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LOS CRONISTAS DE LA CONQUISTA POR LA MESA DEL NORTE

 

« Se les predicaba a los indios que la obra de Dios se hacía mediante

la intervención de los Santos, los que tomaban partido en los

conflictos terrenales, estas ideas fueron y han sido muy

del gusto de los indígenas pobladores de América» .

Pérez de Ribas, A., 1645.

Los trabajos fundamentales para comprender la conquista española siguiendo la ruta del centro de México son: «Los descubrimientos de la Nueva España» de Baltazar de Obregón, cronista del conquistador Francisco de Ibarra; otros trabajos posteriores incluyen: «Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva España»; la «Crónica de las Provincias» del padre Francisco Javier Alegre; la «Crónica» de Pedro de Ahumada que es un documento en náhuatl; la «Descripción Geográfica de los Reinos de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo León» del obispo Alonso de la Mota y Escobar de 1604; la «Historia de los Triunfos de Nuestra Santa Fe entre las Gentes más Bárbaras y Fieras del Nuevo Orbe» de Andrés Pérez de Ribas de 1645; la «Crónica de la Provincia de N.S.P.S. Francisco de Zacatecas, México» de fray José Arlegui de 1737. Seguramente mucha información permanece inédita en los Archivos de Indias en Sevilla, en los de la Nación en la ciudad de México y en los ricos archivos de la Catedral y del Gobierno del Estado de Durango.

Existen descripciones aisladas, posteriores como las del fraile Agustín de Morfi, Nicolás de Lafora y la del obispo Pedro Tamarón y Romeral, quien escribió en 1765 «Demostración del Vastísimo Obispado de la Nueva Vizcaya».

Estos han sido los fundamentos de trabajos recientes como el de «Francisco de Ibarra y la Nueva Vizcaya» de J. Lloyd Mecham, publicado en inglés en 1927 y reeditado en español por la Universidad Juárez del Estado de Durango, en 1991; de Atanasio G. Saravia, en su obra «Apuntes para la Historia de la Nueva Vizcaya» publicado en 1979 y el excelente trabajo de J. Ignacio Gallegos en su «Historia de Durango» de 1972.

Andrés Pérez de Ribas

Andrés Pérez de Ribas, sacerdote de la Compañía de Jesús, nació en Córdoba, España, en 1576, entre sus obras fundamentalmente etno-histórico-religiosas, figura como principal la titulada «Historia de los Triunfos de Nuestra Santa Fe Entre las Gentes más Bárbaras y Fieras del Nuevo Orbe: Conseguidos por los Soldados de la Milicia de la Compañía de Jesús en las Misiones de la Nueva España».

Esta obra, que consta de 13 libros, fue editada por primera vez en Madrid en el año de 1645 y se refiere principalmente a la conquista y evangelización de las provincias de Sinaloa y Sonora del siglo XVII. Pérez de Ribas fue misionero en estas provincias por 16 años, las que recorrió de una manera exhaustiva, convivió con las numerosas tribus indígenas que describió, aprendió los lenguajes nativos, sus costumbres y creencias, lo que le dio una gran fuerza a su labor evangelizadora, ya que les predicaba que la obra de Dios se manifestaba mediante la intervención de los Santos, quienes tomaban partido en los conflictos terrenales. Estas ideas fueron y han sido muy del gusto de los indígenas pobladores de América.

El estudio de las lenguas fue uno de los principales objetivos de los Jesuitas como medio de influir en los indios; en el año de 1645, apareció la primera gramática náhuatl, de Horacio Carochi, obra fundamental de esta lengua.

Como se ha mencionado, los tratados del padre Pérez de Ribas se dedican principalmente a la descripción de las provincias de Sinaloa y Sonora. En los libros del VIII al XII hace alusión a las tribus que habitaron la Sierra Madre Occidental en el Estado de Durango, en sus límites con otros sitios de la costa. Describe cuatro provincias indígenas principales en la Sierra de Durango que son: «Topia, San Andrés, Tepeguanes, nación que era vecina de los Tarahumares y la región conocida como Parras y Laguna Grande de San Pedro, en Coahuila».

Son interesantes algunas de las observaciones que hace sobre la provincia de Topia, no es la intención de este libro el reproducir la totalidad del capítulo correspondiente; sin embargo haremos la cita textual de algunos párrafos en los que se refiere a este lugar:

« Esta altísima montaña es de las más célebres que se han visto en las In d i as Occidentales y Nuevo Mundo descubierto; por su altura, por las profundísimas quebradas, por los ríos que por ellas corren, arboledas de pinares altísimos de que están pobladas sus cimas y otros árbol es en sus lomas, y principalmente por los ricos minerales y metales de plata que encierra en sus entrañas ... para describirlo encumbrado de esta célebre montaña y decir de ella, es que son casi inaccesibles a las aves sus cimas y no las pudieran haber vencido los españoles, si no les llevara por ellas la esperanza de la plata que lleva y tira de los hombres para buscarla por las inmensas olas, y golfos del mar océano... Los montes más altos de España son pigmeos en su comparación... hay cuestas que subir y bajar de tres a seis leguas y donde están las fragosidades de cuchillas y pasos a los cuales por el grande peligro que hay en pasarlas, les habían puesto los españoles nombres que lo declarasen, como lo es el de Tembladera y del Espinazo... en lo más alto de ella tienen principio grandes ríos; unos corren al poniente y entran al Mar del Sur; otros por la banda de oriente desaguan en el Mar del Norte. No obstante que algunos de ellos paran con sus corrientes en la laguna llamada Grande y éstos son los que se nombran de las Nazas, de Papasquiaro y el de los Ahorcados...».

«Movía también a alabanza del poder divino, el ver poblados aquellos altísimos montes de pinares tan espesos y árboles tal levantados, que sus copas se suben a las nubes y su espesura en algunas partes no da lugar a los rayos de sol para que pasen a la tierra. Dije en los altos, porque de las medias laderas para abajo, donde el temple no es tan frío está poblada la tierra y las peñas de otros géneros de árboles, que son propios de tierra caliente, y lo profundo de los valles lo es tanto que no pueden ser mayores los calores del África y Libia a que se añade la plaga de mosquitos que es muy ordinaria y bien molesta y pesada».

Estas tierras estaban habitadas por tribus Acaxee, gente de poca cultura que se alimentaba de la agricultura, caza y recolección de frutos silvestres, además de ser antropófagos ya que se comían a los prisioneros que ganaban en las permanentes guerras que sostenían con sus vecinos o bien con los indígenas que lograban matar cuando salían de cacería; estos pasajes están d e s c r i t o s de la siguiente manera por el padre Pérez de Rivas:

« Esas guerras eran unas de la comunidad saliendo a tropas a campo con sus enemigos, vicio que tenía muy introducido entre estas gentes el demonio para llevárselas presto al infierno y heredado de padres a hijos; otras veces a uso de salteadores en los caminos o sementeras, buscando algún enemigo que comerse como se sale a caza de venados... era traer cuerpos muertos de hombres para comérselos y eso era para ellos alcanzar victorias; y cuando la habían alcanzado, media legua antes de llegar con la presa a su pueblo daban aviso a sus mujeres e hijos, que como los leones enseñan a sus cachorros con presas de monte, así estos indios a sus hijos los cebaban y criaban con carne humana para hacerlos a esas presas inhumanas y fieras. El cuerpo humano que cogían lo llevaban muerto entero o hecho piezas y lo entregaban a sus viejos; éstos habiéndolo hecho pedazos por sus coyunturas, lo echaban y cocían en ollas grandes que para el efecto tenían; y juntamente con fríjoles que les servían de garbanzos, cuidaban de darles fuego y cocerlos toda la noche hasta que podían sacar los huesos mondos, los cuales guardaban por trofeos de sus víctimas y junta toda la gente del valle, repartían a todos de ese inhumano potaje y juntamente del vino que tenían hecho... digo que sucedió entrando los Padres a dar doctrina a una nación de estas serranas, contar de calaveras que de sus presas tenían colgadas por sus casas, de personas que habían muerto y comido y llegaron a mil y setecientas y veinte y cuatro, sin otras que se habían deshecho con el tiempo, y otros innumerables huesos que todavía tenían colgados».

El libro noveno trata de la Misión de San Andrés y de las tribus agregadas a ellas. El Real de San Andrés fue una misión que fundaron los mineros españoles y el padre Fernando de Santarén «en lo más interior de la Sierra de Topia», en su incansable búsqueda de minerales de plata; aquí se asentaban los indios Xiximes. La descripción que hace el padre Pérez de Ribas se inicia con la rebelión de estos pueblos en contra de los mineros españoles radicados ahí; la región fue visitada por el padre De la Mota y Escobar después de los alzamientos.

Las tribus Acaxees fueron temibles y salvajes, sin embargo, con el tiempo los españoles lograron evangelizarlos y hacerlos trabajar en sus minas para civilizarlos parcialmente; no lograron lo mismo con los Xiximes que habitaban en las montañas cercanas a San Andrés. Estos acosaban permanentemente a los Acaxees, a los que dominaban por vivir en villas más escarpadas; eran capaces de escabullirse de los soldados españoles que venían a atacarlos, trepando a riscos inaccesibles; Pérez de Ribas los describe así:

« Ser la nación Xixime la más brava, inhumana y rebelde de cuantas poblaban el grueso de esta sierra y que habitan en los puestos más empinados y dificultosos de ella; tenían lo ya experimentado, así los indios acaxees sus vecinos como los españoles de todos aquellos reales de minas de lo interior de la sierra... habitaba esta nació n en el corazón de esta sierra; y estaban fortalecidos y guardados en los montes más inaccesibles de toda ella, con que venían a ser inexpugnables, así por su altura , como por la profundidad de sus quebradas, para poderlos tratar y amansar. Demás de lo dicho, lo que les hacía aún más intratables, era su inhumana costumbre, en que más que otra alguna de las que en la Nueva España se han descubierto, ella se había encarnizado, de sustentarse ordinariamente de carne humana. Y el salir de sus montes y quebradas era a buscar indios acaxees, sus vecinos, para cocer ollas de su carne con que hartarse; y con los huesos y calaveras celebrar sus triunfos y colgarlos a las paredes y puertas de sus casas, y de los árboles que tenían vecinos a ellas».

El gobernador de Durango, don Francisco de Urdiñola, trató de meter en paz a los Xiximes; estableció un acuerdo con los caciques de sus pueblos y mandó frailes a evangelizarlos tratando de quitarles la fea costumbre de la antropofagia; los indios vivieron calmados unos años, pero en 1610 volvieron a ponerse en pie de guerra y a matar y comer a cuanto indio enemigo o español pudieron. Después de consultar con el virrey Luis de Velazco, los oidores de la Real Audiencia y otros teólogos y religiosos, se tomó la determinación de enviar una fuerza de más de mil soldados españoles e indios, quienes al mando de los capitanes, Diego de Ávila y Miguel Sánchez, atacaron, en una gran marcha a pie, las principales poblaciones xiximes a pesar de lo difícil que era su acceso.

Alrededor de 800 sorprendidos xiximes bajaron de las montañas a una entrevista con el gobernador Urdiñola; antes de entrar a la reunión fueron desarmados y después de que cruzaron algunas palabras con él, iniciaron una discusión que terminó con un enfrentamiento en donde fueron muertos los 800 indios para escarmiento del resto de la nación Xixime. La tropa partió después de quemar las casas y sementeras de los indios.

El libro décimo trata de las costumbres, guerras y evangelización de la nación tepehuana, cuya rebelión en 1616 fue de tal importancia que algunos autores la han tratado exhaustivamente; haremos a continuación una síntesis de este suceso. Aunque la nación tepehuana no era muy numerosa, ocupaba una vasta región que incluía parte de los Estados de Durango y Chihuahua llegando al norte hasta el territorio de Nuevo México.

Los pueblos más importantes eran: Santiago Papasquiaro, Tepehuanes, Santa Catarina, Guanaceví y otro gran número de poblados pequeños diseminados en los valles de Guatimapé, Santiago Papasquiaro y Tepehuanes.

Los tepehuanes eran vecinos de las tribus xiximes y acaxees, pero habitaban las zonas bajas del occidente de la Sierra Madre Occidental y parte de la región de los valles de Durango, de tal manera que estaban más cercanos a los sitios de poblamiento español, a los que tenían al alcance de sus ataques. En relatos de 1554, los primeros frailes que entraron al Estado de Durango por el sureste narran que el límite entre la nación tepehuana y los zacatecos se encontraba en el lugar conocido como Los Berros, cercano a la población de Nombre de Dios, Durango.

Los tepehuanes, agraviados por la ocupación y los abusos de los españoles, provocaron una rebelión de grandes proporciones que en un momento dado puso en peligro no sólo la provincia de la Nueva Vizcaya, sino la integridad de la conquista, atacando las localidades españolas que dispersas en tan extenso territorio, no tenían forma de estructurar una fuerza de defensa importante, ya que cualquier ayuda militar debería organizarse desde la capital de la provincia. La guerra tepehuana duró de noviembre 15 de 1616 hasta mayo 16 de 1618.

De la rebelión tepehuana hay testimonios -además del de Pérez de Ribas - de los provenientes de los documentos recolectados por Charles W. Hackett. Sólo contamos con la versión española que naturalmente es muy parcial, ya que pone al demonio del lado de los tepehuanes y a Santo Santiago y otros santos de su parte.

Uno de los líderes de la insurrección les prometía a los indígenas para que participaran en la lucha:

« ... seguridad en sus vidas, mujeres e hijos y la victoria sobre los español es : Porque aunque algunos muriesen en la guerra, dentro de siete días les prometía su resurrección. Y amontonando embustes del que es padre de la mentira y su demonio familiar, añadió, que después de la victoria que les había prometido, los viejos y viejas se volverían a su primera edad de mozos. Apetito que sabe el demonio cuanto reina en los hombres, que ni aún en la apariencia quieren ser viejos...».

Aparentemente, los tepehuanes habían planeado la rebelión desde varios años antes; buscaron la coalición con otras tribus que les fallaron a última hora y además, por algunos latrocinios que cometieron, se les descubrieron sus planes antes del ataque por sorpresa que planeaban a la villa del Guadiana el 15 de noviembre de 1616. Guadiana fue atacada por primera vez el 22 de noviembre, sin embargo, a los atacantes pronto se les aprehendió y encerró en varios locales; pero ante la inminencia de un segundo ataque, todos los prisioneros fueron muertos y colgados en los caminos que llegaban a la ciudad, para escarmiento, lo que asustó al resto de los indígenas que se retiraron a las serranías cercanas. Los indios intentaban el siguiente enfrentamiento para el 19 de diciembre, pero un espía fue capturado y reveló los planes, de tal manera que se frustraron. El 20 de diciembre los indios atacaron la estancia de La Sauceda.

Otros libros del padre Pérez de Ribas son la «Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús en México» y el manuscrito perdido titulado «Historia de Sinaloa»; una parte importante de su obra se dedica a describir la biografía de los p rimeros p adres mártires evangelizadores.

Don Alonso de la Mota y Escobar

El obispo don Alonso de la Mota y Escobar escribió su libro «Descripción Geográfica de los Reinos de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo León»; era descendiente de la aristocracia de los primeros conquistadores ; alcanzó gran prestigio por su inteligencia y su habilidad como predicador; en 1597 fue nombrado obispo de Guadalajara, e inició por esas fechas sus frecuentes viajes pastorales por una extensa región del occidente y norte de México; en 1601 tomó parte activa en la sofocación del levantamiento de los indios de Topia, tratando de mediar para que no se aplastara en forma sangrienta la rebelión.

El trabajo del obispo de la Mota y Escobar fue muy importante; su obra precedió y ha sido citada por todos los cronistas e historiadores posteriores como el padre Tello, el padre Alegre, de la Mota Padilla, García Icazbalceta, etc.

Al referirse al descubrimiento de Topia, seguramente basado en relatos de testigos indirectos, dice:

« En el mismo tiempo que Nuño de Guzmán envió al capitán Chirinos, envió también al capitán Joseph de Angulo al descubrimiento de la serranía de Topia, la cual descubrió y juntamente desde la altura de ella reconoció los grandes llanos que entonces llamaron de Pánuco y hoy de la Nueva Vizcaya. Y tratando de las jornadas que llevó el capitán Angulo, trataremos juntamente de los pueblos de indios que en este camino yendo a Topia hay, que aunque no están lejos unos de otros, pero caen en diferentes puestos respecto de la altura y polos del cielo».

En otro párrafo, dice:

« Ya queda dicho arriba como el capitán Joseph de Angulo, enviado por el gobernador Nuño de Guzmán desde la villa de Culiacán, descubrió la gran serranía que llaman de Topia, desde cuyas cumbres descubrió con la vista unos grandes llanos a quien entonces puso por nombre los llanos de Pánuco, que hoy en día se llaman de la Nueva Vizcaya, que fue nombre que le puso el capitán Francisco de Ibarra, de nación viscaíno, cuya entrada en este reino fue muchos años después del primer descubrimiento que de él hizo el capitán Angulo, que si b i en q u e la noticia de ellos se descubrió en el año de treinta y tres, la entrada del capitán Ibarra fue en el año de quinientos sesenta adelante y su entrada no fue por la parte que el capitán Angulo descubrió, sino siguiendo uno de estos caminos, que hemos descrito desde Zacatecas a la Vizcaya».

Es entonces el obispo de la Mota quien describe inicialmente la idea errónea de la entrada de los supuestos capitanes Chirinos y Angulo a los llanos del Guadiana, la que nosotros consideramos equivocada por los argumentos expuestos en capítulos anteriores y que fue tomada por el padre Tello para perpetuarse hasta el presente.

Refiriéndose a lo difícil que era llegar a Topia desde la costa, el obispo dice:

« Desde este pueblo de Guzmanillo al Real de Topia hay dieciséis leguas de despoblado, por la serranía más áspera que en el mundo se sabe, y en ella abrió Dios Nuestro Señor una zanja muy honda por la cual corre un río caudaloso, por grandes pedregales y peñascos, de suerte que sirve de camino para llegar a Topia, que si no es metidos en la ribera de él no se puede caminar por otra parte...».

En la descripción geográfica de los reinos de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo León, realizada por el obispo don Alonso de la Mota y Escobar entre los años de 1602 a 1605, describe un sitio que corresponde a «El Cañón del Molino» y otros poblados indígenas vecinos, en los siguientes términos: (Mota y Escobar, A., 1940; 201)

« Saliendo, pues, de La Sauceda, caminando hacia el norte, está a 2 leguas un poblezuelo pequeño de chichimeco s llamado Capinamaiz. Siete leguas adelante está otro de chichimecos que llaman Texame casi despoblado, con otros dos de poca gente que llaman Las Bocas y Guatimapé, y todos ellos participan de buen temple, buenas aguas y montañas».

Baltazar de Obregón

La «Historia de los Descubrimientos Antiguos y Modernos de la Nueva España», escrita por el conquistador Baltazar de Obregón en el año de 1584, dada a conocer a finales del siglo XVI, fue dedicada a Felipe II y publicada por la Secretaría de Educación Pública de México en 1924.

Baltazar de Obregón nació en la Ciudad de México en el año de 1544, hijo de una familia noble y poderosa, descendiente de los primeros conquistadores. En 1563 se unió a una expedición comandada por Antonio de Luna dirigida a explorar California; inmediatamente a su regreso alcanzó la segunda partida de conquista de Francisco de Ibarra; es importante señalar que el historiador no tomó parte en la primera empresa al norte de Zacatecas en 1554.

Obregón formó parte activa de la tropa de la conquista y fue testigo presencial de la misma, lo que le da un gran valor histórico a sus relatos; al terminar ésta, no se quedó en la Nueva Vizcaya sino que regresó a México donde contrajo nupcias con la hija de Antonio Luna y a partir de entonces empezó a escribir su historia. Actor y testigo presencial de los acontecimientos, su relato ha sido el trabajo fundamental en que se basan los documentos escritos sobre la historia de la conquista del norte de México.

Además de historiador profundamente religioso, Obregón jugó un papel muy importante como soldado de la tropa de Francisco de Ibarra, pues era considerado un valiente explorador, que incluso salvó en una ocasión al grueso del ejército que estaba atrapado en una honda cañada de la Sierra Madre Occidental, con la tropa hambrienta y a punto de desfallecer, él encontró la salida para llegar a la costa.

En su obra relata acontecimientos no sólo de la Nueva Vizcaya sino también de otros que sucedieron en la Nueva España, las Californias, Cíbola y San Felipe del Nuevo México. En su libro describe los formidables hallazgos de Hernán Cortés en el palacio de Moctezuma y el interés que tenía el conquistador por encontrar el «tronco raíz y origen de los antiguos culguas», las epidemias, el modo de vida y la interpretación que él daba de los acontecimientos naturales como el «diluvio», las sequías y los terremotos que pensaba se encontraban descritos en los códices provenientes del palacio de Moctezuma.

Obregón narra en forma amena los acontecimientos importantes de la Nueva España después de la conquista; los enfrentamientos y enemistad entre Hernán Cortés y Diego de Velázquez, gobernador de Cuba, con Nuño de Guzmán y con Pánfilo de Narváez quien con sus intrigas hizo que la Corte española declarara juicio de residencia y llamara a España a Hernán Cortés y que por tal motivo se le nombró a Narváez capitán general de la Florida y Río de Palmas, a donde partió con su ejército en un viaje terrible en que murió, perdió sus soldados y armada y en que sólo sobrevivieron Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el capitán Andrés Dorantes de Carrión o Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y el negro Estebanico de nación Alarabe de Azama, esclavo del capitán Dorantes. Estos náufragos caminaron desde la Florida hasta San Miguel de Culiacán y sus relatos de las tierras, supuestamente riquísimas por las que habían pasado, alimentaron la sed de aventura y enriquecimiento de los pobladores de la Nueva España y la Nueva Galicia y fue la causa de que se continuara la exploración del norte de México.

Estos acontecimientos los conocía Obregón y los describió por su interés histórico; fueron tratados por muchos otros historiadores de la época, pero el mayor valor del trabajo de Obregón es el que se refiere a su participación activa en la conquista de Francisco de Ibarra. La descripción del segundo viaje de esta conquista se funda en sus relatos. Su testimonio es invaluable por sus habilidades como cronista, testigo presencial de los hechos y capitán de la conquista.

Fuente. La-Conquista-de-Vizcaya. El periódico digital de Burgos. Pag. 95-103. Creative Commons.

 
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