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CARTAS SEGUNDA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA SEGUNDA

Muy enemigo nuestro: Si el sistema del doctor Gall tuviera fundamentos, y dentro de poco quisiese Dios que algún discípulo suyo reconociera tu cráneo, ¡qué protuberancias tan irregulares, tan monstruosas, tan fatídicas encontraría en él! ¡Qué órganos de rabia y furor sin ejemplo, de brutalidad en todo y para todo! ¡Qué dominante el en que resida el instinto maléfico, el impulso a dañar para dominar, a dominar para aumentar desventuras y calamidades, y a hacer males infinitos, a fin de que nada bueno quede en el país que el cielo destinaba para mansión pacífica del bien y asilo de todas las virtudes y virtuosos!

¿Con quién te hallara semejante en esta organización del cerebro?

Yo no dudo que será mucha la analogía con el de Mahoma y Napoleón, si por fortuna pudieran hoy mismo cotejarse.

En el rostro tienes mucha semejanza con el retrato de Sila, que hay en la Historia de la vida de Cicerón.

Como te conozco personalmente, he comparado los lineamentos que forman lo principal de tu fisonomía, y hallo que tienes cara de Sila, como los hechos también de Sila.

Cicerón lo calificó de bachiller y maestro consumado, en las tres facultades y vicios pestíferos de lujuria, crueldad y avaricia.

Él fue el que primero se mezcló en las guerras intestinas de Roma, y el primero que intentó las proscripciones inhumanas de los mejores ciudadanos; él, quien ejerció tan abominable método a sangre fría, con una crueldad nunca vista en Roma ni en parte alguna del mundo.

Declararse contra él fue delito que a nadie perdonó.

Tanta era su rapacidad e insolencia, que bastaba ser rico en tierras, dinero o alhajas, para ser reo en su concepto; y creía que era virtud la venganza y el asesinar a los ricos por hartar la codicia de sus feroces compañeros.

Para animarlos en las matanzas, llevaba una imagen de Apolo, y al acometerlas, besábala, haciéndola muecas en presencia de los bandidos, como si de ella esperara el favor y el triunfo.

En fin, él en su epitafio mandó poner: que nadie le había igualado en hacer mal a sus enemigos.

Señor cura Sila, ya te ahorro el trabajo de buscar en Plutarco tu modelo, en Cicerón tu vivo dibujo, y en Veleyo Patérculo la historia de tus hazañas, cuando hablan de tu maestro.

No estarás entre el tumulto de tus atrocidades para leer libros, ni encontrar pintores.

Tu imagen corpórea, es Silana; las empresas ejecutadas por tu valiente frenesí, Silanas son: tu conducta y costumbres, tus miras y proyectos son Silanos; como Sila llevas una imagen, no de Apolo sino de la reina de los Ángeles, nuestra Madre Santísima de Guadalupe, y haciendo visajes y contorsiones de cuáquero para animar a los tuyos a cometer maldades en nombre ¡qué horror, y que escándalo tan impío! en nombre y con autoridad de esa princesa celestial, has llevado la demencia anticristiana a un punto, a que no hubiera llegado Sila pagano.

Sólo resta que luego pueda ponerse en un epitafio: aquí yace Sila, el párroco de Dolores, a quien nadie en la América igualará en hacer mal a sus enemigos, que eran todos los habitantes, ni en el escarnio de la religión cristiana.

Mas ya paso a sondear tu corazón perverso, a hacer disección y anatomía de esa entraña sin entrañas, de ese volcán de donde se ha levantado este fuego infernal, precedido y acompañado de pensamientos pésimos, de adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, avaricias, maldades, engaño, deshonestidades, ojo maligno y envidia, de blasfemia también, soberbia y locura tuya: ¡Oh cura vano y arrogante! Y así vemos en ti cumplido literalmente lo que Jesucristo, a quien niegas, renegado, ha dicho del corazón inicuo, del cual salen todas las maldades, inficionando la tierra, y provocando las iras del cielo.

¡Ah! villano (y no Hidalgo) sin rastro de pudor, hipócrita refinado, ya desenmascarado; di, anuncia, publica en este hemisferio los motivos secretos que te impelieron a esta escandalosa sublevación; ¿cuáles eran las quejas que abrigabas contra nuestro supremo gobierno, y cuáles las miras y esperanzas, si esto se trastornaba?

El odio innato en ti la nación católica y leal, que tiene la desgracia y sufre la pena de haber transmitido algunas pocas gotas de su sangre a ese corazón ferino, fue creciendo con la lectura de los insolentes e incrédulos declamadores contra el establecimiento de europeos, y especialmente españoles en el nuevo mundo.

No dudo que si hablases de buena fe, dijeras que aquel sacerdote apóstata de la religión cristiana, que escribió tal historia denigrando a todos los gobiernos, y atacando los incontrastables fundamentos de la Iglesia, cuando trataba de objetos bien diversos, traspasó a tu alma la audacia filosófica, la impiedad y espíritu de independencia, y sobre todo la aversión al nombre español.

Él quisiera verlo exterminado hasta en la casta criolla, hasta en los mulatos y mestizos que han nacido en las Américas, para que el nuevo mundo volviese entonces al estado de su antigua barbarie con solos sus antiguos idólatras, y así fuese feliz sin cristianismo ni gobierno, siguiendo como las bestias el impulso de sus pasiones brutas.

Tu plan es idéntico, como consta de las máximas de impía ferocidad con que intentas arrastrar los pueblos, para que ellos se labren la independencia y libertad de los brutos, quitando de en medio a cuantos amen el orden, y adoren al Dios verdadero.

Quieres que entonces queden solos en este dilatado campo, como animales que lozanean, pastan y destrozan a su antojo, sin freno ni estorbo, en los lugares incultos y frondosos, donde no pisó humana huella.

Entonces tú, como corifeo de la empresa, serías el sólo exento, y quedabas rey de asnos salvajes para mandarlos, y ser padre de otra descendencia proterva.—

Si este odio encarnizado no llegaba a hacer todo el mal que pretendías, entraba en tu ambicioso corazón otro plan, con otras esperanzas.

El reino debilitado, lleno de confusión y tumultos, vertiendo sangre en guerras intestinas, reducido a la anarquía más espantosa, se entregaría sin resistencia, o llamaría con ansia al tigre, que espía tales momentos para abalanzarse, y clavar sus uñas en la presa que le falta, y más que todas codicia.

En esta hipótesis se realizaban para ti las promesas hechas a los emisarios y a los que los ayuden, de premiar más a los que más sobresalgan en la carrera de los crímenes, y de hacer reyes en las provincias a los que con más sangre hayan amasado los cimientos de los tronos feudatarios, que pretende erigir aquí como en la Europa.

Tú has soñado sentarte en el de esa provincia que vas asolando; porque para esto te impelen también ciegamente otros motivos, personales.

Como nacido en ese suelo, has hallado en esto el derecho primordial de la soberanía para ti solo, porque sólo tú aborreces a tus semejantes, y puedes reinar como reinan los Napoleones, bien que en patrias ajenas y usurpadas.

Añádete más estímulo, para ser el tirano de tu tierra, el resentimiento de que antes no te hubieran hecho canónigo, y ahora obispo y diputado; de que el gobierno no te haya distinguido con estas honras y cargos para profanar más el santuario, y destrozar a tu salvo la grey del Señor; de que la provincia de Michoacán no te haya recomendado y pedido para su pastor, y no te eligiese para su representante; y de que creyéndote tú el más sabio y benemérito de cuantos habitan la Nueva España, no hayan ido a sacarte de la pocilga epicúrea, en que te estabas revolcando, para colocarte en el candelero, y confiarte los intereses más sagrados de la religión y de la patria.

Tú rabiaste y te enfureciste, cuando llegó a tus oídos la preferencia dada a otros, que despreciabas y aborrecías.

¡Cuál fue tu frenesí, cuando leíste la postulación de algunos cuerpos, para que su majestad les concediese el obispo benemérito que ha nombrado! ¡Cada palabra en su elogio, alteraba tu semblante, y taladraba tu envidiosa alma! Publicada la noticia, y postergado luego en el nombramiento de diputado, viste que era pasado el tiempo de esperar tales distinciones, y que debías apelar a las armas, a las furias infernales, y llevar a sangre y fuego el fuego de tu venganza, hasta que te bebieras la sangre de tus rivales y de tus protectores.

Poniéndola segur al tronco del árbol europeo, caían las ramas americanas, y todos eran leña para el incendio que acabaría con un gobierno, en tu concepto injusto, y que no encumbrándote al primer honor en la carrera eclesiástica, cometía un crimen imperdonable para tu soberbia.

Entonces apelaste a las promesas de Dalmivar, con quien por simpatía de maldad te entendiste desde luego.

La banda de general, y el cordón de la legión de honor, que o te dio, o te aseguró, en nombre de Napo-Demon, te trastornó el seso, y resolviste probar fortuna, y aventurarlo todo en la carrera del saqueo y asesinatos, antes que tus ideas te trasluciesen, y que tus añejos crímenes contra la religión, se pusieran en la balanza de un tribunal recto e inflexible, que ya sabías estaba observando tu conducta.

Quiero con la luz de la historia...

Más las voces del pueblo cristiano conmovido, que corre al templo me interrumpen hoy.

Dicen que van a oír tus blasfemias y herejías en un edicto del Santo Oficio, que te llama a juicio, ya que del todo lo has perdido.

Dejo la pluma: corro también...

Ya he vuelto lleno de horror, de espanto, de indignación contra ti.

¡Oh justo Dios! Paréceme veros vibrando ya y arrojando rayos contra esa lengua impía, contra ese espíritu de error y blasfemia, y contra ese corazón el más depravado que aquí se ha visto.

Este público documento es la mayor prueba de cuanto llevo escrito.

Tú sin duda responderás al tribunal de la fe, lo que Lutero tu maestro a León X, cuando le mandó comparecer en Roma: que iría cuando tuviese veinte mil hombres armados.

Tú tienes por ahora algunos, con que insultas y provocas a la justicia divina y humana.

Nos amenazas a todos; te irritas; arrojas nuevas blasfemias contra el cielo y contra la tierra, contra la divinidad de Jesucristo y pureza de su divina madre.

Y yo quedo llorando tus extravíos y herejías, tus hechos atroces, y tus dichos execrables, y me postro en tierra para desagraviar a mi adorado redentor Jesús, y a mi dulcísima Madre Virgen María, de tus impiedades y herejías de todos modos manifiestas y practicadas, y pido para tu alma perdida, la intercesión de esta reina a quien ultrajas, y la gracia omnipotente del Hombre-Dios, a quien así maldices y persigues tan loca y desesperadamente, estando marcado con el augusto carácter de su sacerdocio eterno. 

Es la mayor prueba de que te amo, siendo tú hereje y excomulgado, pedir en secreto tu salvación, ¡oh implacable enemigo nuestro! Porque Jesucristo mi bien, a quien persigues en sus miembros e hijos amados, y cuya doctrina y ejemplos vilipendias infamemente, de uno y otro modo nos manifiesta, cómo nos habemos de manejar con el traidor Judas hasta que él se ahorque, o lo ahorquen.

Sea esto segundo, para evitarte el delito de la impenitencia final y de un desesperado suicidio.

Fuente: Wikipedia. El Anti-Hidalgo. Cartas de un doctor mexicano al señor Hidalgo. J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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