió; estos se desnudaban tirando las casacas y desde entonces ya no hubo defensa ni cabeza, ni orden… la multitud acabó de acobardar a cuantos estaban dentro, abrazándose unos de los sacerdotes y otros poniéndose de rodillas; pero muy lejos de apiadarse comenzaron a matar a cuantos encontraban, desnudándolos a tirones y echándoles con las hondas lazos al pescuezo y a las partes, y mientras estiraban unos, otros les daban lanzadas acabando en medio de los más lastimosos clamores… salieron muchos vivos pero en cueros y entre dos de a caballo los conducían al cuartel de caballería en calidad de prisioneros; solo salió vestido el capitán Peláez quien les decía que el general lo quería vivo y había ofrecido por él 500 pesos y de este modo lo cuidaron para recibir el premio que no tuvieron… A las cinco de la tarde se terminó la acción en la cual murieron ciento cinco europeos y casi igual número de los oficiales y soldados del batallón, habiendo perecido muchos indios en casi horas que sufrieron con bastante cercanía el fuego… Como los indios fueron los primeros que entraron a la alhóndiga quedó fuera de ella una multitud de plebe deseosa también de participar del saqueo, pero les era imposible entrar… y se verificó repartiéndose entre todos cuanto había en aquellas oficinas… No se escaparon las bulas, archivos de la Real Caja, todos los comestibles, el maíz y más de 60 arrobas de manteca que sacaban en los sombreros. Hubo muchas muertes tanto de ahogados como de puñaladas por pelear cada uno su presa, y todo esto se verificó pisando los cadáveres que así por estar en cueros, como por los pisotones, heridas, maíz, arroz y manteca, mezclados con la sangre, quedaron absolutamente desconocidos. Duró la gritería hasta las ocho de la noche en que registradas aquellas bodegas por cuadrillas de hombres nada hallaban de valor y se retiraron sin hacer aprecio de los cadáveres. A las diez de la noche se dio aviso a dos sacerdotes de que algunos aun respiraban y fueron con bastante peligro a administrarles algún socorro. Se hallaban entonces las trincheras desechas con una multitud de muertos; alrededor de la alhóndiga no se podía andar de cadáveres… el suelo era una torta de piedra, maíz, arroz, sal, manteca, sangre y otros destrozos. Las paredes tenían manos estampadas de sangre y regadas de ella por todas partes. Las escaleras no se podían andar de muertos y sangre… El cadáver del Sr. Intendente estaba en cueros y lo mismo once personas muertas en el cuarto que estaba S.S. En otros dos cuartos estaban algunas personas heridas y con vida, pero en cueros y llenos de la mayor aflicción esperando la muerte por momentos.

Ínterin esto pasaba en la alhóndiga se ejecutó igual saqueo en las tiendas de ropa, vinaterías, casas y haciendas de plata de los europeos, lo cual duró hasta el sábado por la mañana que se echó bando con pena de la vida para que no siguiese el saqueo, pero ya era tarde y aun siguió en muchas partes sin hacer caso de dicho bando.

En la noche del viernes no se oía otra cosa que hachazos para derribar puertas, barriles que rodaban, tercios de todas clases que pasaban por las calles y multitud de gentes en ellas con ocotes, armas y bebiendo con el mayor desorden; entre diez o doce abrían un barril y saciados derramaban el resto… amaneció el sábado 29 [de septiembre] incognoscible esta ciudad, 34 tiendas ya no existían, ni los mostradores ni armazones de ellas. Las casas de los europeos quitadas hasta las chapas, vidrieras y balcones. No se encontraba en la calle ninguna persona decente y con mucho trabajo se conocía a tal cual de la plebe, todo inundado de hombres con lanzas, machetes, fusiles, flechas y hondas. Con ser día de fiesta no se dio misa en ninguna parte y todo era confusión y gritos de mueran los gachupines.

Portando un estandarte con la imagen de la patrona de México, en el que figuraba la siguiente inscripción: ¡Viva la Religión. Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva Fernando VII. Viva la América. Y muera el mal gobierno!, Hidalgo condujo a su hueste victoria tras victoria durante las primeras campañas, al tiempo que el discurso ideológico fue inclinándose cada vez más hacia la proclama de ¡Independencia y Libertad! (Texto 6). Los sucesivos éxitos le llevaron incluso a tener en su mano la posibilidad de lanzarse sobre la capital del virreinato –donde un grupo de criollos llevaba tiempo contribuyendo clandestinamente a la revolución [23] -, pero dudó del posible triunfo y, en una decisión confusamente justificada y que le acarrearía fuertes críticas de gran parte de sus correligionarios, decidió retirarse hacia Valladolid y Guadalajara (Texto 7). Quizás este fuese el principio del fin del movimiento rebelde, porque desde ese instante se sucedieron las disensiones entre los amotinados (Texto 8), las tropas virreinales tomaron la iniciativa cambiando el signo de los combates y la alta jerarquía eclesiástica pronto trató por todos los medios de desprestigiar la figura del religioso entre la población (Texto 9), al tiempo que decretaba su excomunión [24] :

Declaro que el referido D. Miguel Hidalgo, cura de Dolores y sus secuaces los tres citados capitanes [D. Ignacio Allende, D. Juan de Aldama y D. José Mariano Abasolo], son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros y que han incurrido en la excomunión mayor del Canon: Siquis suadente Diabolo, por haber atentado la persona y libertad del sacristán de Dolores, del cura de Chamacuelo y de varios religiosos del convento del Carmen de Celaya, aprisionándolos y manteniéndolos arrestados. Los declaro excomulgados vitandos, prohibiendo como prohíbo el que ninguno les dé socorro, auxilio y favor bajo la pena de excomunión mayor, ipso facto incurrenda, sirviendo de monición este edicto, en que desde ahora para entonces declaro incursos a los contraventores. Asimismo exhorto y requiero a la porción del pueblo que trae seducido con el título de soldados y compañeros de armas, que se restituyan a sus hogares y lo desamparen dentro del tercero día siguiente inmediato al que tuvieren noticia de este edicto, bajo la misma pena de excomunión mayor, en que desde ahora para entonces los declaro incursos, y a todos los que voluntariamente se alistaren en sus banderas, o que de cualquier modo le dieren favor y auxilio.

La batalla definitiva tuvo lugar el 17 de enero de 1811 en Puente de Calderón, donde las tropas realistas al mando del general Félix María Calleja consiguieron vencer a los insurgentes [25] . Con objeto de no prolongar más una guerra que ya a nada conducía, el virrey Venegas ofreció el indulto a los dos principales jefes de los amotinados, Hidalgo y Allende, si bien estos lo rechazaron (Texto 10). En franca retirada, y cuando trataban de alcanzar territorio de los Estados Unidos de Norteamérica para requerir fondos con los que continuar la lucha, una traicionera emboscada permitió la captura de Hidalgo el 21 de marzo. Poco tiempo después, un tribunal del que seis de sus nueve componentes eran criollos condenaba a muerte por fusilamiento a los líderes insurgentes [26] , además de decretar la posterior decapitación de los reos y la exposición de las respectivas cabezas, precisamente y con toda intención en los cuatro ángulos de la Alhóndiga de Granaditas (Guanajuato), donde al parecer permanecieron por espacio de una década (Texto 11).

Como afirma O’Gorman [27], “fue tan violenta, tan devastadora la revolución acaudillada por Hidalgo, que siempre nos embarga la sorpresa al recordar que sólo cuatro meses estuvo al mando efectivo de la hueste. En el increíblemente corto espacio de ciento veinte días, aquel teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a músicas y bailes; gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo y de la artesanía, dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo, porque si la vida no le alcanzó para saberlo, no hay duda que él hirió de muerte al virreinato”. Hidalgo, efectivamente, había muerto, pero la semilla independentista por él plantada había germinado en México y un nuevo caudillo, también cura rural, entraba en escena: José María Morelos.

BIBLIOGRAFÍA ADICIONAL

Alamán, Lucas: Historia de México, desde los primeros movimientos que prepararon su Independencia en el año de 1808 hasta la época presente, México, 1942, 5 vols.; Alperovich, M.S.: Historia de la Independencia de México (1810-1824), México, 1967.; Altamirano, Ignacio M.: Biografía de Miguel Hidalgo y Costilla, primer caudillo de la Independencia mexicana, México, 1960.; Amaya, Jesús: El padre Hidalgo y los suyos, México, 1952.; Bustamante, Carlos María de: Hidalgo, México, 1953. ------- Cuadro histórico de la revolución mexicana, México, 1961, 3 vols.; Castillo Ledón, Luis: Hidalgo, la vida del héroe, México, 2003, 2 vols.; Cué Cánovas, Agustín: Hidalgo, México, 1953.; Chávez, Ezequiel A.: Hidalgo, México, 1962.; Dávila Garibi, J. Ignacio: Genealogía de don Miguel Hidalgo y Costilla: iniciador de la independencia de México, México, 1951.; Flores Caballero, R.: La contrarrevolución en la independencia. Los españoles en la vida política, social y económica de México (1804-1838), México, 1969.; Fuente, José María de la: Hidalgo íntimo, México, 1980.; Fuentes Díaz; Vicente: El obispo Abad y Queipo frente a la Independencia, México, 1985.; García, Genaro: Documentos históricos mexicanos. Obra conmemorativa del Primer Centenario de la Independencia de México, México, 1910, 7 vols.; García, Pedro: Con el Cura Hidalgo en la Guerra de Independencia, México, 1982. García Gutiérrez, Jesús y otros: Dictamen sobre las excomuniones del cura Hidalgo, Toluca (México), 1953.; García Ruiz, Alfonso: Ideario de Hidalgo, México, 1955.; Hernández y Dávalos, J.E.: Colección de documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México, de 1808 a 1821, México, 1877, 6 vols.; Hamill, Hugh M.: The Hidalgo revolt. Prelude to Mexican independence, Gainesville, 1966.; Herrejón Peredo, Carlos: Hidalgo ante el grito de Dolores, Morelia (México), 1992. ----- Hidalgo. Razones de la insurgencia y biografía documental, México, 1987.; Jara Díaz, Joaquín: Vida de Hidalgo: biografía ilustrada, México, 1953.; Lafuente Ferrari, Enrique: El Virrey Iturrigaray y los orígenes de la Independencia de Méjico, Madrid, 1941.; Mancisidor, José: Miguel Hidalgo: constructor de una patria, México, 1944.; Méndez Plancarte, Gabriel: Miguel Hidalgo. Reformador intelectual y libertador de esclavos, Morelia, 1982.; Meyer, Jean (coord.): Tres levantamientos populares: Pugachov, Tupac Amaru, Hidalgo, México, 1992.; Mier, fray Servando Teresa de: Historia de la Revolución de Nueva España, antiguamente Anáhuac. Verdadero origen y causas de ella con la Relación de sus progresos hasta el presente año de 1813, México 1921, 2 vols.; Procesos inquisitorial y militar seguidos a D. Miguel Hidalgo y Costilla, México, 1960.; Romero Flores, Jesús: Don Miguel Hidalgo y Costilla: padre de la independencia mexicana, México, 1953.; Rubio Mañé, J. Ignacio: Datos históricos sobre los Hidalgo y Costilla, México, 1960.; Simpson, Lesley B.: Muchos Méxicos, México, 1977.; Velarde, Sofía y Carmen A. Dávila (coord.): Miguel Hidalgo en la historia y en el arte, Michoacán, 2004.; Villaseñor y Villaseñor, Alejandro: Biografías de los héroes y caudillos de la Independencia, México, 1910.; Villoro, Luis: El proceso ideológico de la revolución de independencia, México, 1967. Vizcaya Canales, Isidro: En los albores de la independencia: las provincias internas de Oriente durante la insurrección de don Miguel Hidalgo y Costilla, 1810-1811, Monterrey (México), 1976.; Zavala, Lorenzo de: Ensayo Histórico de las Revoluciones de México desde 1808 hasta 1830, México, 1918, 2 vols.

[1] Navarro García, Luis: Hispanoamérica en el siglo XVIII, Sevilla, 1975, pág. 173 (2ª edición, 1991). [2] Humboldt, Alejandro de: Ensayo político sobre el Reino de Nueva España, México, 1966, Libro II, capítulo V, pág. 47. Véase también Cooper, Donald B.: Las epidemias en la ciudad de México, 1761-1813, México, 1980. [3] Humboldt, Ensayo político, II, cap. IV, pág. 43. Sánchez Albornoz, Nicolás: La población de América Latina (desde los tiempos precolombinos al año 2000), Madrid, 1977. [4] Brading, David: Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810), México, 1975 [5] Navarro García, Hispanoamérica en el siglo XVIII, pág. 188. [6] Humboldt, Ensayo político, II, cap. VII, pág. 83. [7] Ibídem, pág. 85. [8] Informe de 1799 citado por Humboldt, Ensayo político, II, cap. VI, págs. 72-73. [9] Ibídem, pág. 71. [10] Ibídem, II, cap. VII, pág. 76. Véase también Gutiérrez Escudero, A.: “Predicciones sobre la independencia de Hispanoamérica: Textos para la reflexión en vísperas de un bicentenario”, Araucaria, 12, segundo semestre de 2004, págs. 206-207. [11] Los antecedentes se han retrotraído incluso a los tiempos de la conquista. Véanse, por ejemplo, las obras de González Obregón, Luis: Los precursores de la independencia mexicana en el siglo XVI, México, 1906 y Rebeliones indígenas y precursores de la independencia mexicana en los siglos XVI, XVII y XVIII, México, 1952. [12] Aparte de las monografías citadas en la nota anterior puede consultarse a Casarrubias, Vicente: Rebeliones indígenas en la Nueva España, México, 1945 y Huerta Preciados, Mª Teresa: Rebeliones indígenas en el noreste de México en la época colonial, México, 1966. [13] Lynch, John: Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826, Barcelona, 1976, págs. 329 y sgs. [14] Véase Gutiérrez Escudero, “Predicciones”, págs. 200-201. [15] Morales Padrón, Francisco: “México y la independencia de Hispanoamérica en 1781 según un comisionado regio: Francisco de Saavedra”, Revista de Indias, 115-118, Madrid, enero-diciembre de 1969, págs. 335-358. El propio Humboldt lo corroboraría más tarde al indicar que “se consideraron como sospechosos de ideas revolucionarias mucho ciudadanos que retirados al campo leían en secreto las obras de Montesquieu, Robertson o Rousseau”. Humboldt, Ensayo político, VI, cap. XIV, pág. 560. [16] Humboldt, Ensayo político, VI, cap. XIV, pág. 561. El terror a una matanza indiscriminada por parte de la población de color se extendió por todas las islas del Caribe y alcanzó también al continente. Véanse Piqueras, José A. (editor): Las Antillas en la era de las luces y la revolución, Madrid, 2005, y González-Ripoll Navarro, Mª Dolores y otros: El rumor de Haití en Cuba: temor, raza y rebeldía, 1789-1844, Madrid, 2004. [17] En la partida de bautismo figura que “D. Agustín Salazar, teniente de cura, solemnemente bautizó, puso óleo y crisma y por nombre Miguel, Gregorio, Antonio, Ignacio a un infante de ocho días, hijo de D. Cristóbal Hidalgo y Costilla y de doña Ana María de Gallaga, españoles cónyuges”. [18] En Terán, Marta y Norma Páez (selección de textos): Miguel Hidalgo: Ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), Madrid, 2004, pág. 15 [19] Ibídem, pág. 17. [20] Citado por Krauze, Enrique: Siglo de caudillos. Biografía política de México (1810- 1910), Barcelona 1994, pág. 56. [21] Mora, José Mª Luis: México y sus revoluciones, México, 1965, tomo III, págs. 57-62. [22] Hernández y Dávalos, J.E.: Colección de documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821, México, 1878, tomo II, documento 157. [23] Véase Torre Villar, Ernesto de la: Los “Guadalupes” y la independencia, México, 1966. [24] Decreto de excomunión dado por el obispo de Michoacán el 24 de septiembre de 1810, en Mora, México y sus revoluciones, págs. 57-62. [25] Años más tarde Calleja ejercería de virrey de México de 1813 a 1816. [26] Por su condición de sacerdote, en un primer proceso eclesiástico Hidalgo fue degradado y luego sometido a juicio militar. [27] O`Gorman, Edmundo: “Hidalgo en la Historia”. Discurso de ingreso en la Academia Mexicana de historia, Memorias de la Academia, XXIII, México, julio-septiembre de 1964, págs. 221-239.

Fuente: Articulo de autoría de Antonio Gutiérrez Escudero | Consejo Superior de Investigaciones Científicas (España). Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades | Año 10, Nº 19 Primer semestre de 2008. El inicio de la independencia en México: el cura Hidalgo. Creative Commons.

 
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