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EL PASADO DE SONORA Y LA REVOLUCIÓN MILITAR DE 1910

 

Desde su fundación en el siglo XVI, Sonora fue un área fronteriza, con frecuencia ignorada por la ciudad de México. Parte de la razón para esta desidia era la lejanía de la región, que requería un viaje largo y arduo desde la capital virreinal. Además, en Sonora no abundaban los recursos minerales, de manera que la búsqueda de riquezas que atrajo mineros a otras regiones norteñas no desempeñó un papel importante en el desarrollo inicial del estado. En su lugar, Sonora contaba entre sus primeros pioneros un grupo valiente de misioneros jesuitas, quienes lograron cristianizar y pacificar, entre otras, a las tribus belicosas yaquis. Al iniciar la lucha de independencia en 1910, la población de Sonora era aún escasa y sus comunidades estaban aisladas del resto de México.

En varios aspectos, la historia de Sonora durante el siglo XIX fue un microcosmos de las dificultades que plagaban todo el país. La élite dominante —los llamados notables urbanos— se dividió en facciones a causa de rivalidades entre las regiones contendientes del estado. Las amenazas periódicas de invasión por parte de filibusteros yankees incrementaban las tensiones; y, finalmente, algunos caudillos omnipotentes buscaban establecer su hegemonía en el ámbito estatal. Más tarde, durante el porfiriato, Sonora experimentó un nuevo tipo de invasión yankee, ahora por parte de gringos armados con dólares en lugar de escopetas. La infraestructura del estado se modernizó con rapidez a medida que las corporaciones y los hombres de negocios estadounidenses explotaban los yacimientos de cobre y otras empresas generadoras de beneficios. Las compañías de Estados Unidos trajeron con ellas a trabajadores especializa dos y administradores, pero también emplearon a mucha gente local. Así, el porfiriato presenció una transformación del estilo de vida tradicional de Sonora encabezada por extranjeros y por una élite local privilegiada que a menudo se asociaba con los estadounidenses.[1]

Un hecho importante diferenciaba a Sonora de otras regiones de la República Mexicana: la presencia de un grupo indígena combativo que se aferraba a muchas de sus tradiciones y se oponía resueltamente a incorporarse por completo al mundo de habla hispana. Antes de la conquista, los yaquis vivían en poblados ribereños y dependían de las inundaciones bianuales para revitalizar la tierra de sus caseríos aislados. Si bien, resistieron con fiereza las embestidas de las expediciones militares españolas, sucumbieron ante la adulación de los jesuitas, quienes les ofrecieron una relación de simbiosis y colaboración. Querían participar de la tecnología agrícola moderna, de los nuevos ganados como las vacas y cabras, y de los nuevos cultivos, como el trigo. Por otra parte, la nueva religión los atraía, y con el tiempo se creó una fusión sincrética de las prácticas religiosas católicas y tradicionales. También les gustaba la idea de tener un pueblo y casas más grandes, y con el tiempo los jesuitas lograron congregar al a tribu en ocho comunidades extendidas a lo largo del río Yaqui. En suma, durante gran parte del periodo colonial, gozaron de una posición única entre los grupos nativos mexicanos; permanecieron fuera de los límites de la civilización y del comercio españoles, y nadie los molestó.

Cuando el manto protector de los frailes abandonó Sonora, el valle del río Yaqui se convirtió en blanco de la expansión y codicia españolas. Cuanto más veían los yaquis sus tierras como una herencia, tanto más las veían los mexicanos como una oportunidad capitalista en formación. Las dos culturas entraron en conflicto sobre el significado inherente de la tierra: para los mexicanos individualistas y capitalistas, adquirir una propiedad en dominio pleno borraba toda obligación para con los demás, mientras que para los yaquis, la comunidad conservaba sus derechos inherentes sobre la tierra (en general para un uso particular). El conflicto creció a finales del siglo X I X, cuando, con la embestida de los inversionistas, llegaron oportunidades económicas y mayor estabilidad.

Sin embargo, los nuevos terratenientes porfiristas estaban mucho mejor equipados, y los gobiernos federal y estatal emprendieron una guerra a muerte contra los yaquis en las décadas de 1880-1890, a pesar de las objeciones de algunos disidentes, como el personaje central de este artículo. Los especuladores codiciaban sus tierras fértiles para la agricultura de exportación, y cuando algunos yaquis se mostraron renuentes, los empresarios exigieron con éxito que se tomaran medidas. Cuando la policía rural o el ejército capturaban a los rebeldes, los vendían como jornaleros a las plantaciones de henequén en el lejano Yucatán. Allá, los deportados trabajaban en condiciones apenas imaginables para el siglo X X.[2] Así, no es de sorprender que varios de ellos participaran como soldados en la fase militar de la revuelta contra Porfirio Díaz.

No obstante, el mando de la revuelta maderista estaba compuesto por notables urbanos excluidos del “carro lleno” de Porfirio Díaz. Varios de ellos, incluido Maytorena, habían apoyado la campaña de Madero en Sonora en 1910, organizando mítines e imprimiendo panfletos. Muchos de estos importantes terratenientes y hombres de negocios se habían beneficiado con las políticas económicas de Díaz, pero se sentían obligados a manifestarse en temas de reforma política y social. La reelección manipulada de Díaz como presidente en 1910, así como la reelección del impopular gobernador estatal, Luis Torres, cristalizaron la frustración de los opositores y su desafortunada acción política. Muchos maderistas importantes del estado, incluidos José María Maytorena (conocido de cariño como “Don Pepe”), Eugenio Gayou y Carlos Randall, dejaron Sonora para exiliarse en Arizona y California, donde planearon la rebelión para luego apoyar los esfuerzos militares de las fuerzas populares maderistas en el campo.

Los maderistas rebeldes establecieron un frente en Sonora a principios de enero de 1911. Como había sucedido en Chihuahua, surgieron bandas de guerrillas en todo el estado durante los siguientes seis meses; y su número aumentó cuando el ejército porfirista no logró vencerlos. A fines de abril, una importante batalla en Agua Prieta estuvo a punto de provocar un incidente internacional al caer del otro lado de la frontera algunas granadas que hirieron a ciudadanos estadounidenses en Douglas, Arizona.[3] Pueblos como Cananea estallaron como volcanes de furor patriótico antiestadounidense. Algunos oficiales locales, en especial los acusados de colaborar con los odiados estadounidenses, fueron echados de sus puestos a punta de pistola mientras que los alborotadores saqueaban tiendas y paraban el trabajo en las minas.[4]

En otras partes del país ocurrieron acontecimientos semejantes. Las bases del edificio, aparentemente frágil, del porfiriato se sacudieron para derrumbarse en mayo de 1911. Al mismo tiempo, los líderes políticos maderistas, incluido el triunvirato de Sonora, querían conservar el desarrollo alcanzado por la dictadura y evitar más daños a la infraestructura económica. Así, desde que comenzó la insurgencia, el mando político maderista mostró interés en un arreglo negociado. Sin embargo, los términos de la transferencia del poder continuaron siendo materia de disputa hasta principios de 1911, por lo cual se intensificó la insurgencia. Díaz esperaba obstinadamente retener el poder integrando algunas reformas al sistema, mientras que los maderistas esperaban remplazar no sólo al dictador, sino también a algunos oficiales porfiristas —incluidos varios gobernadores—, con miembros del mando insurgente .[5] Con el tiempo, Díaz capituló, y el 21 de mayo firmó el Tratado de Ciudad Juárez, que estipulaba la renuncia inmediata del dictador, el nombramiento de Francisco León de la Barra como presidente interino y la sustitución de los gobernadores porfiristas por maderistas. En Sonora, el gobernador Luis Torres huyó, y luego de discusiones acaloradas y amenazas disfrazadas por parte de Madero, la legislatura nombró a Carlos Randall gobernador interino.[6]

Durante la transición del poder entre Torres y Randall, no faltaron tumultos en ciudades y pueblos. A finales de mayo, las multitudes apedrearon la casa del ex teniente gobernador en Hermosillo. Varias personas ajenas a la insurgencia vieron en ella la oportunidad de vengarse de notables acaudalados que los habían agraviado hacía tiempo. De hecho, la “gente decente” en las ciudades rogaba al ejército federal que se quedara para protegerlos de los disturbios urbanos y los invasores maderistas populares —como se ha llamado a los insurgentes rurales— quienes exigían entrar a la capital y otras ciudades. Era inminente un choque entre los federales y los insurgentes “indisciplinados”.[7] Sin embargo, Madero y De la Barra colaboraron con el nuevo gobierno estatal interino para prevenir nuevas luchas. En medio de una paz precaria, Randall se ocupó en resolver el difícil problema de desarmar a los insurgentes y convocar a nuevas elecciones para gobernador.

Notas: 1.- Voss, 1982; Acuña, 1974, y Ruiz, 1985.; 2.- Hu-Dehart, 1984; SPICER, 1980, y TURNER, 1969.; 3.- Aguilar Camín, 1985, pp. 154-155.; 4.- T. López Linaros, 27 de mayo, 1911, JMMA, c. 7, núm. 5.; 5.- Henderson, 2000, pp. 28-49.; 6.- Rivera, 1969, pp. 233-236.; 7.- A. Espinosa a Francisco León de la Barra, 29 de mayo, 1911, AGM, c. 24, exp. E-2, núm. 3. El Archivo Magaña contiene todos los papeles presidenciales de De la Barra.

Fuente: Peter V. N. Henderson. José María Maytorena y la Revolución en Sonora. Traducción de Adriana Santoveña Rodríguez. Creative Commons.

 
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