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APUNTES SOBRE LA REVOLUCION DE TUXTEPEC EN 1876

 

Breve exposición de algunos acontecimientos históricos que el que suscribe pone de manifiesto ante el público para que se le juzgue, pues se propone rechazar la censura de algunos mal querientes particulares y militares que acaso par envidia se han permitido el lujo de poner en duda los servicios que ameritan los que como patriota presté al plan de Tuxtepec.

El día 22 de Mayo de 1876, á las cuatro de la tarde salí del Puerto de Mazatlán a reunirme con la fuerza que tenía en Piaxtla, compuesta de doce hombres voluntarios que yo había organizado cautelosamente con anterioridad, para combatir la reelección del Presidente de la República, en el período inmediato, Lic. Don Sebastián Lerdo de Tejada.

Como he dicho, esos doce hombres, sostenidos de mi propio peculio, me sirvieron para dar principio á una lucha penosa, si se tiene en consideración la pequeñez de los elementos que por el momento tenía disponibles para hacer frente al coloso; pero me animaba la buena causa de la revolución, no menos que tener por caudillo de ella al esclarecido Patricio General Porfirio Díaz.

Después del fallecimiento del Benemérito Presidente Don Benito Juárez, tuve una entrevista con el malogrado General Donato Guerra, en la que acordamos que, si Lerdo de Tejada pretendía por medio de la reelección continuar en el Poder, empuñaríamos la espada, obraríamos uniformemente, bajo la dirección y mando, en todo caso, del ya citado General Díaz y desafiaríamos la muerte en los campos de Batalla, como así sucedió después.

Mi posición en aquella época, me estorbaba para ponerme desde luego en movimiento, pues desempeñaba la Administración de Rentas del Distrito de Concordia, en el Estado de Sinaloa, empleo que renuncié para tener libertad de acción, no obstante que me producía más de $150.00 mensuales, que disfrutaba al lado de mi familia, sirviéndome además para comprar parque y armas de que disponer llegado el caso. Así sucedió en efecto: el Señor Donato Guerra, me escribió diciéndome que ya era tiempo de tirarle el guante al Gobierno; y en tales circunstancias se me presentó el Mayor Artechi invitándome para un pronunciamiento local, y que para dar principio, ponía a mi disposición un recibo de depósito de cinco mil pesos. Entonces yo le manifesté, que, en lugar de desconocer al Gobierno del Estado, lo haríamos con el Gobierno general, pues que habiendo trabajado en favor del Licenciado Celso Gaxiola que desempeñaba el poder Ejecutivo de aquella entidad, no era decoroso tal proceder. Con tal motivo Artechi me manifestó que aquel dinero lo daban para un movimiento local solamente, por cuya razón no quise admitirlo, llevándose su recibo; se pronunció con unos cuantos, tomó rumbo á Tamazula perseguido por fuerzas del Estado y en Imala le dieron alcance, muriendo él y otro y dispersándose los demás, que eran muy pocos.

La circunstancia de que yo desempeñara la Administración de Rentas de Concordia, obedecía a que yo había solicitado aquel empleo para no infundir sospechas al Gobierno de que yo le era hostil, y así pude sostener algún tiempo los hombres con que contaba para lanzarme á la revolución, á los cuales socorría con un diario a cada uno, proveyéndome á la vez de armas, municiones y caballos. Al formalizar la renuncia del empleo de la Administración de Rentas, que al principio me fué negada, tuve una entrevista con el Gobernador el cual me interpeló diciéndome, que porqué insistía en renunciar mi empleo; que lo habían solicitado diversas personas, entre ellas Don Joaquín Redo para un Señor Hueso, ofreciendo dar su fianza, al que le contestó que lo tenía otra persona y que no se le podía quitar, animándome á que desistiera de mi empeño, pues que ni fianza se me había exigido ni se me exigiría tampoco. Obtuve sin embargo licencia para ir á Culiacán y al llegar á aquella ciudad supe por un parte que el Coronel Don Pedro Betancourt se había pronunciado por el Plan de Tuxtepec saliendo de Mazatlán con rumbo á Agua Caliente teniendo la buena fortuna de que no lo persiguieran, se dirigió en seguida a Concordia y San Ignacio y recorrió las poblaciones de tránsito hasta Abulia, de donde contramarchó á la Noria con cincuenta y tantos hombres que había reunido. Salió en su persecución el Teniente Coronel Brigido Reyes, hoy Coronel, que militaba á las órdenes del Señor General Don Francisco O. Arce, dándole alcance en la Noria en donde á los primeros tiros le dieron muerte y se dispersó su fuerza.

Como yo me había comprometido solemnemente con el Señor General Donato Guerra para contribuir con mis servicios á la revolución proyectada, contando con los Coroneles Ramírez Terrón, Salmón, El Mayor Vivanco é Inzunza que debían haberse pronunciado, me puse luego en movimiento y aquellos no cumplieron con los compromisos que habían contraído, permaneciendo sólo como partidarios del General, mientras no entrevieron el seguro triunfo de la Revolución que determinó la batalla de Tecoac. Entonces fueron ya porfiristas consumados, saliéndoles bien su actitud, pues fueron ascendidos á Generales los dos primeros; de manera que éstos sin ningún sacrificio han recogido el fruto en las maduras como vulgarmente se dice.

El día 21 de Mayo de 1876 salí de Concordia rumbo a Mazatlán, y ya allí logré con dificultades y dinero que me imprimieran unas proclamas que conseguí en la noche del mismo día. En la siguiente noche, debía haberme entregado un cargador de los matriculados del Puerto veinte carabinas de repetición, mediante $200 de pago, las cuales debía haber extraído furtivamente del almacén de la Aduana. Mas esto no pudo tener efecto porque sospechando que habían sido descubiertos mis planes revolucionarios, á las dos de la tarde del día 22 dejé el Puerto, con todas las precauciones necesarias para mi marcha, y en el Venadillo en donde se hallaba destacado el 8° Regimiento, y como á 30 ó cuarenta pasos de éste, comenzó á repartir mis proclamas. El 23 á las siete de la mañana, me hallaba en Coyotitán, y oculto allí, mandé orden á mi fuerza que de antemano había preparado, para que al día siguiente 24 á las 10 de la mañana estuvieran reunidos todos los que la tornaban en Piaxtla. Así lo ejecutaron formando un total de 13 hombres con el que habla. Recabé informes del que comandaba dicha fuerza acerca de la que había en Elota, y me dió cuenta de que eran 30 hombres al mando del Mayor Amillán. Dispuse luego que marcharan seis hombres hacia aquel rumbo, con orden de que si el enemigo tenía conocimiento de nuestra presencia en aquellos puntos y se movía para atacarnos, lo contuvieran, haciendo fuego en retirada hasta incorporarse con nosotros, impidiendo entretanto que ninguna persona pasara para Elota á fin de ganar el tiempo necesario para levantar nuestra acta de pronunciamiento y tomar algún refrigerio, teniendo en consideración que la distancia á que nos hallábamos era solamente de cuatro leguas.

Formada mi fuerza la arengué diciéndole:

Compañeros, dicen que son treinta hombres los que hay en Elota, nosotros somos trece, todos tenemos carabinas de 12 y pistolas de Smith y estamos bien montados. Además, todos vosotros sois voluntarios y tengo confianza en que para pelear no preguntáis si son pocos ó muchos vuestros enemigos y sabéis despreciar la muerte llevando por lema el cumplimiento del deber en el campo del honor.

En seguida le dí lectura á mi proclama que dice así:

Juan Camberos, Coronel del Ejército Regenerador á sus compañeros y amigos.—Conciudadanos: Cuando la Nación entera se está levantando como un solo hombre proclamando la no reelección del titulado Presidente de la República Sebastián Lerdo de Tejada; cuando se trata de establecer un principio constitucional de No reelección para evitar las revoluciones periódicas que son consiguientes al tiempo de la renovación del Poder Ejecutivo, no es posible que Sinaloa que es esencialmente antireleccionista pueda permanecer indiferente, en la lucha que han emprendido sus hermanos, para derrocar al ambicioso Lerdo de Tejada. Ha llegado pues la hora de que los sinaloenses nos levantemos como un solo hombre secundando los esfuerzos del Benemérito General Ciudadano Porfirio Díaz que con tanta abnegación y patriotismo ha luchado siempre por las libertades públicas del pueblo mexicano. Vosotros, conciudadanos, me conocéis bien y por lo mismo tengo derecho á que me creáis, que ninguna ambición personal me guía para levantar el estandarte de la no reelección en Sinaloa proclamando el Plan de Palo Blanco, de cuatro de Marzo del corriente ano. Prueba de mi ninguna ambición, que terminada la guerra me retiraré á la vida privada como siempre; de la que solo salgo ahora para contribuir con mi grano de arena y ayudar á mis hermanos á derrocar al tirano que ha hollado todas las garantías que nos otorga nuestra Carta fundamental de 1857. —Venid, conciudadanos, y agrupaos á mí para combatir á los enemigos de nuestras instituciones mancilladas. Conciudadanos: nada temáis, mi lema es: Constitución de 57.- Libertad y Orden.- ¡Viva Porfirio Díaz! y muera la reelección.- Venadillo, Mayo 22 de 1876.- Juan Camberos.

Se vitoreó con igual entusiasmo al Ciudadano General Donato Guerra, á todos nuestros correligionarios, y á los que nos secundaran, brindé con mi fuerza una copa de cognac que al efecto tenía preparado y les dije: muchachos vamos á pelear con esos treinta hombres, en la primera descarga que les hagamos, van á correr, y la ventaja es por nosotros, á lo que contestaron: Si, mi Coronel, á pelearles. Y á las cuatro de la tarde nos avistamos, y luego nos rompieron el fuego, mandé dar galope sobre ellos haciendo fuego también y corrieron dejándonos algunas armas y parque. En ese mismo día mandé al capitán Arámbula con las armas que se recogieron y el parque al pueblo de Ajoya en donde se hallaba el Teniente Coronel Feliciano Roque, Jefe de los inditos de aquel pueblo, el cual de antemano estaba de acuerdo conmigo para obrar en combinación.

Yo marché sobre Concordia el 27 á las tres de la mañana; tenía conocimiento de la fuerza que allí había, y donde pernoctaba. Por la noche, pues, hice salir de su casa á Don Salome Vizcarra y á un hijo suyo para que me sirvieran de resguardo, y con las precauciones necesarias me fuí con ellos á la torre de la iglesia, en donde se hallaba la fuerza enemiga, hablé con el Jefe de ella y con la tropa ofreciéndoles toda clase de garantías si se rendían, dejando á mi disposición armas y parque, haciéndoles presente que me dolería castigarlos, porque habían militado á mis órdenes en otras circunstancias, agregando que, los que quisieran acompañarme, serían aceptados sus servicios y los que no, podían retirarse a sus casas, como en efecto lo hicieron dejando todo, engañados porque creyeron que yo llevaba una fuerza respetable.

Supe que habían salido dos partidas de caballería a perseguirme, procedentes de Mazatlán, una al mando del Teniente Coronel Brígido Reyes y la otra al del Coronel Antonio Ibarra; salí el 27, pernocté en el Bajío, el 28 a las siete entré á Siqueros, ordené que se pusieran seis hombres vigilando dos caminos y los ocho restantes que buscaran que almorzar. Entre tanto pasé con el Juez y le dije:

yo ya me lancé á la revolución y mis recursos se me están escaseando y necesito que imponga Ud. un préstamo, pero que sea una cosa regular, y me dijo: Ud. conoce bien á los vecinos de aquí, que no son ricos por consiguiente, sírvase decir qué cantidad necesita. Fijé entonces la cantidad de $ 25.00 centavos con la cual me conformaba para socorrer á mi fuerza por entonces. Hallábase con el Juez dos señores de quienes solicitó ocho pesos de cada uno y que él pondría los nueve restantes para completar el préstamo. Anuentes en enterar tales cantidades, les dije á los dos señores: Ustedes tendrán su dinero en su casa, vayan á traerlo luego, pues sé que Brígido Reyes y el Coronel Ibarra salieron á perseguirme y voy á ver si me encuentro con ellos fuera de aquí, no sea que suceda lo que en tiempo de la guerra de los franceses que por haberme batido contra ellos en la orilla de la población y en la plaza, se pasó una granada, incendió una tlasolera y una casa, mató a una Señora y á una Señorita. En esto, se oyó un tiroteo, salí inmediatamente de la casa y monté en mi caballo y con rifle en mano me incorporé á los míos que se batían en retirada que eran seis, de los cuales murió uno y se dispersó otro, quedando conmigo el Vicuri, Partida, Franco y Casimiro, atravesamos la población al paso haciendo fuego en retirada y en medio de la plaza de armas mandé dar media vuelta por estar limpia y sin estorbo, el enemigo marchaba por uno y otro lado de la iglesia y como apareciera por una calle otra columna, emprendí mi retirada rumbo al Verde, luego ordené tomaran un camino sobre la izquierda y siempre reunidos, cubriendo yo la retaguardia, en esto voltee para hacer fuego sobre el enemigo que nos perseguía, se me soltó la rienda, dió un traspiés mi caballo que cayó conmigo resultando lastimado de mi mano izquierda de la que quedé manco, y si no me dieron muerte mis perseguidores fué porque mis muchachos contramarcharon y me protegieron, seguimos en retirada al paso y al bajar un pequeño arroyo dí orden que la vanguardia pasara al otro lado corriendo, yo me quedé cubriendo y sosteniendo la retaguardia, pues encontré el modo de hacer fuego, doblaba el brazo, colocaba el rifle, abría y cerraba y volteaba al lado derecho para tirar, subimos al otro lado del arroyo y mandé echar pié á tierra y el enemigo mandó tocar alto el fuego y media vuelta, entonces bajamos á Porras, almorzamos y les dije á los muchachos, vamos á hacerle un torito á Brígido Jalisco (porque así es conocido, como yo Tajegüi) fuimos en efecto, nosotros en la playa del río y ellos en los corrales, en las esquinas, excitándolos á que bajaran pero no lo hicieron, le hirieron el caballo de gravedad á Campos y antes que cayeran nos retiramos y no nos persiguieron. Esto pasó en Siqueros de las ocho á las nueve de la mañana y en el centro de la población. Puede tomar informes alguna persona de lo expuesto, autorizándola para que si no es cierto lo dicho me pueda poner en el merecido ridículo.

Emprendí mi marcha para Guadalupe de los Reyes, en el Limón recibí un correo que me mandaba Roque diciéndome, que tenía ciento y tantos hombres listos y que le ordenara en qué fecha debía estar en Guadalupe y le manifesté en contestación que estuviese el día 5 de Junio, dándole instrucciones porque se decía me quería resistir. El 5 amaneció pues, Roque en un lado y en una altura y yo por otro lado y por otra altura, sobre aquella población con cerca de cien hombres. Entramos en tratados con la fuerza local, me entregaron armas y parque y un préstamo en ese mismo día de $400.00.

Puse una comunicación al Coronel Cleofás Salmón, porque supe que tenía una fuerza á sus órdenes, diciéndole que marchaba á Cosalá para que nos reuniéramos y me contestó que la fuerza que tenía era para defender al Gobierno.

El 7 de Junio emprendí la marcha para Cosalá, Salmón se retiró al Mineral de Santa Cruz, á quien manifesté que si no cumplía su palabra comprometida lo atacaba y me contestó que me resistiría. El 10 en la madrugada lo ataqué, lo derroté, me hice de armas y parque, y aumentando mí fuerza, marché con rumbo á Culiacán con toda seguridad, siguiendo á Salmón que se fué para aquella ciudad. El 16 pernocté en los Berros y le pregunté á mi compañero si conocía a Tamazula, contestándome negativamente le hice explicaciones topográficas a fin de operar en caso necesario por aquellos puntos.

Mañana pues, [le dije] antes de llegar á Culiacán, se corta un camino á la derecha que va al Barrio, llega Vd. y que almuerce la tropa, si secundan nuestro plan, en aquella plaza lo mandaré llamar ó que se retire á Tamazula, en caso contrario, quedándome yo á cubrir la retaguardia, para obrar conforme se presenten las circunstancias; pues aunque se han comprometido en dicha plaza á secundar el movimiento no debemos confiar absolutamente de nadie á juzgar por la conducta de Salmón, amigo del General Guerra y que también ha militado á las órdenes del General Díaz.

Dispuse salieran quince hombres al mando de Gerardo, no llevó plan de ataque porque no iba á pelear, al llegar á Culiacán, donde se separa el camino para el Barrio, hice alto, y mandé la descubierta que avanzara, con la orden de que, era probable que se encontrara con Inzunza y que de seguro se cambiarían algunos tiros, que no les tiraran á dar, que era con el único fin de que se pronunciaran dentro de la Plaza. En esto oigo un fuego nutrido, voy á ver y encuentro un oficial y un soldado de los míos, muertos, é hicieron dar media vuelta á la descubierta de mi fuerza; entonces me devuelvo y tomo los caballos que serían treinta y dí la carga á Inzunza haciéndole dar media vuelta y lo pasé hasta por la retaguardia de las fuerzas que tenían en las alturas y como yo dilaté en dar la vuelta, oí un fuego nutrido y corrí á ver qué era aquello y era que Roque se bajó con la infantería y se estaba batiendo contra la fuerza federal que mandaba el Teniente Coronel Jesús Ramírez Terrón; me acerco con Roque y le reprendí por haberse bajado y no haber cumplido con mi orden, y se disculpó diciendo que había ido á protegernos; Vd. debía haber marchado al Barrio y esperar órdenes, vamos reuniendo la infantería y se retira rumbo á Cosalá y de allí á Ajoya, yo me voy con los caballos á las puertas de Mazatlán. Esto no pasó más que de una escaramuza —nos van á matar algunos— nos van á hacer prisioneros y se nos van á dispersar. Salió, pues, con la infantería, me quedé protegiendo su retirada y cuando consideré que llevaba buena distancia, reuní mis caballos y salí al paso formados de dos en fondo y yo cubriendo la retaguardia. Esto pasó el 17 de Junio, yo llevaba cerca de cuatrocientos hombres, y si hubiera cumplido mis órdenes mi segundo hubiéramos peleado con alguna ventaja.

En mi retirada me fué persiguiendo Inzunza y al subir una pequeña loma, separé seis hombres y yo, y á la demás fuerza le ordené siguiera su camino al paso corto y al avistarse Inzunza lo recibimos á balazos haciéndolo dar media vuelta y seguí mi marcha con espacio, tomamos alimento en la Laguna, continúe mi marcha y de tránsito en el Obispo, encontré la diligencia, abrí la balija y me enteré de las comunicaciones oficiales en que daban aviso al Gobierno del armamento que se le remitía por agua y que lo recibirían en el Puerto de Altata y que habían salido seiscientos hombres de la Federación al mando del Coronel Antonio Ibarra con rumbo á San Ignacio y Ajoya, y como á mi segundo le había dado orden de que se fuera al pueblo de Ajoya, tuve que modificar mi marcha para ir á reunirme con Roque. En Cosalá me reuní y luego marchamos para Ajoya á tomar ese punto antes que el enemigo, como así fué llegando el 28. El Coronel Ibarra estaba en San Ignacio y yo tomé primero el punto; estábamos a cuatro leguas de distancia, supo mi llegada y el 29 mandó una avanzada —yo mandé otra y la mía le dió una sor-presa, abandonándole á éstas tres carabinas de ocho tiros, dos sables y dos caballos. El 30 me atacó en columna cerrada con seiscientos infantes de la Federación y los auxiliares de San Javier y Cabarán, yo contaba con 200 y tantos hombres por los muertos, heridos y los pocos dispersos que me hicieron en Culiacán, y sin embargo mi posición era buena y fué rechazada la columna y pude mantener en cuanto fué posible aquella situación, pues no podía dividir mucho mi fuerza, dando por resultado que me flanquearan y después de un corto tiroteo me retiré en orden. El 2 de Julio recibí una comunicación del Coronel Cleofás Salmón diciéndome que tenía facultades por el General Arce y por el Gobernador del Estado para tener arreglos con Roque y conmigo citándome al rancho de la Pintada, y que si no teníamos ningún avenimiento nos separaríamos cada uno a su puesto para seguir la campana y que esto me lo decía bajo su palabra de honor.

El día 3 le conteste diciendo: que el 4 a las ocho de la mañana estaríamos en el punto de la Pintada, (este punto se presta mucho para una emboscada.) Yo le dije á Roque, ni Ud. ni yo vamos porque si no hay palabra de honor y traen instrucciones reservadas nos ponen una celada y caemos en ella, terminando así la revolución por nuestra parte, y de los compañeros que quedan no encuentro uno que hiciera carrera; además que, faltando Ud. y yo sé desmoraliza la fuerza y se desbanda toda y él me contestó: yo creo que sí cumple su palabra, y replicando á esto le manifesté que no merecía confianza su dicho, supuesto que en Culiacán comprometidos en la revolución como lo estaban con el General Guerra, violaron su compromiso ¿Por qué atacamos á Salmón en Santa Cruz, compañero?… Si Ud. cumple con mis órdenes en Culiacán, á la fecha estaríamos bien; siempre se debe desconfiar. En fin, mandaremos un representante cada uno por su parte llevando sus credenciales, y si me equivoco se pierde poco. Mandé por mi parte al Capitán Díaz y por la de Roque á Arámbula con las instrucciones correspondientes de representación de ambos jefes. Salieron pues nuestros emisarios en buenos caballos, resultando de su comisión que mis sospechas eran fundadas, pues como no fuimos nosotros no obró la emboscada que se nos tenía puesta, pero la había, pues cuando caímos prisioneros y llegamos á Culiacán me reveló esa maquinación y procedimiento el Pagador que tenía el Coronel Salmón, manifestándome que por conocerme había solicitado de su jefe permiso de acompañarlo á la cita de la Pintada quien le dijo: “Si Ud. quiere ir, vaya, porque él no concurre, es un viejo macuco, yo lo conozco bien”, y siempre fué y Ud. no concurrió, mandó y no tuvo efecto la entrevista.

Recibí una carta de mi esposa en que me daba aviso de Concordia, dándome un pormenor de la sorpresa que le había dado el Coronel Cristerna al General Donato Guerra en mismo Concordia, habiéndose salvado él y otros jefes y que le había mandado un buen guía para que lo sacaran rumbo á la Sierra y por donde yo andaba; advirtiendo que mi esposa y yo nos entendíamos por medio de clave, teniéndome al corriente de los movimientos del enemigo, sin temor de ser descubiertos sus avisos.

Ordené que saliera Roque con la fuerza, rumbo al Zapote, y yo con un oficial subí á la Sierra y otro día encontré al Señor General y marchamos para el Zapote. Llegamos ese día, recibió la fuerza y á los cinco días de estar allí, se tuvo la noticia de que se había pronunciado Pancho Cañedo en Culiacán. Marchamos rumbo á Cosalá y luego á Culiacán, recibiendo allí el mando. A fines de Julio me ordenó entregara el cuerpo de caballería al Teniente Coronel Quinteros y el de infantería al Mayor Vivanco, cumplí la orden, rendí mi parte y entregué mis estados de fuerza, por supuesto separando todo lo que á mí me pertenecía. Pasé á dar parte de palabra y á solicitar mi separación y me dijo:

No Camberos, ya Ud. se sintió porque di orden de que entregara los dos cuerpos, caballería é infantería: no Camberos, no se sienta conmigo, es Ud. uno de mis mejores amigos, y quiero tener amigos de mi confianza á mi lado: yo nombraría á Ud. Jefe del Estado Mayor, pero ya sé que no le gusta servir en él; he dado orden de que no se le nombre más servicio que el que le toque de Jefe de día, y si tenemos batallas, que es probable, le daré su columna que la mande y si sale bien y tenemos la suerte de triunfar y entramos á México le diré dos cosas que le han de gustar;

y como le preguntara cuáles eran esas cosas, me contestó que me las diría en México.

EI enemigo estaba en Elota y el General le decía a Cañedo que mandara llamar á Inzunza con su caballería para que fuéramos á atacar á la fuerza que estaba en Elota y Cañedo ponía miles de inconvenientes, á más que en el cuerpo de infantería eran modernos los Jefes y Oficiales. Entonces el General contestó: “Yo tengo Jefes y Oficiales en mi Estado Mayor y ellos mandarán esos cuerpos.” En esto tuvo el parte de que le había llegado caballería é infantería á Cristerna, entonces mandó al Teniente Coronel Roque con los de Ajoya y al Coronel Tápia con los de Concordia, con rumbo á los pueblos cercanos á Mazatlán y nosotros salimos de Culiacán el 14 de Agosto pasamos el río, allí estaba Inzunza con más de 300 caballos y pernoctamos en Moolo. Dijo el afortunado de Cañedo: en esta casa nos apearemos nosotros, su Estado Mayor en aquella, que estaba distante, á unas 40 ó 50 varas. Nos apeamos allí, el Coronel Vizcaíno, Ruvalcaba y yo, y el Estado Mayor se fué á la casa indicada. Al General le pusieron su cama, sábanas y almohadas, á Cañedo lo mismo y á los otros Jefes otra y á mi un Tajegüi. Empezó a llover, me estaba mojando, entonces me fuí á donde estaban los de Estado Mayor, llegué y luego me dieron una tarima, y no podía dormir por mi desconfianza. Serían las doce de la noche, lloviznaba, cuando veo llegar á una persona y me muevo preguntando: ¿quién, quién es? y me contestó: yo compañero, vengo á dormir un rato, allá no puedo dormir, le dieron una tarima y luego empezó á roncar (era el General Guerra) dejó su buena cama y salió como de incógnito para pasarse á la casa donde estaba alojado el Estado Mayor. Las casas como arriba he indicado guardaban cierta distancia topográfica donde estaban el General Guerra y Cañedo. Llovía, el piso era puro lodo y se salió como tomando monte. Yo al escuchar que estaba dormido, hablé á un compañero y le dije: ¿Conoce Ud. el terreno? Me contesto que sí. ¿ Quién más? Fulano… Pues bien, Uds. dos únicamente se encargan de salvar al General, lo sacan por Tamazula y de allí a los Fresnos con los Señores Guerreros. Ustedes y yo, mis compañeros, tenemos que resistir al mundo entero si se nos viene encima. No hubo novedad.

Y como Cañedo é Inzunza han sido compinches y ya estaban reunidos, el que mandaba la infantería era hermano de Cañedo, su conducta era sospechosa y la desconfianza aumentaba y otras cosas más.

El día 15 emprendimos la marcha, sesteamos en Paredones, allí le llegó el parte al General de que había entrado á Culiacán el Coronel Cristerna, dando un pormenor de la fuerza que llevaba. Entonces el Coronel Vizcayno le dice: “Señor General, sería bueno que hiciera una cosa.”— ¿Que cosa Vizcayno?—Que le diera 50 caballos á mi compañero Camberos y 50 á mí, y solo nos dá el rumbo para que vaya recibiendo los partes y nosotros irémos al encuentro del enemigo y contestó: ya verémos que se hace. Mañana después del sesteo saldrémos y pernoctarémos en el campo. Pasó el General y nosotros hasta la vanguardia, y á una distancia el guía nos sacó por unos barbechos y fuimos á cubrir la retaguardia. El 16 dejó a Cañedo en el Arrayán con más de 300 caballos cuidando la retaguardia, pernoctamos en una hacienda, el 17 entramos á Badirahuato, me nombraron Jefe de día, fuí á recibir órdenes y me dijo el General: como no le tocaba á Vd. servicio, ordené que lo nombraran á Vd.—Muy bien, Vd. sabe que siempre estoy listo, espero sus órdenes. Me dice: el enemigo ya pasó el río de Culiacán y viene sobre nosotros.—Déme, pues, sus órdenes.—-Ya le digo, tome sus precauciones… El 18 salimos á Santiago de los Caballeros y pernoctamos en aquel punto, tuve un desagrado con un Jefecillo y por no darle de tejeguazos, solicité una licencia, pues bien, al hacerlo, me dice el General: no, compañero, no quiera Vd. separarse de mi lado, y yo le dije: según estoy informado, vamos para Guadalupe y Calvo, y allí lo voy á esperar. No, compañero, no vamos derecho á Guadalupe y Calvo, vamos á encontrar á Susano Ortiz que viene del rumbo de Chihuahua, incorporándose Susano será diferente, ya tendrémos apoyo, pero ahora tenemos que aguantar y sufrir y yo sufro moral y físicamente. Si nos toca la suerte de triunfar, que sea Presidente nuestro Caudillo y que Vd. y yo salgamos bien, le ofrezco influir con el General para que por lo pronto le mande dar cuatro ó cinco mil pesos y después se le indemnizará todo lo que ha gastado en la pasada Revolución del Plan de la Noria y en la que actualmente sostenemos, é influiré igualmente para que se le conceda su retiro á dispersos con toda su paga. A otro día 19 de Agosto nos dió la sorpresa el Teniente Coronel, hoy muy merecido General Bernardo Reyes, de la que se salvó solamente nuestro general y los más Jefes Oficiales, fuimos hechos prisioneros y nos encerraron en un pequeño cuarto, siendo Jefe de la escolta que nos custodiaba el Mayor Alejo Ramos, hoy Teniente Coronel que manda la fuerza del Estado de Puebla. Serían las doce de la noche de aquel día cuando pedí permiso de que me llevaran al común, la noche estaba muy obscura y tras de la casa había una quebrada que seguía á la Sierra. Dió la orden diciendo: sale ese Jefe.—Contestó el Cabo: ¿lo llevamos? No,: tiene dada su palabra de honor ese Jefe. Yo me estuve como una hora vacilando sobre si me escapaba ó no. A mí me fusilan, pero se compromete mi palabra de honor fugándome, y no la tengo… que me fusilen, pero me llevo mi palabra de honor.

El 20 nos condujeron en burros á Santiago de los Caballeros y se nos entregó con el Coronel Cristerna y este quiso fusilarnos á todos, pero se opuso el Teniente Coronel Bernardo Reyes, y según supimos, se interesó también por nuestra suerte el hoy Coronel Melitón Hurtado.

Hace dos años que estuvo en esta ciudad de Chihuahua el General conocido por tío Lupe y me dijo que en Santiago de los Caballeros me había escapado de ser fusilado, que le dió esta orden el Coronel Cristerna: “saca Vd. de los presos al Tajegüi, á Cabada, á Bruno Cañedo, á Díaz y á Prado, y en aquella quebrada los manda fusilar; que al ir con su escolta á sacarnos lo vió el Teniente Coronel Reyes y le dijo: ¿á donde va, compañero? A cumplir una orden.— Espere.—Y fué con el Coronel, tuvieron sus palabras y mandó la contraorden.

Otro día nos sacaron de la prisión, mandaron cargar las armas y dió orden para que se fusilara al que en la marcha se cansara y lo dejaran descansando. Yo consideré que sería el primero por estar falso de una pierna á consecuencia de una herida que recibí el 19 de Marzo de 1859 en la Batalla de los Mimbres. Afortunadamente nos llovió en todo el camino aquel día y marchábamos de bajada. Pues, bien, le dije: Señor Coronel; dije al Jefe de la columna: si Vd. quiere que yo sea su prisionero deme en que montar, de no ser así, mande que se me fusile, pues me va haciendo sufrir mucho y siempre se me ha de fusilar. Estoy cojo de una pierna por una herida que recibí en una batalla. Me contestó: ¿cómo para revolucionar si puedo? Le repliqué: montando á caballo, puedo hacer lo que hagan los mozos.—Pues bien, no hay en que monte. Me senté en el lodo y le dije: no doy un paso más á pié, mande que se me fusile. Cosa de cinco minutos después me dice: ¿Podrá ir en burro? Contesté si puedo; y le quitaron un burrito bajito en pelo á una galleta y me lo dieron, en las bajadas tenía que agarrarme de la cola. En esto como estaba lloviendo, en una bajadita resbaló el burro y allí vamos, burro y yo á un arroyo, solamente que tendría algunas dos varas de profundidad de donde me sacaron, habiendo sufrido un descalabro en la cabeza y lastimado un pié, acabándome de atrasar. Con hambre y rota la cabeza, pernoctámos á la orilla del río por no haber podido pasar, y allí me lavaron con limón la herida y me la vendaron.

El día que nos hicieron prisioneros, el capitán Juan Solares nos dió 16 pesos y con esos tuvimos que comer, el segundo día nomás agua mucha que nos cayó, el tercero sufrí menos porque iban las galletas y me decían: tenga, le manda mi hombre, alguna gordita ó maíz tostado. A otro día entramos a Badirahuato, allí no tuvimos hambre, los vecinos nos mandaban qué comer, pero sufríamos de otra manera, porque solamente sentados podíamos estar ó recostados uno sobre otro porque el cuartito donde nos tenían era demasiado chico.

A los tres días supimos que había salido á una comisión nuestro Salvador y les dije á mis compañeros: mañana á las seis estamos despachados al otro mundo, Vd. Cañedo, Vd. Díaz, Vd. Cabada y Vd. Prado y me contestaron: no, ya no nos fusilan. Cuando á otro día, antes de las seis se presentó un oficial con una escolta diciendo: saiga el Coronel Camberos y dirigiéndome á mis compañeros les dije: yo voy primero, Ustedes irán en seguida, dicen que en el Valle de Josafat se vé uno, allá nos veremos; ¡Adiós! De allí me llevaron al 8° de caballería, supliqué al capitán de la escolta que me cuidaba que me regalara un pliego ó medio pliego de papel y me prestara recado de escribir y me contestó: Nó, Señor, está Vd. incomunicado. Entonces le repliqué: la carta que deseo hacer, Vd. la entregará abierta, suplicándole que Vd. por su propia mano se la entregue á mi familia en Concordia; Vd. la conoce.

Con el consentimiento, pues, de aquel oficial comencé a escribir, cuando se presentó la escolta, diciendo el Comandante de ella: salga el Coronel y en un renglón puse: ya no hay tiempo de escribir más largo. ¡Adiós, mis queridos hijos y adiós mi amante esposa! Tal vez para siempre, y salí cojeando, marchamos para un solar baldío y al otro lado de la calle vi un paredón y creí que allí me iban á dejar frío, pero al llegar á la esquina me dijo el oficial: “aquí, a la izquierda, pase Vd.” Y pase: allí estaba el Coronel Cristerna y el Capitán Rangel, que está hoy en México y no sé el grado que tendrá, porque lo ví de paisano, éste era el Secretario, y estaba también otro oficial. Me interroga el Coronel diciéndome: ¿Sabe Vd. en que punto están, una ó dos piezas ocultas y el parque?—Contesté: Si, Señor, si lo sé. De los prisioneros que venimos aquí, sólo yo sé donde están por haber ido con una fagina a ocultarlas. Pues diga Vd. en donde están. Lo que es eso no lo diré. Si no me lo dice lo mando fusilar, pero si me lo dice le perdono la vida. Mi respuesta fué obvia en estos términos: cuando me lancé á la revolución, sabía que tenía que morir en algún encuentro ó si caía prisionero, disponía mi enemigo de mí fusilándome, colgándome ó mandándome arrastrar. En cuanto á lo demás, no soy yo de esos hombres débiles que les dicen canta y después de que cantes, bailarás, pues yo no canto, disponga de mí. Entonces dijo: llévenlo y me dijo el oficial: saiga Vd. y salí, dí un flanco izquierdo para ir á donde yo pensaba que me darían el último adiós, no fué así, me llevó á mi prisión y siguieron sacando á los que yo se los había anunciado.

Me dijo Rangel que Cañedo se le hincó, suplicándole le perdonara, que tenía familia. Dizque le dijo Cristerna: “levántese, sinvergüenza, Vd. es más criminal que ese viejo, no lo mando fusilar por no fusilar á ese viejo”.

En Badirahuato me hicieron guaraches y salí yo muy garboso andando á pié, pero hacía un sol que quemaba, habíamos andado dos leguas cuando hice alto y le dije al Capitán de la escolta: —No me es posible andar más, mande que se me fusile, cumpla Vd. con la orden que le dieron. Y me contestó: No, mi Coronel, haga Vd. el ánimo, y le repliqué: no puedo, estoy baldado de una pierna, si lo estuviera de un brazo, tal vez pudiera hacerlo. En esto salió un macho del monte, y se paró á vernos, entonces el oficial lo mandó lazar, era manso, aunque tenía una matada de la cruz á la cola, monté en él, limpiándole antes la matada y pude ya continuar mi fatiga. Ese día se nos murió de insolación el capitán Tazuela, se cayeron desmayados también insolados dos dragones de sus caballos. Llegamos á las Higueras, en donde por compasión se pidió bagajes para todos los prisioneros; pero respecto de alimentos no los teníamos seguros, sino cuando la caridad pública nos los proporcionaba. Ya en Culiacán tuvimos que comer en abundancia, pues se nos mandaba de las casas particulares.

Nos condujeron para el Puerto de Altata, siendo nuestro conductor el hoy Coronel Melitón Hurtado, Secretario de la Comandancia Militar, quien nos trató con tales consideraciones que parecía que no éramos prisioneros; nos quedábamos almorzando algunos, y corríamos á alcanzar la fuerza, y en donde dormimos era una hacienda y allí unos íbamos á comer á unas casas y otros a otras como libres; pero ni uno faltó; nos entregó en el Puerto de Altata, allí nos embarcaron, y en su contra marcha, lo sorprendió Inzunza, dándole una carga al machete, saliendo herido nuestro conductor que tanto nos consideró. Esto lo supimos en Mazatlán y lo sentimos; y quien tuvo la culpa de ese percance, fué el Coronel Cristerna por el maltrato que nos dió, que no nos consideró como prisioneros de guerra, todavía si hubiéramos sido bandidos nos hubiera tratado mejor, pero era un apache.

En Mazatlán nos embarcaron en un vapor de guerra y navegamos con rumbo á Acapulco, como sacamos algo de víveres no sufrimos los primeros días, pero después se nos daba lo que sobraba en la mesa. Vino un chubasco y eso fué sufrir, treinta horas bañados y sin comer, venía la ola y arrojaba el barco y nosotros nos afianzábamos de algo para que no nos echara fuera la ola. A última hora empezaron á preparar salvavidas y á bajar los botes, pero á poco empezó a aflojar el viento y entramos á Acapulco, desembarcamos y nos metieron en un calabozo húmedo de bóveda, y toda la ventilación era una ventanilla que tenía una vara de largo y media de ancho, secamos con nuestros cuerpos la humedad, hasta que nos pusieron en libertad.

Fuente: Articulo autoría de: Juan B. Camberos. Tomado del libro; SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987. Creative Commons.

 
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