"FUSILE A ESE GENERAL...ORDENABA VILLA”

En los días siguientes a la toma de Torreón, Villa se dedicó a aprovisionar a sus tropas. Afortunadamente, los federales habían dejado intactas dos grandes bodegas repletas de alimentos que se repartieron entre los soldados y la parte más necesitada de la población civil, que tanto había sufrido durante el asedio.

Sin envanecerse por los resultados obtenidos ni por las aclamaciones entusiastas del pueblo, Francisco Villa instaló sus oficinas en el Hotel Salvador, el principal de la ciudad en aquel entonces, y comenzó a tomar medidas prácticas y necesarias. No quería que su gente olvidara que se hallaba todavía en plena campaña.

Ordenó a los generales Eugenio Aguirre Benavides, Benjamín Yuriar y Tomás Urbina que se mantuvieran alerta en los alrededores de Torreón, para evitar sorpresas desagradables. Su consejero principal, en ese entonces, era el coronel Juan Medina, jefe de su Estado Mayor, que había pertenecido al ejército federal y sabía bien cuáles eran las posibilidades de una reacción por ese lado. Los federales de Torreón, aunque totalmente desmoralizados, no habían sido totalmente aniquilados: se habían dirigido al Oriente para incorporarse a las columnas del general Trucy Aubert, que se encontraba en algún punto de la línea férrea de Torreón a Monterrey. Además, eran muchas y poderosas las columnas huertistas apostadas en la vanguardia y en la retaguardia de Villa. Este no pensó nunca dormirse en los laureles.

No podía proseguir su avance hacia el Sur, pues los federales estaban en la posibilidad de concentrar todo su ejército en contra del audaz guerrillero. Además, el enemigo, dueño aún de Chihuahua, Ciudad Juárez y todas las plazas del Norte de dicho Estado, podía colocar a la retaguardia del jefe revolucionario un núcleo fuerte de no menos de diez o doce mil hombres.

Consciente de todo esto, Villa embarcó en varios trenes a la mayoría de su gente y dejando atrás Coahuila regresó al Estado de Chihuahua. Antes de partir impuso un préstamo forzoso a los banqueros de Torreón y dejó al general Calixto Contreras con su gente custodiando la ciudad. Al partir, sus fuerzas se hallaban acrecentadas con miles de laguneros, que se le acababan de unir espontáneamente.

Los trenes villistas hicieron su primer alto en Camargo, donde Francisco Villa envió a buscar al general Manuel Chao, quien se había negado a acompañarlo cuando pasó rumbo a Torreón: la actitud de Chao, hasta entonces villista sincero, de "hueso colorado", se debió, según parece, a que comenzaba a alentar ambiciones de mando que, con fundada o errada razón, suponía bien vistas por don Venustiano Carranza, ya que éste, de paso rumbo a Sonora, le había manifestado sus deseos de que organizara las fuerzas constitucionalistas en el Estado de Chihuahua. Y esa fue la causa por lo que él se sentía jefe de los chihuahuenses.

No era Chao el único que se mostraba reticente con Villa. El general Benjamín Yuriar había empezado a criticar muy acremente la ordenanza del ejército impuesta por Villa a sus tropas para que aprendieran a ser disciplinadas.

Y aunque aquello no les gustara, fueron entrando por la senda de los reglamentos y los principios que nombran de la Ordenanza. Tocante a los haberes, sobre todo, ya no hubo muchos dispendios ni cuentas de administrador. Tantos jefes, tantos oficiales, tanta tropa, tantos caballos: Habilitación de tanto y nada más. Y todo eso, escrito en unos papeles que se firmaban y se llevaban de archivo, sin que faltara uno solo.

Yuriar no ocultaba su descontento y no se recató en mostrarlo. Villa lo mandó llamar por conducto del coronel Toribio Ortega y el general se insubordinó, faltando el respeto al enviado. Luego va el general Maclovio Herrera y recibe el mismo trato que Ortega. El general Villa le ordena al coronel Benito Artalejo que con una escolta le lleve preso al general Benjamín Yuriar. Al general Villa le importa, claro es, evitar que se relaje la disciplina en el ejército, pero más le preocupa la actitud del general Manuel Chao y se apresura a no dejar que aquella oportunidad se le escape. Ordena que se fusile al general Benjamín Yuriar. El coronel Juan N. Medina le sugiere que se forme inmediatamente el Consejo de Guerra, para que juzgue al citado general Yuriar. El general Villa, con aquella energía inflexible que posee, le da una respuesta:

-Señor, este jefe se ha insubordinado, y yo no estoy aquí para que nadie, entiéndalo bien, nadie juegue conmigo. A usted que es el jefe de mi estado mayor, le ordeno que me fusile a ese general y me rinda parte de haber cumplido con la orden y después organice, si es necesario, el consejo de guerra y que luego se me diga si yo hice bien o mal en ejecutar a un jefe que se me insubordina.

Al enterarse del fusilamiento del general Yuriar, Manuel Chao puso las barbas en remojo y luego luego se trasladó de Parral a Camargo, declarándose a las órdenes de Pancho Villa.

Ya dueño de la situación, comandante indiscutido de las tropas revolucionarias, Villa resolvió lanzarse sobre la ciudad de Chihuahua.

Fuente: www.revolucionentorreon.galeon.com.

 
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