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MISION DE SAN IGNACIO DE LOYOLA EN ARARECO

A cinco kilómetros del poblado de Creel, se localiza la comunidad rarámuri de San Ignacio de Arareco, donde sus habitantes se encuentran dispersos en aproximadamente 20 mil hectáreas de bosque y se sitúan en una posición privilegiada de la Sierra Madre Occidental.

A solo 3Km. del mismo poblado, se encuentra la Misión de San Ignacio, la que se estableció durante la primera mitad del siglo XVIII. El templo de tierra caliza, cuenta con una sencilla decoración, que exhibe elementos originales como vasijas y platos condecoraciones geométricas, entre otros. En la fachada del lado izquierdo, se puede apreciar una figura que corresponde a una representación de la planta de peyote, cactácea endémica de México. Se encuentra únicamente en las regiones desérticas de los estados de Chihuahua. Los raramuris la utilizan en una de sus más importantes fiestas. La ceremonia tiene su base en el honor del peyote. Para la ceremonia preparan “tonari”. El Tonari es un cocido de res, papas y calabazas con especies recolectadas en la sierra.  Se rocía el peyote con tesguino antes de comerlo.  Hacen el baile “jículi” alrededor de una fogata y una cruz.  El sacerdote escoge dos mujeres que se encargan de moler el peyote en un metate.  Del jugo-que es espeso y de color pardo-beben los participantes del baile. 

La ceremonia dura toda la noche con la gente bebiendo, bailando y comiendo en turno.  Además de tonari, comen gorditas, atole, tamales, mazorcas y frutos silvestres.  Al salir el sol, almuerzan para reponer fuerzas y después regresan a sus casas.

En los alrededores del poblado de Creel, se realizan distintos festejos. Las fiestas son una parte importante de la cultura Tarahumara porque conserva su identidad.  La tradición es que cada hombre organice tres fiestas durante su vida y la mujer cuatro porque es la más propensa al pecado y debe pagar más.   Entre las ceremonias más trascendentes están las que realizan durante el ciclo agrícola, en fechas del calendario católico y cualquier acontecimiento familiar como el nacimiento de un hijo.

Un elemento básico de la ceremonia es la presencia del cantor.  La fiesta inicia al ocultar del sol y dura hasta la madrugada del día siguiente.  Los cantos sirven de fondo para que dancen los hombres y mujeres

La Semana Santa se celebra con otra fiesta propia tarahumara, que rompe con la tradición chabochi (nombre que dan los tarahumaras al mestizo a al blanco). Los Raramuris realizan representaciones con majestuosa vestimenta alrededor de la iglesia para oír el nawésari o sermón.

Al igual el 31 de julio, se celebra la Fiesta Patronal de San Ignacio de Loyola, o también la Fiesta Patronal de Cristo Rey, que se realizada a finales de noviembre, donde el visitante encontrará una suculenta muestra gastronómica y podrás disfrutar de música, bailes típicos y al caer la noche quedarás sorprendido con el espectáculo de fuegos pirotécnicos organizado por los locales.

"Los Tarahumaras le rinden culto a un principio trascendente de la naturaleza, que es macho y hembra, y dicho principio lo llevan sobre sus cabezas, en una cinta con dos puntas, eso indica que son una raza unida a las fuerzas originales, macho y hembra, con las cuales trabajó la naturaleza". Así describió el fundamento religioso de los rarámuri Antonin Artaud -gran poeta francés-, que vivió en 1936 una temporada en la sierra tarahumara.

El "yumari" es uno de los bailes más importantes para los rarámuri, durante toda una noche se ayuda al Padre Sol y a la Madre Luna a producir lluvia. En la danza se imitan los movimientos de los venados, que fueron los que enseñaron a los hombres el yumari. Las mujeres forman un círculo alrededor de una fogata, se hincan y pegan la frente al suelo y cantan el coro "el yumari". Al ritmo de los tambores bailan, dibujan con sus pies al sol, la luna y las estrellas. Para todas sus ceremonias preparan tesgüino, una bebida muy importante para ellos, hecha de maíz molido y fermentado; durante las ceremonias lo beben en jícaras. Por eso son llamadas por los "chabochis" -hombres blancos-, "tesgüinadas". "

Un rito raramuri, describe el fundamento religioso de los Tarahumaras. Antonin Artaud -gran poeta francés-, que vivió en 1936 una temporada en la sierra tarahumara nos dejó la siguiente reseña:

Rayénari, tu eres el padre, te reverenciamos cuando apareces en el horizonte, con todo tu poder, luz y calor, llenas de brillo el mundo. Ya se ha ido a descansar, nuestra madre, la luma Metzaka. Que es blanca y pura. Por eso sacrificamos borregas blancas, gallos blancos y chivos blancos.

“Los Tarahumaras le rinden culto a un principio trascendente de la naturaleza, que es macho y hembra, y dicho principio lo llevan sobre sus cabezas, en una cinta con dos puntas, eso indica que son una raza unida a las fuerzas originales, macho y hembra, con las cuales trabajó la naturaleza”.

El “yumari” es uno de los bailes más importantes para el raramuri, durante toda una noche se ayuda al Padre Sol y a la Madre Luna a producir lluvia. En la danza se imitan los movimientos de los venados, que fueron los que enseñaron a los hombres el yumari. Las mujeres forman un círculo alrededor de una fogata, se hincan y pegan la frente al suelo y cantan el coro “el yumari”. Al ritmo de los tambores bailan, dibujan con sus pies al sol, la luna y las estrellas. Para todas sus ceremonias preparan tesgüino, una bebida muy importante para ellos, hecha de maíz molido y fermentado; durante las ceremonias lo beben en jícaras. Por eso son llamadas por los “chabochis” -hombres blancos-, “tesgüinadas”.

Desde hace varios siglos emplean los mismos dibujos y los mismos símbolos en sus obras artísticas.  A sus muertos continúan dejándoles comida para el viaje sin retorno.  Les “ayudan” a subir al cielo mediante la celebración de tres o cuatro fiestas (depende de si sea mujer o hombre). 

 
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