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DESTACADOS MILITARES INCITAN A PORFIRIO DÍAZ A LA REBELIÓN

 

Sr. Gral. don Porfirio Díaz

Oaxaca

Señor general:

Después de haber combatido por la independencia de la República durante la guerra de intervención, hemos sostenido con la misma constancia los poderes elegidos en 1867, reprimiendo a toda costa los intentos revolucionarios, porque nos parecía que la sustitución periódica de los mandatarios del pueblo, sancionada por la constitución federal y por la de los estados, era una garantía suficiente para que ninguna aspiración legítima se creyese con el derecho de imponer al país una paz ominosa ni un sacudimiento peligroso.

El pueblo elector es un soberano cuyos fallos inapelables debieran esperar desarmados los partidos laborantes bajo el amparo de las leyes.

En el honrado cumplimiento de estas condiciones esenciales de la democracia, el ciudadano encargado del Poder Ejecutivo de la Unión habría terminado en paz catorce años de gobierno, y se retiraría hoy del poder, si no con la gloria de haber hecho todo el bien posible, al menos con la conciencia de haber evitado muchos males, y el pueblo, entregado a sus propias inspiraciones, hallaría medio de salvarse del doble peligro en que se encuentra.

Las elecciones han sido una farsa inmoral y corruptora, y su resultado verdaderamente desconsolador para el porvenir de nuestras instituciones. gobernadores impuestos por la fuerza, imponiendo a su vez la elección de sus patrones y cómplices; la violencia, el soborno y la falsificación apoderándose furtiva o descaradamente de las urnas electorales; y por último el atropellamiento de todas las formas legales, el ingreso a la representación nacional de diputados espurios y la exclusión de un gran número de los legítimos representantes del pueblo, han venido a coronar esta obra de deslealtad e ignominia, convirtiendo el VI Congreso constitucional en una falange regimentada que cierra los oídos a la discusión y no oye ni entiende a las minorías independientes.

Entretanto, la indignación popular, a duras penas contenida con la esperanza de que los fueros de la justicia no fuesen tan audazmente conculcados, estalla por todas partes en manifestaciones irresistibles, a la vez que los defensores de tantos abusos desarrollan un plan y dictan medidas de represión tan estériles y desoladoras en sus medios y resultados, como son injustos sus motivos.

En esta crisis que no sólo se prevé, sino que se siente, nosotros, hijos del pueblo, defensores de sus derechos y amantes de las instituciones que nos rigen, no podemos estar al lado de un gobierno que, ciego por la ambición de sus corifeos, todo lo revoluciona y subvierte sin respeto a la ley y sin escrúpulo alguno de moralidad.

Nuestras precedentes convicciones y deseos nos llaman a las filas del pueblo que apela a las armas contra sus opresores, como en la revolución de Ayutla, como en la guerra de reforma, como en la de independencia y como lo ha hecho siempre a la hora de un peligro nacional, por asegurar un principio necesario para el arraigo de sus instituciones y para el desarrollo de su vida política y social.

No provocamos un motín de cuartel ni queremos imponer nuestra voluntad a la nación. Reconocemos un hecho que está a la vista de todos y tomamos la posición que nos señala el deber. El pueblo nos llama a su servicio y no podemos desconocer la naturaleza de nuestros deberes.

La reelección de los poderes unitarios es una gangrena contagiosa que todo lo inficiona y que pone a merced de un partido, y muchas veces de un hombre, los elementos de la administración y violenta a los vencidos, obligándolos a apelar a la fuerza para romper el círculo férreo en que se encastillan los vencedores.

La falta de independencia y libertad de los ayuntamientos, cuna de todas las garantías políticas y sociales, deja a los pueblos sin escuela práctica de libertad, somete a la discreción del gobierno sus más vitales arterias, disloca de su engrane natural y necesario el primer motor de la actividad política, y convierte al pueblo en un agrupamiento de parias que nada puede pedir a sí mismo y que todo lo espera del poder y sus gerentes.

El jurado en materia criminal es una institución de que no pueden dispensarse los pueblos libres, porque contribuye a la educación democrática de las masas e inspira a los ciudadanos la noble altivez de quien no reconoce amos ni esclavos sino hermanos y colaboradores, lo mismo en el cortijo y en la aldea que en el estado y en la República.

La sustitución de las alcabalas por impuestos equitativos y económicos conforme a los recursos, riqueza y necesidades de cada estado, es una prescripción constitucional en cuyo cumplimiento están empeñadas la fe de la administración y la buena inteligencia de que deben inspirarse los estados en relaciones.

La reforma de los aranceles de importación y exportación, es una necesidad ingente que reclama profundo estudio y pronta y acertada solución, para que nuestra industria nacional rompa las trabas del monopolio, el comercio salga de la tutela que pesa sobre sus más simples operaciones, y la minería y la agricultura abran fácil paso a sus productos para los mercados extranjeros.

Estas, y otras muchas son las exigencias de la situación; pero nosotros no la formulamos como un programa, ni tenemos para hacerlo la aptitud ni el tiempo necesarios, ni la autoridad competente.

Creemos más bien que los que obedeciendo al impulso de la opinión pública venimos a confundir nuestros sentimientos y esfuerzos en el movimiento popular que desconoce a los usurpadores del sufragio y les pide cuenta de sus atentados, debemos abstenernos de toda opresión que no sea la de nuestro homenaje a la voluntad nacional.

Una convención federal de representantes populares elegidos por los estados, sería la más a propósito para formular el programa de la reconstrucción constitucional de los poderes federales y de los estados.

Cada estado hará valer sus intereses todos, los comunes de la unión, y los delegados, intérpretes sumisos de la voluntad de los comitentes, hallarán medios eficaces de acierto en el estudio, la publicidad y el empeño de los debates.

Para evitar el menor asomo de anarquía en los días de acción y alcanzar prontamente esta época de regeneración social, el pueblo necesita de un caudillo que deposite los poderes de la guerra y los ejerza con la inteligencia y el patriótico desinterés de que usted ha dado relevantes pruebas.

En la lucha electoral, por la prensa y en las asociaciones populares de todos los ámbitos de la República, usted ha recibido esa investidura popular, que no puede ver con indiferencia, ni rechazar por egoísmo; y nosotros, al reconocerla, nos complacemos en aceptar un hecho anterior a toda combinación de partido.

La experta dirección de usted en las operaciones militares y la administración de los intereses públicos durante la guerra, que no podemos impedir, evitará los males de su prolongación y apresurará su feliz desenlace.

En este concepto y resueltos a obsequiar el llamado de la patria en peligro, no esquivamos el lugar que nos corresponde y empeñamos el acrisolado civismo de usted en que no rehúse el alto y peligroso cargo de que le ha investido la confianza de los pueblos.

Sus gloriosos antecedentes, su elevado carácter y su proverbial modestia, le han formado a usted una reputación intachable que no empañará la odiosa calumnia; y aún cuando en esto hubiera algún riesgo, usted hallará en sus honrados propósitos y en la pureza de su conciencia, sobrado valor para afrontarlo con la firme esperanza de que la gratitud nacional es su segura recompensa.

Somos de usted afectísimos y servidores.

Grales.:

Manuel Márquez,

Donato Guerra,

Gerónimo Treviño,

Francisco Naranjo,

Eulogio Parra,

Luis Mier y Terán,

Francisco Carreón,

Ramón Márquez Galindo.

Coroneles:

Sabás Lomelí,

Tomás Borrego,

Francisco Mena,

Fernando González.

Fuente: Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006. Creative Commons.

 
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