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LA DOLOROSA MUERTE DE BENITO JUÁREZ

 

En un libro memorable y fundamental, Juárez el impasible, Héctor Pérez Martínez narra la dolorosa muerte de don Benito Juárez. Este relato tiene un gran sentido porque el gran mexicano fallece con una singular grandeza en medio de dolores inimaginables, de angina de pecho. Juárez supo que su vida y obra serían ejemplares, él imaginaba que su ejemplo de dignidad, honradez y amor a la patria serían de utilidad para el pueblo mexicano.

Héctor Pérez Martínez es un escritor y funcionario asimismo ejemplar, muere apenas en la madurez intelectual, pero deja una obra importante en el campo de la política y de la historia. En su momento fue víctima del ninguneo de diversos escritores mexicanos, pero con el tiempo sus libros han probado que además de funcionario probo y eficaz, fue un escritor agudo, un soberbio narrador, un historiador puntual. El capítulo que presentamos es muestra de su talento literario. Reconstruye paso a paso la terrible agonía del Benemérito.

Son páginas memorables que tendrían que incitar al lector a buscar no sólo el libro completo sino también otras obras de Héctor Pérez Martínez, uno de los más agudos biógrafos de los héroes nacionales y en particular de Benito Juárez.

Héctor Pérez Martínez nació en Campeche en 1906 y falleció en 1948. Ocupó importantes cargos en la administración pública: diputado, gobernador de su estado, secretario de Gobernación. Entre sus libros destacan Cuauhtémoc. Vida y muerte de una cultura, Piratería en Campeche, Facundo en su laberinto e Imagen de nadie.

El Búho

JUÁREZ, EL IMPASIBLE*

La angina de pecho, que con más o menos crueldad ataca a otras personas –dice el doctor Ignacio Alvarado, que atendió a Juárez en sus últimos momentos–, desplegó su más extraordinaria energía cuando tuvo que habérselas con un héroe, como si fuera un ser racional que comprendiera que, para luchar con éxito con aquella alma grande, era indispensable ser también grande en la crueldad.

Dos horas hacía apenas que estaba yo a su lado cuando la opresión del corazón con que empezó se transformó en dolores agudísimos y repentinos, los que veía yo, más bien los que adivinaba en la palidez de su semblante. Aquel hombre debía estar sufriendo la angustia mortal del que busca aire para respirar y no lo encuentra; del que siente que huye el suelo en que se apoya y teme caer; del que, en fin, está probando a la vez lo que es morir y seguir viviendo. La enfermedad se desarrolló por ataques sucesivos; los sufre en pie. Vigorosa es la naturaleza, indómita su fuerza de voluntad, y aun desplegada toda ésta no le es dable sobreponerse por completo a las leyes físicas de la vida, y, al fin, tiene que reclinarse horizontalmente en su lecho para no desplomarse y para buscar instintivamente en esta posición el modo de hacer llegar a su cerebro la sangre que tanta falta le hace. Cada paroxismo dura más o menos minutos, va desvaneciéndose después poco a poco, vuelve el color a su semblante y entra en una calma completa; el paciente se levanta y conversa con los que le rodeamos de asuntos indiferentes, con toda naturalidad y sin hacer alusión a sus sufrimientos; y tal parece que ya está salvado, cuando vuelve un nuevo ataque, y un nuevo alivio, y en estas alternativas transcurren cuatro o cinco largas horas, en que mil veces hemos creído cantar una victoria o llorar una muerte.

Serían las once de la mañana de aquel luctuoso día, 18 de julio, cuando un nuevo calambre dolorosísimo del corazón lo obligó a arrojarse rápidamente al lecho; no se movía ya su pulso, el corazón latía débilmente; su semblante se demudó, cubriéndose de las sombras precursoras de la muerte, y en el lance tan supremo tuve que acudir, contra mi voluntad, a aplicarle un remedio muy cruel, pero eficaz: el agua hirviendo sobre la región del corazón. El señor Juárez se incorporó violentamente al sentir tan vivo dolor, y me dijo, con el aire del que hace notar a otra una torpeza:

–¡Me está usted quemando!

–Es intencional, señor; así lo necesita usted.

EI remedio produjo felizmente un efecto rápido, haciendo que el corazón tuviera energía para latir, y el que diez minutos antes era casi un cadáver, volvió a ser lo que era habitualmente: el caballero bien educado, el hombre amable y a la vez enérgico.

Parece que yo mismo estoy desmintiendo, con el hecho que acabo de relatar, esa fuerza de voluntad que lo caracterizaba, supuesto que no supo sobreponerse al dolor de una quemadura; pero no es así, no; el dolor lo cogió de improviso, y su naturaleza, dejada a la influencia de las leyes físicas y sin el freno del espíritu, reaccionó como era necesario que reaccionara, en virtud de esas mismas leyes, con un fenómeno de los que llamamos reflejos; le sucedió lo que al valiente capitán que se demuda involuntariamente al escuchar los primeros disparos; la palidez de su semblante es un fenómeno reflejo que no está en su mano dominar, como no puede dominar la virgen tímida la rubicundez de su rostro al oír las primeras palabras de amor.

Después de este lance el alivio fué tan grande y tan prolongado que se pasaron cerca de dos horas sin que volviera el dolor; la familia se retiró al comedor, y quedando yo solo en compañía suya, me relataba, a indicación mía, los episodios de su niñez, la protección que le había dispensado el señor cura de su pueblo, etcétera, etcétera, y cuando yo estaba más pendiente de sus labios, se interrumpió repentinamente, y clavando en mí fijamente su mirada, me dijo casi de modo imperativo:

–¿Es mortal mi enfermedad?

¿Qué contestar al amigo, al padre de familia, al jefe del Estado? Pues la verdad, nada más que la verdad; y procurando disminuirle la crueldad de mi respuesta, le contesté, con la vacilación siguiente a lo imprevisto de la pregunta:

–No es mortal en el sentido de que ya no tenga usted remedio.

Comprendió en el acto perfectamente lo terrible de mi respuesta, y no obstante que ella quería decir: «Tiene usted una enfermedad de la que pocos escapan», continuó inmediatamente su interrumpida narración en el punto mismo en que la había dejado, como si la sentencia de muerte que acaba de oír hubiera de ser aplicada a otra persona que no a él mismo. No le vi inmutarse; no le vi vacilar en su palabra, ni trató siquiera de pedirme las explicaciones que tanto deseaba yo darle. ¿No es verdad que se necesita una fuerza de voluntad para hacer lo que hizo? ¡Cuánto dominio sobre sí mismo! Un hombre vulgar habría insistido en conocer los pormenores de mi juicio, habría hablado de tomar las medicinas usuales en estos casos, habría, por lo menos, manifestado, en la expresión de su fisonomía, el estado de ánimo del que, como él, acababa de saber que está al caer dentro del sepulcro, dejando en sus bordes seres muy queridos de su corazón. Esperó para conocer su sentencia a que su familia no estuviera presente, para no acongojarla; y aprovechó la distracción de mi atención para que al hacerme de improviso su pregunta no tuviera yo tiempo de estudiar la respuesta. Su conducta fue fríamente calculada, y para calcular se necesita de un reposo moral, que, en circunstancias tan solemnes como aquéllas, solamente puede dar la fuerza de voluntad de un alma grande.

Aquella calma de tres horas pronto desapareció, y un nuevo ataque más formidable, más repentino y más prolongado que el de la mañana, vino a perturbar la reciente tranquilidad de los que le rodeábamos, e inútiles fueron cuantos medios empleé antes de ocurrir otra vez al agua hirviendo; fué al fin preciso venir a él, porque ya no sentía yo el pulso debajo de mis dedos. Le anuncié lo que íbamos a hacer, y con la más perfecta indiferencia y con la calma más imponente, –y la llamo imponente porque la palidez de su semblante, la falta de pulso y su respiración anhelosa estaban anunciando que el término funesto se acercaba a grandes pasos se tendió en el lecho, él mismo se descubrió el pecho sin precipitación y esperó sin moverse aquel bárbaro remedio. Lo apliqué sin perder tiempo, y aún me parece que estoy mirando cómo se crispaban y se extendían alternativamente las fibras de los músculos sobre los que se dirigía mi operación, señal evidente de un dolor agudísimo; dirigí mi vista a su semblante... ¡Nada! Ni un solo músculo se movía, ni la más ligera expresión de dolor o sufrimiento; su cuerpo todo permanecía inmóvil, y esto, cuando al quitar el agua se levantaba una ámpula de varias pulgadas sobre su piel vivamente enrojecida. ¡Qué de dolores dejaban transparentar aquella ámpula y aquel crispamiento de los músculos del pecho, y cuánta fuerza de voluntad proclamaban la impasibilidad de su semblante y la quietud de su cuerpo! La primera vez que le quemé sin que él estuviera prevenido, su cuerpo reaccionó como tenía que hacerlo, con los movimientos reflejos que exigen las leyes de nuestra organización cuando no domina la voluntad, y en la segunda ocasión, en que ya estaba prevenido para el dolor, no quiso mover el cuerpo y no lo movió; no quiso expresar el dolor en su semblante, y no lo expresó, quedándose impasible, como si su cuerpo fuese ajeno y no suyo propio.

Entretanto, desde la mañana había volado por la ciudad la noticia de la enfermedad del presidente y ocurrieron a verlo sus ministros y sus incontables amigos políticos y personales, y por razones que no es difícil comprender, se ocultó tan cuidadosamente al público la gravedad de la situación, la que solamente conocíamos la familia y yo, que todos quedaron creyendo que simplemente se trataba de un reumatismo de la rodilla, y para que no se desvaneciera esta creencia, a nadie se permitió la entrada a la recámara. En esa inteligencia, uno de los secretarios de Estado, el de Relaciones –Lerdo de Tejada– quería hablarle de algún asunto de su ramo; y el señor Juárez le mandó suplicar cortésmente que lo dispensara por aquel día. En la tarde, el mismo ministro insistió en verlo, manifestando que era un negocio urgente, precisamente en los momentos en que el dolor del corazón era muy intenso, en que la respiración era jadeante y en que había desaparecido completamente el pulso. Aquel hombre que llevaba ya doce larguísimas horas de ser la presa de una muy dolorosa enfermedad, y que por esto su energía debería estar agotada, se levantó con calma, sin manifestar ni impaciencia ni contrariedad; arregló su corbata, cubrióse con una capa, se sentó en un sillón y ordenó que entrara el ministro, y haciéndole sentar frente a él, escuchó con atención el asunto delicadísimo que llevaba, discutiendo los principales puntos y dándole, por último, su resolución definitiva y acertada. No había en su semblante en esos momentos nada que revelara el espantoso dolor que le estaba carcomiendo una de sus entrañas; nada que diera a conocer que esa entraña era ya impotente para hacer llegar la sangre hasta la cabeza, y si no hubiera sido por unas gotas de sudor frío que yo enjugaba de su frente y por la palidez indisimulable de su semblante, aun yo mismo habría creído que estaba sano, pues que a impulsos de su voluntad llegó a dominar toda manifestación de sufrimiento, hasta lo anheloso de su respiración, no quedándole más que una aceleración de ella. El ministro se separó deseándole que continuara el alivio del reumatismo, sin haber sospechado siquiera que había estado discutiendo negocios graves de Estado con un semicadáver, en quien el corazón se estaba despidiendo de la vida.

Aún hay más: una hora después de haber salido el ministro, solicitó hablarle uno de los generales más distinguidos, a fin de pedirle sus últimas instrucciones para la campaña que iba a emprender al día siguiente, y no vaciló en admitirlo inmediatamente, no obstante que le faltaba el pulso hacía varias horas y que su situación era completamente desesperada.

Lleno de admiración, vi al señor Juárez discutir con él, de la manera más tranquila, lo que era conveniente hacer; todavía no comprendo cómo pudo su cerebro casi exangüe recordar qué personas residían en las poblaciones que iban a ser en breve teatro de la campaña, cómo podía traer a su memoria las cualidades morales y los antecedentes políticos de esas personas, con tanta exactitud, que pudo indicar al general a quiénes era conveniente tratar con severidad, a quiénes había que halagar, de quiénes desconfiar y a quiénes tener por amigos. En una palabra, dió los pormenores todos que daría una persona que tiene concentrada por completo su atención en un asunto de interés y que está libre de toda otra preocupación; es decir, hizo abstracción de su persona en los momentos de morir, para no pensar más que en el bien público en cumplimiento de su deber.

Todas las personas estaban consternadas. Poco antes de las once de la noche el presidente llamó a un criado a quien quería bastante, llamado Camilo, oriundo de la sierra de Ixtlán, y le dijo que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía intenso dolor. Obedeció el indígena, pero no podía contener las lágrimas.

Momentos antes de morir estaba sentado tranquilamente en su cama; a las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su cabeza sobre la mano, no volvió a hacer movimiento ninguno, y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro.

Yo dije esta sola palabra:

–¡Acabó!

Le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir en su recámara, encima de la cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisonomía tranquila, sin contracción alguna, y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida que con el eterno y profundo de la muerte.

Fuente: Para la Memoria Histórica (Archivo Coleccionable) Volumen de le Búho. Articulo autoría de *Héctor Pérez Martínez. Juárez (El impasible) Colección Austral. México, 1958. 177 pp. Creative Commons.

 
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