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CARTA CUARTA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

Señor bachiller Catilina: cuando algún Salustio americano escriba la historia de tu conjuración, podrá intitularla así: Persecución del cura de Dolores contra las fes de bautismo.

Esto desde luego dará una clara idea del plan y objeto de tus célebres campañas, y te constituirá en la clase no clasificada por nadie, de un nuevo conquistador en sus líneas de ataque, y en sus punterías asombrosas.

Deseando yo trasmitir a las naciones guerreras y a la posteridad belicosa alguna noticia de tu primera salida, he formado el bosquejo del primer capítulo de tu historia, recogido de memorias fidedignas; pero como nadie mejor que tú puede saber si faltan y sobran circunstancias, te lo remito y copio aquí apresuradamente, para que lo leas y releas despacio, lo compares con las órdenes dadas a tu plana mayor, y con los sucesos de aquel día.

Da pues tu corrección o aprobación militar y parroquial, pronto, antes que tus jornadas acaben en el aire, y se acabe también la historia en el embrión primeramente abortado de tu cabeza fulminante, y cese el ruido de tu caja guerrera, que es la caja de Pandora, abierta por ti con estruendo, para derramar un diluvio de calamidades en un país, donde no se experimentaban sino por compasión de las ajenas.

Dice pues así al pie de la letra:

“En 16 de septiembre de 1810, día memorable en los fastos revolucionarios, se enarboló por la primera vez el estandarte de la rebelión en el pueblo de Dolores, en la provincia de Michoacán.

Antes mientras en la corte de México, el pueblo todo con éxtasis de alegría, se esmeraba en los cultos nunca vistos iguales de la reina de los Ángeles, en la imagen y advocación de los Remedios, el cura de dicho pueblo, que los tenía por supersticiosos, y que miró siempre con tedio la dicha imagen por venida en la conquista de los españoles, y haberlos favorecido en ella, según el concepto de otros, pero no el suyo; quiso despertar a sus parroquianos para que no siguiesen tales ejemplos, ni creyesen patrañas, ni estuvieran dormidos en el que llamaba fanatismo de religión y de lealtad.

Ya había muchas veces predicado, que la doctrina de Jesucristo sobre pagar tributos y alcabalas, y dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, eran máximas rancias de otros tiempos y pueblos ignorantes, que no correspondían a la época en que un nuevo César iba a hacerlos libres e independientes de toda ley divina y humana.

Citábales en apoyo de esta moral reengendradora de poblaciones muchos textos de Rousseau, Voltaire, Raynal, Diderot, y promesas de la familia Bonaparatuna, que aseguraban felicidad, libertad e independencia a los que quisieran dejar de ser españoles y cristianos, y ponerse bajo su protección omnipotente, cuando con las alas de sus águilas cubriera presto el océano, y las dos mil leguas de las costas de América, y todo lo interior del inmenso país, penetrando con su pico y garras en las entrañas de la tierra, para luego tomar vuelo más rápido, y cargar en las espaldas con estos hijos predilectos.

Que este tiempo se acercaba según sus cálculos, y debía ser en el año diez de este siglo.

Con estas doctrinas y magníficas promesas disponía y ganaba los corazones, haciéndose como de Catilina dice Cicerón, grave con los viejos, ameno y chistoso con los jóvenes, atrevido con los valientes y libertino con los viciosos.

De éstos veía varios por todas partes, que llenos de deudas y miserias por el juego y mala vida, anhelaban una guerra civil para enderezar sus fortunas.

No faltaban gentes engañadas con la apariencia de su saber y virtudes, pero más lo amaban porque sabía fomentar sus vicios y serles tercero en los soeces.

Si Diógenes con su linterna buscaba en el medio día un hombre, que lo fuese para apagarla; Costilla con faroles en las sombras de la noche buscaba costillas que sedujesen a los hombres, para que dejasen de serlo.

Brindaba por medio de ellas la bebida de Circe, que sabía hacer brutos y estúpidos para los sentimientos buenos, y con las libaciones de Baco irritaba sus fibras para inspirarles los malos, sin miedos de castigo ni remordimientos de conciencia.

De esta voz se burlaba como insignificante, y de castigos sólo temía los presentes.

Cuando contó con algún partido, y estuvo asegurado de la inviolable fidelidad de dos o tres capitanes infieles y perjuros, empezó a dirigir cartas y proclamas a los puntos en que creyó hallar más acogida, por haber algún fermento de disensión, de rivalidad y murmuraciones contra el gobierno.

A pesar de esto, miraba con saña y dolor, que era muy corto el número de tropas auxiliares para tamaña empresa, que muchos se hacían sordos a sus reclamos, y que algunos iban a descubrir su medio encubierta conspiración.

La improvisa llegada del excelentísimo señor virrey don Francisco Xavier Venegas a Veracruz, lo llenó de rabia y desesperación.

Dijo entonces a sus compañeros más confidentes, que era preciso precipitar ya la ejecución, si no querían que para siempre se malograse el proyecto, que la fama y nombre del virrey como militar y como político, podría reunir las voluntades de los descontentos con quienes contaban; apagar las discordias que empezaron a pulular entre gachupines y criollos; tomar medidas fuertes de defensa interior y exterior del reino; enviar tropas fieles a aquella provincia, por los rumores que ya se habían esparcido de que algo se tramaba por allí, y así sofocar de un soplo la llama de la libertad, que a ellos tanto les costaba encender y conservar en algunos pocos rancheros, indios y criollos.

Que era preciso de una vez, que la mina reventase, mientras México con el alboroto de celebrar a su nuevo virrey, y de fascinarse más y más en el reconocimiento del Consejo de Regencia, estaría bien distante de temer una explosión revolucionaria en el centro del reino; que las tropas estaban a grandes distancias; que el estallido del trueno asustaría, sorprendería, y tal vez amilanaría a los habitantes de la capital y pueblos principales, y que sabiendo que el rayo se lanzaba contra todos los europeos, y sólo contra ellos por ahora, también quizá ahora a un mismo tiempo todos los americanos, por medrosos que fuesen, harían un esfuerzo por ser independientes en toda línea, excitados con el cebo de apropiarse con la autoridad que él les daba y predicaba, los caudales, haciendas, casas, muebles y vestidos de los europeos, sin eximir ni a uno de esta ley de proscripción necesaria.

Añadió, que si a la asonada no hacían eco y consonancia en otras provincias, al menos ellos tenían con poca gente sobradas fuerzas para un pillaje y saqueo rápido por aquellos pueblos inmediatos, y que puestos en la línea de una revolución tan imprevista, y en la necesidad de seguirla y sostenerla con saqueos por todas partes, y con terror de los gachupines antes que pudieran prevenirse y armarse, los mismos sucesos les irían instruyendo de lo restante, y de la dirección que podrían tomar en sus movimientos; que importaba que a sus secuaces las primeras atroces ejecuciones los empeñasen más y más en seguirlas, sin esperanza de ser perdonados, ni por ellos si volvían atrás, ni por el gobierno español si los cogía; y que para quitarles todo escrúpulo y el miedo de la otra vida, él pensaba llevar en el estandarte de la independencia la imagen de Guadalupe, pues aunque él no creía en esas vulgaridades del culto, ni en más apariciones que las de los diablos y genios malos, tenía por indispensable ganar por este medio al populacho, calmar sus remordimientos, decirles que la Virgen le pidió la tilma a Juan Diego para darles a los indios en pago toda la tierra que pisen y quisieran arrebatar; y que la imagen de Guadalupe es hoy más poderosa y valiente para la reconquista que él emprendía, que lo fue la imagen de los Remedios para la conquista hecha por los europeos; que a ésta se le había de quitar el cetro que tiene, poniéndolo a la de Guadalupe, y ofreciéndolo para mejor tiempo a los representados en Juan Diego.

Concluyó al fin que el nombre de FERNANDO VII debía resonar con el de GUADALUPE, porque las gentes aún lo pronunciaban con respeto y era preciso contemporizar un poco con las preocupaciones del vulgo; pero que lo que más convenía era gritar contra el gobierno que lo representa, y contra los gachupines que en España pelean por defenderlo y recobrarlo, y aquí tienen caudales que envían para sostener tal guerra contra el gran Napoleón, excitando a los americanos a que sigan el mal ejemplo de su generosidad, con extracción de la plata para otros países que él detestaba, y abominaba hasta el último aliento de su vida.

Entonces más enfurecido dio un vaso de bebida a los del congreso, diciendo: “quisiera, como se refiere lo hizo Catilina, daros con este tepache la sangre de nuestros enemigos, para que me seáis más fieles en el odio y exterminio de ellos.”

Bebieron, y los absolvió del juramento antiguo de fidelidad, y les recibió el execratorio de pedir para sí y sus hijos todas las maldiciones y males, que no pudieran causar a los europeos y después a los criollos.

Reconocido ya por caudillo de la empresa, arrojó los hábitos clericales, y se puso media bota, pantalón morado, banda azul, chaleco encarnado, casaca verde, vuelta y collarín negro, pañuelo pajizo al cuello, turbante con plumaje de todos colores menos el blanco, la insignia al pecho del águila rapante que quiere destrozar al león; un alfanje moruno al cinto, y en la derecha una garrocha de cuatro varas.

Al punto sacó las listas de los primeros 400 proscritos, que tenían en aquellos territorios hasta Guanajuato y Valladolid, y leídas por sus locos y ebrios compañeros, mandó que se copiasen para leerlas al ejército robador todos los días, con la orden al fin, de que si se dudaba del origen de alguno, se le exigiese la partida de bautismo, y que no se tuviese misericordia con el que no hubiera pagado derechos, o hecho ofrenda al bautizarse a él como cura de locuras, o curas americanos; que toda fe de bautismo firmada en parroquias de España, era la mejor señal de proscripción y pérdida de bienes, y aún de la vida a su tiempo; que tales bautizados no pertenecían a sociedad alguna, ni a la cristiana, ni podían adquirir derechos civiles ni religiosos, y debían ser despojados de todos los que obtuviesen hasta en sus propias mujeres, si eran éstas americanas, y que todas pertenecían a ellos por derecho retroactivo de conquista santa, santísima, quedando anulados para siempre tales matrimonios, como de mujeres libres con esclavos impotentes.

Que después vería si se moderaba el rigor de proscripción con los europeos menores de 22 años, que quisiesen sujetarse a nuevo bautismo, especialmente al de fuego y sangre, que él sabría administrarles con oportunidad.

Que quería establecer la circuncisión entre los americanos, por estar persuadido de que los judíos, hacen bien en no reconocer por Mesías a Jesucristo, y esperar que lo ha de ser Bonaparte conquistador y azote de cristianos.

Se tituló luego genenalísimo y pacha máximo de la renovación americana, y castración europea española, y los creó a ellos generales y vélites (tal vez diría belitres); y mandó que al siguiente día a las cinco de la mañana estuviesen con sus garrocheros y coleadores de toros en la iglesia para renegar de Jesucristo, y dar principio a la guerra contra los ocho europeos de aquel pueblo, cuando estuviesen aún dormidos; y así se disolvió la junta a las once de la noche; de aquel día 15 de septiembre.

Nuestro Catilina no durmió; todo era chupar cigarros, entrar y salir por las piezas, patio y caballeriza, fatigado, el rostro encendido, los ojos desencajados, las piernas arqueadas vacilantes, el cuerpo giboso y encorvado, embrazando con trabajo su garrocha y apoyándose en ella.

Leía y volvía a leer, y repetía en voz alta las arengas de Catilina a los conjurados de Roma, ensayando el sermón del siguiente día, accionando con la garrocha, y atravesando con ella los retratos sumados de sus abuelos gachupines tenderos de Valladolid.

A la hora citada se reunieron los conspiradores en el templo, y el gran Costilla en el mismo traje les arengó así desde el púlpito con voz gangosa y cascada.

“Llegó mi día y el vuestro: hasta hoy había sido por lo-cura espión puro de almas, ahora lo seré de cuerpos, mujeres y haciendas.

Antes fui pastor de ovejas y cabras, ahora soy conductor de tigres y leopardos.

Antes vestía de negro porque tenía mi alma de luto, ahora visto de colores risueños que me indican remozado.

¡Oh! sabed que España, la maldita España está abatida y destrozada por mi amo y vuestro Napoleón, cuyas águilas quieren castear con las del imperio mexicano, si pueden volar tan lejos; y si no las nuestras solas van a destruir los leoncillos españoles que quedan por aquí aturdidos y apesarados.

Esta es la hora de acabarlos, antes que vuelvan sobre sí del espanto y puedan vengarse.

A eso vamos... Mis generales están ya prevenidos de todo, porque todo lo he calculado y previsto bien.

Nada nos faltará, porque hay mucho que pillar en casas y templos, y todo es nuestro por derecho de suelo, y ahora de conquista.

Buen ánimo: el que más mal les haga a esos mis enemigos natos y desde su nacimiento, éste es para mí el mejor y será más recompensado en las honras y oficios futuros de nuestra confraternidad o república que voy a formar.

Hoy almorzaremos en las casas de los gachupines de este mi pueblo, y a la noche cenaremos en las de los de San Miguel el Grande, y mañana marcharemos para Celaya, después para Guanajuato y Valladolid, Toluca y México, y veremos qué tal nos favorece la fortuna, que no se hizo para los cobardes.

Yo tengo muchos anuncios de prosperidad y gloria en nuestras campañas.

En sueños he visto al genio que dirige al gran Napoleón, y me ha dicho: “emprende, sigue la carrera brillante de este héroe extraordinario de ladrones, a quien yo guío para robar y matar en Europa.

Para ti he deputado mi segundo; déjate conducir por él y serás émulo de las ventajas de mi favorito.

La virtud es un nombre vano para él; la religión un velo para ocultar sus designios; el terror y la sangre los medios de lograrlos.

Esto le he enseñado, y esto te aconsejo porque veo en ti la mejor disposición para cumplirlo.

No pierdas la ocasión presente, que no volverá, y la fortuna rueda y lleva a todos rodando.”

“Dijo así anteanoche, y desperté resolviendo lo que con vuestros brazos voy a ejecutar hoy.

Vamos al punto, que si encienden contra mí alguna llama, no la apagaré con agua, sino con las ruinas del Estado, como respondió mi Catilina a Catón.

A aquél imito y sigo, y abomino las máximas y conducta del segundo y de Julio, que se opusieron a su conspiración contra Roma.

Catilina soy y seré,” repitió tres veces, dando un grito desaforado que hizo estremecer el templo; y todos le respondieron: Viva el Catilina Valisoletano, y mueran los Julios y Catones.

Salieron a las 6 en dos filas, en forma de procesión parroquial desde la Iglesia, con escopetas y machetes en lugar de cirios y velas; y al fin cerraba la comparsa el cura Costilla montado ya en una mulato y rodeado de ocho mulatos sus guardias de Corps, y transformados en verdugos de la parroquia.

Saquearon los cuatrocientos bandidos las casas de ocho europeos, y los aprisionaron entre los lamentos de sus infelices esposas e hijos tiernos, dejándolos en la última miseria, tras el dolor de tan inaudito arrojo.

Acreditaron su gran valor los salvajes, y el inhumano Costilla su entereza patriótica en no hacer caso de los gemidos ni volver la vista siquiera hacia las segundas víctimas de su saña.

Sólo atendían a atropellar y maltratar a los maridos y padres atónitos, e iban celebrando tan señalada victoria con grandes carcajadas y alharacas, llenándolos de baldones e improperios, y para aumentar el insulto remedaban su pronunciación fuerte de las cc, y de las zz.

Parecía que esta era otra señal de proscripción y matanza; como cuando la pronunciación de Scibboleth o Siboleth fue el medio de conocer a los de la tribu de Ephrain, y de que fuesen degollados en el paso del Jordán cuarenta y dos mil de ellos por los de Galaad.

Concluida la primera acción, siguieron los conjurados en el mismo orden de batalla el camino para San Miguel, y los iban siguiendo muchos zopilotes, como que olían y rastreaban el oficio de aquellos carniceros.

Señor bachiller Costilla de Catilina, aquí da fin el primer capítulo de vuestra historia o conjuración contra las fes de bautismo, y contra la religión y la patria bajo este pretexto.

En otros siglos se persiguió a los adultos, que no querían recibir el rebautismo de los donatistas; pero jamás se oyó persecución contra los católicos por el sólo hecho de haber sido bautizados en la niñez, en esta o aquella parroquia.

Era inaudito este motivo de proscripción y martirio.

El siglo de las monstruosidades no vistas, había de producir la más ridícula y extravagante persecución de todas, las de un cura contra las partidas de bautismos celebrados fuera de su parroquia.

Nuevo Nerón, que forma por divisa de muerte la fecha del lugar en que alguno fue bautizado.

Refinado Napoladrón, que de esta partida de bautismo se vale para robar los bienes de los ciudadanos, y encender el fuego de la discordia entre hijos y padres, para que aquellos que no pueden tener más derechos que los transmitidos por éstos, se priven de todos, y luego se destruyan mutuamente, con sólo traer a la memoria la parroquia en que fueron bautizados, y el nombre del cura que los reengendró en Jesucristo.

Esto quiere decir el edicto de la conspiración que has formado; pierdan sus bienes y perezcan los bautizados en España.

Así lo decretó el cura de Dolores mandando llevar a sangre y fuego la ejecución.

Para proseguir esta nueva historia, como es ley inviolable de ella no decir nada falso, y no omitir nada cierto, necesito que tú reconozcas este ensayo por si acaso hay que añadir a los hechos, y llevar más adelante las conjeturas que ministra tu carácter por razón de locura, y tu corazón por el grado de perversidad, apostasía y furor a que has llegado.

Entre tanto que en el campo, no de Marte, de Belona ni Palas, sino de Baco, Asmodeo y Caco, examinas lo que te escribo, te anuncio lo que te deseo, para tu salvación y nuestra tranquilidad pública y privada, y para gloria de Dios y de su madre santísima.

Flebis, et infamis toto cantaberis orbe.

Has de llorar y rabiar, teniéndote todo el orbe por loco, infame, rebelde cura hereje de Dolores.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente:J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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