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LEYENDA ORO Y PLATA

Esta leyenda está basada en la vida real y se ubica en el tiempo en que los trabajadores mineros alcanzaron sus primeras conquistas y prestaciones sociales. En 1934 el salario del minero era de un peso con setentaicinco centavos por jornada de trabajo, de ocho horas en el interior de la mina. En 1935 se fundaron las secciones 9 de Parral, 20 de San Francisco del Oro, 11 y 50 de Santa Barbará, que junto con las demás secciones del país formaron el Sindicato de Mineros Metalúrgicos y Similares de la. República Mexicana. Ese mismo año se realizó el primer congreso minero en la Ciudad de México. No era mucho lo conseguido por los mineros, si se compara con las prestaciones actuales, pero en aquel tiempo era una gran conquista si se consideran las condiciones infrahumanas en que trabajaban los mineros durante las primeras décadas del siglo XX. Era muy bajo el pago por incapacidad, pero en los años de los que hablamos era una pequeña fortuna, como la que obtuvo el protagonista de esta singular leyenda.

En las calles de Santa Barbará, Chihuahua, ciudad minera en donde el ir y venir de las gentes formaba una abigarrada multitud que parecía alegre. Era sábado, día de pago, vulgarmente llamado de raya, y además día de bono, una especie de premio de sobresueldo.

Los grupos de mineros, reunidos aquí o allá, discutían animadamente o entraban en alguna de las numerosas cantinas que en estos minerales, a reto y paciencia de la constitución, solapadas por autoridades demasiado venales, se multiplican indefinidamente.

En una de las empinadas calles de un barrio de la ciudad, desde la puerta de uno de esos envenenadores populares se escuchaba un grupo de cantadores que entonaban corridos del pueblo. Y cada vez que por las medias puertas de la cantina asomaba la cabeza de `Macario Contreras, un minero al que acababan de pagar, se oían los gritos de Viva el Menganito!," provenientes de un montón de chiquillos pendientes de él. Era entonces cuando el Muégano hacia brincar sobre las cabezas de la chiquillería una lluvia de billetes. Desde los democráticos pachucos, con valor de un peso, hasta los allende con valor de cincuenta y los hidalgos, los de cien de aquel tiempo. Penetremos en este antro para oír al Muégano platicar alegremente con el Bofes, su mejor amigo:

—Hombre, Muégano, tú ya ni la retuestas.

Apenas te acaban de dar los veinte mil pesos de tu incapacidad, por la maldita silicosis con que te enfermo la mina, y ya los estas repartiendo. Así muy pronto andarás pidiendo limosna. -¡Ah que mi Bofes, y Lpa’ qué me sirven estos miserables veinte mil pesos? Ya sé que me los dieron por lo que queda de mi vida inútil, que habrá de tragarse la silis. Esa es la vida del minero; se come las entrañas de la tierra hasta que a esta le da su gana y le dice: Vente, chiquito, eres mi hijo y, cuás!, para dentro. ; No es cierto, Bofes? —Si es cierto, Muégano, pero guarda tus centavos ahora que siquiera los dan, parece mentira que te olvides de tiempos pasados. [Te acuerdas del amigo Sol sombra?; recuerdas cuando lo sacaron de la mina Las Catitas, que estaba por el camino a Minas Nuevas, hecho pedazos y sin más movimiento que el que podían hacer dos dedos de su mano derecha?

—pero como diablos no me voy a acordar, Bofes! trabaje junto con él en las minas de Veta Grande y Sierra Plata, allá por Minas Nuevas. De esa desgracia tuvo la culpa el jefe gringo que le ordeno que pegara en una frente que se estaba derrumbando: Solisombra se negó y el gringo lo insulto diciéndole que tenía miedo; aquel se le echo encima con uno de los candeleros que ensartábamos en las rocas para alumbrarnos. El gringo salió huyendo y Solisombra, para mostrar que no tenía miedo, entro a trabajar a la frente con los resultados que ya sabes. —; Pobre Solisombra! Como debe de haber sufrido su Familia en el tiempo que estuvo tirado en la cama, no sé cómo pudo seguir viviendo hecho pedazos. —Siguió viviendo porque en donde todo falta, Dios asiste con su santo poder.

Diariamente íbamos a verlo varios amigos; quien le dejaba dos reales, quien le dejaba cuatro, y así. Entonces los mineros no teníamos médicos ni medicinas, ni sueldo cuando nos golpeábamos, menos íbamos a tener zapatos o cascos de seguridad, como ahora. A las seis de la mañana entrábamos a la mina sin más Ropa que un cotense enrollado a la cintura, sin más zapatos de seguridad que unos guaraches y sin más luz que una vela de sebo, por eso teníamos tantos muertos. A las compañías mineras que les importaban que se mataran los hombres en el trabajo. Entonces sí que se necesitaba valor para ser minero. Pero ¡ah que, Bofes, Lpa’ que te acuerdas de cosas tristes; vengan las otras, yo pago!. Ora, músicos encanijaos, aviéntense el corrido del minero. Tengan para que se cobren —y les arrojaba billetes sin contar.

Los músicos cantaron:

Pobrecito del minero, como tiene que sudaren un triste agujero donde se va a trabajar durante todo el día entero en aquella oscuridad, Selo tiene la alegría de sentir la luz del día cuando sale a descansar;

Ay!... ;Ay!... Y tener que trabajar. Ay!... ;Ay!... sin poderse ni quejar, arranca su tesoro a la roca dura y cruel, relucientes oro y plata de la mina que lo mata, que tan ingrata es con él. Los músicos siguieron cantando esa y otras canciones, mientras el Muégano y el Bofes continuaban platicando. Ya lo ves, Bofes. Es la historia de nuestra suerte. Y como te digo, mano, pa’ qué me sirve esto? y mostraba los billetes si no es para emborracharme. Ya está pagado mi entierro. ; Y si no te mueres pronto, Muégano? —; Como no, Bofes! si en las radiografías que me sacaron para que me pagaran esta mugre, crioque ya no se me ven ni pulmones. Yo no vivo dos meses más, me lo aseguraron en el hospital. Pero piensa, Muégano. Qué piensa ni que ojo de hacha.

A tomar todo el mundo, que lo demás no me importa nada, que vengan las otras, yo pago, hasta aquí nomas me llega l’agua —y ensenaba sus bolsillos repletos de dinero, sin importarle que aquel dinero fuera el precio de su propia vida. Él ya había pagado su entierro, lo demás era para emborracharse, por eso le daba duro a la hilacha, música, vino, alegría. Ya muerte? La muerte ya llegaría, descarnada, felona, tan Mala como es.

Dos meses le duraron los fierros al Muégano. Luego la Familia se vio sin dinero, y el Muégano nada que se moría. Ni porque lo había asegurado el médico. La tos de la silicosis complicada con tuberculosis le aquejaba continuamente, las bocanadas de sangre que arrojaba eran más seguidas. Pero y ahora qué haría? Amargado de esta perra vida y maldiciendo a la muerte por no hacer su pronta aparición, encorvado, amarillo y en los puros huesos, sentabase a la puerta de su humilde casa y allí permanecía horas y horas, recibiendo los rayos del bendito sol que caían como una caricia sobre los despojos de su cuerpo que, tose y tose, lanzaba escupitajos sanguinolentos en su derredor. En sus oídos sonaban voces burlarías: {Que haces, infeliz Muégano? ¿Qué haces ahora sin trabajo, sin dinero y sin poderte morir? Entonces rugido salió de su garganta:

—;Ohooo!, quiero oro, plata! quiero plata para embotar mi vida y así no sentir este infeliz cuerpo —»1anzaba un grito hacia el aire—. Doctor tal por cual, pues no dijo que me iba a morir luego. Se levantó trabajosamente, entro al jacal gritando; Vieja!, oye, vieja...! La mujer lo miro inquieta con sus ojos negros y hundidos. Tres criaturas desafiliadas interrumpieron los juegos infantiles. El Muégano le dijo a ella:

Alístame mi cachumba y también mis otras garras; Tas loco! A dónde vas, Macario, a dónde vas? Voy a trai’ oro y plata.

Oro y plata? murmuro la mujer moviendo la cabeza, como si el oro y la plata se hallaran tirados. Tu sí que has tirado todo! Cállate ~grito el Muégano—. No los encontraré tiraos, pero se los quitaré a la tierra como lo hice tantos años. Pero si ya no tienes trabajo en la Compañía. Y además ya no puedes trabajar; Que no puedo?, ya lo veras. No me esperes, no volveré hasta que lo consiga. Ponme todo lo que tengas de comer, y por vía de Dios santito que he de trai’ oro y plata.

Y así el Muérgano, agarrando su cachumba y su morral, subió el cerro. Su mujer se quedó contemplándolo desde la puertita hasta que lo perdió de vista. Las sombras de la noche fueron cayendo hasta el jacal, envolviendo piadosamente con un oscuro manto sus harapos y miserias. Muchos días pasaron sin que se supiera del Muégano. Quizás se había quedado por allí muerto el pobre, y se lo abrían comido los animales, decía para sí la pobre mujer. Pero todas las tardes, llena de secretas esperanzas, sentábase a la puerta del jacal y solamente abaldonaba su sitio hasta ya entrada la noche, cuando ya no se veían por ningún lado las lucecitas de las cachumbas que traían los mineros que bajaban del cerro.

Una noche, la luz vacilante de una cachumba llego hasta su puerta; la mujer ahogo un grito y, a pesar de que ni un solo día dejo de esperar a su marido, la vista de aquel esqueleto la hizo estremecer. Era el Muégano, tricotado bajo el peso de un enorme zurrón que cargaba en sus espaldas; apenas tuvo tiempo de atravesar el umbral y cayó de bruces con aquel peso tremendo sobre el cuerpo. Con trabajos, la mujer logro echarlo sobre el jergón que les servía de cama.

¿Porque pesaran tanto los huesos? Un estertor salía de la garganta del hombre, interrumpido por palabras incoherentes, golpes de tos y flujos de sangre: Te lo dije, vieja, te lo dije. Que iba a trai’ oro y plata.

Y ahíta, vieja, ahi‘ta! Prende la luz, que no veo. Esta prendida, Macario, y ya está entrando la luz de la mañana. No veo, vieja, noo veo!, arrímame el zurrón. Así lo hizo la mujer, y el Muégano, con manos temblorosas y con brotes de locura, empezó a sacar los pedruscos y, ensalivándolos, los arrimaba a sus ojos, gritando: Oro, vieja, es oroo, ja, ja, jai. Y solo yo sé dónde hay más…mucho más! Somos ricos, vieja, ja, ja, jai. Oro y plata…Oro y plata!... Un golpe de tos, seco, corto sus gritos. Cayó sobre el metal arrojando una bocanada de sangre. El Muégano había muerto sobre las piedras de oro y plata que lo hicieron vivir y lo hicieron morir.

Al entierro fueron todos sus compañeros de trabajo. Su esposa y sus hijos, así como sus amigos, no se explican donde encontraron el muégano el filón de oro y plata que esa mañana llevara cargando hasta la casa, para dejar a su familia algo con que vivir.

Todavía hoy los mineros y gambusinos cuentan la desventura de Macario, la leyenda de muégano, como se le conoce en la jerga popular de estos pueblos mineros.

Fuente: Rene Gómez Esparza. Leyendas de estado de chihuahua. Jueves, 21 de octubre de 2010. Uriel Cano Armendáriz blog.

 
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