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BREVES CONSIDERACIONES SOBRE ITURBIDE, PRIMER EMPERADOR DE MÉXICO¹

 

En dos divisiones principales puede comprenderse la opinión sobre don Agustín Iturbide: la de la mayoría del Partido Liberal, que le niega todo mérito considerándolo como un ambicioso y traidor sin merecimientos ningunos de la patria mexicana, y la del Partido Reaccionario que le da el papel primero entre nuestros héroes y le considera como el verdadero libertador de México. Distinguidos miembros de uno y otro partido han contribuido con sus trabajos a ponerlo en su verdadero lugar, pero para la generalidad de los jóvenes actuales medianamente ilustrados el juicio liberal es el que domina. Dos causas poderosísimas influyen indudablemente, una transitoria pero inexorable en nuestra época: el Partido Político; otra permanente, natural e inherente al individuo, inherente a la sociedad, a la especie humana: el patriotismo.

El Partido Liberal triunfante y contando en su seno con los hombres más eminentes de la República ha podido posesionarse de la cátedra, del periódico y del libro, y con tan poderosos elementos que le proporciona el progreso, con su amor a todo lo nuevo, ha marcado en vigorosas pinceladas la biografía de los hombres notables de la historia haciendo resaltar los negros manchones que encuentra en sus enemigos. Y como lo hace bien y con sobrado talento, la huella queda indeleble.

Igual efecto obtienen los reaccionarios, olvidando que entramos en un estado social nuevo, joven, anhelante del progreso y enemigo acérrimo de lo caduco, creyéndose todavía en la época en que el espíritu está ligado, encadenado, en que el libre examen es una torpe presunción de necios, con una torpeza a toda prueba presenta como héroe inmaculado y rinde homenaje como al más grande de los mexicanos a un hombre que empieza su carrera de las armas con un lujo inusitado de crueldad y una hipocresía refinada, a un asesino y bandido contra el que la dignidad humana ultrajada protesta y lanza en la faz un escupitajo.

El efecto de esas defensas es terrible; el sentido común recibe un foetazo y protesta; el sentido moral hace repelente al que se quiere llamar padre de la patria y es procesado por robo y fraude. Un juicio exacto, y desapasionado por consiguiente, no podría hacerse sino prescindiendo del partido, ni estudiando las defensas ni oyendo los vituperios. Los elementos de la sociedad son disímbolos, y tan importantes los unos como los otros. Es una ley del progreso el ritmo en el movimiento, y para que haya ritmo se necesitan fuerzas opuestas. La sociedad tiene necesidad de los hombres buenos y de los malos. Sin los malos la Revolución Francesa no se habría efectuado; sin los malos la Revolución Mexicana no habría tenido lugar y, digámoslo claro, sin los judíos no habría habido redención. Si los prudentes estuvieran siempre frente al movimiento social, perjudicarían sin la menor duda el progreso.

Cada hombre no es, en suma, sino un conjunto de virtudes y de vicios, ya predominen los primeros, ya los últimos,

pero la resultante es el progreso para las sociedades nuevas como para los hombres nuevos, aprovechando en su provecho esos mismos vicios.

Yo no puedo concebir que una transformación social se efectuara si cada uno de los miembros de dicha sociedad fuera un hombre moderado, bien equilibrado, sin pasiones ni ambición, ni egoísmo; en suma, con las solas virtudes y sin los defectos comunes a los hombres. Además de estas consideraciones generales que no pueden redundar sino en benevolencia para los demás y que traen un estado de desapasionamiento, deben tomarse las consideraciones del medio, del atavismo. ¿Quién que medianamente ha recorrido la historia de México no ha visto palpable, desde la Conquista hasta la terminación del dominio español, la obra del pillaje y rapacidad de aventureros ávidos de oro, y más tarde de osados y crueles explotadores de los tesoros mexicanos y de la vida misma? ¿Qué significa esa postergación y esa abyección que como un estigma de tristeza cruza la raza india todavía, sino el envilecimiento de una raza tratada como de brutos a quienes no se concede la facultad del raciocinio?

Si don Agustín de Iturbide fue sanguinario e hipócrita, si fue usurero, defecto de su raza y de su época fue, y

no de su sola persona. La figura es antipática y seguirá siéndolo, pero no personalicemos en él cualidades comunes a los Callejas, García Conde, Concha –y haría una lista interminable.

Es la primera: que hubo jefes revolucionarios humanitarios, como los hubo realistas, es cierto honor para

ellos, memoria perdurable para sus hechos, pero convengamos en que fueron la excepción. En esa época en que, estremecida nuestra patria en sus confines, se abrió para recoger los torrentes de sangre derramados por sus hijos para fructificar diez años más tarde haciendo prohijar las ideas proclamadas de independencia y libertad.

La otra causa que influye y más poderosamente, decía, es el patriotismo. ¿Qué cosa es la veneración de nuestros héroes sino una consecuencia legítima y lógica de las primitivas costumbres de los pueblos en su origen?

Como hecho se consigna que el origen de las religiones ha sido el culto a los antepasados. El hombre que por sus méritos, por su valor en la guerra, por la sabiduría en sus consejos, se hizo amar de su generación deja indeleble memoria, y a través de unas cuantas generaciones ya no aparece como un ser humano sino que se le ha divinizado concediéndole atributos divinos, deificándolo y rindiéndole culto. No es sino a través de muchos siglos, cuando la civilización ha alcanzado una altura considerable, que el hombre ha podido contentarse con guardar en el santuario de su corazón tan sólo la memoria de sus benefactores pero sin poder prescindir de perfeccionarlos, embelleciendo su figura ayudado magníficamente por el poder del tiempo, borrando aun sus menores defectos y pasando por consiguiente, apenas pasada una generación, como un tipo de perfección.

Que es exacto esto salta a la vista: oigamos un discurso patriótico cualquiera, desde el de la capital de la República hasta el del rincón más humilde de un pueblo, y veremos la verdad del aserto.

Se comprende, por consiguiente, qué infinita repugnancia se levantara en ciega oposición a la idea de rendir homenaje al hombre que ha consumado la independencia de nuestra patria, injuriando a nuestros libertadores, injuriando, escupiendo y pisoteando a aquella pléyade de héroes que, sin más esperanza que la dicha de generaciones futuras, derramó su sangre en la lucha y en el cadalso. ¡Qué repugnancia infinita de elogiar a un hombre que, guiado por ambiciones personales y al servicio de los enemigos eternos del progreso y de la libertad, contribuye poderosamente y en definitiva determina la emancipación de nuestra patria!

Y, sin embargo, la razón exige imperiosamente rendir homenaje a nuestros benefactores, quienquiera o comoquiera que hayan sido. La historia juzga hechos y juzga intenciones, pero los hechos están sobre las intenciones, y si la buena intención no puede traer perdón para un desastre, la mala no puede evitar el elogio de una victoria. La sombría figura del solitario del Escorial llevará siempre la negra mancha de sus crímenes por pasión política y religiosa, por más que se demuestra (sus grandiosos proyectos de tener el mundo postrado ante su patria y ante su Dios) que sus intenciones fueron las más nobles y las más santas: el engrandecimiento de su patria; por más que se demuestre que todo lo hizo a mayor honra y gloria de Dios.

Y entrando al fondo de nuestra investigación, al lanzar epítetos denigrantes contra Iturbide podríase contestar con las palabras de Jesús de Nazaret: “El que sea limpio que tire la primera piedra”.

Si la justicia debe reinar, levantemos un recuerdo al consumador de la Independencia o tiremos por tierra una porción de pedestales de estatuas de hombres venerados pero que grandes y muy grandes defectos tuvieron.

Despejemos esos fenómenos de espejismos, y con un espíritu de crítica severa, sí, pero imparcial, examinemos la vida de cada uno de nuestros lares y, ¡ay!, si llevamos la idea de encontrar no seres humanos, defectuosos, imperfectos, viciosos, etc., qué grande nuestra desilusión si les formamos su causa, si estudiamos el pro y el contra. Por el contrario, cuando se lleva la convicción de que no son seres excepcionales sino hijos de su medio, de su época, de las circunstancias que los rodean, cuando los vemos obrar en el círculo que les rodea, reconoceremos sus defectos, sus yerros, pero al reconocerlos humanos, verdaderamente más grandes, más dignas de veneración, aparecerán sus virtudes.

Por último, para el progreso –progreso significa uno o dos siglos–, su obra avanza, avasalla todo, despedaza

cuanto se opone a su paso pero no se detiene. En la historia la figura de Iturbide quedará siempre en segundo término en la Independencia de México. La evolución depende de fenómenos complejos y la voluntad de un individuo es pequeñísima. Si México logró su independencia, obra fue de la germinación exuberante de semilla regada con la sangre de Hidalgo, Morelos, Allende, etc., y de millares de mexicanos. Los enemigos de la libertad, por las circunstancias especiales de la época, fueron obligados a tomar el partido de la revolución para aprovecharla en sus propios intereses, y este incidente fue el que apremió el triunfo de la libertad que tarde o temprano, con sus enemigos y a pesar de ellos, habría triunfado.

Es, por tanto, la generación presente la que goza los frutos en plenitud, la que prospera y ve florecer las artes, las ciencias, las industrias;

la que debe agradecimiento y gratitud a todos los que contribuyeron al triunfo de la libertad. Ésta se habría obtenido, pero quizá mucho más tarde, y aún pasaría negra nube de tristeza por nuestra imaginación si, como nuestros hermanos de Cuba, la hubiéramos adquirido bajo la amenaza constante del Coloso del Norte.

Por lo demás, la historia es severa y si juzga hechos e interpreta intenciones, tengo para mí que en los primeros es autoridad inapelable; en los segundos es falible y levantará siempre eternas discusiones.

Nota:: 1.-.Azuela, Mariano. 1958. “Breves consideraciones sobre Iturbide, primera emperador de México”, en Obras completas. Vol. III. México: FCE. Pp. 1281-1285.

Fuente: Articulo autoría de Mariano Azuela. Gaceta. Universidad Veracruzana. Septiembre de 2010. Dirección de Comunicación Universitaria de la UV. Certificado de Licitud de Título número 9780. Crerative Commons.

 
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