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CARTA PRIMERA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA PRIMERA

De un doctor mexicano al bachiller don Miguel Hidalgo Costilla, ex-cura de Dolores, ex sacerdote de Cristo, ex-cristiano, ex-americano, ex-hombre, y generalísimo capataz de salteadores y asesinos.

Conversión de tu infeliz alma: Degradación y horca.

Bajo estos títulos y dictados que tanto mereces, te dirige sus justos votos un individuo de ese claustro que honras llamándolo: cuadrilla de ignorantes. Para hablar contigo, debiera saber en qué eres sabio, y cuál es el lenguaje que entiendes mejor, y el estilo que más te pica y hiere. Más confiésote que yo no sé lo que tú sabes; si alguna o ninguna de las ciencias que por tu antiguo título de bachiller aprenderías para lograrlo; o alguna o ninguna más humilde y llana de las que podrían servirte de adorno. Ignoro si ahora serás teólogo, canonista, o nada; si habrás leído la sagrada Escritura, que sacrílegamente desprecias y niegas; o si los cánones sagrados, que escandalosamente violas y atropellas. Se me oculta también, si has dado en veinte años alguna ojeada a los santos padres y doctores de la Iglesia, a los expositores de la Biblia, y a los autores de la moral cristiana, pues blasfemas de aquellos, e insultas a éstos con tu conducta y máximas abominables. Sé, que no has saludado nuestra sabia legislación; que nada entiendes de política; que eres peregrino en la historia, y que no has leído jamás un buen filósofo. El poco uso del breviario, habrá hecho que olvidases en este largo periodo de años las lecciones y máximas del espíritu divino, la doctrina de la Iglesia y los ejemplos de los santos allí contenidos. El manejo sacrílego e irrisorio del misal, no habrá dejado en tu mente profana vestigio alguno de las sentencias de nuestro adorado redentor y maestro, de las de sus apóstoles, ni del espíritu contenido en las

tiernas oraciones y augustas ceremonias con que se celebra el incruento sacrificio. La burla interior con que habrás administrado los sacramentos, borradas tendrá de tu endurecida alma las sublimes ideas de la gracia que confieren, y la noción de estos mismos vicios que te dominan. El abuso del ministerio de la divina palabra ha puesto el sello a tu espantosa ignorancia, y por grados te ha ido reduciendo al estado de estupidez y barbarie, en que puede hallarse el cafre o caribe más idólatra y sanguinario, que sólo ve dentro de sí la imagen del robo y asesinato, que sólo siente impulso para cometerlos, y que con sangre humana se saborea y deleita solamente como tigre avezado a beberla.

Te conocí antes como a un escolástico sombrío, taimado y sofista; orgulloso siempre cuando pisabas la arena literaria; y siempre mordaz y de mala fe cuando manejabas las armas de la escuela. Algunos desde entonces auguraron de ti que serías perverso, si hallabas circunstancias que ofrecieran impunidad al desfogue de tu soberbia luciferina. Yo pensé con equivocación, que en el cieno de la lascivia se apagasen los fuegos que se traslucían estar devorando tu corazón fementido, rencoroso y propenso a odiar y dañar. Creí que la pasión de los brutos embotase todos los aguijones de tu ambición y orgullo, y que en los brazos de Venus expirarías temprano, sin poder pasar al bando opuesto de Marte, arrebatando sus rayos y furores, para derramar sangre de los que aborrecías ya entonces. Mas vemos por fin reunidos en tu persona y conducta los extremos de todos los vicios, y las contradicciones más espantosas de las pasiones humanas, y para que nada falte al diseño de un monstruo de nueva ralea, vemos la hipocresía más astuta, eludiendo las pesquisas vigilantes de los celosos atalayas de Sion y de Jerusalén, del santuario y del trono, como tortuosa serpiente que se oculta para esparcir su veneno.

Mirándote ya (con asombro y escándalo de la religión, con vergüenza y pena inexplicable de nuestra patria, y con daño incalculable de nuestros hermanos, tanto de los que persigues como de los que seduces, y con mayor perjuicio, aun de estos miserables que no penetran tus miras ulteriores) mirándote digo, sin máscara de disimulo al frente de los rebeldes forajidos, enarbolar el estandarte de la impiedad, del crimen y de la muerte, nos obligas a todos a empuñar la pluma contra tus delirios y errores, y la espada contra tus atentados y atrocidades inauditas.

Una y otra arma quiero manejar contra ti, para confundirte, y borrar tu nombre de sobre la tierra que profanas y contaminas. Si en tu edad medio decrépita eres hombre para medir tus fuerzas, y para manifestar si hay denuedo en un traidor, que se cerca noche y día de una turba de carniceros y toreadores para asegurar su existencia proscrita; sal al campo orgulloso gigante, Goliat blasfemo, que yo iré a ti con el cayado y con la honda, te derribaré en tierra al primer golpe, cortaré con tu mismo alfanje morisco tu cabeza altiva y petulante, daré tu cuerpo por pasto a los tigres y aves de rapiña tus semejantes, y haré verte a ti y a los tuyos, que hay Dios en Israel, este Dios fuerte y justiciero de quien te quieres reír y burlar impunemente. Iré ¿y sólo yo? ¿No irán volando todos los americanos de todas clases y castas, a lavar en tu sangre la mancha que quieres echar sobre nuestra fidelidad, religión y nombre? ¿No lo desean todos, desde el mayor hasta el más pequeño de cuantos componen en el pueblo de Abraham la herencia de Jacob, la tribu predilecta de Benjamín, del hijo último, y del más tiernamente amado de Dios y de su Iglesia, de nuestro rey y de nuestra madre valiente, leal y generosa la España? El espíritu heroico y sagrado de ésta circula en nuestra sangre; y lo que ella ha hecho y hace para contener y escarmentar al mayor de los monstruos del mundo antiguo, lo haremos también para sofocar, confundir, exterminar a su émulo y secuaz, al primero y último de esta raza, que ha abortado en este nuevo mundo. Tú, como otro Ismael fiero, y padre de gentes feroces, vagabundas, rencillosas, entregadas a robos y violencias, quieres ser fundador de iguales hordas de salvajes rapacísimos.

Tú has levantado del mismo modo las manos contra todos, has puesto las tiendas de campaña frente a frente de tus hermanos; pues las manos de todos se alcen contra ti. Todos juren no dejar las armas hasta desagraviar al cielo y a la tierra, insultados por este ismaelita, que intenta turbar, desunir y perder la familia del padre de los creyentes, y acabar con la escogida descendencia de su hermano Isaac, en quien el Señor acumula sus bendiciones. Sí; uno es el clamor y juramento de estos habitantes, que ha resonado de mar a mar y hasta los últimos linderos de este imperio; cada cual exclama: no descansaré un momento hasta que sea arrancada y hecha trozos la lengua de este Nicanor, que ha blasfemado de Dios y de su madre; y hasta que esa su mano sea clavada enfrente del templo mismo a quien amenazó; del templo augusto de la reina de GUADALUPE, cuyo nombre excelso y consolador ha escarnecido y blasfemado, para autorizar sus rapiñas y sacrilegios, sus herejías y matanzas. Sea pública, sea general, sea terrible la satisfacción que dé al orbe nuestra justicia irritada y nuestra lealtad y religión tan indignamente ofendidas.

Mientras expías tu atrocidad ¡oh monstruo! quisiera que hallasen en ti cabida las armas de la razón para tu desengaño, y las de la revelación para remedio de tu desventurada alma. Esto me obliga a escribirte aunque estés excomulgado, porque busco tu salvación; y cuando en tu pecho obcecado y empedernido no hagan mella mis reflexiones, tal vez serán útiles y saludables a tus seducidos secuaces, o servirán al menos para vindicar el honor americano, y consolar la piedad estremecida y escandalizada de todos los fieles habitantes de nuestro suelo afortunado. Sondearé tu malvado corazón y tus intenciones perversas, los motivos viles que te impelen, y los fines diabólicos que te propones. Haré ver cuán contrario es este infernal proyecto tuyo a la razón, a la justicia, a la humanidad, a la religión, a la política, a la civilidad, a la moral, a la filosofía, a las bellas letras y a las nobles artes, al comercio y minas, a la agricultura, a las manufacturas, a la población y al crédito nacional en todo sentido. ¡Ojalá veas al natural tu retrato, y el abismo en que has caído, para que salgas con fruto de tu alma, a expiar en un patíbulo el cúmulo de todos los absurdos y atentados imaginables!

Fuente: Wikipedia. El Anti-Hidalgo. Cartas de un doctor mexicano al señor Hidalgo. Juan E. Hernández y Dávalos. Colección de Documentos para la Historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821. Tomo II. Coordinación Virginia Guedea y Alfredo Ávila. Universidad Nacional Autónoma de México 2007. La edición del tomo II de la Colección de documentos para la historia de la Guerra de Independencia de México de 1808 a 1821 estuvo a cargo de Edna Sandra Coral Meza, Rosa América Granados Ambriz, Raquel Güereca Durán, Rodrigo Moreno Gutiérrez, Eric Adrián Nava Jacal, Gabriela E. Pérez Tagle Mercado y Claudia Sánchez Pérez. Proyecto DGAPA PAPIIT IN402602. Creative Commons.

 
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