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CARTA DE JOSÉ LEÓN TORAL, DESDE LECUMBERRI, SE DICE ARREPENTIDO

 

Señor don Felipe Islas.[1]

No puedo expresar lo que experimenté al entrar a este establecimiento a su cargo, por la corrección y amabilidad con que fui tratado por algunos íntimos y sinceros del señor Obregón… Desde los primeros días de mi prisión, hablé sobre el particular con los señores Robinson, Meneses y Manrique, convenciéndome desde luego de que la convicción que yo tenía respecto del señor Obregón era errónea en alto grado; que no lo pude comprender, porque no lo conocía…

Entre los católicos, entre los mismos eclesiásticos, hay muchísimo egoísmo. Se alimentan odios; hay demasiado apego al dinero; temor para el sacrificio…

Yo fui a sacrificar mi vida. Mi intención fue buena… Creí que era indispensable la muerte del señor Obregón, pero estoy arrepentido… No fue suficiente la benevolencia que noté en el señor Obregón, antes de herirlo, porque en aquel momento no cabían las reflexiones que faltaron antes.

Debo morir. Ayer me reservé para decir, una vez dictada la sentencia, lo que asiento enseguida. Usted recordará que no me permitieron hablar. Quise decir: ruego, exijo a mis parientes y conocidos, a los que me hayan compadecido, que mi muerte no sea ocasión de que se derrame una sola gota de sangre… Si los partidarios del señor Obregón, a pesar de los pesares, se contuvieron con asombro de todo el mundo y mereciendo gran honor, dado el mal que se les causó; si ellos se sujetaron a obrar apegados a las leyes, ¿por qué no seguir tan noble ejemplo?... al fusilarme, se cumplirá con la justicia…

Ayer, durante el discurso del licenciado Padilla, quise aplaudir, pero no lo hice porque sería malinterpretado. Como decía dicho señor, los errores no rebajan, no manchan la religión: son los hombres los que faltan. Considero que el señor Padilla está cerca de la verdad, aunque me permito decir que no en todo lo que expresó ayer.

Hágame usted, pues, señor Islas, el favor de manifestar mi sentir a los verdaderos amigos del señor Obregón, y a los católicos sinceros; pero posiblemente ideas como éstas, harán más falta a los intransigentes, ya sean católicos o revolucionarios.

El señor Manrique me preguntó en cierta ocasión, refiriéndose al señor Obregón: “¿Cree usted que si fuera tan malo como lo pintan podría tener tantos amigos?” Le contesté algo de que escribo a usted ahora y seguimos platicando; al final, con modestia, le pregunté: Señor Manrique, ¿no cree usted que también a Cristo se le niega su lugar?

Yo entiendo que Dios es igualmente poco conocido.

Su SS.

José de León Toral [2]

Penitenciaría de México, D. F.-Nov 11/28.

-Señor don Felipe Islas.-Presente.

Con mucho gusto doy a usted mi juicio sobre los malos elementos del Clero Mexicano. Insisto en que sólo trato de los malos miembros y sobre los puntos de vista que yo puedo alcanzar; no pretendo referirme a la Institución, ni a su Jefe, el Papa, ni mucho menos a la Religión, pues incurriría en el mismo error que con la muerte voy a purgar, o sea en haber juzgado al Gobierno, a la Revolución, y a una de sus principales cabezas como responsables únicos de la situación actual, sin tomar en cuenta que el estado de cosas es el resultado de muchos años de intrigas, buscadas por malos hombres de ambos campos… La depuración de todas las órdenes (…) es labor sumamente meritoria; labor de concordia y no de represalias ni odios (…) Me permito citar tanto por mí, como por los que indirectamente ocasionaron que haya llevado a cabo mi delito, este dicho: “Dios de los mismos males, saca bienes”, extendiendo la idea con esta figura: cuando cae una mancha en un objeto de metal, sucede que al levantarla, aquella parte queda más brillante que el resto, y, por tanto, se decide limpiarla en toda su extensión, hasta dejarlo nuevo. Me imagino que este es su propósito para con México: obra es de verdaderos patriotas.

La corrupción en muchos sacerdotes no es cosa nueva. Son hombres; tienen como todos nosotros, propensión al mal. Terrible cuenta tendrán que dar a Dios, pues más, con su ejemplo que con la palabra deben predicar. La maldad en los sacerdotes escandaliza porque son llamados a una vida perfecta, cada una de sus acciones la ven muchos ojos. Esto no es decir que todo sacerdote es malo, ni que ellos sean exclusivamente los que obren mal.

…Me consta de un señor Obispo, que con exceso cuidaba de su exterior: de sus ropas, del aparato. Como gran favor daba audiencia; apenas extendía su mano para que se le besase y casi ni se dignaba contestar. Bien arrellanado en su sillón, sin demostrar que prestaba atención. Un señor cura se negó a casar a un campesino, porque exigía dos bueyes, y no uno, que le ofrecía el pobre hombre. Tres o cuatro sacerdotes, que al saludar, retienen demasiado la mano de las muchachas (sin más datos). Otros que se permiten duras críticas contra sus superiores, expresadas en público. Muchos de mal dominado carácter; muchos perezosos, comodinos en extremo y demasiado interesados.

…Jesús, Dios, predicó la humildad, la pobreza, la mansedumbre, la bondad, la práctica del bien, que incluye el odio al mal. Los pastores encargados de velar descuidan y sobrevendría la catástrofe, a no ser por los que de buena voluntad existen, eclesiásticos y seglares. Para que no corra riesgo mi imparcialidad, ni su buena intención, señor Islas, convengamos en que hay muchos sacerdotes de vida ejemplar, ¿por qué no reconocerlo?

…Lo relativo a los judas y fariseos entre el clero, no me consta: si yo hubiera conocido, entre los que traté, malicia manifiesta, lo diría… No niego que pueda haber grupos con intereses bastardos, u otros que estén engañados, pero en general estimo que ese levantamiento es uno de los pocos que ha habido en México por un ideal. Por lo tanto, no existe intransigencia para un arreglo sincero. Aparte del egoísmo, en México reina la indolencia, la indiferencia. Males que originan todas nuestras desgracias. Sólo se vencerá con el trabajo y la instrucción.

El señor Padilla, y con él todos los que le aplaudieron, reconocen que en México se adora a Cristo; que la religión no puede abandonarse. Lo que estorba es la gente ruín. Depúrese el clero; deséchense los que producen discordia en el Gobierno.

…El hombre más fuerte es el que se vence a sí mismo. La ciencia más grande es el conocimiento de Dios y de sí mismo.

José de León Toral

Penitenciaría de México, D. F., noviembre 22 de 1928.-

Señor don Felipe Islas.

…Desde que el señor Obregón comenzó a figurar, oía yo que le achacaban ser sumamente sanguinario e impulsivo, y enemigo de la religión; que fue él o los suyos quienes, en 1917 adicionaron los artículos persecutorios. También se le atribuían las muertes de Carranza y las de Serrano y Gómez, más tarde… (No obstante) he sabido detalles hermosísimos de la vida del señor Obregón (su amabilidad; socorros a los necesitados; perdón a sus enemigos; proyectos e intenciones de arreglo, etc.), y, con verdad lo digo, si antes de julio he tenido estas pláticas con los amigos del señor Obregón, nunca hubiera atentado contra su vida… ya que en un hombre de sus cualidades no cabe la maldad que suponía en él. Esto que ya conozco del señor Obregón, juzgo de urgente necesidad que se extienda, para deshacer tantas malas impresiones en la gente; esto debería hacerse desde hace mucho tiempo.”[3]

Notas: 1.- Carta de José León Toral al director de la penitenciaría con fecha 9 de noviembre de 1928.; 2.- Manuel Múzquiz Blanco y Felipe Islas, De la pasión sectaria a la noción de las instituciones, México, 1932, p. 209 Se incluyen en la presente edición fotografías, una por una, de los manuscritos de esta y otras cartas de Toral, así como de las copias a máquina firmadas al calce del modo siguiente: “Es copia fiel del original, escrito por mí. José de León Toral.”; 3.- Idem. p. 222-224.

 
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