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MEMORIAS DEL GRAL. JOSÉ MARÍA MAYTORENA SOBRE SU ACTUACIÓN POLÍTICA. 1907-1918

 

SUMARIO DE MI ACTUACIÓN POLÍTICA

Por el año de 1907 y después de un largo periodo de treinta años de paz mecánica en la República, habíamos alcanzado un estado de relativa prosperidad, producto de la construcción de vías férreas, de la inversión de fuertes capitales extranjeros, del establecimiento de una firme política financiera que se tradujo principalmente en un buen sistema monetario que facilitaba las transacciones, y del natural incremento de la población en todo el país, muy especialmente en los Estados del Norte que habían tenido tiempo de salir de su periodo embrionario y empezaban a desplegar a la vez que sus riquezas una grande actividad por parte de sus enérgicos pobladores; pero a los espíritus perspicaces y sinceramente patriotas no se les escapaba que, aunque brillante en el exterior, la situación era artificial, porque no descansaba sobre bases racionales y estaba expuesta a derrumbarse a virtud de vicios internos que visiblemente contenía.

Entre estos vicios, conviene, desde luego, hacer notar el primero, si no el más importante; radicaba en que la larga dictadura del General Díaz no había  tenido la prudencia de ver para el porvenir y, descansando absolutamente en su persona, estaba expuesta a dejar sumido al país en el mayor desconcierto cuando el dictador desapareciera, lo cual cada día era más inminente dada su ancianidad; pero a más de esto, en los Estados en particular había hondas causas de descontentos. Cada uno de ellos tenía a un anciano Gobernador vitalicio o una camarilla reducida alternándose en el poder. Y tanto el presidente como los Gobernadores descansaban en jefes políticos, representantes del Ejecutivo en las pequeñas localidades, que se arrogaban facultades omnímodas y arbitrarias, teniendo los pueblos sujetos a tiranías miserables que les hacían la vida difícil.

La autoridad judicial, que debería haber sido la válvula de escape en esa atmósfera tan cargada, no tenía libertad de acción; la justicia era un mito, arreglándose la mayor parte de los pleitos civiles y de las causas criminales, cuando asumían alguna importancia, por el buen parecer del presidente, gobernadores o jefes políticos, según el caso.

Pero sobre todo, esta vieja maquinaria de abuso descansaba sobre el pueblo pobre, que, en su desvalimiento, no tenía ningún poder ni fuerza que le garantizara el respeto a su vida, a su libertad y a su misérrima propiedad o trabajo personal. Sólo los grandes capitalistas medraban en tal situación. Evadían el pago de las contribuciones y por medio de los bancos y de sus altas relaciones políticas acaparaban los buenos negocios, obtenían ganancias fabulosas y absorbían la propiedad territorial.

Los problemas que suscitaba la sucesión presidencial, los clamores por la justicia de parte del pueblo y la avidez de los plutócratas, representados por el grupo llamado científico, hacían que los espíritus estuviesen amedrentados y los negocios empezaran a resentirse del desasosiego e incertidumbre reinantes. La sensación del peligro que se avecinaba se hizo general.

Por entonces el país creía que si se le dejaba en libertad de elegir un Vicepresidente capaz de conservar la paz y al mismo tiempo de efectuar reformas urgentes en la vida social, habría muchas probabilidades de que la tan temida transición ocasionada por la cercana muerte de Díaz, pasara sin perturbar gravemente la vida nacional. A esta creencia dio pábulo la explícita declaración hecha por aquél por medio de una entrevista concedida al periodista norte-americano Creelman. El candidato del agrado del pueblo para la Vicepresidencia, lo era por ese tiempo, el general don Bernardo Reyes. Se le consideraba buen gobernante, honrado, progresista y, sobre todo, enemigo del grupo científico.

Yo, como tantos otros en la República pertenecientes a la nueva generación, me afilié lleno de entusiasmo y buena fe en el que se llamo Partido Reyista, poniendo a su disposición mi persona y mis intereses y atrayéndome con ello las iras de la camarilla gobernante de Sonora, la que emprendió en mi contra una declarada persecución.

Desgraciadamente, ni el General Díaz fue sincero con sus declaraciones en favor del Gobierno del pueblo y del abandono voluntario de su poder dictatorial, ni el General Reyes estuvo a la altura de la situación; pues habiendo temido dar el paso decisivo que lo hubiera indudablemente llevado al triunfo, se plegó mansamente a las exigencias del Dictador y, sin lustre, tomó el camino del destierro, dejándonos a sus partidarios comprometidos, pero no desanimados para acometer y llevar a buen fin las reformas democráticas de la Nación.

Pronto surgió el hombre que personificaría las justas ambiciones de la Patria. Este fue el señor don Francisco I. Madero, hombre culto, miembro de una influyente familia, de un corazón generoso, sinceramente demócrata, de conducta personal inmaculada, fe de apóstol y valor civil ilimitado. La Nación lo recibió con entusiasmo y todos los que militábamos en las filas democráticas lo acogimos como a nuestro candidato para la presidencia de la República en las elecciones de 1910 que se avecinaban.

Es justo y necesario hacer constar que ninguno de los demócratas conscientes de aquella época, inclusive el señor Madero, en México, queríamos llevar al país a la revolución. Deseábamos hacer una campaña democrática, triunfar honradamente en las elecciones, y aun después cuando nos apercibimos de que el general Díaz, posponiendo a su ambición senil de la conservación del poder toda consideración de patriotismo o de simple buen sentido, se negaría obstinadamente a permitir el pacífico acceso a la presidencia a cualquier otro ciudadano, llegamos hasta a consentir que continuara ocupando la presidencia; pero a condición de que dejara al pueblo elegir libremente el Vicepresidente, los Gobernadores, y las Legislaturas de la Federación y de los Estados.

Pero a todo se negó el Dictador; quien, por medio de sus camarillas y de sus ancianos gobernadores, es decir, de su arruinada maquinaria política, no solamente puso obstáculos a la libre manifestación del voto público, sino que efectuó la habitual comedia electoral que le enajenó las escasas simpatías que pudieran haberle quedado en el país, que se veía atacado en sus partes vitales según se lo prevenía su propio espíritu de conservación. El clamor público se reveló y la revolución se impuso irresistible y espontánea.

Con muchas dificultades logré salir de Sonora obsequiando la invitación del señor Madero y reunírmele en la ciudad de San Antonio, Texas, donde contribuí con los elementos que me fue posible llevar al éxito de nuestra causa.

El mismo señor Madero, con sus facultades de presidente provisional de la República me había enviado a Guaymas con anterioridad mi nombramiento de gobernador provisional de Sonora; pero como al triunfo de la revolución el Estado lo deseaba que fuera en propiedad, no quise tomar ventaja de mi situación política y renuncié la gubernatura provisional para presentarme como candidato en las elecciones inmediatas. Mi elección fue prácticamente unánime, siendo el número de electores el mayor que hasta entonces se había conocido en los anales de esa entidad.

Habiéndome hecho cargo del gobierno de Sonora, desde el principio tropecé con graves dificultades, nacidas, principalmente, de la situación incierta y delicada en que se encontraba toda la República. En efecto, durante el interinato de De la Barra, los antiguos políticos científicos o porfiristas del Estado, trataron de obstruccionar mi labor y después la revolución, instigada por estos mismos elementos, de Pascual Orozco, que estalló en el vecino Estado de Chihuahua y pugnaba por extenderse a Sonora, me trajo nuevos problemas de difícil solución; sobre todo porque dieron al traste con los escasos elementos de que un solo Estado puede disponer para hacerle frente a un movimiento armado de la importancia de aquel.

Sin embargo, con el general apoyo de mis conciudadanos, ardientemente legalistas y partidarios del nuevo régimen, pude, a la vez que dominar los brotes revolucionarios y rechazar la invasión orozquista, afirmar mi personalidad política como legalista y sostenedora de la ideología de Madero que el pueblo se había  dado.

Sofocados los rescoldos de ese incendio y aun después de haber pasado la intentona revolucionaria del señor General Reyes, siguió la situación general en el país tan amenazante, que comprendí que era un deber prepararme para que ningún acontecimiento pudiera sorprenderme. A ese efecto gestioné con el señor Madero que continuara manteniendo las apropiaciones de fondos para el sostenimiento de los cuerpos auxiliares de Sonora.

El objeto ostensible del sostenimiento de los dos mil doscientos hombres que componían esas fuerzas, era el de mantener en respeto a los yaquis, quienes frecuentemente incurrían en su intermitente estado de rebelión; pero el verdadero no era otro que el de contar con una fuerza legal para en caso de que la reacción pusiera en peligro el nuevo orden de cosas. Sin embargo de la patente conveniencia que existía para la conservación de esa fuerza, tropecé para lograrla con muy serias dificultades, al grado de que tuve que ocurrir a la capital de la República para tratar personalmente con el señor Presidente este asunto. Por este tiempo las cosas empeoraban por momentos, habiendo ocurrido el pronunciamiento de la guarnición de Veracruz, llevada a cabo por manejos del general Félix Díaz, y aun cuando fue dominada la insurrección, el ánimo público siguió en efervescencia.

Hablé con el señor Madero sobre los tópicos del día manifestándole francamente que la situación era muy delicada y que entonces más que nunca, se imponía que los gobiernos genuinamente demócratas de la República tuvieran a su disposición elementos de combate y resistencia por si la situación lo requería. El señor Madero veía las cosas bajo un punto de vista más halagador, haciéndome presente con el sofocamiento de la rebelión de Félix Díaz el nuevo régimen se había consolidado, puesto que todos sus enemigos se encontraban o batidos o aprisionados, remitiéndome para la cuestión del arreglo de las apropiaciones, solicitadas a los señores Ernesto Madero, ministro de Hacienda y General García Peña, de Guerra y Marina; el primero manifestome que el erario federal no estaba capacitado para hacer esas erogaciones y el segundo la conveniencia de hacer ingresar las fuerzas auxiliares en el ejército nacional.

Yo estaba desesperado de ver la ceguedad que afligía a los mandatarios del país, quienes aparentemente no se daban cuenta de la situación que por esos días se había creado, de los peligros que rodeaban al gobierno y de las labores cada día más audaces de los oposicionistas. Sentía un gran afecto personal por el señor Madero y tengo la satisfacción de asegurar que fui ampliamente correspondido, porque el señor Presidente siempre me dio las más patentes pruebas de su confianza y de su sincera amistad; así es que doblemente me apenaba por el amigo y por el régimen que habíamos fundado con tantos sacrificios y con tantas esperanzas de honradas reformas para la Nación.

Al fin, resuelto a conseguir una resolución favorable y fortalecido por la íntima convicción que abrigaba de la conveniencia del triunfo de mis agencias, ocurrí definitivamente con el señor Presidente diciéndole que sería la última vez que le hablaría sobre el asunto de las fuerzas auxiliares, y que tan convencido estaba de la absoluta necesidad que había de conservarlas, que, o me acordaban los subsidios y autorizaciones convenientes, o yo renunciaría el gobierno del Estado de Sonora, pues no quería presenciar inerme la catástrofe que se avecinaba. El señor Madero se impresionó por mi actitud y por fin se acordó tres meses más de subsidios.

Al mes siguiente tuvo lugar el cuartelazo de la Ciudadela, seguido de la traición de Huerta y de los asesinatos del señor Presidente y del señor Vicepresidente de la República; pero debido a mi constancia y previsión, la Nación pudo contar con un núcleo de fuerzas locales, patrióticas y resueltas con que principiar la obra de la restauración constitucional.

Indudablemente la historia de México dedicará una página a los abnegados esfuerzos de Sonora en la lucha por la legalidad; pero el Estado habría sido impotente para enarbolar la bandera de la ley si sus fuerzas regionales hubiesen sido desbandadas o puestas a disposición de los jefes federales, como lo querían ciertos consejeros del señor Madero, demasiado cortos de vista y de perspicacia política. Y estas fuerzas no habrían sido conservadas sin el tesón y firmeza que desplegué para conseguirlo.

Por los días en que me encontraba en México gestionando lo que acabo de referir, me encontré en la propia capital al señor Venustiano Carranza quien estaba trabajando en igual sentido que yo para el mantenimiento de las fuerzas auxiliares de Coahuila, de donde era gobernador. Algunas veces hablamos sobre dichos particulares, cambiando opiniones sobre la situación que ambos veíamos peligrosa y cargada de asechanzas para un próximo futuro; entonces convinimos en, llegado el caso, aunar nuestros esfuerzos para el sostenimiento del régimen constitucional. A propósito de esto se ha echado a volar la calumniosa versión de que el señor Carranza y yo llegamos a un acuerdo tocante a un posible derrocamiento del señor Madero; esto es absolutamente falso. Nunca hablamos sobre algo que de lejos o de cerca tocara esa materia.

No sé si el señor Carranza llegó o no a abrigar algunas ambiciones personales en esa época; él jamás me dijo una sola palabra en ese respecto y antes, por lo contrario, ambos nos manifestamos resueltos a sostener el gobierno constitucional, cualesquiera que fueran las contingencias del porvenir. Además, mi adhesión personal y política al señor Madero estaba fuera de cuestión.

Arreglados los asuntos que me llevaron a la Capital de la República, regresé a Sonora y el primero de febrero de 1913 me encargué de nuevo del gobierno en la ciudad de Hermosillo, de donde luego me dirigí a Guaymas para atender a mi salud bastante quebrantada. Estaba en el puerto, cuando el día 9 me transcribieron de la secretaría de gobierno un mensaje del director de telégrafos de la ciudad de México, en el que se comunicaba que el General Mondragón había asaltado la prisión de Santiago Tlaltelolco y libertado al General Reyes y que los dos unidos y acompañados por los alumnos de la Escuela de Aspirantes, habían extraído de la penitenciaria al brigadier Félix Díaz, dirigiéndose todos juntos a atacar el Palacio Nacional. La noticia fue confirmada en otro telegrama del señor presidente Madero, a quien le conteste que el gobierno y el pueblo de Sonora apoyarían el régimen constitucional.

Inmediatamente que tuve conocimiento de los sucesos ocurridos en la capital de la República y que desgraciadamente habían confirmado con tanta precisión mis previsiones, lancé al pueblo de Sonora un manifiesto condenando el atentado y estimulándolo a mantenerse como leal sostén y defensor de la legalidad y me trasladé a la Ciudad de Hermosillo, donde convoqué a la Legislatura local a sesiones extraordinarias con el objeto de acordar una acción conjunta de los dos Poderes en el drama nacional que había principiado. A más de las sesiones oficiales que celebró dicho Cuerpo, tuvimos algunas reuniones privadas con el fin de cambiar impresiones sobre la situación.

El pueblo, en lo general, recibió con la más profunda indignación la noticia del ataque al régimen constitucional; continuamente se me enviaban adhesiones y ofrecimientos de innumerables ciudadanos decididos a engrosar las fuerzas defensoras de la Constitución; pero, entre las clases elevadas del Estado, había cierta tendencia a contemporizar; quizás hasta a pasar por el atentado. Me puse en comunicación con los prefectos de los diversos distritos y con los jefes de las fuerzas regionales, a todos los que hice venir a Hermosillo; también me puse en comunicación con los gobernadores de Chihuahua y Sinaloa, así como con el de Coahuila, señor Carranza, de quien recibí un mensaje exhortándome para prepararme si fuera necesario sostener la situación por medio de las armas y a quien le manifesté mi resolución de hacerlo así.

En tanto las cosas seguían su curso en la capital de la República de donde estuve recibiendo constantemente noticias optimistas de parte del propio señor presidente Madero y don Jaime Gurza, ministro de Comunicaciones; pero de parte de otras personas informes que denotaban intensa preocupación y pesimismo. Desgraciadamente estos fueron los que se confirmaron, puesto que, por la mañana, recibiera mensaje del señor Madero pintándome la situación como satisfactoria por la tarde se me entregó otro del general Victoriano Huerta en que me participaba, que con la autorización del Senado había asumido el Poder Ejecutivo y había  puesto presos al Presidente y a su Gabinete.

El 20 me comunicó Huerta que la noche anterior había protestado como presidente interino ante el Congreso de la Unión. A ninguno de sus partes telegráficos contesté.

El ministro García Granados, de Gobernación en el nuevo Gabinete, me repitió el aviso suplicándome coadyuvara al restablecimiento de la paz y el 22 el licenciado Rodolfo Reyes, también nuevo ministro de Justicia, me ofreció sus servicios como intermediario, invocando viejas relaciones y asegurándome que Sonora era la única nota discordante en la organización nacional.

En ningún momento vacilé en la elección del camino que debería tomar. Producto del nuevo régimen, es decir, del constitucional, identificado con sus ideales y coautor en su formación, no podía en forma alguna hacerme cómplice del mayor atentado cometido en nuestra República contra la voluntad del pueblo; de modo es que desde el primer momento me resolví a asumir la única actitud que mi deber me indicaba y que era la de defender la legalidad a toda costa. Pero a la vez que ésta era mi resolución, la más elemental prudencia me indicaba que siendo Sonora, como los acontecimientos lo demostraron, el único baluarte desde donde podría emprenderse la lucha en contra de los usurpadores y dependiendo de mis actos el curso de la situación, debía proceder con la mayor cautela, con el más grande tacto posible, para evitar que las fuerzas reaccionarias extirparan en sus comienzos el movimiento libertador.

La situación, sin embargo, era sumamente delicada también en Sonora: por una parte, el barniz de legalidad que la cobardía del Congreso de la Unión había dado al régimen de la usurpación, intimidaba a muchos espíritus timoratos y a ciertos intereses creados que supeditaban el bienestar general al suyo particular; por otra parte había fuertes guarniciones militares de la federación en Guaymas, en la región del Yaqui y en los distritos de Magdalena y Moctezuma, y por otra, finalmente, las fuerzas del Estado estaban diseminadas e importaba concentrarlas sin levantar las sospechas de los federales. Por todos estos motivos, mi primer problema era el de ganar tiempo, tanto para hacerme de los recursos suficientes en hombres y dinero, como para informar la acción política del Estado con el fin de presentar un frente robusto.

La misma efervescencia causada en la opinión por los acontecimientos de México, que fueron airadamente reprobados en Sonora, me sirvió a maravilla para mantener en respeto a los jefes federales, que pensaron impolítico precipitar una crisis en el Estado, esperanzados en conseguir por la vía diplomática lo que desde el primer momento juzgaron difícil obtener en otra forma.

Aún entre los mismos funcionarios de Sonora el atentado había reaccionado en forma diversa; algunos desde el primer momento abogaron por el desconocimiento inmediato de Huerta, otros vacilaban y pedían tiempo, otros evadían el cuerpo y no faltaron algunos que se inclinaran al reconocimiento de los hechos consumados. Así por ejemplo: en el Congreso local tres miembros de él, los Señores Alberto B. Pina, Eduardo  C. González, y Carlos Plank recomendaban un inmediato desconocimiento del régimen usurpador; otros tres diputados: don Ignacio Bonillas, Flavio A. Borquez y Cosme Hinojosa se alejaron de Hermosillo para eludir su responsabilidad y los demás se mostraban vacilantes y desconcertados.

En las juntas privadas a que he hecho referencia les expuse a los funcionarios, a quienes reuní en mi opinión particular, cuál era la verdadera situación, mi resolución personal de oponerme a la usurpación y mi deseo de que discutieran su propia actitud con libertad, reservándome el derecho de refrendarle dentro de mi esfera constitucional.

Después de vivas discusiones, no se tomó ningún acuerdo definitivo, resolviéndose que los Diputados se reunirían conmigo el siguiente día, todavía con carácter privado y antes de que se instalara la Legislatura, cuyas sesiones extraordinarias deberían abrirse esa misma tarde y en las que, conforme a las convocatorias, debería tratar: primero, del desconocimiento del general Victoriano Huerta, segundo, de las facultades extraordinarias al Ejecutivo en los ramos de Hacienda y Guerra; y tercero, de la autorización para trasladar los Poderes del Estado al punto donde se creyera más conveniente.

El 24 de febrero, teniendo ya conocimiento de los asesinatos perpetrados en las personas del Presidente y Vicepresidente de la República y del diputado don Gustavo A. Madero, acontecimientos que me causaron honda pena e indignación, tanto por el sincero afecto que a esas personas profesé, muy especialmente a don Francisco I. Madero, cuanto por la mancha arrojada sobre nuestro país por el doble crimen político y social, dirigí una nota a la Legislatura exponiéndole claramente la situación y excitando el patriotismo de los Señores Diputados para que en aquellos graves momentos cumplieran con su deber. Envié copia de todos los telegramas recibidos haciéndoles notar la excitación que en el público habían producido los acontecimientos de la Capital.

La Cámara en su sesión del día 25 resolvió en el sentido de que se dieran facultades extraordinarias al Ejecutivo en Hacienda y Guerra y que se le autorizara para cambiar la residencia de los Poderes, reservándose para acordar sobre el desconocimiento de Huerta dentro del periodo de sesiones extraordinarias.

En vista de los categóricos términos de la convocatoria que formulé para las sesiones extraordinarias de la Legislatura, me parece ocioso hacer hincapié en que mi actitud política fue suficientemente definida. ¿Qué otra cosa sino un implícito desconocimiento del régimen usurpador, podía haberme movido para solicitar resoluciones relativas a dicho desconocimiento y a las autorizaciones para mover el asiento de los Poderes y disponer libremente en los ramos de Hacienda y Guerra? ¿Son estos o no los preparativos racionales para una acción armada inmediata? ¿No constituía eso los primeros pasos lógicos, definitivos y trascendentales en el camino del rompimiento con el régimen huertista?

Es perfectamente sabido que en los grandes movimientos populares, cualesquiera que sea el país y la época en que se desarrollen, uno de los inmediatos fenómenos que se presentan es el del súbito y tumultuoso desbordamiento de las ambiciones personales; naturalmente que el fenómeno aparece en forma relativamente benigna en los países de sólida tradición y de añeja disciplina política, revistiendo sus más agudas formas en los pueblos de formación o de vida anarquizada.

En las revoluciones, la minoría de los hombres enérgicos que se encuentran en todas las sociedades, es la que se agita y pugna en medio del temor, la estupefacción o la inercia de la gran mayoría. Entre esa minoría unos son ambiciosos porque honradamente juzgan, aun cuando pudiesen estar equivocados respecto de su propio valer, que ellos son los únicos capaces de llevar a buen fin las relaciones que se persiguen, y otros, los más, son simples aventureros, que no persiguen otro fin que el de medrar sin reparar en los medios, así sean estos depravados o desprestigiadores de los esfuerzos de los pueblos. Pero unos y otros, son igualmente exaltados, produciendo con el choque de sus exaltaciones y con el afán de aparecer más decididos los unos que los otros, situaciones caóticas que han causado irreparables desgracias o han llevado el desastre causas que de otra manera habrían sido victoriosas. Pocos son los que mantienen su serenidad de criterio y su inflexibilidad de decisiones.

En nuestro pequeño mundo político de Sonora y en los tremendos momentos de la catástrofe nacional, el fenómeno apuntado se mostró con todas sus características. Entre los futuros defensores de la legalidad empezaron a surgir ambiciones desapoderadas y fuera de proporción con los méritos de los que la poseían; así es que no tardé en darme cuenta de que eran muchos los que deseaban apoderarse de la dirección de los negocios públicos con el fin de ver si era posible derribarme de mi puesto de gobernador para suplantarme en el, para lo cual principiaban a intrigarme.

Conociendo que yo, por mis antecedentes políticos, mi educación, sentimientos y situación personal, mis relaciones en el Estado y más que todo mi respeto a la Constitución y mi apego a las formas legales, no estaría dispuesto a seguirlos, ni mucho menos a guiarlos en una senda de atropellos y de atentados contra las personas inocentes o sus propiedades, exageraron sus demandas, proponiéndome medios de acción impropios de una sociedad civilizada y de una causa que precisamente invocaba la ley ultrajada.

Pero, como me di cuenta de que cada uno era ambicioso de por sí, con exclusión de los otros, en la reunión a que convoqué a los jefes militares de las fuerzas auxiliares, prefectos de los Distritos y principales ciudadanos del Estado, en la cual se me propusieron fusilamientos, ahorcamientos y exacciones y se aludió insidiosamente a lo que llamaban mi debilidad administrativa; de súbito, y conociendo de antemano cual sería la respuesta, después de haberles manifestado que yo no me consideraba capacitado para seguir una política de atropello y despojo, propuse lisa y llanamente mi renuncia del cargo de gobernador para dejarlos en libertad de nombrar un substituto, que, según ellos, tuviera más arrestos para acometer la empresa.

Tal como yo lo había  previsto, desconcertados ante mi actitud, unánimemente rechazaron mi oferta, haciéndome ver con numerosas argumentaciones que mi presencia como gobernador constitucional que era del Estado por el libre y espontáneo voto de la mayoría de mis conciudadanos, era irremplazable en las circunstancias. Naturalmente esto yo lo sabía  de sobra; pero al punto comprendí que en realidad se habían cumplido mis previsiones; esto es, que aquellos ambiciosos en embrión se dieron cuenta de que sus propias personalidades no estaban suficientemente sazonadas y con sus ataques y malquerencias a mi persona y sobre todo codicia a mi puesto, preferían que siguiera yo ocupándolo a que lo hiciera cualquiera de ellos con menoscabo de los demás.

En su rivalidad naciente prefirieron que no hubiese cambio en el gobierno. El tiempo que ha transcurrido ha venido a corroborar mi juicio; no era a José María Maytorena al que ellos atacaban; era al Gobernador del Estado. Apasionadamente ansiaban el puesto; salido yo de él, entre sí son mortales enemigos ahora, porque desgraciadamente no hay más que un cargo de gobernador para una docena o más de pretendientes. Calles, J. J. Obregón, Soriano, etc., han seguido la contienda entre ellos.

Sin embargo, por el tiempo aquel, sus exigencias se hacían cada día más insoportables, llegando el momento en que pusieron en peligro la existencia de la noble causa porque íbamos a combatir; pues valiéndose del hecho de que el tesoro del Estado se encontraba exhausto debido a que había anticipado fondos por cuenta de la Federación, para el mantenimiento de las fuerzas auxiliares y precisamente se estaban haciendo las liquidaciones respectivas cuando estalló el cuartelazo de México haciendo imposible el reembolso, empezaron a propalar entre la tropa, disgustada por los atrasos en sus pagos, que mía era la culpa por negarme obstinadamente a obtener el dinero de donde lo hubiera; o sea por medio de atentados o exacciones contra el orden público.

Ante el temor de que la causa fracasara, fue que decidí a consumar el mayor sacrificio de mi vida separándome del puesto temporalmente, parar de esta suerte el motivo de descontento entre las fuerzas que iban a luchar; extirpar de raíz las intrigas y de paso dejar que otros comprobaran que no era tarea factible la de implantar dentro de un gobierno constitucional, como lo era el local de Sonora, las medidas de terror que tan osada como impremeditadamente se proponían. Así fue como, con pretexto de mala salud, me separé del gobierno de Sonora con licencia de seis meses.

Eran tales las ambiciones de los políticos locales que fue arduo trabajo el de encontrar un gobernador interino; todos querían serlo. En fin, después de meditarlo mucho y de obtener la seguridad de que el designado llevaría adelante el programa del desconocimiento de Huerta y del levantamiento armado de Sonora, publiqué las leyes decretadas por la Legislatura, y habiendo ésta elegido al Diputado don Ignacio L. Pesqueira como gobernador interino, interpuse mi autoridad cuando una comisión, compuesta de los coroneles Obregón y Hill y teniente coronel Alvarado, se me presentó objetando la designación de Pesqueira, ordenándoles que respetaran el decreto del Congreso y prestaran subordinación y apoyo al Nuevo Ejecutivo.

Después de una dificultosa travesía hacia la frontera y haber sorteado el peligro de ser aprisionado en Nogales por las fuerzas federales, llegué a Tucson para hacer uso de la licencia que se me había concedido. En este punto continué sin desmayo en el servicio de nuestra noble causa, alentando los distintos movimientos que estallaban en la frontera, ayudando pecuniariamente a varios de los futuros caudillos y siendo objeto de reiteradas y sucesivas instancias tanto del régimen usurpador como de las cámaras de comercio de Sonora y de elevadas personalidades de la República, solicitaban mi adhesión al régimen huertista presentándome, como argumento patriótico, la consecución de la pacificación nacional.

Siempre he juzgado que ésta solamente se conseguirá por el respeto a la ley; y nunca creí que un régimen nacido de un ultraje a nuestra Constitución y cimentado sobre un doble crimen, pudiera ser el encargado de conseguir la paz de los espíritus y de llevar a cabo las justas reformas políticas y sociales por las cuales el pueblo se había conmovido.

Por esa época, el gobierno huertista hacía toda clase de esfuerzos en Washington para obtener el reconocimiento de su gobierno por parte del de los Estados Unidos y temiendo que sus agencias tuvieran algún éxito, me dirigí a Mr. Bryan, en mi calidad de gobernador constitucional del Estado de Sonora objetando a dicho posible reconocimiento.

Durante todo este tiempo la opinión pública en el Estado no cesó de serme adicta, conociendo lo cual, mis enemigos se dieron a propalar que el verdadero motivo de mi salida de Sonora debía encontrarse en mi debilidad de carácter y aun en mi carencia de valor personal para arrostrar los peligros de la lucha en contra del huertismo, llegando algunos, en la ceguedad de sus pasiones hasta atribuirme entendimiento con el enemigo; !a mí, que acababa de rechazar todas las ofertas de avenimiento que reiteradamente me fueron hechas por el régimen usurpador!

Justamente indignado con tales especies, que tendían a desfigurar los móviles que me habían impulsado a obrar en aquella circunstancia, decidí presentarme en Hermosillo, en el periodo álgido de la campaña y antes de que se dieran los combates de Santa Rosa y Santa María, con el objeto de ofrecer mis servicios como simple ciudadano en el lugar del frente que se me señalara. A ese efecto me apersoné con el señor Gobernador Interino el 30 de abril y le expuse enérgicamente mis deseos. El señor Pesqueira me manifestó que todos los funcionarios de Sonora estimaban en lo que valían mis ofrecimientos patrióticos; pero que el temía que dada mi personalidad, pudieran surgir algunas diferencias entre los jefes y que ello, en lugar de servirle a la campaña, la perjudicara ocasionando un fracaso.

La verdad era que tanto el gobernador interino como los principales jefes de las fuerzas del Estado, temían, el uno, que yo asumiera el cargo de gobernador y los otros, el de jefe militar, por lo que me apresuré a quitarles esa aprensión, manifestándoles muy claramente que no eran esas mis intenciones, sino las de probarles por medio de actos de esfuerzo personal que si había dejado el gobierno, no había sido por rehuir la lucha sino por las causas que atrás dejo relatadas.

No obstante mis reiteradas manifestaciones en ese sentido, mis enemigos continuaban inquietos con mi permanencia en el Estado. Por medio de agentes que tenían en la frontera, solicitaron que se me pidiera la renuncia de mi cargo y aun algunos de los diputados y jefes Militares, de los desafectos tuvieron juntas privadas para acordar ese paso; siendo el entonces Coronel Obregón uno de los más empeñados, desde el momento que era el más temeroso de que yo fuera al frente.

Para darle más fuerza a sus intrigas, circularon profusamente hojas sueltas en mi contra; pero como las repartieron en los campamentos militares, se suscitó tal efervescencia y desagrado entre las tropas, que abiertamente proclamaban su adhesión a mi gobierno constitucional, que los jefes se alarmaron telegrafiando en ese sentido el coronel Cabral a Plutarco Elías Calles y Carlos Félix a A. Obregón; este último en términos vehementes.

Estas manifestaciones, así como las no menos expresivas de la opinión en todas las clases sociales de Sonora amedrentaron a mis enemigos, que al fin no se atrevieron a presentárseme pidiéndome la renuncia.

Por otra vez, aunque ya divididos, todavía hicieron grupo en mi contra, porque juzgaban su posición amenazada.

En vista de que el principal objeto que me prometí se había logrado con mi llegada a Hermosillo, que era el de demostrarles que no les temía ni a ellos ni a la campaña, y de que mis servicios no fueron aceptados, me decidí a regresar a Tucson, donde me encontré con un telegrama del señor Carranza en el que me decía que enviaría una persona para hablar conmigo. En efecto, poco tiempo después, se me presentó el señor licenciado Jesús Acuña en nombre del señor Carranza, a quien le di datos sobre la situación de Sonora y la buena marcha de la campaña contra los huertistas, encargándole hiciera presente al señor Carranza que próximamente estaría con él para un cambio personal de impresiones.

El 2 de julio salí para Coahuila; al llegar a Piedras Negras supe que el señor Carranza se había internado y en su seguimiento llegué hasta Gloria, en las inmediaciones de Candela, donde dicho jefe tenía su cuartel general en el punto llamado San Antonio. Tuvimos una conferencia muy extensa y cordial en la cual tratamos sobre todos los asuntos concernientes al movimiento constitucionalista y demás tópicos de política nacional.

Como me dijera que debíamos caminar unidos porque, ante el país, él y yo éramos los responsables de la resistencia a Huerta, le repliqué ofreciéndome a permanecer a su lado para que arrostráramos juntos los peligros de la situación; no consideró conveniente mi propuesta, manifestándome que era preferible que quedara en reserva para el caso de que él fuera víctima de alguna desgracia; pero en cambio me ofreció una cartera en el gobierno que empezaba a organizar. A mi vez decliné este ofrecimiento, exponiéndole que mis servicios serían más efectivos en mi Estado, donde la lucha de ambiciones que se había desencadenado podría poner en peligro la causa constitucionalista.

Aproveché la oportunidad para hacerle una fiel exposición de la situación política en Sonora, haciéndole ver como ya apuntaban diferencias entre el grupo de revolucionarios que encabezaba Obregón y que eran los que habían luchado en la campaña orozquista y los que encabezaban Salvador Alvarado, Cabral, Bracamontes, Calles y varios civiles con el apoyo ostensible del gobernador interino Pesqueira, ambos grupos formaban la masa de mis opositores y obstruccionistas, no obstante que la opinión general en el Estado me era adicta, así como todos los jefes y soldados que habían combatido desde 1910. Al terminar nuestra conferencia me manifestó que como Huerta le había cargado muchas fuerzas y él, Carranza, se encontraba escaso de parque y elementos, procuraría encaminarse hacia Sonora, a donde enviaría anticipadamente al licenciado Escudero, entonces secretario de Hacienda y Crédito Público, para que en aquel Estado organizáramos el núcleo principal de resistencia y ataque y el gobierno constitucionalista.

Después de haber hablado con el señor Carranza lo más extensamente posible (dada la situación que era en extremo crítica por estar siendo atacado) me despedí de él, habiendo sido tomada la plaza de Monclova unas horas después de mi salida del campamento, por las fuerzas federales al mando del general Maas.

A mi regreso, en Tucson, me encontré con que, como me lo había imaginado, mis enemigos que se habían unido en mi contra, todavía cuando estuve en Hermosillo, en mayo, se encontraban en lucha abierta unos contra otros. Alvarado había logrado que se le enviara rumbo a Chihuahua; cosa que éste estimaba como la mayor calamidad, al grado de que abatido y desmoralizado, pensó separarse de la revolución y trasladarse a los Ángeles, California, con pretexto de salud. Además, el descontento prevalecía en el ejército, al extremo que se temían agitaciones internas y los elementos populares se encontraban excitados, porque se daban cuenta de que la camarilla que gobernaba tendía a quedarse con el poder, no vacilando ni en buscarse conflictos personales con tal de lograr su intento.

Al tener conocimiento de estos incidentes le escribí al señor Carranza recomendándole el nombramiento de Obregón como jefe de las fuerzas del Estado y ya resuelto a salir nuevamente para Hermosillo para recibir el poder, telegrafié al mismo señor Carranza comunicándole mi determinación y encareciéndole de nuevo la conveniencia de hacer el nombramiento en favor de dicho Obregón. El 28 de julio llegué a Nogales, donde, para dar una prueba de moderación y de cordialidad, acepté asistir a una junta a la que concurrieron el gobernador interino Pesqueira, el general Obregón, don Juan Sánchez Azcona, don Heriberto Frías, los diputados don Ignacio Bonillas, y don Roberto V. Pesqueira, el coronel Manuel M. Diéguez, el Teniente Coronel Plutarco Elías Calles y algunos otros oficiales.

Yo no ignoraba que se trataría en dicha junta de imponerse condiciones para la entrega del poder y aunque estaba resuelto a asumirlo sin ninguna traba, en su plenitud constitucional, oí pacientemente lo que se me dijo. Querían exigirme un programa de gobierno, la promesa de separar de mi lado a algunos de mis amigos y conservar en sus puestos a empleados nombrados durante el interinato, y, en cierta manera, imponerme la supremacía de Pesqueira; quien se decía General con despacho emitido por el señor Carranza y jefe de la división del Noroeste. Rechacé con dignidad aquellas exigencias, asegurándoles sin embargo, que pondría de mi parte todo esfuerzo encaminado a la buena marcha de la revolución y a la cohesión de los elementos dirigentes del Estado; que apartaría de la administración los malos empleados y respetaría los buenos, sin distinción de ninguna especie, a no ser la de los propios méritos de cada cual y que en todo caso sabría cumplir con mis deberes y con lo que la patria esperaba de nosotros en los momentos porque atravesábamos.

Cuando tanto Pesqueira como los que lo seguían, comprendieron que su intriga había fracasado, se brindaron a acompañarme a Hermosillo; pero como no se encontraron en Nogales cuando consideré necesaria mi presencia en esa capital, hice mi viaje solo, habiendo tenido la satisfacción de que todas las clases sociales de Hermosillo me acordaran una entusiasta recepción que constituyó la más palpable prueba de su adhesión, el 4 de agosto recibí el poder ejecutivo con las formalidades de estilo.

Uno de mis primeros actos al tomar nuevamente el gobierno, fue el de cumplirle la voluntaria promesa, que de Nogales le hiciera a Obregón, de restablecerlo en su carácter de jefe de las fuerzas de Sonora, a cuyo efecto le expedí el nombramiento respectivo.

Como mi intención al redactar este sumario de mi actuación política en Sonora, es únicamente la de señalar, en la más breve forma posible, los incidentes que me llevaron a la posterior separación del señor Carranza y justificar las razones que me impulsaron a ello, haré simplemente una narración sucinta de los acontecimientos principales que tuvieron trascendencia en ese sentido, remitiendo a las personas que deseen conocer en extenso mi interpretación de los sucesos acaecidos durante mi gestión administrativa, a mi informe que rindo al pueblo del Estado y que se encuentra en vías de publicación.

Como dije atrás, el señor Carranza salió de estación Gloria con la intención de efectuar su viaje hacia Sonora, pasando por los Estados de Durango y Sinaloa; emprendió esta travesía con muy escasos elementos y, después de haber asistido a los infructuosos ataques de Torreón por las fuerzas constitucionalistas, se desprendió con rumbo a la sierra. En este punto perdimos sus huellas y dejamos de tener noticias de él por bastante tiempo, circunstancia de la que se aprovecharon los huertistas para echar a volar la especie de que había perdido la vida en las montañas.

La alarma cundió en todos los grupos legalistas, al grado de que por los primeros días del mes de septiembre de 1913, recibí una carta de don Heriberto Barrón, en la cual me decía que, con acuerdo del General don Jesús Carranza (hermano de don Venustiano) y de los principales jefes y oficiales de la división del Noroeste, sujetaba a mi parecer el proyecto de formar un gobierno provisional del cual fuéramos jefes el licenciado Francisco Escudero, único secretario en el gabinete del Primer jefe, a la sazón representando la revolución en Washington, y yo, como gobernador constitucional del Estado, y por lo consiguiente los dos funcionarios civiles de más categoría en la revolución, en previsión de que, si la muerte del señor Carranza se confirmaba, el gobierno legalista no careciera de organización y por esa causa fuera a fracasar en sus nobles intentos.

No se me escaparon la trascendencia de tal proyecto, la fuerza que podría tomar dicho gobierno provisional y las modificaciones que podría imponer sobre la marcha política de la revolución; supuesto que en el caso de que, como sucedió, apareciera el señor Carranza, éste tendría que admitir los hechos consumados y entrar en arreglos con el nuevo gobierno, el cual, aunque hubiera sido encabezado por él, habría desde un principio asumido una forma más democrática.

Sin embargo, la doble consideración de que, por contra, el nuevo gobierno constituyera un motivo de discordia en las huestes constitucionalistas y de que se creyera que yo había aprovechado la oportunidad que se presentaba para mi propio encumbramiento arrojando sospechas sobre la pureza de mis móviles y la sinceridad de mis ideales, me hizo inclinarme a mantener la situación como se encontraba, por lo menos hasta que se aclarara la suerte del señor Carranza; pero como en la misma carta a que me he referido se me decía que en igual sentido se había dirigido Barrón al licenciado Escudero, quise proceder de acuerdo con éste y cambiar impresiones para tomar sobre mí mismo toda la responsabilidad de este delicado asunto; al efecto telegrafié a Washington de donde inmediatamente me contestó el referido letrado, manifestándome que convenía esperar el regreso del señor Carranza, a toda costa, para no poner en peligro la unidad revolucionaria y solamente proceder a la creación de otro gobierno constitucionalista cuando no cupiera duda respecto a su desaparición.

Dimos con esto una prueba de disciplina y lealtad que el señor Carranza ignoró o afectó ignorar, pero que de cualquiera manera nunca supo estimar en lo que valía.

En cambio mis enemigos en el Estado no descansaban en su tarea de poner las bases de mi futuro distanciamiento, porque a sus ulteriores fines convenía que el Primer jefe me mirara o como un gobernante inepto y un revolucionario tibio o como un ambicioso anhelante de suplantarle en el poder; a ese efecto don Adolfo de la Huerta y don Roberto V. Pesqueira, que en calidad de representantes privados, uno de la Legislatura de Sonora y el otro del gobernador interino, habían asistido a una conferencia tenida en Monclova con Carranza y con el doctor Navarro, que se decía representante de Chihuahua, cuando hube tomado posesión del gobierno rindieron un informe sobre el resultado de su comisión, expresando que habían reconocido en nombre del Estado la jefatura del señor Carranza, invistiéndole con las atribuciones de presidente interino de la República; con lo cual la Legislatura de Sonora expidió un decreto en ese sentido, es decir adhiriendo el Estado al Plan de Guadalupe proclamado por el señor Carranza e invistiendo a dicho jefe con el carácter arriba indicado.

No obstante que muchos hijos de Sonora, de perspicacia política, de buena fé, y de acendrado patriotismo, se oponían a que publicara esa ley, haciéndome ver los peligros que podría acarrear para el futuro de la revolución, y de que mis amigos, en especial me manifestaron sus temores de que esa festinada adhesión no significara en el fondo más que el deseo de anularme, yo publiqué la ley, pues sinceramente nunca abrigué ambiciones hacía otro puesto que el que desempeñaba y mi mayor deseo era contribuir con todas mis fuerzas al triunfo del movimiento legalista.

Por entonces tuve noticias de que el primer jefe había hecho su aparición por el lado Occidente de la sierra en territorio de Sinaloa y de que se presentaba en escena seguido de un reducido número de hombres mal armados y carentes en absoluto de parque, víveres, ropa y dinero. Telegrafié al Gobernador Riveros recomendándole le atendiera y tan luego como supe que había pisado territorio de Sonora dí órdenes a las autoridades comarcanas de que le prestaran todo género de facilidades; posteriormente le envié recursos suficientes y ropa para su tropa, para que hiciera su entrada en Hermosillo dignamente.

El General Obregón, sin pedirme autorización para ello, en compañía de Adolfo de la Huerta y de Alfredo Breceda, se encaminó a su encuentro, so pretexto de darle la bienvenida; en realidad para prevenirlo en mi contra.

Cuando el señor Carranza llegó a Sonora, su personalidad era muy poco conocida, casi ignorada, así se lo manifestó en Estación Maytorena; agregándole que el Estado era maderista y maytorenista y que si se había levantado en armas era para restablecer el orden constitucional y castigar a los autores del atentado perpetrado en las personas del Presidente y vicepresidente de la República; pero que yo procuraría hacerle ambiente político y la popularidad que le era tan necesaria para el desempeño de su cometido. En efecto, comisioné a los Señores Juan Sánchez Azcona, Isidro Fabela y otras personas más, entonces de mi devoción, para que por medio de la palabra y de la prensa emprendieran una amplia y sistemática campaña en ese sentido.

Hay que advertir que tanto Sánchez Azcona como Fabela, habían estado en Piedras Negras, donde el señor Carranza no tuvo a bien hacer uso de sus servicios y que encontrándose en situación desesperada les brindé un abrigo a mi lado. Ambos, después, lograron hacerse del favor del señor Carranza abandonando sus posiciones a mi lado.

Aun cuando había expedido nombramiento en favor de Obregón reponiéndole como jefe de las fuerzas del Estado, éste, muy lejos de haberme quedado agradecido, hizo las paces con sus enemigos de la víspera y prontamente quedó a la cabeza de los que me eran desafectos; tal actitud, naturalmente, me hizo abrigar el deseo de despedirlo nuevamente; pero él logró obtener del señor Carranza un nombramiento festinado que me privara de la libertad de acción, pues que sin oír mi parecer, se apresuró aquel a expedir dicho nombramiento, no obstante que se daba perfecta cuenta de que tal cosa debilitaba mi posición como jefe del Ejecutivo en el Estado.

A pesar de esto, yo con la mejor buena fe, con el más sincero deseo de ayudarle al Primer Jefe y con el mayor entusiasmo por el triunfo de la causa, desoyendo los consejos de mis amigos prudentes y desconfiados, ya no tanto por la suerte del Estado, sino en general de la revolución y de la República, fui entregándole, sin condiciones de ninguna clase, los ramos de servicio federal de que se había hecho cargo el Estado, el -dinero de las aduanas y hasta las fuerzas regionales; en una palabra, me entregue en manos del Primer Jefe, sin regateos ni vacilaciones, dándole con esto una prueba de confianza y patriotismo que yo creí sabría estimar.

Hubo un momento en que pensé, por la cordialidad de nuestras relaciones personales y por las facilidades de nuestro íntimo contacto, que él y yo marcharíamos en perfecto acuerdo; e indudablemente esto pudo haber acontecido para bien de todos, si no hubiera sido por las intrigas de mis enemigos que estaban resueltos a distanciarnos porque en ello cifraban el logro de todas sus ambiciones.

Así fue como, en la gira que hicimos por el Norte del Estado, los oposicionistas trataron de crearme situaciones difíciles, procurando propalar entre los obreros mala voluntad hacia mi persona y mi administración, aunque sin resultados, y cómo, finalmente, en una fiesta cívica, un orador, Soriano, perteneciente en cuerpo y alma al partido de la oposición, se atrevió, en presencia del mismo señor Carranza y de todos los altos funcionarios de la Federación y del Estado que le acompañaban y de la misma mía, lanzarme toda clase de improperios, no solamente hollando mi investidura constitucional sino faltando al respeto más elemental a todos los circunstantes y aun violando las reglas de la más rudimentaria educación. Lejos de haber presenciado un ademan enérgico de condenación a tal ultraje, tuve la pena de ver que el señor Zubaran, secretario de Gobernación en el régimen constitucionalista, felicitara al insolente.

Además, palpablemente, y día a día, la labor de intriga de mis enemigos hacía visibles progresos en el ánimo del señor Carranza, no obstante mis esfuerzos en sentido contrario, apoyados en el seno mismo del gobierno constitucionalista, por los Señores General Ángeles, subsecretario de Guerra y licenciado Escudero, secretario de Relaciones y de Hacienda, ambos antiguos maderistas y revolucionarios de convicciones como ya he dicho anteriormente, el General Obregón era mal mirado en el cuerpo de tropas que estaban bajo su mando; y, sobre todo, seguían las rivalidades entre el y los otros jefes, Calles, Cabral, Bracamontes y principalmente Alvarado.

Le reprochaban que no hubiese podido llevar a buen término la toma del puerto de Guaymas, no obstante contar con los elementos indispensables para ello y el buen espíritu de las fuerzas revolucionarias en general; se decía que prefería permanecer en Hermosillo, ocupado en intrigas políticas y en fiestas sociales a desempeñar sus obligaciones como jefe de operaciones.

Este estado de desasosiego en el ejército llegó a su punto culminante cuando se me presentó, a fines de diciembre de 1913, una comisión de las tropas que estaban en los campamentos de Tres Jitos y Maytorena, compuesta de tres jefes, apoyados por Alvarado, que seguía pretendiendo ser el jefe, quienes me dijeron que deseaban solicitar personalmente del señor Carranza quo le retirara el mando al General Obregón, por los motivos que tengo expuestos. Por la determinación y aun la exaltación con que me hablaron comprendí que de la conferencia que tuvieran con el señor Carranza podría resultar un choque, pues no vacilaron en manifestar que, para conseguir su fin, llegarían hasta el grado de aprehender a Obregón y aun al mismo señor Carranza, si tal cosa se hacía necesaria. Procuré calmarlos manifestándoles la necesidad que había de proceder con prudencia y ofreciéndome a tratar el asunto personalmente con el Primer Jefe, uniendo a la de ellos mi propia solicitud.

Una vez que logré que los jefes se tranquilizaran y volvieran a sus campamentos, hablé con el señor Carranza expresándole lo delicado de la situación y la necesidad que se imponía de atender el deseo de las fuerzas para evitar se rompiera la unidad de la revolución y se diera escándalo que indudablemente sería aprovechado por los federales. No obstante que le expuse que para que no se resintiera la disciplina podría encontrarse una forma discreta que satisfaciera los deseos de las tropas, el Primer Jefe afectó creer que se trataba de ejercer sobre él una imposición. Como mis gestiones no tuvieron otro resultado que exacerbar su obstinación y aun ponerlo en estado de reserva hacia mí, consideré llegado el momento de que tuviéramos una explicación franca, que resolviera de una vez por todas la situación y aclarara, para bien de la causa, nuestras respectivas actitudes.

Entonces, previa una recapacitación que hice de todos los agravios que había recibido de mis oponentes, de las dificultades que me habían suscitado y de haber, finalmente, apelado a su buen criterio y a las razones que me asistían para sostener mi punto de vista, haciéndole notar que la situación en que nos encontrábamos no podía prolongarse, lo exhorté a que se definiera manifestándome categóricamente si yo podía contar con su apoyo para cumplir con mis deberes constitucionales o si decididamente se inclinaba del lado contrario, para en ese caso, proceder como fuera más conveniente para los intereses en particular del Estado y en general de la revolución. El señor Carranza evadió una respuesta decisiva y las cosas continuaron de mal en peor, pues mis enemigos no retrocedieron ante la bajeza de un labor de lisonja desenfrenada en torno del Primer Jefe, sin medir las consecuencias que la exaltación de una personalidad a un límite más allá de lo debido, podía acarrear al futuro de la causa y de la República misma.

Habiendo sido empeñosamente invitado por el señor Gobernador Felipe Riveros, de Sinaloa, nos pusimos en camino para aquel Estado, para visitar Culiacán. Este viaje lo hice principalmente para que el señor Carranza y su círculo no creyeran que evitaba su compañía y para impedir que las diferencias que se esbozaban fueran a trascender en público, con graves quebrantos de nuestra causa.

Antes de salir de Sonora y no obstante la opinión del Primer Jefe de que dejara acéfalo el gobierno, sosteniendo que no era necesario el nombramiento de un substituto puesto que, según él, estábamos obrando fuera de la Constitución, yo me empeñé en obedecer al pie de la letra los dictados de la local de Sonora; pues entonces creí lo mismo que ahora sigo manteniendo, que si la revolución constitucionalista fue un inequívoco sentido constitucional, porque se inició en defensa del Código fundamental de la República ultrajado por el régimen usurpador huertista, en particular el Estado de Sonora seguía manteniendo un status constitucional que era precisamente en lo que radicaba su fuerza y por ende la fuerza de la Revolución en que estábamos empeñados.

Además, yo no quería dar pretexto ninguno para que mis enemigos se valieran de una situación relativamente falsa, para atacarme con una arma tan peligrosa como lo era la de que yo hubiera puesto al margen de las leyes de Sonora; así es que por decreto de 6 de enero de 1914 fue designado el señor Carlos E. Randall como gobernador interino.

Por esta época se publicaba en Hermosillo, un periódico llamado "La Voz de Sonora", escrito por varios jóvenes amigos de la causa y como nos hubiesen llegado noticias de algunos hechos de armas notables realizados por el General Pablo González en el Noroeste de la República, no tuve inconveniente en aprobar que se publicaran artículos elogiosos en su favor, pues me pareció conveniente que el pueblo del Estado conociera los acontecimientos favorables para la causa; pero el General Obregón que siempre se ha manifestado celoso de las glorias ajenas, recibió con el más profundo desagrado los elogios prodigados al General González, interpretándolos como ataques a su persona (de Obregón) y valiéndose de cualquier fútil pretexto encarceló al ex diputado al Congreso de la Unión Luis G. Malvaez, autor de dichos artículos. En Navojoa tuve conocimiento de este atentado de Obregón.

Durante el viaje por Sinaloa, la camarilla que rodeaba al Primer Jefe, obrando sin duda oficiosamente, se encargaba de propalar falsedades, con la mayor malicia y falta de tacto concebibles, esa camarilla se mostraba celosa del prestigio del señor Carranza en forma risible ordenándoles a los oradores que se dirigían al pueblo, que en sus discursos no se refirieran más que al Primer Jefe con exclusión de cualquiera otra personalidad de la revolución y aun del recuerdo del mismo señor Madero, por estar empeñado en desvincular el movimiento de 1913 del de 1910, presentando este como una tentativa abortada y aquel como una nueva y verdadera revolución cuyo iniciador y apóstol era don Venustiano. Labor tan torpe y tan contraria a la verdad histórica, fuera de lugar en cualquier región de la República, lo estaba aun más en Estados como Sonora y Sinaloa profunda y sinceramente maderistas.

No obstante que el señor gobernador Riveros era el autor de la invitación que habíamos recibido para ir a Sinaloa y de que nos agasajó y cumplimentó cordialmente, quizá, por intrigas de Obregón, se trató de deponerlo de su puesto; y aunque el señor Riveros era gobernador constitucional electo por su pueblo, el Primer Jefe sustentaba la extraordinaria tesis de que conforme a las bases contenidas en el Plan de Guadalupe, tenía facultades para nombrar y remover libremente los gobernadores de los Estados, inclusive los constitucionales.

El señor Riveros alegó sus derechos y aun excediéndose, en su deseo de contemporizar, propuso que una comisión de jurisconsultos examinara el caso y lo resolviera, ofreciendo conformarse de antemano con la resolución, cualquiera que ella fuera. El Sr. Carranza objetó que no sujetaría sus actos a la opinión de leguleyos, obstinándose en su resolución, la cual hubiera impuesto a no haber sido porque los jefes militares locales le significaron categóricamente por la voz del general Carrasco "que el Estado de Sinaloa era maderista, que el señor Riveros era su gobernador constitucional y que estaban resueltos a sostener su legalidad aun con las armas en la mano, retirándose a las montañas, si esto se hacía necesario".

Ante esta actitud resuelta de los jefes sinaloenses cedió el señor Carranza, no sin guardar un hondo resentimiento que hizo extensivo al general Ángeles y a mí; pues nos atribuía infundadamente haber sido la causa de la resistencia de Riveros y de las representaciones enérgicas de sus jefes, en razón de que los amigos de Obregón hicieron creer que nosotros los aconsejábamos y apoyábamos.

Ciertamente a mi me parecía peligrosa, impolítica e ilegal la tesis mantenida por el señor Carranza, en cuanto que afectaba muy especialmente mi propia situación y yo comprendía que, de seguir sosteniéndola, la opinión pública de Sonora no tardaría en rebelarse contra ella, imponiéndome una actitud fundamentalmente opuesta a la suya.

Comprendiendo que mi presencia en Sinaloa me creaba innumerables molestias y disgustos porque la camarilla del Primer Jefe no quería alrededor de este alguien que proyectara sombra política por leve que fuera, corté por lo sano, poniéndole término a una situación por demás penosa, anunciándole al señor Carranza mi determinación de regresar a Sonora y efectuando en seguida mi viaje, sin que me despidiera en la estación de Culiacán, dándome por primera vez ésta muestra de despego.

A fines de enero me hice cargo de nuevo del gobierno del Estado. Inmediatamente Después de mi llegada a Hermosillo el general Obregón salió para Culiacán a hablar con el señor Carranza, a quien encontrándolo predispuesto en mi contra, puesto que la labor de sus amigos me había minado lo suficiente, le propusó que me depusiera del cargo de gobernador, alegando que mi estancia en el gobierno entorpecía los trabajos militares de la división del Noroeste; pero en realidad lo que se proponía era apoderarse del Estado, poniendo al frente de el a su hermano o a alguna otra hechura suya para tener en sus manos tanto el gobierno civil como las operaciones militares.

Yo, de manera que no me cupo la menor duda, supe que el señor Carranza accedió a la solicitud de Obregón y que desde ese punto y hora ambos empezaron a fraguar la manera de realizar su proyecto.

El 19 de febrero me telegrafió el señor Carranza avisándome su llegada a Navojoa y su propósito de continuar su viaje al Norte para internarse en Chihuahua.

A su llegada a Hermosillo, el señor Carranza no quiso aceptar el alojamiento que había ocupado anteriormente y que era mi propia habitación, la cual le había ya cedido con la mayor cordialidad, sino que fue a habitar en el hotel Arcadia, dándome a conocer con esto también su distanciamiento definitivo. Habiendo llegado el aniversario de la muerte del señor Madero, lo invité para una velada que se verificaría en el teatro con ese motivo; se negó a aceptar pretextando diversas causas, aunque al fin concurrió por las instancias que le hicieron algunas familias de la sociedad.

Al punto a que habían llegado nuestras relaciones, convenía por todos motivos y sobre todo en expectativa del porvenir, definir la situación antes de que se ausentara del Estado el señor Carranza; así es que con fecha 22 de febrero de 1914, le dirigí una nota sobre las fuerzas que convenía dejara llamándole la atención respecto a que todavía había tropas huertistas en el Estado y a la constante amenaza de la tribu yaqui, lo que hacía indispensable mantener en Sonora una guarnición competente para cuidarlo de esos dos peligros; siendo, además, necesario que dichas fuerzas, que deberían consistir en las que yo había organizado y en las que la secretaría de Guerra constitucionalista juzgara convenientes, quedaran bajo el mando de un jefe que caminara en armonía conmigo para que nuestra acción fuera más eficaz y para que mi gobierno pudiera funcionar legalmente, hacer respetar a las autoridades subalternas y garantizar los intereses y derechos de los habitantes del Estado.

"No son de usted desconocidas, decía la nota, las circunstancias poco favorables que median en punto a relaciones de acuerdo y armonía entre este gobierno y el personal que tiene el mando de las fuerzas constitucionales en Sonora, cosa muy lamentable en todos conceptos y cuya existencia estriba únicamente en lo que representa la alta jerarquía militar, pues los demás elementos mantienen una corriente de simpatía y sincera unión con mi gobierno". (El jefe era Obregón)

El señor Carranza se retiró de Hermosillo sin contestar esta nota ni prestar la menor atención a asunto de tanta gravedad, y no fue sino hasta que llegó a Agua Prieta cuando ordenó a su secretario de Gobernación que me dirigiera un oficio, que está fechado el 9 de marzo y en el que me decía que estando interrumpido el orden constitucional en Sonora, por no existir poder Legislativo, era indispensable que sujetara mis actos a las disposiciones de la Primera jefatura en todo aquello que no estuviera previsto en la Constitución local. Con esta limitación y dispuesto como estaba a poner de mi parte todos los medios para evitar el conflicto que se aproximaba, no tuve inconveniente en manifestar mi conformidad al secretario de Gobernación, sin darle importancia a los términos de la nota, ya que la mayoría de los cargos que en ella se me hacían eran de la responsabilidad del gobernador Pesqueira, y el relativo a emisión de papel moneda, había sido ratificado por el propio señor Carranza en la ley que expidió en Nogales, Sonora, el 28 de febrero anterior, que declaró de circulación forzosa los billetes del Estado y les atribuyó valor liberatorio indefinido.

Por esta vez no consideré ni conveniente, ni político, acompañar al señor Carranza hasta la frontera; comprendí que al hacerlo, me exponía o bien a un atentado en contra de mi carácter constitucional, puesto que en aquellos lugares del Estado era donde se tenía proyectado darle cumplimiento al plan fraguado para deponerme, o cuando menos a ser víctima de los mismos injuriosos desmanes de que lo fui cuando el viaje a Cananea y en todo caso a precipitar un rompimiento que, aunque ya se perfilaba muy a mi pesar, mis deberes hacia el Estado y hacia la causa, me obligaban a impedir en absoluto, si ello era posible, y si no, cuando menos a retardarlo, con la esperanza de que se presentara algún acontecimiento o serie de acontecimientos que hablaran al buen sentido del Primer jefe y nos volvieran a la antigua cordialidad.

Como digo anteriormente, en el informe que dirijo al pueblo de Sonora se encontrarán detallados todos los principales incidentes que precedieron a la ruptura, que se me impuso debido a las intrigas de mis oponentes, con el señor Carranza. Aquí de una manera general solamente manifestaré que este señor fue ganado completamente a la política que aquellos pensaban implantar en Sonora y que tenía como base fundamental el despojo de mi cargo de Gobernador. Ciertamente que el señor Carranza rehuía cargar con la responsabilidad de verdadero golpe de Estado que intentaba, temiendo el escándalo que este causaría en la opinión pública tanto de Sonora como de los otros Estados, puesto que era completamente contrario al espíritu de una revolución legalista se cometiera, en el único Estado que había  conservado la forma constitucional, un atentado semejante al que había provocado el levantamiento nacional.

Pero estaba de acuerdo en que mis enemigos por medio de sucesivos actos, tendientes todos ellos a irme despojando paulatinamente de mis partidarios, mis consejeros, las fuerzas locales, mi propia escolta, los elementos pecuniarios, aun la comunicación telegráfica con el mismo y en general con cualquiera personalidad de fuera del Estado, me fueran reduciendo a una situación tal, que, o no me quedara otro recurso que el de retirarme voluntariamente o de que mi deposición pura y simple pudiera ser llevada a cabo sin la menor dificultad.

Para poder presentarle al mismo señor Carranza la ejecución de este programa como fácil y hacedero, me pintaron ante él como persona incapaz de arrostrar una situación difícil y sin arraigo serio en la opinión pública y en el ejército de Sonora; y tan luego como aprobó tales planes, Obregón, Calles, Alvarado y todos los demás oposicionistas civiles y militares, se pusieron a la obra, así es que deportaron a varios amigos míos, encarcelaron a otros, depusieron prefectos políticos, me quitaron la escolta, violaron mi correspondencia, me exigieron la entrega de los recursos del Estado y, finalmente, me pidieron, primeramente que me separara del Gobierno con licencia; después, que renunciara, ofreciéndome respeto para mi persona e intereses y al último me amenazaron con la deposición acompañada de encarcelamiento, deportación, y confiscación de mis propiedades.

A la comisión compuesta de los Señores ingeniero don Manuel Bonilla y don Alberto B. Piña, que envié para hablar con el señor Carranza, exponerle mi situación, procurar un arreglo y hacer, en suma, un último esfuerzo para que las relaciones entre la primera jefatura y mi gobierno continuaran en buena armonía (no obstante que previamente había yo telegrafiado al señor Carranza anunciándole y pidiéndole que la recibiera, a lo que contestó anuentemente), Obregón la detuvo aprehendiendo a dichos Señores e impidiendo de esta manera, por medio de un atropello incalificable, que un cambio de miras final y quizá de buenos resultados, hubiera prevenido muchos de los sucesos que se desarrollaron en perjuicio del país.

A la vez que llevaban a cabo todos estos extraordinarios atropellos, dentro de un régimen que ostentaba como móvi1 principal el restablecimiento del orden constitucional, los jefes militares sostenían un periódico procaz intitulado "La Libertad" que no perdía oportunidad para injuriarme y aun para calumniarme con la esperanza de ganarse la opinión.

Sin embargo, todos estos cálculos de mis enemigos salieron fallidos.

Desde que principié a tomar participación en los asuntos públicos tanto de la Nación como del Estado, me propuse ajustar mi conducta a la ley, a los dictados de la más estricta moralidad política; por eso me puse al lado del señor Madero, por eso lo sostuve contra todos los que se levantaron en armas para derrocar su gobierno; por la misma razón, en fin, me levanté a mi vez, en armas, en contra de la usurpación huertista y no era cosa de que, dentro de mi Estado teniendo la conciencia de que mi causa era la justa y la legal, hubiera de rehuir el cumplimiento de mis supremos deberes en aquellas circunstancias, que no eran otros que sostener la soberanía de Sonora y la integridad de mi investidura como representante del Ejecutivo local, en contra de un puñado de ambiciosos que pregonaban su devoción a la causa de la legalidad.

Contra lo que esperaban mis opositores y que aun llegó a creer el señor Carranza, desplegué la energía que dictaban mis convicciones; defendí mis derechos y la soberanía de Sonora apoyado en la opinión pública del Estado, que veía con la más profunda indignación los atentados de que se me hacia víctima y la actitud de buena parte de las tropas que al mando de los Coroneles Acosta y Urbalejo comprendieron sus deberes de ciudadanos sonorenses y no se prestaron a servir de ciegos instrumentos de las ambiciones de jefes superiores. Así fue como pude salvar con honor y fortuna las jornadas de los días del 3 al 13 de junio de 1914 en que tuve que encerrarme con un puñado de hombres en el palacio de gobierno, pues apenas llegaban a ciento veinte, mal armados y escasos de parque, para resistir los amagos de Calles, quien contaba con más de seiscientos.

La inusitada fuerza que desplegó la opinión pública de Sonora y la actitud asumida por las valientes fuerzas del Sur, hicieron que en todo este calamitoso conflicto el señor Carranza desarrollara una política equivocada, vacilante, aunque tendenciosa, supuesto que hasta en determinados momentos llegó a ordenar telegráficamente que se me depusiera, que se me aplicara la Ley de 25 de enero de 1862 y que se me privara de toda clase de elementos de defensa, aunque a veces y cuando el giro de los acontecimientos no les fuera favorable a mis contrarios asumiera la actitud contradictoria de aconsejar el respeto a mi cargo de gobernador y el arreglo de mis diferencias con Calles; que no era, en realidad, sino las diferencias del Gobierno de Sonora con la mal aconsejada Primera jefatura y sus agentes militares en el Estado.

Es de notarse que durante toda esta controversia, una de las cosas que me ayudaba más a salir victorioso, fue el celo que existía entre Calles y Alvarado; pues descontando ambos como segura, mi caída del gobierno, alimentaban ambiciones encontradas persiguiendo el deseo de suplantarme, motivo real de los actos de estos jefes y que aunque era perfectamente conocido por parte del señor Carranza, no lo desagradaba, porque dada la política sugerida por Obregón, que desde el primer momento desarrolló, era preferible tener en el Estado gobernadores militares, pasivos instrumentos de su voluntad, que no uno constitucional que tuviera elementos de vida propia y esfera de acción presidida y marcada por la Ley.

Por este tiempo el señor Carranza, a su paso por Chihuahua, tuvo exactamente las mismas dificultades con que tropezó en Sinaloa y en Sonora; en estos tres Estados se encontró con situaciones creadas, en cuanto a la política local, con la diferencia de que en los Estados de Sonora y Sinaloa había gobiernos constitucionales y no en el de Chihuahua, en donde con el asesinato de don Abraham González, el gobierno legal había desaparecido; pero en cambio, las armas victoriosas de la División del Norte, que eran las que habían dado los golpes decisivos a las fuerzas reaccionarias, habían creado poderes constitucionalistas que el señor Carranza quiso controlar para limitar la acción de ese ejército, temeroso de que asumiera una preponderancia fuera de proporción con la importancia política que por entonces tenía la Primera Jefatura. Esto trajo numerosas fricciones entre el señor Carranza y el General Francisco Villa, Jefe de aquella División y único de los que teniendo tan alto mando se le negara el grado de Divisionario, supeditándolo por lo contrario, al jefe de la división del Noroeste.

En Chihuahua no tardaron en darse cuenta de los verdaderos móviles que perseguía el señor Carranza y temeroso de que la tremenda lucha en favor del restablecimiento del orden constitucional, se resolviera en la simple substitución de la dictadura de Huerta por otra, empezaron a tomar medidas encaminadas a poner algunas limitaciones en las atribuciones del Primer Jefe y arrancarle promesas, o, mejor dicho, compromisos, de que al triunfo de la revolución los derechos del pueblo serían salvaguardados, haciendo difícil su retención del poder más allá de lo que se había intentado cuando la revolución principiara.

En estas condiciones y habiéndose puesto ya muy tirantes las relaciones entre Carranza y la División del Norte, recibí una invitación del general Villa para que si aquellas limitaciones o compromisos a que he hecho referencia, no se podían conseguir, desconociéramos al Primer Jefe, con el fin de que la revolución se diera a otro más apegado a la tradición democrática y más respetuoso de los derechos constitucionales.

Como para mí no constituían un enigma las intenciones del Primer Jefe, ni los medios que solía valerse para conseguir sus fines, esperanzado de que la División del Norte balanceara fructuosamente su naciente poder, no vacilé en hacerme al lado de las fuerzas genuinamente constitucionalistas y, de consiguiente, de acuerdo con las aspiraciones de la Nación. Esta alianza, que tenía por objeto prevenir el surgimiento de una nueva dictadura y evitar el fracaso de la revolución, me proporcionaba el apoyo de que tanto necesitaba para poder hacer respetar la soberanía del Estado y mi carácter de gobernador constitucional.

Sin embargo, tanto la División del Norte como yo, solamente pensábamos en desconocer a Carranza en el evento de que se negara a volver al camino recto, pues estábamos dispuestos a todos los sacrificios compatibles con el bien del país y con la dignidad de la causa, para evitar un fraccionamiento entre las fuerzas constitucionalistas que pudiera debilitarlas, y en todo caso estábamos resueltos a esperar, para el definitivo rompimiento, si fuera inevitable, a que el régimen huertista hubiera desaparecido, con el fin de que la reacción no tomara ventajas de nuestras propias divisiones.

Después de la toma de Zacatecas por la División del Norte, acción que constituyó el golpe mortal en contra del régimen huertista, los federales que estaban en el puesto de Guaymas, anunciaron su intención de no moverse si no de acuerdo conmigo. Por este tiempo esa guarnición había manifestado por conducto de mi representante el ex-diputado don Alberto B. Piña, sus deseos de mantener una actitud expectante mientras duraban mis dificultades con los jefes militares de Sonora, pero yo rechacé toda clase de proposiciones significándolos que solamente aceptaría la rendición incondicional.

Pocos días después recibí nueva nota de mi representante el señor Piña, en la cual me manifestaba que un jefe federal, bien acreditado por el gobierno provisional del licenciado Francisco S. Carvajal, quien a la sazón había sucedido a Huerta, proponía que todo el ejército federal me reconociera como el único gobernador constitucional indiscutible que existía en la República, que había sobrevivido al desastre del régimen de Madero y por consiguiente la sola autoridad perfectamente legal que hubiera en el país, poniéndoseme a mis órdenes y haciéndome entrega de todos los elementos con que contaba aquella organización. Como yo no atendiera esas indicaciones, en posterior nota me manifestaba el señor Piña que el ejército federal, por las consideraciones ya apuntadas y con la única condición de garantizar la vida de los jefes, se me rendiría, incondicionalmente.

Yo tuve en consideración el escándalo que podía causar en el ánimo de la revolución triunfante en que se llevara a cabo tal ofrecimiento, temiendo que mis correligionarios fueran a interpretar mis actos come motivados por ambiciones personales; pero por otra parte, no se me escapaba la conveniencia nacional de que tal rendición se efectuara, tanto porque sería la más segura manera de conseguir la pronta pacificación de la República, cuanto porque los elementos importantes como ellos eran, que poseían los federales, vendrían a acrecer las fuerzas democráticas de la revolución, impidiendo que se convirtieran en instrumentos de una nueva tiranía. Urgido por estas contrapuestas razones, opté por referir el asunto a la deliberación conjunta de los jefes de la división del Norte, con quienes, ya para entonces, obraba yo de acuerdo.

Con este fin, fueron a Chihuahua mi representante el señor Piña y el Jefe federal, en donde, después de madura reflexión, optamos por no aceptar la rendición propuesta, a sabiendas de que, en cambio, el señor Carranza ni la aceptaría, ganando fuerza con los cuantiosos elementos militares del régimen huertista; pero nosotros preferimos sacrificar nuestros intereses materiales en aras de mantener inmaculados los ideales que nos impulsaban.

Entiendo que este incidente, de tanta importancia y trascendencia, en el futuro de nuestra causa, cuanto que debido a nuestra actuación el señor Carranza allegó recursos con que batirnos posteriormente, ha pasado desapercibido, o al menos no se le ha dado la importancia que merece y que al par que cualquiera otro aprueba la lealtad y firmeza de nuestros principios.

Muy a poco los federales evacuaron Guaymas a donde hice mi entrada en compañía de las fuerzas constitucionalistas y en donde organicé de nueva cuenta los servicios públicos.

La ocupación de Guaymas, trajo como consecuencia el que desapareciera para el Estado el peligro de una invasión huertista y de consiguiente me dejaba en libertad para enfrentarme de manera vigorosa con mis enemigos, que a su vez, con mayores bríos, trataron de darme su anhelado golpe de Estado. Pude interceptar numerosos telegramas por los cuales vine en conocimiento de las intrigas que se fraguaban entre Alvarado y Calles, y de ambos, al Primer jefe, con las respectivas respuestas; por lo que llegué a la conclusión de que solamente con medidas enérgicas de mi parte podría parar los ataques de que se me había  objeto.

A ese efecto, el día 3 de agosto de 1914 ordené la prisión del general Alvarado, quien se dejó desarmar y aprehender sin la menor oposición, demostrando con ello, palmariamente, la poca estima en que lo tenían sus subalternos; que, en realidad, no eran sino miembros de las milicias del Estado, fieles partidarios de mi gobierno. Inmediatamente después, mande reconcentrar las fuerzas leales en la capital del Estado y me dirigí con ellas rumbo al Norte para batir a Calles y limpiar de obstruccionistas esa región. Poco antes de llegar a Nogales recibí un telegrama del general Villa en el cual me decía que venía en camino en compañía del General Obregón, ambos nombrados por el Primer jefe, con el fin de intentar un arreglo de las dificultades de Sonora, suplicándome me volviera con mis fuerzas al interior, para esperarlos. A mí me extrañó mucho tal agencia del General Villa; pero juzgué más conveniente seguir adelante al puerto fronterizo. Así lo hice, entrando a este el 23 de agosto, después de haber sido evacuado por las fuerzas infidentes.

El día 29 llegaron Villa y Obregón. Después de algunas conferencias llegamos a un acuerdo, en virtud del cual se estipuló que yo quedaría en el mando, en jefe de todas las fuerzas constitucionalistas que se encontraban en el Estado, hasta que hubiese un gobierno constitucional en el país y de esta manera, terminada la sublevación de Calles, cuyas fuerzas se pondrían a mis órdenes. Creo que el señor Carranza debido a las protestas de Calles no aprobó el convenio. El caso es que a poco el General Obregón, pretextando haber sido atacado por la prensa con mi disimulo (cosa esta última absolutamente destituida de razón, pues se trató de una hoja suelta, de la responsabilidad exclusiva de quienes la publicaron en Nogales, Arizona) me dirigió una nota en la que me anunciaba que, como General en jefe de la División del Noroeste, tenía a bien retirarme el mando de las fuerzas de Sonora.

Posteriormente Villa y Obregón decidieron que, mientras se resolvía en definitiva la situación, tanto yo como mis fuerzas, como el General Hill (que mandaba las de Calles) con las suyas, permaneciéramos en las plazas que respectivamente ocupábamos, sin avanzar ninguno de ambos beligerantes en contra del otro. En estas condiciones y como Hill y Calles violaron el convenio avanzando sobre Nogales, hubo un pequeño encuentro con una fuerza que yo había destacado para cuidar su acceso. Cuando la División del Norte desconoció al señor Carranza como Primer jefe y el Estado de Sonora se adhirió a su desconocimiento, me consideré autorizado para emprender la campaña sobre las demás plazas que ocupaban los disidentes, desde el momento que todos los convenios anteriores habían quedado sin efecto.

Después del combate de Divisaderos, en el que derroté a las fuerzas de Hill y Calles, ocupé Cananea y avancé sobre Naco, a cuyo lugar le puse sitio. Estaba preparándome para dar el ataque decisivo sobre la plaza, cuando recibí un mensaje del General Villa, en el que me suplicaba la suspensión de las hostilidades. Sin darle oídos, por no juzgarlo conveniente, siempre efectué el ataque.

Al llegar el señor Carranza a la ciudad de México, después de haber recibido la rendición del ejército huertista según el convenio de Teoloyucan, se vio precisado a convocar la convención de jefes constitucionalistas o de sus representantes para redactar el programa a que debía sujetarse el gobierno interino y las formas que era preciso introducir en la Constitución para satisfacer las necesidades sociales y políticas a que el pueblo aspiraba, cumpliendo así con los compromisos que más antes había contraído en Torreón.

Aunque era patente la renuencia del señor Carranza para convocar esa Convención; sin embargo, comprendíamos que tendría que hacerlo, si no quería poner en peligro no solamente su propia Jefatura, sino también la unidad del Movimiento; además teníamos esperanzas de que, mediante esa Convención, pudieran arreglarse pacíficamente nuestras controversias, volviendo a encarrilar la causa por el sendero democrático que le era propio. Estábamos dispuestos a hacer sacrificios de amor propio en aras de los ideales que nos habían llevado a la lucha, perdonando los yerros que se hubiesen cometido a condición de que no se repitieran y de que el pueblo tomara mayor participación en la cosa pública. En una palabra, estábamos dispuestos aun hasta a volver a aceptar al señor Carranza como Primer Jefe, siempre que definiera su situación y de una manera franca manifestara sus tendencias personales, ahuyentando así el temor que teníamos de que, pasando de la Primera Jefatura por la presidencia interina, sin aceptar el titulo, llegara a la definitiva, no por el camino de la elección libre, sino por el de la imposición que tan malos resultados ha dado en nuestro país.

Yo había recibido anticipadamente invitación para nombrar mi representante en la Convención; y al efecto nombré al señor Alberto P. Piña, quien se transladó a Aguascalientes a desempeñar su cometido.

En mi caso particular me había visto precisado a desconocer la autoridad del señor Carranza, porque él (no obstante mis representaciones, las explicaciones claras, precisas y documentadas que le hice, la confianza que le manifesté poniendo a su disposición todos los recursos del Estado y no disputándole el derecho a la Primera Jefatura, cuando nuestros respectivos Estados desconocieron el régimen huertista) acogió, sin embargo, a los enemigos de mi gobierno. En realidad no me dejó otra alternativa para defender la soberanía del Estado, que la de asumir por completo esa soberanía interim la nación pronunciaba la última palabra.

A pesar de esto, en mi constante afán de impedir la división de las fuerzas de la revolución y de conseguir por todos los medios que estuviese en mis manos su triunfo definitivo, cuando la Convención abrió sus sesiones me apresuré a enviar el telegrama por Sonora con instrucciones de acatar lo que dicho Cuerpo resolviera, así fuese que el señor Carranza continuara al frente de la autoridad constitucionalista; aunque, naturalmente, como lo prevenía el Plan de Guadalupe, es decir, como presidente interino de la República.

Mientras estos asuntos se ventilaban en la Convención y en esta se desarrollaban los trascendentales sucesos de que hablaré más tarde, mis operaciones en contra de las fuerzas disidentes continuaron con todo vigor.

Las circunstancias de encontrarse Naco en una llanura desértica, sin la más leve ondulación o vegetación y el hecho de estar unida a la población Norteamericana del mismo nombre, de la cual sólo la separa una línea imaginaria, hacían las operaciones sumamente difíciles; pues por una parte el ataque a la plaza era en si dificultoso porque los alrededores no brindan abrigos o defensas de ninguna naturaleza para las fuerzas atacantes y por otra parte la proximidad al territorio Americano hace casi imposible que se pueda embestir la plaza sin que los proyectiles de las mismas fuerzas crucen la línea divisoria causando desgracias personales y dañando la propiedad extranjera.

El General Hill, quien se había fortificado intensamente, aprovechando y reforzando las antiguas defensas construidas por los federales, era conocedor de las dificultades del asedio, sobre todo en lo que se refiere al peligro de las complicaciones internacionales; de modo que en todo el curso de las operaciones me vi paralizado en mis esfuerzos, por consideraciones de alto patriotismo, ya que nunca quise poner en peligro las buenas relaciones que deben existir entre México y Estados Unidos, en tanto que Hill no desperdiciaba la oportunidad de comprometerlas sacando partido de la situación.

Tres veces intenté tomar la plaza de Naco, en las tres veces estuve a punto de lograr mi empeño; pero en las tres veces los carrancistas viéndose perdidos apelaron a intrigas políticas para impedirme alcanzar la victoria.

En la primera vez, recibí un mensaje urgente del general Villa en que me suplicaba suspendiera las operaciones, en vista de la necesidad que existía de no dificultar la solución del conflicto nacional que estaba ventilándose en la Convención; en la segunda, un enviado de la misma Convención me disuadió de tomar la plaza y en la tercera me fue impuesto un pacto por el General Eulalio Gutiérrez, presidente de la Convención, quien a su vez obró urgido por las enérgicas representaciones del gobierno de los Estados Unidos, en virtud de las desgracias que habían ocurrido en Naco, Estados Unidos y los peligros que seguía corriendo dicha población. El propio General Scott, jefe del Estado Mayor del ejército Norte-americano, tuvo una entrevista conmigo, en la línea internacional, ponderándome la necesidad de la aceptación de ese pacto, para evitar posibles conflictos de grave trascendencia para la República.

De conformidad con dicho convenio las fuerzas carrancistas evacuaron Naco retirándose hacia Agua Prieta, haciendo yo lo propio con las mías en distinta dirección.

Las fuerzas enemigas desfilaron siguiendo la línea divisoria, sin que fueran molestadas por mis tropas.

He de advertir que en todos mis asedios a Naco siendo mis fuerzas sensiblemente iguales a las de mis oponentes, éstas se negaron a dejar la plaza y aceptar batalla en lugar retirado de la frontera.

Por esos días recibí carta de uno de los más connotados generales del antiguo ejército federal, en la cual, a la vuelta de encomiásticos conceptos sobre mi persona, mi actuación política y mi gobierno, me sugería que desconociera a Carranza y a la Convención, y que el Estado asumiera su soberanía hasta que hubiera un gobierno constitucional en la República, prometiéndome el apoyo pecuniario y moral de todos los elementos inconformes con la Revolución.

Ni siquiera contesté a esa extraordinaria proposición, comprendiendo muy bien cuál era la razón íntima de ella; es decir, pretendía la reacción encontrar en Sonora el punto de apoyo que necesitaba para volver a apoderarse del país, haciendo nugatorios todos los esfuerzos del pueblo hacia su mejoramiento y, sobre todo, imposible el castigo de los autores de los atentados de la Capital. Y sin embargo, no obstante mis repetidas pruebas de fidelidad a mis ideales y de que numerosas veces he rehusado las tentadoras ofertas de los grupos reaccionarios, todavía mis enemigos han intentado desprestigiarme con mis pretendidas tendencias a inclinaciones reaccionarias, por supuesto que ni mis detractores creen en estas y solamente su mala fe ha querido presentar mi conducta respetuosa de la ley, de la vida de las personas y de sus propiedades y del orden dentro de la libertad, como alejada de los más puros ideales democráticos, que han sido el único credo de mi vida, por el cual tanto me he sacrificado y tanto he luchado.

En los meses que siguieron, con los escasos recursos en hombres, armamento, parque y dinero que estaban a mi disposición, tuve que rechazar los ataques del enemigo tanto por el Norte como por el Sur del Estado. Habiéndoseme notificado que la Convención, después de haberse declarado soberana, había tenido a bien deponer al señor Carranza de la primera jefatura del Ejército Constitucionalista y nombrar en su lugar al General Eulalio Gutiérrez, me dirigí a éste en solicitud de auxilios para rechazar las fuerzas enemigas. En respuesta recibí aviso de que el General Juan C. Cabral vendría al frente de una división como jefe del ejército de Occidente con jurisdicción en Sonora, Sinaloa, Tepic y Baja California.

En efecto, a principios de enero recibí mensaje del propio General Cabral de que se encontraba en Ciudad de Juárez con las fuerzas de su mando camino de Sonora, a donde llegó a fines del mismo mes con cerca de tres mil hombres; pero, muy a poco de su llegada, principiaron a correr rumores de que había tenido ciertas comunicaciones con el General Calles y aun me llegó un comisionado del General Villa con informes de que había toda clase de razones para sospechar de su lealtad. Como en esto se recibieron noticias de que el presidente Gutiérrez, con parte de su gabinete, había abandonado la Ciudad de México, anunciando su desconocimiento con el resto de la Convención, la actitud de Cabral se hizo más sospechosa todavía, por lo cual, en junta de generales y jueces de sus fuerzas y de las mías, se acordó quitarle el mando de la División, por lo cual se retiró hacia Estados Unidos. De las tropas que vinieron con Cabral, una parte, 330 hombres, se pasaron al enemigo y el resto se quedó a mi lado.

El señor Carranza, como digo más atrás, se vio precisado a convocar la Convención que debería resolver los delicados problemas suscitados por la revolución triunfante; pero lo hizo con la determinación de que ese cuerpo lo dejara en poder de la primera Jefatura y le facilitara la manera de escalar la presidencia definitiva de la Nación, sin necesidad de que asumiera la interina; la cual, aunque consignada en el Plan de Guadalupe, le habría impedido alcanzar sus fines, porque el espíritu de la Constitución de 1957 imposibilitaba que tal virtual reelección se pudiera llevar a cabo; sin contar con que los ideales de la revolución desde 1910 giraban en el mismo sentido. Pero resultó que la Convención, desde el primer momento tomó a lo serio su cometido, resuelta a poner las bases de la nueva organización... cumpliendo lealmente con los compromisos que había contraído con la Nación.

Para poder realizar tan olvidados fines se declaró soberana y exigió de parte del señor Carranza un informe con justificación de todos sus actos como primer jefe del ejército constitucionalista.

Este, aunque se vio obligado a reconocer la Convención y acatar sus mandatos, empezó a trabajar por medio de hábiles instrumentos, primero por dividirla, y después por aumentar el número de sus adictos en el seno de la misma prodigando sin medida los nombramientos de jefes superiores con el fin de tener mayoría en las votaciones. Las fuerzas democráticas dentro del constitucionalismo se apercibieron oportunamente de estas maniobras llamándole la atención al Primer Jefe respecto de su proceder y solicitando que el asiento de la Convención fuera trasladado de la Ciudad de México, donde se encontraba la influencia directa del señor Carranza, a otra población de la República, en donde las distintas tendencias se equilibraran.

En virtud de este acuerdo la Convención paso a continuar sus sesiones a la ciudad de Aguascalientes, donde no tardó, vista la renuncia del Primer jefe, a definir su actitud, negándose a asumir el carácter de presidente interino como expresamente lo prevenía el Plan de Guadalupe, en deponerlo del cargo que venia desempeñando, nombrando en su lugar, como queda dicho, al general Eulalio Gutiérrez, presidente provisional de la República, por el espacio de veinte días, mientras se proveía lo conducente.

El señor Carranza, que ya por entonces se encontraba en el puerto de Veracruz, por haber salido furtivamente de la Ciudad de México, desconoció a la Convención y de su propio acuerdo reformó el Plan de Guadalupe.

A su vez el presidente Gutiérrez, cediendo a consejos y sugestiones de ciertos políticos y del General Obregón, que le propuso el desconocimiento simultáneo de Carranza y la Convención por ambos; sin esperar a la expiración de los veinte días, salió de México para encontrarse con que Obregón no había querido más que dividir el partido que había jurado defender.

En la perfecta comprensión de lo que acabo de relatar estriba la razón de mi actuación política en este calamitoso y delicado periodo de la vida nacional. Tengo la conciencia de haber sido fiel hacia mí mismo en mi actitud de legalista y si el éxito no ha respondido a mis esfuerzos, no por eso dejo de afirmar y sostener que mi causa ha sido la que se ha encontrado dentro del más estricto apego a la ley y al mismo Plan de Guadalupe, al cual me adherí en los comienzos de la Revolución.

En efecto y recapitulando, la elección del señor Madero fue perfecta, por consiguiente su gobierno fue un gobierno constitucional; la mía como gobernador del Estado de Sonora, se encontró en las mismas condiciones. El cuartelazo de Huerta, derrocando una administración legitima, violó la Constitución de la Nación, en tal virtud, mi deber, como funcionario constitucional, era patente; por lo tanto, desconocí al régimen usurpador y me alié con el gobernador de Coahuila, para emprender la obra de la reconstrucción nacional. Probando con mis actos que no eran las ambiciones personales las que me guiaban, acepté la jefatura del señor Carranza, adhiriéndome de buena fe a su Plan de Guadalupe; cuando llegó al Estado, batido y sin recursos, lo acogí y puse a su disposición todos los recursos y elementos que estaban en mi mano, las consideraciones inherentes a su calidad de Primer jefe; consideraciones a las que, desgraciadamente, correspondió poniéndose del lado de mis enemigos y ayudándoles con todas sus fuerzas en su tarea de deponerme de mi puesto de gobernador.

Cuando la revolución triunfó, mandé mi representante a la Convención que el propio señor Carranza convocara, entendido, lo mismo que todos los demás jefes y gobernadores de la República y aun el mismo señor Carranza, de que todos tendríamos que pasar por lo que aquella libremente y a mayoría de votos resolviera. El señor Carranza repetidas veces acató la soberanía de la Convención y aun cuando esta todavía celebrara sus sesiones en la ciudad de México, llegó hasta a presentarle su renuncia como Primer jefe, la cual no se le aceptó de momento, reservando la discusión del asunto para cuando reasumiera sus sesiones esa misma Convención en la Ciudad de Aguascalientes. En esta ciudad se acepto dicha renuncia, pero como el señor Carranza manifestara que la había retirado, se le depuso; viniendo después el desconocimiento que proclamó el señor Carranza del mismo Cuerpo que él había convocado y reconocido anteriormente.

Yo acaté los dictados de la Convención; reconocí al General Eulalio Gutiérrez como presidente provisional y cuando éste abandonó la ciudad de México, continué fiel a la misma, la que, también con el carácter de provisional, designó a su presidente como encargado del Ejecutivo de la República.

Creo, con esto, dejar perfectamente establecido mi carácter legalista y que no me he apartado ni un día, ni un ápice, de lo que leal y honradamente he creído que ha sido el camino recto en nuestra azarosa vida política de estos últimos años. En otras palabras: nunca he sido rebelde; y fiel a mis compromisos con la Nación, puse todos mis esfuerzos en mantener incólume la soberanía del Estado de Sonora y la integridad de su gobierno.

Los jefes carrancistas que me hostilizaban en el Estado, no contentos con agredirme por el Norte y por el Sur, suscitaron y fomentaron el levantamiento de los yaquis broncos quienes comenzaron a cometer innumerables tropelías en contra de nacionales y extranjeros. Esto me trajo innumerables reclamaciones del vicecónsul inglés en Guaymas y de los Cónsules norteamericanos de Hermosillo y Nogales, así como la intervención del almirante Howard, quien, alarmado por las noticias de la prensa americana, abultadas y propaladas por los carrancistas en la frontera, llegó a pretender desembarcar marinos de su buque "El Colorado" para proteger a los ciudadanos norteamericanos que se encontraban amenazados en sus vidas e intereses.

Por su parte el departamento de Estado de los Estados Unidos me urgía para que mandara fuerzas suficientes para restablecer el orden en aquella agitada comarca. En este delicadísimo asunto en el que hube de conservar toda mi serenidad y mi presencia de ánimo para poner ileso el honor nacional, tuve la fortuna de salir con bien, puesto que las fuerzas que apresuradamente mandé, con pérdida de varios de sus valientes jefes, lograron pacificar la región y mi actitud firme impidió que los americanos desembarcaran, ganándose por todo ello un telegrama del departamento de Estado por mi conducta. Séame permitido no pasar adelante sin hacer notar la antipatriótica conducta de mis oponentes que, tanto en Naco como en el Yaqui y posteriormente en Agua Prieta, no vacilaba en suscitar incidentes peligrosos para la Nación, con tal de satisfacer sus pasiones de odio y ambición en contra mía.

Por entonces llegó al puerto de Guaymas, por segunda vez, el cañonero "General Guerrero" tripulado por fuerzas carrancistas con el fin declarado de bloquear el puerto y efectuar un desembarco en ese u otro punto del litoral que fuera favorable para su empresa; las medidas que con toda oportunidad dicté, impidieron que el enemigo pudiera llevar a cabo ninguno de estos dos fines, retirándose a poco para no volver a aparecer.

Mientras tanto, se aproximaba rápidamente el término de mi mandato y como yo sinceramente había aceptado el programa de la revolución de 1910, que tenía como uno de sus principales puntos el de la No-reelección de los Ejecutivos de la Nación, en atención a los males tan grandes que la practica reeleccionista había causado al país, estaba perfectamente resuelto a devolverle a mi Estado el poder que me había confiado, sin excederme en un solo día del periodo constitucional.

Consecuente con este curso de acción, me dirigí al general Villa, jefe de operaciones del ejército de la Convención, en solicitud de que recabara de ésta instrucciones respecto del nombramiento del gobernador provisional que debía substituirme, en tanto que pudieran efectuarse las elecciones regulares en el Estado.

Como las peripecias de la campaña cortaron la comunicación entre la Convención y su principal Ejército que se encontraba operando en el Norte; el General Villa, jefe de esas fuerzas y en general de todas las de la Convención, se encontró en la necesidad de tener que atender a la administración de todos los Estados del Centro y Norte del país, que no podían carecer de una autoridad federal que proveyera a sus necesidades en ese orden; por lo cual, haciendo use de las facultades que la Convención había delegado en él, nombró una especie de gabinete que, de acuerdo con el programa convencionista y a reserva de que aquella ratificara sus actos, gobernara la zona del país mencionada. Los señores licenciado Miguel Díaz Lombardo, doctor Luis de la Garza Cárdenas y licenciado Francisco Escudero, compusieron ese gabinete, repartiéndose los distintos departamentos del despacho federal, con excepción del de Guerra que atendía personalmente el General Villa.

Naturalmente y dentro de mi adhesión a la Convención, entré en relaciones con el gobierno de Chihuahua, por la imposibilidad de entenderme directamente con el que funcionaba en la capital, bien entendido, sin embargo, de que ambos formaban una sola unidad. Esta fue la razón por la cual me dirigí al gobierno federal de Chihuahua solicitando el nombramiento del gobernador provisional para Sonora a que he hecho referencia más arriba.

El General Villa me contestó manifestándome en atención a la situación anormal porque atravesaba el país y para no poner en peligro la causa que defendíamos, me nombraba gobernador provisional para que continuara al frente del gobierno de Sonora y de la campaña que se hacía en el mismo Estado. Repliqué dando las gracias por la prueba de confianza que se me daba; pero insistiendo en que mis convicciones me impedían continuar al frente del Ejecutivo de Sonora. Entonces el General Villa se valió de buenos amigos míos para que influyeran en mi ánimo con el fin de que no me separara del puesto que desempeñaba y me ofreció una fuerza de dos mil hombres al mando del General don Felipe Ángeles para que viniera a operar en Sonora en conjunción con las mías y a limpiarlo de fuerzas carrancistas.

La situación verdaderamente difícil porque atravesaba el Estado, mi deseo de pacificarlo y el de facilitar la llegada de un jefe de responsabilidad que pudiera en un caso dado tomar mi lugar, me hicieron aceptar por fin mi permanencia al frente del Ejecutivo con el carácter de provisional; pero solamente hasta el momento en que pudiera separarme sin quebranto de las necesidades que dejo expuestas. Además me movió el legítimo deseo de que muchos civiles que se encontraban a mi lado pudieran tener una oportunidad de proveer a su seguridad personal.

Desgraciadamente, después de haber lanzado el manifiesto al Estado de Sonora en que expuse la parte de las razones que me asistían para asumir de nuevo el poder y que entrañaban secretos militares, tuve la decepción de que las tropas que se me habían ofrecido con el general Ángeles no me fueran enviadas, por lo cual me encontré de nuevo con que tenía que hacerle frente a la situación con mis propios escasos elementos.

Los carrancistas, que violaron reiteradas veces el pacto celebrado bajo los auspicios del señor General Scott, habían atacado dos veces infructuosamente a Nogales; pero aumentadas sus fuerzas, se encontraban operando en los Distritos de Arizpe y Moctezuma. Entonces me decidí a abrir una enérgica campaña, a cuyo efecto reuní dos mil seiscientos y tantos hombres de buenas tropas y salí rumbo al Este. Me encontré con las avanzadas del enemigo en Mascareñas, punto que me abandonaron y continué hasta Divisaderos donde se encontraba, aprovechando las ventajas que le daba el terreno, el núcleo de sus fuerzas. Estas estaban en mejores condiciones que las mías, tenían más fáciles medios de comunicación y eran más numerosas, llevándonos, sobre todo en caballería, una ventaja abrumadora; sin embargo de esto mis tropas cargaron con denuedo y pude alcanzar la satisfacción de obtener una brillante victoria que me permitió arrojar a los carrancistas sobre la frontera, después de tres días de constante batallar.

Estaba yo ocupado con la tarea de perseguir al enemigo, cuando recibí en mi campamento un comisionado del General Villa, que me manifestó, que en junta de generales habida en Torreón, se había resuelto hacer una nueva campaña en el Oeste de la República, con el fin de llegar hasta Guadalajara; que una fuerza de veinticinco mil hombres al mando del Jefe de Operaciones, avanzaría por Casas Grandes para internarse en Sonora y que preparara víveres en cantidad suficiente para ese numeroso cuerpo del ejército.

También entonces, me impuse de una comunicación del señor General don Roque González Garza, comisionado al efecto por el General Villa, en la cual me hacía conocer mi nombramiento como uno de los comisionados que deberíamos concurrir a Washington para representar la Convención en los arreglos de paz promovidos por el gobierno Norteamericano.

En efecto, a iniciativa del señor presidente Wilson, los embajadores y ministros de las Repúblicas Centro y Sur americanas, en unión del secretario de Estado Norteamericano, nos habían enviado en el mes de agosto de 1915 una invitación a todos los jefes civiles y militares, tanto carrancistas como convencionistas, para que diéramos fin a la lucha armada y llegáramos a un avenimiento que trajera consigo la pacificación del país. En tiempo oportuno había yo contestado a Washington aceptando la invitación, siempre que no envolviera ninguna merma del decoro o de la soberanía de la Nación y diera por resultado el establecimiento de un gobierno provisional que volviera al país, lo antes posible, al régimen constitucional.

Me parece oportuno hacer constar aquí que todos los funcionarios civiles y militares de la Convención, nos encontrábamos animados del mejor deseo de concordia en beneficio del país y que por consiguiente, todos, sin excepción, aceptamos la invitación que se nos hacía por bien de la patria y en beneficio de la armonía Pan-Americana; no así la facción carrancista, en la que todos sus civiles y militares prefirieron su respuesta a lo que personalmente resolviera el señor Carranza, quien, finalmente, se opuso a todo trato que significara arreglo o transacción.

Para resolver sobre estos dos importantes asuntos, regresé a Nogales, no sin haber antes expuesto la situación a mis subalternos, quienes opinaron porque debería ir a Washington, desde el momento que las fuerzas carrancistas se encontraban derrotadas y desmoralizadas, habiéndose despejado en consecuencia la situación militar del Estado.

Además de que yo mismo abrigaba grandes esperanzas de que el movimiento pacifista de Washington tuviera éxito, no quería esperar en Sonora la llegada de la División del Norte, en razón de que me daba cuenta cabal de los difíciles problemas que tendría que tropezar para abastecer de lo indispensable a un tan grande número de tropas, dada la penuria y exhaustación en que se encontraba el Estado debido a la prolongada guerra que había mantenido; de tal suerte, que si la manutención del escaso número de tropas que yo mandaba me imponía un problema diario, el sostenimiento de mayores fuerzas convertiría la situación en otro de resolución imposible. Esto necesariamente me traería muy serias dificultades con el General Villa, quien, según todas las apariencias ignoraba la situación y presumiría de mi parte falta de voluntad para ayudarle.

Por otro lado, mis relaciones personales y políticas con ese jefe se encontraban en un estado muy delicado, cosa que no había dejado de trascender al público precisamente por no debilitar nuestra causa; pero que comprendía que no podría sino empeorarse con nuestro contacto, todo con gran merma de los intereses de la Convención. Algunos jefes de los que eran adictos a Villa también me hacían política. Además, me encontraba yo bastante resentido por el fusilamiento, sin previa averiguación, ni juicio formal, del señor licenciado don Aureliano S. González, estimable persona que había desempeñado altos puestos en Sonora y Chihuahua, que a mayor abundamiento me había sido enviado por el propio General Villa para que ayudara en mis labores y que yo, a mi vez, había comisionado en Chihuahua con el fin de que tratara con dicho Jefe sobre mi demanda deseada separación del gobierno al vencimiento de mi periodo constitucional.

La noticia de ese fusilamiento me causó la más penosa impresión, tanto más cuanto que quedé en la situación de creer que toda la culpa que pudo haber tenido el señor licenciado González era la de haber desempeñado la comisión que yo de tan buena fe le encomendara y el con tanta buena voluntad había aceptado. Por todos estas razones me decidí a efectuar mi viaje a Washington, donde además me sería dable ponerme al habla con varios jefes de los más visibles de la Convención que allá se encontraban y que, ostensiblemente, se habían separado de sus mandos respectivos por algo que yo ignoraba y me importaba conocer y que de todos modos había desmoralizado grandemente a los partidarios de nuestra Causa.

Obtenido el triunfo de Divisaderos; sabiendo que el General Villa avanzaría con una columna de veinticinco mil hombres, que creímos barrería con los restos de las fuerzas carrancistas; habiendo asegurado Nogales como puerto de salida para los civiles y amigos míos que quisieran abandonar el Estado y considerando finalmente, que en lo sucesivo podría prestarle mejores servicios a la Causa Convencionista en las conferencias de Washington que en Sonora, de acuerdo con el mismo General Villa, quien no quería que fuera yo a Washington, nombré gobernador interino a don Carlos E. Randall, persona que estaba interiorizada del despacho de los negocios públicos por haber trabajado a mi lado durante todo el tiempo de mi administración, dejándole cerca de seis mil hombres victoriosos, atravesé la frontera en mi camino para la capital de la Unión americana.

El día 8 de octubre llegué a Washington y me encontré con una situación que no me esperaba. Cuando se nos convocó a los jefes civiles y militares de las facciones beligerantes en México para llegar a un acuerdo, bajo los auspicios respetables y desinteresados de las Repúblicas americanas y se nos conminó con que la facción refractaria a entrar en esos arreglos pacifistas no sería considerada para el efecto del reconocimiento por las potencias Pan-Americanas, todos creímos que al ser nuestra facción la que manifestara su voluntad de sacrificar algunas de las justas reclamaciones que sostenían con las armas en la mano en aras de la pacificación nacional, sería la reconocida, en oposición a la carrancista que absolutamente se negara a ninguna clase de transacción; pero cual sería nuestra sorpresa Cuando vimos que, sin ser siquiera oídos, era cosa resuelta reconocer el gobierno de facto de Carranza, como en efecto lo fue unos cuantos días después!

Confieso que hasta la fecha ni mis correligionarios ni yo nos hemos dado cuenta cabal de lo que ocurriera en Washington que de tal manera cambiara el curso lógico de los acontecimientos; pues si bien es cierto que la suerte de las armas en la campaña de 1916 nos había sido en general adversa, también lo es que distábamos de estar batidos, que teníamos suficientes elementos de combate, que contábamos, sobre todo, con mayores simpatías en la Nación y que el reconocimiento absoluto y sin ninguna transacción en favor de los no reconocidos, no podría traer la paz, como los acontecimientos posteriores lo han demostrado; pues no obstante el transcurso de tres años, todavía la facción carrancista no logra consolidarse en el poder y si parece que pierde terreno en la confianza pública.

En este punto creo de mi deber hacer constar que precisamente el loable deseo de hacer la pacificación de una vez por todas, fue el que nos llevo a los jefes civiles y militares de la Convención a admitir los prospectos de una transacción con el señor Carranza, creímos lo más patriótico terminar la lucha civil y sinceramente llegamos a abrigar la esperanza de que un gobierno de transacción o coalición revolucionaria podría salvar al país, restablecer el orden constitucional y fijar en las leyes y costumbres de la nación los principios revolucionarios que merecieran sobrevivir y significaran un adelanto para la sociedad mexicana.

Comprendíamos perfectamente que ninguna de las dos facciones beligerantes, al punto a que habían llegado las cosas, podría por si sola efectuar ese programa y además, los más avisados de entre nosotros, temían que el triunfo incontestable, decisivo, de una de las dos facciones, se tradujera en la implantación de un régimen de venganza, de un régimen despótico, que en lugar de constituir un gobierno genuinamente nacional se convirtiera en mera oligarquía arbitraria, excesiva y por consiguiente tiránica. Por eso veíamos con agrado que nuestra lucha terminara en un arreglo que hiciera posible la coexistencia de las dos fuerzas, para que una respecto de la otra sirviera de control y de limitación democrática.

Nuestras aprensiones han sido confirmadas desgraciadamente y la paz no se ha logrado.

Comprendiendo que después del reconocimiento otorgado a la facción carrancista, como gobierno de facto, sin restricciones ni estipulaciones ningunas en favor de nuestro partido, era antipatriótico seguir combatiendo, yo, en unión de todos los civiles y de la mayor parte de los jefes militares de la Convención, tomé el camino del destierro, en el cual he vivido desde entonces, dándole por una parte, toda oportunidad para consolidarse al gobierno carrancista y por otra dejándole toda la responsabilidad de la nueva situación, para que si cosecha un resonante fracaso, no nos lo atribuya, puesto que con todo y la amargura que necesariamente ha invadido nuestros corazones al ver una vez más las tendencias democráticas subyugadas por las autocráticas en nuestro país, hemos considerado indebido ser obstáculos a la pacificación nacional por medio de actos prematuros que impedirían cualquiera obra en ese sentido.

Habiendo resultado electo gobernador constitucional de Sonora por la casi unanimidad de votos de mis conciudadanos, consideré de mi deber defender hasta lo último la soberanía del Estado y la integridad de mis atribuciones como su mandatario. Este fue el móvil principal de todos mis actos; mi tenacidad por sostener esos principios me hizo arrostrar todas las penalidades inherentes a la especialísima situación en que me encontré colocado durante las más grandes convulsiones que ha sufrido la patria en su tormentosa historia; tengo la satisfacción de haber logrado mi propósito; de haber sentado el precedente, en mi Estado, del deber que asiste a gobernantes y gobernados de mantener una situación legal y me cabe la satisfacción de que durante los cuatro años que desempeñé el cargo como propietario y el mes como provisional, ni manché mis manos con la sangre de mis enemigos que llegué a tener en mi poder, como Alvarado y demás carrancistas que aprehendí a principios de agosto de 1914 (pudiéndolo haber hecho cumpliendo órdenes y bajo la responsabilidad del jefe de operaciones de la División del Norte) ni despojé de sus intereses a nadie, ni impuse prestamos forzosos, ni perpetré exacciones, ni inundé al pueblo con emisiones de papel moneda, no obstante tener en este caso sugestiones y órdenes que en sentido contrario recibiera.

El único papel moneda que se emitió lo fue en los principios del desconocimiento de Huerta, por ley del Congreso del Estado; se hizo uso de el con la mayor economía, procurando por medio de hábiles combinaciones financieras que conservara el más alto valor que, dadas las circunstancias, era dable conseguir; pudiendo lograr el resultado de que el papel de Sonora siempre se encontrara varios puntos más alto en las cotizaciones internacionales que cualquiera otro de la República.

En cambio, la facción triunfante, ha fusilado varios de mis antiguos amigos y partidarios (don Fortino Vizcaíno, don Francisco M. Ayon, varios jefes y oficiales) puso precio a mi cabeza y me decomisó mis propiedades y las de mi familia.

Como no he cometido crímenes ni delitos de ninguna naturaleza, ni contra las personas ni contra la propiedad y solamente por los medios que me parecieron más a propósito me concreté a ser fiel a mis ideales y a defenderlos hasta con las armas en la mano, creyendo vinculados en ellos el bienestar de mi país y el progreso de mis conciudadanos; por abrigar aun hoy día la convicción sincera y honrada de que nuestra causa era la justa y de que nunca me aparté un ápice de la más estricta legalidad, si bien con las amarguras propias de mi condición de desterrado y con las tristezas que muy naturalmente hacen presa del corazón de todos los mexicanos por las circunstancias por que atraviesa nuestra República; vivo tranquilo, esperando mejores días y en todo caso, cuando las pasiones se serenen y pueda hacerse con calma y honestidad el examen de nuestra conducta y el juicio de nuestras acciones, el fallo de mis conciudadanos y la posteridad mexicana tenga a bien pronunciar.

Los Ángeles, California, diciembre de 1918.

J. M. Maytorena

Fuente: Documentos Históricos de la Revolución Mexicana XVIII. Fundador: Isidro Fabela. Revolución y Régimen Constitucionalista Volumen 6° del Tomo I . Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. De Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura Garcia, Humberto Tejera. Editorial Jus, S. A. México, 1970. pp.103-149. Creative Commons.

 
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