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EL IMPACTO DE LAS GUERRAS NATIVAS EN EL NORTE DE NUEVA ESPAÑA[1]

 

Durante la segunda mitad del XVIII el norte de Nueva España conoció un auge económico en donde la minería y la ganadería tenían mucho peso. Ello facilitó que ingleses y franceses se interesasen por la región, adoptando una estrategia de presión constante, de la que destacamos la venta de armas de fuego y alcohol a apaches y comanches, provocando con ello cambios sustanciales en su modo de vida tradicional. Además de los cambios cotidianos y en la forma de vida, el comercio franco-británico con los nativos provocó cambios territoriales, luchas ínter tribales y un aumento de las razzias contra las minas y las haciendas con el fin de obtener botín para acceder a esos tratos. Esta situación llevó a que las autoridades virreinales, y metropolitanas, rediseñaran la defensa del norte. Pero con los escasos recursos humanos y materiales que se pudieron aportar, esta remodelación fue más teórica que pragmática. El resultado final fue un cambio total en la concepción del nativo como hombre-otro, desde una postura mítico-quimérica del siglo XVI, a una nueva forma de «barbarie», del XVIII.

La estructura defensiva

Los bruscos cambios que vivió Europa en el siglo XVIII, con una coyuntura internacional marcada por el belicismo entre las diferentes potencias, hicieron que las autoridades del virreinato de Nueva España, y también de la metrópoli, variasen toda la estructura defensiva del norte, reelaborando un nuevo modelo lo suficientemente efectivo para frenar primero a los franceses y británicos; posteriormente sería utilizado para intentar paralizar a los norteamericanos. En la segunda mitad del siglo XVIII la zona norte había conocido un auge económico derivado de la nueva política de los Borbones. El incremento de las cabezas de ganado, el rápido despegue de la minería, que convertirían a México en la «perla de la Corona», y el desarrollo de la agricultura preveían un futuro más que próspero, y con ello un traspaso de rentas a la Hacienda Pública mucho más importante. Esa nueva coyuntura económica podría peligrar si algunas potencias enemigas llevaban a cabo viejos planes de ocupación del norte minero, pero también si los hostiles indios del norte provocaban un «parón productivo» con el aislamiento de algunas regiones vitales,[2] especialmente las argentíferas.

El primitivo plan defensivo para todo el norte, diseñado en la época de Felipe V, estuvo centrado básicamente en cuatro presidios, a saber: el de San Antonio de Béjar, el de San Miguel de Adaes, el de la Bahía del Espíritu Santo y el de Pensacola.[3] Pero las medidas adoptadas no fueron suficientes para contrarrestar la presión franco-británica[4] y la involución en el proceso ofensivo de diferentes naciones indias.[5] Por todo ello, y como consecuencia de la evolución geo-estratégica de la zona, se creó un nuevo plan que establecía

la normativa defensiva de todo el septentrión.[6] Este iba desde el establecimiento de una línea de frontera de mar a mar, hasta el número de oficiales, hombres y tipos de armas, amén de una abultada carga de situado para los presidios y unos complementos fiscales para poder amortizar, en parte, los gastos de defensa. Pero a pesar de las diferentes Reales Ordenes que fijaban tanto la cuantía de soldados y oficiales como el situado,

la dura realidad de la hacienda borbónica en Nueva España, y la propia geografía de la región septentrional, hacían peligrar la viabilidad de todo el sistema.[7]Veamos cómo se desarrolló el sistema defensivo. En primer lugar se estableció una línea de presidios desde Santa Fe, en Nuevo México, hasta la bahía del Espíritu Santo, en Texas, que debían ser el bastión y defensa de todo el virreinato. Estos veintiún presidios estaban ubicados de la siguiente forma: dos en Texas ( San Antonio y bahía del Espíritu Santo); cuatro en Coahuila (San Juan, Monclova, Santa Rosa y Bucareli); ocho en Nueva Vizcaya (San Saba, San Carlos, Junta de los Ríos, Príncipe, Calvario, Carrizal, San Buenaventura y Janos); seis en Sonora ( San Bernardino, Cruz, San Agustín, San Germán, San Miguel, San Carlos); y finalmente uno en Santa Fe, en el corazón de Nuevo México. También se crearon cuatro compañías volantes apoyadas por dos regimientos de Dragones. En cuanto a la oficialidad, cada uno de los presidios debía mantener un capitán, un teniente, un alférez y un capellán, asistidos por un sargento y dos cabos.[8] Sin embargo, existían dos excepciones, que eran los presidios de San Antonio y Santa Fe (los de mayor riesgo estratégico) en donde la oficialidad se incrementaba notablemente, concretamente en un teniente, un sargento y cuatro cabos. Por tanto, en un principio deberían estar dotados con un total de 161 oficiales[9] a los que deberían sumársele 972 soldados –40 soldados por presidio–, con las excepciones antes dichas de San Antonio, donde residían 69 y Santa Fe, este con 92. Además de estos, debido a su entorno geográfico y a los problemas derivados de la presencia del mar, el presidio de la bahía del Espíritu Santo estaba dotado con 45 soldados.

Cada presidio también debía contar con diez soldados indios exploradores, de los cuales se elegía a uno como cabo. También se les debería dotar, a costa de la Real Hacienda, de los caballos y mulas necesarios para realizar acciones ofensivas, en este caso 352 caballos y 51 mulas por presidio –una media de seis caballos por persona. No obstante, lo más significativo de los presidios eran los elevados costes de situado que debía soportar la metrópoli –18.998 pesos anuales por presidio– con un coste total para todos ellos de 438.860 pesos,[10] a los que se tenían que sumar los 162.581 de las compañías volantes. Sin embargo, en muchas ocasiones, como ya hemos citado, la realidad geográfica y la situación de la Real Hacienda transformaban en utopía el diseño de defensa de la frontera. Cuando Luis Antonio de Menchaca llegó como capitán a su presidio en la villa de San Fernando se halló que solo estaba dotado con 21 soldados y un teniente, pero lo más preocupante era que se encontraba «…totalmente abierto y plano a todos los vientos, sin la fortificación de las normas –muro, muralla, baluartes, terraplenes, estacas y foso.–»,[11] en cuanto a las armas solo encontró 18 escopetas, 18 espadas y 34 lanzas, muchas de ellas deterioradas, cuando la normativa estipulaba que cada soldado debería tener una espada, una escopeta, una adarga, una lanza y una pistola. Todo el sistema se completó en 1778 con la creación de un sistema ágil de correo para todas las Provincias Internas a efectos no solo de facilitar la comunicación defensiva sino también la ser un instrumento capaz de incrementar y potenciar el comercio.[12]

Confrontación y pérdidas económicas

En 1777, y dada la situación de caos y guerra que se vivía en el norte, el virrey de Nueva España nombró comandante general de la gobernación de Chihuahua, uno de los centros mineros, ganaderos y agrícolas más activos, a Hugo O’Connor. Su nombramiento vino pues enmarcado en la catástrofe económica y militar que se estaba viviendo[13] y sus órdenes, básicamente, la de controlar las razzias de apaches y comanches en toda la zona norte visto que aquella nueva estructura defensiva prácticamente no servía para nada, dado que la falta de fondos hipotecaba el plan teórico. Pero además, y como veremos, uno de los factores más preocupantes para las autoridades virreinales y militares del septentrión era la posesión de armas de fuego por las distintas naciones indias y el activo comercio que los mercaderes franceses de la cuenca del Misisipi realizaban del material bélico con las distintas tribus de la cuenca.

Para entender la situación geoestratégica de la zona cabe recordar que al nordeste de Texas se hallaba la Luisiana, en manos francesas, de los cuales los españoles siempre tuvieron el temor –pese a los diferentes pactos de familia– a una mutación total de la política gala, y más cuando la venta de armas a los nativos, y su control como fuerza de choque,[14] cambiaba notoriamente los planes hispanos.[15] Pero, a parte de esta situación estratégica de las potencias en el norte se habían producido toda una serie de modificaciones territoriales nativas que afectarían directamente a los asentamientos españoles. Por la zona noroeste los comanches y osages habían presionado a los wichitas hacia el interior de Texas con lo que estos desplazaron a los apaches hacia la zona hispana. Este efecto dominó se acentuó cuando los comanches también iniciaron un proceso de asentamiento y de envolvimiento en la zona noroeste desplazando a los apaches[16] más al sur. Los comanches compraban armas de fuego a los franceses,[17] por su parte los apaches para poder adquirirlas debían conseguir los caballos[18] necesarios para realizar los trueques.[19] Estos dos elementos:

caballos y armas de fuego, coadyuvaron a fomentar las grandes tensiones nativas en el norte y en especial, dada la gran movilidad adquirida y la capacidad de fuego, la conversión de la antigua guerra tribal puntual en una elemento permanente y constante.

En esa línea, Manuel Antonio de Soto realizó en 1752 una expedición desde Nacogdoches para averiguar el ilícito comercio que practicaban los franceses con los indios, resultando afirmativa y preocupante pues esos estaban generando más alianzas y a un coste menor que los españoles.[20] De ahí que la presión nativa fuera cada vez más elevada.

Así pues supeditado a esa situación, Hugo O’Connor realizó un informe económico, pero también militar, de la situación en Chihuahua «…se continuaba la guerra llevando siempre los apaches casi todo el triunfo, perdiendo el rey muchos caudales…».[21]

Ello provocó que prácticamente toda la zona de la frontera de Nueva Vizcaya estuviera muy despoblada debido a las incursiones nativas. Sin embargo, y en el ámbito económico, el principal problema venía derivado de las continuas cabalgatas que los apaches realizaban contra las grandes haciendas y estancias ganaderas.[22] Según evaluación del propio O’Connor las pérdidas hasta el momento eran sumamente cuantiosas, nada menos que 300.000 cabezas de ganado mayor; 200.000 cabezas de ganado menor; 400.000 caballos y mulas, más la pérdida en el circuito de la plata y en vidas humanas. Así, las minas habían reducido su producción a una tercera parte, situación análoga en muchos reales, tanto de Chihuahua como de Parral o Mapimí, en este último una incursión realizada en agosto de 1771 se cobró la vida de cinco personas y el robo de 300 caballos. En las mismas fechas se asaltó el presidio de Janos perdiendo la vida 11 soldados, 5 indios congregados y la pérdida de 500 caballos, continuando con el asalto a varias haciendas, muriendo 24 pobladores, de entre ellas destacamos únicamente la hacienda Dolores de donde se llevaron 1.000 caballos.

No obstante, los apaches no cargaron únicamente contra las grandes haciendas, lo más preocupante era que también cortaban los caminos y las vías de comunicación, paralizando el comercio y provocando enormes pérdidas económicas. El asalto en las mismas fechas a un atajo de 21 mulas provocó la pérdida de 30.000 pesos en mercancías. Más adelante, un ataque a otro convoy que se dirigía a Nuevo México provocó la muerte de 7 personas y el robo de 1.000 caballos. Es decir, en poco menos de un año, desde el 20 de enero de 1771 al 20 de diciembre de 1771 los apaches habían provocado la muerte a 140 personas y el robo de más de 7.000 caballos. Si sumamos todas las pérdidas desde el inicio de la guerra la cifra resultante es desorbitada: 4.000 muertos entre los ganaderos y pobladores, 12 millones de pesos, más los problemas derivados del desabastecimiento provocado por el miedo.

Como ya hemos citado anteriormente, ese temor influía en el circuito de la distribución de la producción minera. Si en los años anteriores a 1771 llegaban desde Chihuahua a la capital una media de 100 barras de plata al año, en 1771 solamente llegaron 8 barras. [23] Los motivos son más que elocuentes, los mineros tenían miedo a enviar sus productos por el viejo camino de Tierra Adentro ante el temor de los continuos asaltos.

O’Connor explicó las circunstancias a las que debían enfrentarse los soldados de los presidios, siempre escasos y mal pagados, carentes de material adecuado y con la moral baja. Las tribus nativas chiricagüas, gileños, mezcaleros, faraones, etc. estaban situadas en el vasto norte, en las Sierras de Guadalupe, Sierra Nevada, Cornudo y especialmente en la Sierra del Diablo, lugares de difícil acceso que tenían controladas por entero. Estos iban vestidos de cueros de gamuza o de cíbolo, sus armas la lanza, el arco y las flechas aunque en esos momentos ya poseían armas de fuego que «…cambian por cambalaches a los indios vidais que residen inmediatos a la Luisiana y por caballos en abundancia de los muchos que han robado…».[24] Pero el problema no se reducía únicamente a los apaches, a estos debían sumársele los comanches y sus aliados de la zona y que se habían manifestado como temibles enemigos pues habían adquirido armas de fuego a los ingleses, manejándolas con extremada precisión «…otros bárbaros peor que los apaches pues los franceses y los ingleses los han iniciado en el manejo del fusil y otras armas de fuego…».[25]

Todo esto provocó muchísimos problemas a la línea de presidios y a los pobladores pues los comanches ya no se contentaban con hacer la guerra a los apaches, ahora también cargaban contra las poblaciones, haciendas y rancherías de indios pacíficos de tal forma que tanto Diego Ortiz, como los demás militares de los presidios de las Provincias Internas, eran contundentes al afirmar que el incremento del gasto en defensa y seguridad

redundaría en un aumento del beneficio de la Real Hacienda al incrementarse notoriamente los «quintos de plata y oro de las muchísimas minas que existen».[26] Lo más urgente, para Ortiz, además de incrementar el número de soldados destinados en los presidios, era la de crear una compañía de 200 hombres dedicada únicamente a combatir a los comanches. Un claro ejemplo de ello, y de la insuficiencia de recursos con que se encontraban, lo tenemos en el presidio de San Juan de las Amarillas y la misión del río San Saba, a tan solo veinticinco leguas de la misión de San Miguel de Adaes. La zona era vital para todas las naciones del norte porque era el lugar de cacería de los bisontes, por tanto entraban en colisión varias formas de poblamiento. Por un lado apaches[27] y comanches combatiendo por el abastecimiento de carne y pieles, por otro los españoles y misioneros asentados en la zona, comúnmente reforzados con indios cristianizados de otras regiones –Nuevo México, Nueva Vizcaya…etc. Por todo ello ese presidio era «…el antemural de las cuatro provincias y circunvalado de naciones bárbaras de indios, las más de ellas armadas de fusilería con abundancia de pólvora y balas que la nación francesa les abastece…».[28]

Algunas incursiones de castigo de los españoles contra los apaches y comanches se saldaron con auténticos fracasos que pudieron convertirse en verdaderos desastres para toda la línea de frontera. La incursión realizada por Diego Ortiz en la Sierra del Diablo contra los apaches se saldó con la pérdida de dos cañones y el fracaso rotundo de la incursión. Ello puso en peligro la comunicación de Nuevo México con Texas que habían abierto José Miraval y Francisco Romero. Se necesitaba una reestructuración a fondo de los presidios y una mayor aportación tanto en soldados como de religiosos pues la aculturización nativa, aunque lenta, se hacía notar: «…pongo en su Alta Comprensión lo conducente que será la congregación de los indios apaches por lo quantioso que son las naciones del norte y el descubrimiento de minas…».[29] En poco menos de un año en la misión de San Francisco Javier se bautizaron 72 apaches; en Nuestra Señora de la Candelaria, 41 y en San Ildefonso 150.

Como dijimos anteriormente, el presidio y misión situados en San Saba estaban ubicados en una zona difícil, de conflicto clánico y cultural. En 1758 llegaron más de dos mil guerreros, principalmente comanches aunque entre ellos los hubiera de hasta quince naciones diferentes al tratarse de una gran alianza de todas las tribus norteñas contra sus comunes enemigos, de los cuales más de la mitad portaban armas de fuego.[30] Su intención era acabar con los apaches, concretamente los lipanes[31] asentados en las Nuevas Misiones. No obstante, estos ya se habían marchado y la ira les llevó a destruir por completo la misión donde murieron varias personas, entre ellas dos misioneros. Este asalto indujo a que algunos oficiales destinados en los presidios, como Felipe de Rábago, temieran que la incursión comanche estuviera guiada por potencias enemigas con la intención de asentarse en los yacimientos mineros del septentrión novohispano.[32] El temor se acrecentó aún más porque tras la expedición de castigo, las autoridades francesas mediaron con los comanches y los españoles para firmar la paz. Así pues en 1760, y con la mediación francesa, se firmó una paz –tenue. Ese, pero, no fue el único –ni el último– gran ataque de comanches contra apaches y españoles. En 1766 también se atacó «…con muchas armas de fuego y crecido número de ellos…»,[33] la misión de San Lorenzo de Santa Cruz, intercambiándose disparos durante siete horas. Tal como afirma C.L. Sonnichsen «…Year by year the Spaniards came closer to desperation; their resources and their will to resist dwindled under the constant abrasion of Indian raids and forays…».[34]

El problema constante que tenían pues los pobladores y soldados de la frontera en las Provincias Internas con las diferentes naciones indias se había magnificado con el constante comercio de armas de fuego de los franceses. Felipe de Rábago realizó averiguaciones sobre el mismo e informó a las autoridades novohispanas sobre ello: «…estaban en el fuerte de los Tahuayos diez franceses con varriles de pólvora, valas y fusiles y que de ellos dieron en cambio de gamuzas, cueros de venado, mulas y caballos…».[35]

La relación y aculturización del nativo del norte novohispano se estaba realizando de una forma hasta entonces impensable. El comercio de armas de fuego por pieles y caballos posibilitó una reforma sustancial del modus vivendi de todas esas naciones: incrementándose la caza para la obtención de pieles y, especialmente, cayendo sobre las grandes estancias ganaderas hispanas y sobre los presidios para conseguir los caballos con que comerciar. Aquel era un círculo extremadamente peligroso para obviarlo, más cuando en determinadas zonas altamente rentables los presidios eran insuficientes para «…evitar que los franceses descubran los muchos minerales que hay en el río Chaney y el cerro del Almagre y que estos estan abilitando con fusiles, municiones y demás armas ofensivas…. »[36] a las diferentes naciones del norte. Esa falta de recursos humanos y materiales de los presidios –en 1772 el marqués de Rubí pensaba que la solución más efectiva era la de crear una doble línea de defensa de presidios y poblaciones estables– se dilató en el tiempo, en 1782 los apaches mezcaleros armados con «muchas armas de fuego» continuaban sus continuas entradas contra las estancias ganaderas obteniendo como botín numerosos caballos de los que solo se pudieron recuperar algunos cientos.[37]

Como primera consecuencia de la imposibilidad de paralizar las incursiones apaches, las autoridades intentaron realizar un acercamiento con los comanches a fin de luchar contra «el común enemigo» ya que las continuas escaramuzas entre las patrullas de los presidios y los apaches aportaban continuas pérdidas para los primeros. Los nativos se habían adaptado a la guerra contra los españoles no solo utilizando las armas de fuego, sino también con un completo dominio del terreno. Entre los muchos ejemplos hallamos el de una patrulla de la Segunda Compañía Volante, formada por un cabo y siete soldados, que perseguían a unos cuantos apaches y que fueron sorprendidos por un grupo de 130 guerreros que los sometieron a tiros de fusil durante cinco horas, perdiendo diez caballos, tres pistolas y una escopeta. Incluso las grandes expediciones como la realizada en 1787[38] no dieron resultados. De ahí la necesidad de pactar, al menos con una de esas naciones, concretamente con los comanches, asentados más al norte. El 14 de mayo de 1786 el gobernador Juan Bautista de Anza remitió una carta[39] al capitán general comanche Ecueracapa para que expresase en ella, con razón y figuras, los caudillos que le iban a acompañar contra los apaches así como el número de hombres. No obstante esas alianzas, la guerra se recrudeció desde 1795 de una forma absolutamente imparable. En 1797 se realizó una expedición de más de 200 soldados contra los apaches de Nueva Vizcaya que la habían dejado absolutamente asolada, con el despueble de muchos terrenos.

La presión combinada en algunas comarcas provocó que determinadas tribus apaches solicitasen la paz en 1787, sin embargo en zonas como Chihuahua la violencia se hizo irresistible con ataques a más de cien ranchos y pequeños poblados de los que sustrajeron multitud de cabezas de ganado, caballos, mulas y mercancías. Veamos algunos ejemplos de tales daños en las estancias y ranchos de mayor productividad. Entre ellas cabe destacar la de San Juan de las Encinillas, sin duda la más importante de todo Chihuahua; la del padre Navarrete, gran productor y vendedor de maíz y trigo en los mercados de Chihuahua o también, como no, la de Pedro Almoina, un gran productor de grano. Ese gran impacto también se realizó sobre otras a las que no citamos, como por ejemplo la del rico hacendado y minero Tomás de Chávez; las rancherías y pueblos nativos ubicados en el valle de Casas Grandes, que pasó de ser uno de los mayores exportadores de granos a quedar despoblado.

Veamos pues los daños producidos en algunas de estas estancias y ranchos.[40]

Titular Estancia Pérdidas

Manuel de San Juan S. Juan Bautista de las Encinillas             40.000 reses, caballos

Padre Navarrete Agua Nueva                                                         2.000 reses, caballos y árboles frutales

Pedro Almoina Almoina                                                                  14.000 reses, caballos y un molino harinero

Ceniza Ceniza                                                                                   2.500 reses y caballos

Domingo del Valle Malamoche                                                     2.500 reses y caballos

Antonio Castillo Laguna del Barbero                                           14.000 reses, caballos y un obrage

Juan Andrés Ortega Gueroche                                                        1.000 reses y caballos

Diego Laerran Hormigas                                                                 19.000 reses y caballos

Como vemos, las pérdidas fueron cuantiosas, generalmente la ruina completa de todo el ganado mayor y la caballada así como la quema de todas las infraestructuras productivas que acompañaban a los ranchos y haciendas. Un ejemplo claro es la estancia del padre Navarrete que abastecía de maíz, trigo y fruta a toda la provincia y que fue reducida a cenizas.

Conclusiones

Sin duda el septentrión novohispano a lo largo de todo el siglo XVIII estuvo marcado por una reactivación económica, inicada en la época de Carlos II, que posibilitó grandes cambios sociales y poblaciones. El desarrollo de una agricultura y ganadería muy productiva se vio acompañada por un notable crecimiento poblacional y por la explotación de ricos yacimientos argentíferos, especialmente en la zona de Chihuahua que la convirtieron en una de las más activas del virreinato. Todo este cambio de coyuntura en el septentrión se vio paralizado al convertirse en una región de guerra permanente. Efectivamente, los cambios territoriales producidos más allá de los «borderlands»[41] hispanos entre las diferentes naciones indígenas provocó un cambio sustancial: la irrupción de tecnología europea entre las tribus nómadas. La utilización masiva de caballos y armas de fuego posibilitó que todas las tribus convirtieran la guerra en un factor cotidiano y que adoptaran nuevas fórmulas de presión sobre los colonos y estancias de la frontera. Esta gran mutación cogió por sorpresa a las autoridades que no estaban preparadas ni económica, ni militarmente para hacerle frente. Pero, además de ello, hubo dos ele mentos que alteraron profundamente la visión geoestratégica que se tenía de la zona. En primer lugar el profundo temor a una intervención francesa en la región argentífera, la venta de armas y bastimentos a los indios incrementaban este miedo de una forma más que patente. En segundo lugar, la guerra intertribal por el dominio del territorio y por las zonas de caza del bisonte también afectaron a los asentamientos hispanos de la línea de frontera. Los complejos lazos del estricto binomio tierra-hombre entre las diferentes naciones indias y su relación con el medio no fueron entendidos ni en la capital virreinal ni en las diferentes intendencias, ni mucho menos en la corte hispana. La creación de presidios de escasa o nula utilidad en zonas vitales de caza, como el del río San Saba, así lo demuestra. Sus consecuencias, también, fueron obvias. En una guerra constante entre apaches y los comanches –que capitaneaban a las demás tribus indias– la irrupción española en plena zona de disputa y el desarrollo de la aculturización por parte de los franciscanos facilitó que los comanches y sus aliados identificaran los presidios y misiones como un baluarte de sus enemigos. De ahí la contundente respuesta contra la misión de San Saba. El incremento de la tensión y de la guerra en toda la línea de frontera, la evidencia que cualquier intento o incursión militar de castigo contra las naciones beligerantes era inútil y la debilidad económica y militar del virreinato hicieron trasmutar la política de alianzas nativas. Así, las autoridades determinaron que la única forma de vencer a los apaches, los responsables de las incursiones en los ranchos y estancias, era la de fraguar una alianza con sus enemigos naturales los comanches, mediante la entrega de armas de fuego y que en muchos casos se volvería contra los mismos españoles. Finalmente, toda esta situación también vino a mutar el concepto de «hombre-otro»[42] que poblaba el norte de la frontera.

Durante las centurias del XVI y del XVII el nativo era percibido desde una vertiente mítico-quimérica, los grandes espacios imaginarios que poblaban el desconocido septentrión, el desconocimiento de una geografía real ayudaron a desarrollar esa imagen tan peculiar. Una imagen que lo acercaba mucho a los europeos. En cambio, a lo largo del siglo XVIII esa percepción mutó. Las incursiones de apaches y comaches generaron un

cambio en la percepción del colono y de la autoridad, e incluso de muchos de los misioneros que quiseron participar de los proyectos cristianización de las culturas norteamericanas. A finales de la centuria la definición «quimérica» se transformó en «barbarie». Los nativos dejaron de ser «súbditos» de la corona, o descendientes de castellanos perdidos, a ser considerados un enemigo a batir, a reducir por la fuerza. Era la supeditación del concepto de «guerra a sangre y fuego» que ya había sido aplicado en la denominada «zona de guerra chichimeca» a todo el septentrión, y en cierta manera la justificación a un cambio en la agresividad en la frontera.

Notas: 1. Agradezco a los evaluadores anónimos su labor y sus valiosas sugerencias, las cuales han sido incorporadas en la versión final del texto.; 2. En este aspecto cabe resaltar la contribución de Lockwood, Frank G. The Apache Indias, University of Nebraska Press, 1987. En la parte final del capítulo dedicado a la relación entre los apaches y los españoles hace una breve, pero muy clarificadora, exposición de la situación en Texas y de las relaciones que se establecieron entre apaches, españoles y comanches, los juegos de alianzas y conveniencias y la preocupación de las autoridades virreinales para mantener la paz en el territorio. La obra de Worcester, Donald E. The Apaches: Eagles of the Southwest, University of Oklahoma Press, 1992 también realiza un valiosa síntesis de la época que trabajamos y en especial de las ideas de Gálvez para todas las Provincias Internas y para los apaches en concreto. En otra línea podemos destacar el artículo de Poyo, Gerardo e Hinojosa, Gilberto, «Spanish Texas and Borderlands. Historiography in Transition, implications for U.S. History», The Journal of American History, vol. 75, núm. 2 (1988) pp. 393-416. Como no, también aquel trabajo ya más clásico de Worcester, Donald, «The Significance of the Spanish Borderlands to the United States», The Western Historical Quaterly, vol. 17, núm. 1 (1976), pp. 5-18.; 3. Vid. Picazo Muntaner, Antoni, «Pautas geoestratégicas y económicas de la colonización de Texas», Archivo Ibero-Americano, 1992, vol. 41, p. 123. Otra de las ideas de la monarquía en esta misma época fue la de utilizar los ríos como vía de comunicación para enlazar el Caribe con el Mar del Sur, y también como un recurso para abastecer al interior y abaratar costes de transporte de mercancías.; 4. Vid. Picazo Muntaner, Antoni, «Las presiones de ingleses y franceses en el norte de Nueva España tras Utrecht», «El equilibrio de los imperios, de Utrecht a Trafalgar», VII Reunión científica de la Fundación Española de Historia Moderna, Universidad Complutense de Madrid FEHM, Madrid: 2002.; 5. Basehart, Harry W. «Mescalero Apache Band Organization and Leadership», Southwestern Journal of Anthropology, vol. 26, núm. 1 (Spring, 1970), pp. 87-106: «Spanish policy for the control of the northern frontier had involved military expeditions, defensive bastions, and attempts to settle the Indians through the provision of rations, the introduction of farming, and the construction of special communities in the vicinity of presidios. Conflict with the Comanche also assumed increasing importance by the latter portion of the 18th century; Cordero (Matson and Schroeder 1957:354) claimed that by 1796 the group he referred to as «Mescalero » had been reduced to a small number of families as a result of the Comanche struggle» (p. 89).; 6. Vid. la excelente obra sobre el tema de Moorheard, Max, The Presidio: Bastion of the Spanish Borderlands, University of Oklahoma Press, 1991, donde el autor examina detenidamente las ideas de Teodoro de Croix sobe la frontera, especialmente el concepto de «comandancia independiente». También es de destacasu estudio sobre los diferentes Reglamentos de los Presidios.; 7. Gerald, Rex E., Spanish Presidios of the Late Eighteenth Century in Northern New Spain, Santa Fe: Museum of New Mexico Press, 1968. Anderson, Gary Clayton, The Indian Southwest 1580-1830: Ethnogenesis and Reinvention, Norman: University of Oklahoma Press, 1999. Explica detalladamente las técnicas de supervivencia. Thomas, Alfred Barnaby, (Ed.), Forgotten Frontiers: A Study of the Spanish Indian Policy of Juan Bautista de Anza, Governor of New Mexico, 1777-1787, Norman: University of Oklahoma Press, 1932.; 8. Archivo General de Indias [en adelante, AGI], México, 193-A, Expediente sobre las invasiones de los indios apaches, 1763-1800, fol. 17.; 9. Cortes, José, Views from the Apache Frontier: Report on the Northern Provinces of New Spain, Norman: University of Oklahoma Press, 1989. Frey, W., The Apaches of the Rio Grande: A Story of Indian Life, Los Angeles: Westerners, 1978.; 10. Los costes de los oficiales eran los siguientes: gobernador, 4.000 pesos anuales; capitán, 3.000; teniente, 700; alférez, 500; capellán, 480; sargento, 350; cabos, 300; soldados, 290; indios, 90.; 11. AGI, México, 193-A, Expediente sobre las invasiones de los indios apaches, 1763-1800. fol. 23.; 12. Weber, David, «Spanish Fur Trade from New Mexico, 1540-1821», The Americas, vol. 24, núm. 2 (1967), pp. 122-136.; 13. Giudicelli, Christophe, «El mestizaje en movimiento: guerra y creación identitaria en la guerra de los tepehuanes (1616-1619)», Capit. V, pp. 105-139, en Boccara, G. (ed.), Colonización, resistencia y mestizaje en las Americas, siglos XVI-XX, Editorial Abya Yala, 2002. Estudia la rebelión de los Tepehuanes en 1616 en Nueva Vizcaya, en las mismas condiciones que en el septentrión en el siglo XVIII, plata, haciendas, etc. y la misma represión.; 14. Taylor, William B., «Landed Society in New Spain: A View from the South», The Hispanic American Historical Review, vol. 54, núm. 3 (Aug., 1974), pp. 387-413, p. 409, «The patterns of assimilation and displacement of sedentary Indians in central Mexico probably followed two bands of territory: 1) the lines connecting such sixteenth-century mining centers as Zacatecas, Guanajuato, Pachuca, and Sultepec with Mexico City or related trading and agricultural centers such as Quer6taro or Toluca; and 2) the main lines of communication between the port of Veracruz and the urban centers of the interior. The timing of sustained, numerous colonial contacts is important to this pattern». Taylor, William B. Drinking, Homicide and Rebellion in Colonial Mexican Villages, Stanford: Stanford University Press, 1979. Como afirma en su introducción, la conquista, la supeditación política, y los cambios sociales y económicos alteraron profundamente las sociedades nativas.; 15. Biblioteca Nacional de México, Archivo Franciscano –en adelante, BNM, AF– 7/43 «Informe de Jacinto de Barros al virrey conde de Revillagigedo», fol. 1. Leemos como «…nos hallamos situados a la Boluntad de los franceses y siempre que haia novedad entre las dos coronas seremos sacrificados por los indios a la voz de los franceses…se hallaron en la Movila 36 compañías de 50 hombres y otra de usares suizos de 200 hombres…y van llegando muchas embarcaciones con municiones de Boca y Guerra y mucho número de hombres y hasta granadas reales y de mano…».; 16. Sobre las diferentes tribus apaches vid. Forbes, Jack, «Unknown Athapaskans: The Identification of the Jano, Jocome, Jumano, Manso, Suma, and Other Indian Tribes of the Southwest», Ethnohistory, vol. 6, núm. 2 (1959), pp. 97-159.; 17.; Kavanagh, Thomas, The Comanches: A History (1706-1875), University of Nebraska Press, 1999. Explica no solo como en 1751 Pierre Mallet explorando el norte llegó hasta Santa Fe. Al año siguiente un comerciante repitió el viaje con un convoy de nueve caballos cargados de géneros para el comercio. La zona de tráfico mercantil de Texas fue siempre mucho más activa. A partir de 1730 las relaciones fueron incrementándose de una forma asombrosa, aunque también tenemos casos entre los españoles, como el juicio realizado a Diego de Torres por comerciar con comanches. En 1758 los comanches y los franceses realizaron una serie de ataques conjuntos a varios presidios de Texas. En este aspecto Schilz, Thomas y Worcester, Donald, «The Spread of Firearms hmong the Indians Tribes on the Northerm Forntier of New Spain», American Indian Quaterly, vol. 11 núm. 1 (1987), pp. 1-10 dejan claro que el comercio de armas de fuego por parte, tanto de franceses como de ingleses, alteró profundamente el equilibrio entre las tribus indias. Hämäläinen, Pekka «The Western Comanche Trade Center: Rethinking the Plains Indian Trade System», The Western Historical Quarterly, vol. 29, núm. 4 (Winter, 1998), pp. 485-513, p. 491, «The Comanches traded rather extensively with the Pueblos, bartering hides, dried meat, and tallow for corn, beans, squash, tobacco, and pottery, but trade with the Spanish, who redirected much of Pueblo commerce into their own hands, was a constant source of frustration. The Spanish did trade axes, knives, hoes, bridles, horses, and mules for bison products, deerskins, Apache and Pawnee slaves, and salt, but the volume of the trade did not meet Comanche expectations».; 18. Sobre el caballo vid. Denhardt, Robert, «The Horse in New Spain and the Borderlands», Agricultural History, vol. 25, núm. 4 (1951), pp. 145-150.m.; 19. Clark, LaVerne Harrell, They Sang for Horses: The Impact of the Horse on Navajo and Apache Folklore, Tucson: University of Arizona Press, 1966.; 20. AGI, México, 193-B, Expediente sobre las invasiones de los indios apaches, 1763-1800, fol. 4.; 21. BNM, AF.2/20 «Informe del brigadier Hugo O’Connor al comandante Teodoro de Croix sobre las Provincias Internas», fol. 7.; 22. Vid. Sturtevant, William, «Spanish-Indian Relations in Southeastern North America», Ethnohistory, vol. 9, núm. 1 (1962), pp. 41-94.; 23. La producción se contrajo debido a los elevados gastos. Un caso típico ha sido estudiado por Salvador Álvarez en «Colonización agrícola y minera: la región de Chihuahua en la primera mitad del siglo XVIII» en Bernabéu, Salvador (ed), El septentrión novohispano: ecohistoria, sociedades e imágenes de frontera, Madrid: CSIC, 2000, pp. 73-108. En esta obra el autor explica detalladamente, analizando la producción del Rancho de Rosario y La Regla que la producción total fue de 2.194 marcos de fundición y 2.679 marcos de amalgama, es decir, un total de 39.739 pesos. Pero para esta producción los gastos fueron muy elevados: 6.198 pesos de leña y carbón, 3.824 pesos de maíz, 8.275 pesos de mercurio, etc. con un total general de gastos de 34.110 pesos. El beneficio pues únicamente era de 5.629 pesos.; 24. BNM, AF 2/20 op. cit. fol. 73.; [25]. BNM, AF 4/180 «Informe de Diego Ortiz al virrey, 24 enero 1764», fol. 2.; 26. Ibídem, fol. 2.; 27. Una de las grandes obras de la forma de vida de los apaches es la de Opler, Morris Edward, An apache life-way. The economic, social anad religious insititutions of hte Chiricahua Indias, University of Nebraska Press, 1991, y por supuesto, «Apache Odyssey», Univesity of Nebraska Press, 2002.; 28. BNM, AF 8/140 «Informe de Felipe Rábago al virrey marqués de Cruillas del presidio de San Saba, 2 de marzo de 1761» fol 1.; 29. BNM, AF 6/137 «Carta del capitán Toribio de Urutia al virrey, 25 de mayo de 1756», fol 1.; 30. BNM, AF 6/140 «Carta del coronel Diego Ortiz al guardián del Colegio de San Fernando sobre la muerte de los padres en San Saba, 8 de abril de 1758», fol. 1.; 31. Sjoberg, Andrée F. «Lipan Apache Culture in Historical Perspective», Southwestern Journal of Anthropology, vol. 9, núm. 1 (Spring, 1953), pp. 76-98, pág 76, «The Lipan Indians, at the time of earliest contact with Europeans, probably lived with other Apaches in eastern Colorado or northeastern New Mexico. By the beginning of the eighteenth century, a number of these tribes-many of them as yet undifferentiated in the historical records-were forced south and east into the Llano Estacado or High Plains region of Texas as a result of pressure by the recently arrived Comanches, who were well equipped with horses and firearms secured from the French. It is known that the Lipan were among these displaced Apache groups, for in 1732 they were described as having recently appeared in the San Saba River region of central Texas».; 32. BNM, AF 8/140 «Carta de Felipe de Rábago al virrey marqués de Croix sobre el asalto indígena a San Saba, 26 de febrero de 1767».; 33. BNM, AF 4/143 «Carta de Joaquín Baños al capitán Felipe de Rábago sobre el asalto indio, 15 de octubre de 1766», fol. 2.; 34. Sonnischsen, C. L., The Mescalero Apaches, University of Oklahoma Press, 1958, p. 52.; 35. BNM, AF 8/143 «Certificación que José Felipe de Rábago hace sobre los informes de tratos con indios, 1 de abril de 1764», fol. 2. Las referencias sobre este tráfico son constantes. Así, Juan Bamunt también realizó una informe sobre la venta de armas por los franceses a comanches y apaches siendo lacónico y manifestando que: «…los indios compran armas de fuego a los franceses y les pagan con mulas y caballos que roban a los españoles», vid. BNM, AF 8/143 «Carta de Juan Bamunt sobre envíos de armas, 21 febrero 1762», fol. 1.; 36. BNM, AF 8/143 «Certificación de Juan Galván teniente del presidio de San Luis sobre la situación de dicho presidio, 27 marzo 1761», fol. 3.; 37. BNM, AF 5/120 «Relación del coronel Juan de Ugalde, 30 agosto 1782», fol. 7.; 38. En el Archivo General de Indias, MP México 541 Bis se halla el «Mapa del terrero que ha de vatir la expedicion que deve executarse contra los apaches gileños».; 39. AGI, México, 193-A, Expediente sobre las invasiones de los indios apaches, 1763-1800, fol. 77.; 40. AGI, México, 193-B, Expediente sobre las invasiones de los indios apaches, 1763-1800, fol. 101 y ss.; 41. Herbert E. Bolton fue el que gestó la idea de la «spanish borderlands» en su clásica obra de 1921, con un desarrollo demasiado romántico y excesivamente localista. Las actuales líneas de trabajo en esta materia, encabezada por Howard Cline, se ciñe más a la tesis de «Great Borderlands» incluyendo América Central y el Caribe. Vid. Weber, David J., «La idea de las spanish borderlands» en Bernabéu, Salvador (ed), El septentrión novohispano: ecohistoria, sociedades e imágenes de frontera, Madrid: CSIC, 2000, pp. 177-196.; 42. Todorov, Tzvetan, The Conquest of America: The Question of the Other, Norman: University of Oklahoma Press, 1999. Taylor, William B.; Franklin Pease, G. Y., (Eds), Violence, Resistance and Survival in the Americas, Washington DC: Smithsonian Institution Press, 1994.

Fuente. Antoni Picazo Muntaner. Illes Imperis – 12. El impacto de las guerras nativas en el norte de Nueva España. Universitat Illes Balears. Creative Commons.

 
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