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ACTITUD DE FELIPE ÁNGELES DURANTE EL CUARTELAZO

 

Seguía el general Felipe Ángeles de jefe de las operaciones en el Sur, cuando acontecieron los hechos bochornosos del “cuartelazo”. El Presidente Francisco I. Madero, teniendo malos informes respecto a la fidelidad de Victoriano Huerta, pensó en la conveniencia de darle a Ángeles el mando de las tropas, pero éste, modestamente, hizo ver que siendo brigadier, su designación molestaría el orgullo de los generales de mayor graduación y más antiguos que él. Ya con anterioridad deseaba Madero que Ángeles fuese el Secretario de Guerra, pero el tacto y la sencillez de Ángeles sólo aceptaron la idea de que se nombrara a un general antiguo y prestigiado como Jacinto B. Treviño, Secretario de Guerra y a él subsecretario.

Los oficiales del Estado Mayor presidencial Gustavo Garmendia y Robert, hijos del Colegio de Chapultepec, sugirieron entonces al señor Madero la solución, consistente en nombrar jefe de las operaciones en el Distrito Federal al ministro de la guerra y jefe de su Estado Mayor al general Ángeles. La idea fue aceptada por el señor Madero, quien la comunicó a los generales Ángel García Peña y Victoriano Huerta, pero esta orden no fue cumplida y Huerta continuó en su labor de perfidia, retardando el anunciado asalto a la Ciudadela, y prometiendo siempre, con lujo de juramentos y servilismo, que acabaría con los sublevados. Cuando la alarma y las sospechas de deslealtad tomaron cuerpo en el ánimo del Presidente, desconfiando de todos, salió subrepticiamente para Cuernavaca en busca de ese general Ángeles en quien tenía confianza ilimitada.

Para dar una idea de cómo el ánimo de Madero era legalista y noble, como el de Ángeles, referiré, como nos lo contó don Alfredo Álvarez, honorable y puritano maderista, que durante el trayecto a Cuernavaca, acompañado del heroico capitán Gustavo Garmendia y del señor Álvarez, ardiendo en indignación decía Gustavo al señor Madero: “Ahora sí, señor Presidente, cuando regresemos a México hay que fusilar a todos los traidores inmediatamente”, a lo que el aludido respondió con ecuanimidad imperturbable: “Sí, Gustavo, luego que regresemos a la capital, vamos a consultar con algún abogado, la forma legal de procesar a los infidentes”.

Refiere don Manuel Bonilla Jr., en su libro El régimen maderista:

¡Qué final de excursión más desagradable!, parece que andábamos trabajando por la gloria y justificación de Genovevo de la O. Desde Santiago Tianguistengo el camino asciende casi en línea recta, asciende muy alto, muy alto. Y desde la cumbre se ve hermosísimo el valle de Toluca, la ciudad y los pueblos diluidos en la diafanidad del delgado aire a gran altura sobre el nivel del mar, de aquel valle y de aquella alta cumbre.

Es indecible la impresión de desagrado que experimenté al ver desde la cumbre el pavoroso aspecto con que se me apareció el valle aquella vez. Teodoro Jiménez Riveroll había ido quemando a su paso las cosechas hacinadas a la orilla del camino y aparecía éste delineado, desde Santiago Tianguistengo hasta cerca de Toluca, con hogueras neronianas. Lo peor del caso era que Riveroll podía decir que yo le había dado el ejemplo, quemando el campo de Genovevo. Y lo más triste aún era que, según supe después, Genovevo estaba en la cumbre emboscado, viéndonos pasar; el mismo Genovevo me lo comprobó posteriormente en Cuernavaca. “Lo vimos a usted pasar, y aunque no hubiéramos podido combatir contra sus tropas, lo habríamos podido matar a usted; ¿pero para qué lo matábamos? Usted había sido bueno con nosotros”.

Sólo me falta una plumada para acabar de referir lo más importante que sé de Genovevo de la O.

El relato de la embajada que me dio la Convención de Aguascalientes para los zapatistas sería, si lo hiciera, de lo más honorífico para Zapata, pero emplearía mucho espacio y no sería pertinente. Sólo voy a referirme a ella para dar el brochazo que me falta.

Fuimos los de la comisión, en automóvil, de México a Cuernavaca. En todos los destacamentos zapatistas del camino se nos recibió casi calurosamente, con honores militares y discursos oficiales; pero en Cuernavaca, alrededor de Emiliano Zapata, había expectación, incertidumbre y frío. Zapata estaba esperándonos de pie en la entrada del Banco de Morelos, Genovevo de la O estaba fuera, a un lado de la puerta, montado en uno de esos caballos que son apenas de más talla que un perro grande. Cuando llegamos a su inmediación, Genovevo preguntó con voz jovial, extendiendo el brazo y apuntándome con el dedo: “¿Éste es el general Ángeles?” Y como recibiera información afirmativa, dijo efusivamente: “Venga un abrazo”; me estrechó en sus brazos, el pueblo aplaudió y se interrumpió así, por un minuto, el frío de la recepción.

Ahora pregunto yo: ¿tiene derecho la sociedad para amparar los despojos que hacen los privilegiados contra los pueblos de los desheredados?; ¿tiene derecho la sociedad que permite el asesinato por los jefes militares, de los humildes indios, víctimas de bajas y viles intrigas?; ¿tiene derecho la sociedad que tolera la explotación de la guerra que hacen los oficiales para progresar en su profesión, a costa de la vida de las familias de esos pueblos?; ¿tiene derecho la sociedad que no ve con horror el incendio de las poblaciones, la conversión de los templos en cuarteles y caballerizas, que ve impasible que los indios son expulsados de sus hogares y andan errantes por los bosques como fieras?; ¿tiene derecho esa sociedad a reprochar a Genovevo que haga una guerra sin cuartel a sus verdugos y que caiga a medianoche sobre un campamento de soldados ahogados por el alcohol y los sacrifique?

El historiador de corazón, poeta liberal y amigo de mi patria, pinta con mano maestra la figura de Madero, el bondadoso apóstol de la democracia y quiere hallar en cada revolucionario un idealista, un redentor de genio, socialista o simplemente demócrata. Quizá ve a los zapatistas incultos rodeados de consejeros incompetentes, cometiendo graves errores de administración, de justicia y, en general, de gobierno. Los ve reacios, con justísima razón, a aliarse al nuevo tirano, porque lo sienten enemigo. Y como fueron enemigos del bueno y justo de Madero y persisten enemigos del falso continuador de la obra de aquél, el historiador, entristecido, los juzga elementos eternos de rebeldía.

¿Tendrá razón el historiador?

Las aspiraciones verdaderas de esos heroicos descendientes de Guerrero el insurgente, no son las de sus manifiestos, por otros escritos. Sus aspiraciones son más altas y más justas: desean que el vergel de Morelos no sea para ellos un infierno, exigen que se les deje gozar el paraíso con que les brinda su encantadora patria.

No tiene derecho la sociedad. No tiene razón el historiador. Es justificada la actitud de los zapatistas.

El culpable de que la anarquía se perpetúe, es el hombre de Estado que tiene helado el corazón y no entiende de amor. Ellos que exigen justicia, que tienen necesidad de justicia, quieren una mano verdaderamente amiga y saben responder a ella con nobleza.

Debemos, los mexicanos, estar orgullosos de esos valientes y altivos indios y anhelar ardientemente la aparición de un Zorrilla de San Martín que cante sus epopeyas.

Fuente: Articulo autoría de Federico Cervantes. Felipe Ángeles en la Revolución. Biografía (1869-1919). Colección Biografías Conmemorativas publicada por el Gobierno del estado de Hidalgo con motivo del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución. Gobierno del Estado de Hidalgo 2008. Creative Commons.

 
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