historia.jpg

Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
PARTE DE LEONARDO MÁRQUEZ SOBRE EL COMBATE DE BARRANCA SECA

 

Excelentísimo señor general don Juan N. Almonte, jefe supremo de la nación

Presente

Excelentísimo señor:

El 17 del presente a las cinco de la tarde, que a la cabeza de mi caballería llegué al rancho del Potrero, que está al pie de la montaña, por donde descendía mi tropa luchando con todas las dificultades del terreno, que es, como vuestra excelencia [V. E.] sabe, sobremanera escabroso y pendiente, supe por mis exploradores que el ejército francés se hallaba acampado en la hacienda de Tecamaluca y en virtud de esta noticia di mis órdenes al señor general don Domingo Herrán, para que reuniese la fuerza y permaneciese con ella en aquel lugar, esperando mis instrucciones, partiendo yo inmediatamente para dicha hacienda con objeto de conferenciar con V. E.

En ella supe que su excelencia [S. E.] estaba en esta ciudad y seguí en el acto con el fin indicado, teniendo el honor de presentármele y conferenciar como lo deseaba.

Ya desde Tecamaluca había yo prevenido al señor general Herrán, que luego que estuviese reunida toda la fuerza, continuase en marcha hasta dicha hacienda, acampando allí aquella noche, para seguir por la mañana en los términos que expresaban las instrucciones que le di para el efecto.

Pero como siempre calculé que el enemigo que ocupaba las Cumbres de Acultzingo, había de hacer cuantos esfuerzos pudiera para impedir el movimiento que ejecutaba mi caballería o al menos para cortar la parte de sus fuerzas que le fuera posible, salí de esta ciudad por la mañana del 18 para ir a su encuentro y presenciar lo que ocurría, a fin de disponer lo conveniente.

Pronto vi que no me había engañado, porque uno de mis ayudantes de campo me avisó en el camino que el enemigo se hallaba al frente de mi caballería; redoblé el paso y al llegar a Barranca Seca, que es el punto en que se reúne el camino de la Cumbres que traían los contrarios y el del Potrero por donde venía mi tropa, encontré a ambas fuerzas ya formadas frente a frente una de otra a la distancia de tiro de mosquete.

El enemigo constaba de mil caballos, estaba organizado en cuatro columnas, dos en el centro y dos en los extremos, cubriendo su frente con una línea de tiradores, aprovechando los accidentes del terreno que ocupaba y extendiéndose desde la montaña en que apoyaba su derecha hasta la loma que queda al otro lado del camino principal, por su costado izquierdo.

Mi caballería tenía también una línea de tiradores al frente de los tiradores enemigos que ocupaban el mismo espacio; el señor general don José Domingo Herrán, que mandaba la derecha de la línea, tenía cubierto el puente por donde pasa el camino principal, con una guerrilla de 50 hombres y había situado dos columnas convenientemente, a retaguardia de sus tiradores, a las órdenes de los valientes coroneles don Antonio Salas y don Doroteo Vela.

El señor general don Juan Vicario, ocupaba con su división el centro de la línea y a retaguardia de sus tiradores tenía también dos columnas, una a las órdenes del coronel (sic) don Juan Vicario y otra a las del denodado coronel don Ponciano Castro y el señor coronel don José G. Campos, cerraba la izquierda con su brigada, manteniendo otra columna a retaguardia de sus tiradores.

Es justo tributar aquí el debido elogio a los señores generales don José Domingo Herrán y don Juan Vicario, y al señor coronel don José G. Campos, que son los que establecieron la línea de este modo, conteniendo al enemigo y cubriendo la marcha de sus fuerzas que estaban aún acabando de salir de la montaña, todo en presencia de aquél, sin que éste pudiera impedir ni dar un paso adelante por las buenas disposiciones de los jefes mencionados.

En la situación expresada se pasó la mayor parte del día, sin que ninguna de las dos líneas se moviera de su puesto, entreteniéndose sólo los tiradores en pequeñas escaramuzas de poca importancia; la enemiga sin atreverse a emprender nada y la nuestra sin poder verificarlo tampoco y ya, por la imposibilidad en que se hallaba a consecuencia del estropeo de la caballada y de la escasez de su armamento y ya también por lo mucho que disminuyó su fuerza, teniendo que enviar a esta ciudad toda la parte de ella que estaba completamente inútil.

Cerca de las cinco de la tarde se observó en el campamento enemigo la llegada de nuevas fuerzas de infantería y caballería, que habían sido colocadas desde mucho antes cautelosamente tras los accidentes del terreno que los ocultaba.

En seguida rectificó su formación la línea de tiradores enemiga; se notó movimiento en sus columnas de caballería y, cuando creyeron tener asegurada la victoria, se arrojaron repentinamente las tres columnas de esta arma, del centro y de la derecha, mezcladas con otras dos columnas de infantería, de más de mil hombres cada una que ya se les habían incorporado y atacaron el centro de mi línea con tanto valor y decisión que lograron penetrar en ella, mezclándose las fuerzas contrarias y las mías en medio de la lucha más encarnizada.

Al mismo tiempo, el ala izquierda del enemigo, formada de su columna de caballería de aquel costado y unida a otra de infantería igual a las anteriores, se arrojó con el mismo vigor sobre la derecha de mi línea; pero, menos feliz que sus compañeras, no logró llegar a mi campo y, antes bien, fue rechazada por los valientes que defendían aquel costado.

Apenas había comenzado la lucha de una manera tan decidida por ambas partes, cuando llegó a mi campo el 2º batallón del regimiento de infantería francesa número 99 que, para auxiliar a mi caballería, había hecho una marcha penosa de cinco leguas con una velocidad admirable y lleno de entusiasmo y de valor, tomó desde luego parte en la lucha mandado por su bizarro comandante Mr. Lefevre que, puesto a su cabeza, dictó hábil y activamente las disposiciones necesarias, las cuales fueron cumplidas por los valientes que lo obedecían.

Sin pérdida de momento la guerrilla de vanguardia fue la primera que entró en combate, ejecutando un cuarto de conversión sobre la derecha y rompiendo sus fuegos sobre el ala izquierda del enemigo; la primera mitad de compañía marchó de frente, dispersándose al mismo tiempo en guerrilla y rompió los suyos sobre el ala derecha de la línea enemiga que, como se ha dicho ya, había penetrado en nuestro campo y en él sostenía la lucha con la valiente división del bizarro general don Juan Vicario, que recibió una herida en aquellos momentos.

La segunda mitad de compañía hizo cuarto de conversión sobre la derecha y se posesionó del puente del camino que estaba en medio de los dos campos y por el cual pretendía pasar el enemigo.

Otra mitad de compañía, marchó de frente para reforzar a la primera, porque allí era el punto de ataque del enemigo, en cuya virtud había cargado por aquel costado la mayor parte de sus fuerzas.

En un momento se generalizó el combate; el intrépido comandante que mandaba la infantería, cargó denodadamente con el resto de su batallón formando en columna sobre el enemigo de nuestra izquierda, que se obstinaba en arrancar la victoria.

Entonces fue cuando más brilló el valor y disciplina de los bizarros soldados franceses, que seguían el ejemplo de sus valientes jefes y oficiales.

Al emprender su marcha el número 99, lo verificó también en su compañía la división de caballería del ameritado general don Juan Vicario, entretanto que la brigada del valiente coronel don José G. Campos que, como antes se ha dicho, cerraba la izquierda de nuestra línea, ejecutaba igual movimiento por su lado.

Mucha era la obstinación del enemigo por conservar su puesto; pero fue mayor el arrojo de nuestros valientes que se lo quitaron por la fuerza, conquistando el terreno palmo a palmo y demostrando la afamada infantería francesa que con el valor y la disciplina se vencen las dificultades en la guerra y se alcanza la victoria en el campo de batalla.

Ya se había logrado arrojar al enemigo y comenzaban los vencedores a perseguirlo, cuando de repente fuimos acometidos con el mayor vigor por otra columna de infantería enemiga que apareció por nuestro flanco izquierdo, batiendo encarnizadamente a los que ejecutaban la persecución y pretendiendo envolvernos por aquel lado.

Fue menester hacer alto para trabar la lucha con aquella columna; así se verificó sin perder momento; pero, aunque resueltos nuestros contrarios se empeñaban en pasar adelante, la columna de infantería francesa que con arma a discreción marchó a su encuentro, decidió la cuestión en aquel lado, arrollando a la columna enemiga y haciendo que se declarase su derrota en aquel flanco.

También por la derecha de nuestra línea estuvo la lucha encarnizada; el valiente general José Domingo Herrán, que mandaba en aquel costado, sostuvo el combate denodadamente, peleando sin cesar contra fuerzas muy superiores a las suyas; la infantería francesa que se batía en su línea contrajo un grande mérito, porque siendo en tan escaso número dio ejemplo de arrojo y bizarría pasando el puente y yendo a batir al enemigo en su propio campo.

La valiente división de caballería del general Herrán, unió sus esfuerzos a los de la infantería y pasando a la vez el mismo puente, logró batir y derrotar al enemigo en aquel lado y, emprendiendo desde luego su persecución, teniendo la gloria de reunirse en este movimiento con sus compañeros de armas que acababan de vencer en el flanco izquierdo y que seguían la persecución por aquel costado, la cual se continuó por espacio de una legua hasta la venta de San Diego.

Vuestra excelencia [V. E.] que conoce lo abierto del terreno en aquel lugar, comprenderá todo el estrago que sufrió el enemigo perseguido por nuestra caballería durante el combate, sin embargo de que tuve la satisfacción de defender yo mismo a los prisioneros, prohibiendo terminantemente que se les hiciera el menor mal y gocé a la vez el placer de ver a mis bizarros vencedores, luego que terminó la lucha, tender la mano de amigos a los mismos de quienes poco antes acababan de recibir una agresión tan encarnizada.

Mil y 200 prisioneros de infantería y caballería, montados los de esta clase y armados todos, la bandera de un batallón tomada por la valiente infantería del número 99; muchos fusiles, mosquetes, lanzas, parque, etc., etc., fueron los trofeos de esta victoria y sus consecuencias V. E. las está palpando.

Las fuerzas enemigas que acaudillaba Zaragoza en las Cumbres de Acultzingo, han abandonado esta fuerte posición y se han retirado hasta San Agustín del Palmar, que está catorce leguas a la espalda de dicho punto sobre el camino de Puebla, probablemente para replegarse a aquella ciudad en caso de ser atacada.

Tengo el honor de poner a disposición de V. E. 24 jefes y oficiales prisioneros, a quienes he guardado todo género de consideraciones.

Acompaño a V. E. marcados con los números del 1 al 3, los partes respectivos de los señores generales Herrán y Vicario y coronel Campos; bajo el número 4 verá V. E. la relación nominal de los jefes y oficiales prisioneros; bajo el número 5 el estado de los individuos de tropa que están en el mismo caso, los cuales como V. E. sabe, se hallan en libertad y defendiendo voluntariamente y con el mayor entusiasmo la causa santa de nuestra patria, que es lo que nosotros sostenemos.

El número 6 es el estado de los heridos que tuvimos. El número 7 es el de los muertos y el número 8 es la relación del armamento y municiones tomadas al enemigo.

Réstame sólo manifestar a V. E. que los valientes que combatieron en esta función de armas todos cumplieron con su deber, dando en esta jornada una lección severa a los cabecillas Zaragoza, Tapia, Negrete y Álvarez.

El primero que dispuso venir a derramar sangre de sus hermanos; el segundo que ejecutó sus órdenes; el tercero que le sirvió de segundo y el cuarto que mandaba la caballería.

Creo de justicia llamar la atención de V. E. respecto del comportamiento de los señores generales don Agustín Ziris y don José María Herrera y Lozada, quienes a pesar de no tener colocación, se presentaron en el momento del combate, movidos sólo de su valor y patriotismo.

El primero fue empleado como cuartel maestre y el segundo prestó muy buenos servicios.

De la misma manera hago presente a V. E. que el señor general Taboada, con la más grande actividad, desempeñó todas las comisiones que le confié, entre las que se cuenta la muy importante de venir hasta el Ingenio por la infantería, que condujo el mismo señor general, logrando que llegase en el momento más a propósito.

Y no puedo concluir este parte sin lamentar la sensible pérdida del bizarro coronel don Ponciano Castro, que murió a consecuencia de una herida recibida en lo más reñido de la lucha.

Aprovecho esta ocasión para reproducir a V. E. las protestas de mi alto respeto y distinguido aprecio.

Dios y Ley.

Cuartel general en Orizaba, mayo 23 de 1862.

Leonardo Márquez

Fuente: Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006. Litografía;  Constantino Escalante, Un Episodio en la Acción de Barranca Seca, En C. Escalante y H. Iriarte, Las Glorias Nacionales. Álbum de la Guerra, México, Litografía de Iriarte y Compañía, 1962-1963. Creative Commons.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia