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GRITO DE INDEPENDENCIA

 

16 DE SEPTIEMBRE DE 1810

Con la abdicación de Carlos IV, al trono de la corona española, a favor de los franceses, en 1808, se generó en la Nueva España un sentimiento de vacío de poder, al desaparecer la autoridad legítima del rey español. Este hecho hizo que las autoridades de la Nueva España, como el Ayuntamiento de la Ciudad de México, declararan que correspondía al pueblo la formación de un gobierno temporal y provisional, que ante la falta de monarca y de gobierno, la soberanía residía en la propia Nueva España, principalmente en los cuerpos que llevaban la voz pública, como el mismo Ayuntamiento.

Sin embargo, la Audiencia de México no fue de ese parecer; ésta estaba a favor de que se declarara al Virrey como la autoridad suprema, en lo necesario, y se creara una junta permanente que contrapesara su poder. El

Ayuntamiento solicitó se formara la junta con todas las autoridades, y el Virrey Iturrigaray la convocó; a esta reunión asistió el propio Virrey, la audiencia, los alcaldes de corte y fiscales, el Arzobispo, la Inquisición y el Ayuntamiento. Se discutió la necesidad de un gobierno provisional y el desconocimiento de las Juntas Peninsulares. Iturrigaray simpatizó con las ideas del Ayuntamiento, lo que derivó en la convocatoria de un Congreso Nacional.

Radicalizadas las ideas y polarizadas las fuerzas, el Ayuntamiento estaba integrado en su mayoría por criollos que aspiraban que la Nueva España se gobernarse libremente, a través de un congreso que representara a la nación y designara a las autoridades que fueran necesarias. Esta propuesta alarmó a los sectores más conservadores del Ayuntamiento, principalmente a los peninsulares, quienes, por medio de la violencia, impidieron que esta propuesta se llevara a cabo. Los miembros de la Audiencia, temerosos de perder sus posiciones políticas y socio-económicas, decidieron no dejar gobernar a los americanos y dieron el primer golpe de estado, autorizando a Gabriel Yermo, rico hacendado y comerciante español, a liderar citado golpe. Se aprehendió al Virrey Iturrigaray y a algunos de los miembros del Ayuntamiento, entre los que destacaban criollos prominentes, de formación jurídica moderna y reacia, de influencia social y de sentimientos nacionalistas, como Francisco Primo de Verdad y Ramos y Juan Francisco Azcárate, Síndico y Regidor de la Ciudad de México, respectivamente. El Virrey Iturrigaray fue enviado a España acusado de traición, delito del que resultó absuelto, y de prevaricación (por haber faltado a las obligaciones que su autoridad y cargo le imponían), por el cual se le condenó a pagar una considerable multa. Azcárate fue sentenciado a prisión, consiguiendo su libertad tres años después, y a Primo de Verdad se le encontró muerto en su celda del Arzobispado de México, en octubre de 1808.

Los novohispanos se organizan

Las ideas y los anhelos de los miembros del Ayuntamiento de México, no fueron privativos de ellos, sino que estaban difundidos por todo el virreinato, y anidaban, tanto en grupos numerosos de letrados, como de eclesiásticos. Era palpable la discriminación de criollos y mestizos en los puestos directivos, la inmovilidad social de grandes núcleos y el aumento de poder de los funcionarios españoles, amantes de privilegios y de prebendas, mientras que el pueblo padecía la mala distribución de la riqueza, la escasez y el hambre, el mal trato, las duras jornadas de trabajo y el mísero jornal, el despotismo de mayordomos y capataces y la indiferencia de las autoridades ante sus males. El ámbito novohispano en el año de 1809, estaba preparado para una trasformación radical. Altos funcionarios civiles y eclesiásticos eran partidarios de la modificación de las estructuras administrativas coloniales. El cambio se dio por la vía de las armas, mediante la revolución que desalojara del poder a los españoles, para darlo a los novohispanos y mejorara la situación social y económica de la Nueva España. En este sentido, el gran mérito del Cura Hidalgo fue haber hecho partícipe de la lucha por la Independencia, a los sectores sociales más desprotegidos, convirtiendo el movimiento emancipador en un movimiento social, no sólo político.

En toda la colonia se organizaron núcleos de descontentos y centros de conspiración, ligados entre sí por una tupida trama que tendían eclesiásticos, comerciantes medianos y pequeños, militares, funcionarios y campesinos. En Valladolid (hoy Morelia) y Querétaro residían los principales grupos de conjurados, ligados por diversos vínculos en Celaya, San Miguel, Dolores, etc. Para 1809, en varias ciudades se conspiraba abiertamente. Se sabe que militares criollos como el Capitán del Regimiento de Caballería de la Reina, Ignacio Allende y otros, realizaban viajes por diversas regiones, propagando sus planes, en espera del momento oportuno de actuar.

La primera conspiración se dio en Valladolid, en 1809; su objeto fue lanzarse a la lucha contra las autoridades virreinales y continuarla hasta alcanzar la independencia interina del dominio español, en tanto ocuparan las tropas francesas el territorio de la metrópoli hispana. No obstante, este movimiento fracasó. Frustrada la conspiración de Valladolid, se llevaron a cabo juntas subversivas en la ciudad de Querétaro, con los mismos planes y aspiraciones que la de Valladolid. De este nuevo movimiento revolucionario, los principales implicados fueron Miguel Hidalgo y Costilla, y los Capitanes Ignacio Allende, Mariano Abasolo y Juan Aldama, así como el Corregidor de la ciudad de Querétaro, Miguel Domínguez y su esposa Josefa Ortiz de Domínguez.

La conspiración de Querétaro también fue denunciada, y sus integrantes se vieron en la necesidad de adelantar los planes y lanzarse a la lucha en la madrugada del 16 septiembre de 1810. Josefa Ortiz logró enviar un mensaje a Juan Aldama, quien se encontraba en el pueblo de San Miguel el Grande (hoy San Miguel de Allende), informándole que había orden de detener a todos los conjurados. Aldama partió a Dolores, en donde, reunido con Hidalgo y Allende, decidieron lanzarse a la rebelión. Sabían que contaban con 36 hombres de milicia del Capitán Mariano Abasolo, y con más de 500 milicianos comandados por Allende, así como algunos dependientes, tanto del cura como de sus compañeros y reos de la cárcel de la localidad. Dicha fuerza era el embrión del movimiento, pero era preciso convocar al pueblo y crear un amplio movimiento popular.

SITUACIÓN MILITAR EN LA NUEVA ESPAÑA.

En la Nueva España no existía un poderoso ejército; esto fue resultado de la política militar, que la metrópoli española impuso a sus colonias americanas. La corona española, hasta 1776, año en que los ingleses atacaron Cuba, no había tenido la necesidad de instalar en sus colonias americanas un ejército fuerte, sólo existían pequeños destacamentos encargados, principalmente, de la defensa de los fuertes y de las luchas en las fronteras, con los indios bárbaros; por otra parte, no se promovió la creación de milicias cívicas, por temor a que colonias se insurreccionaran.

Los cambios en la organización militar en la Nueva España, al igual que en otras colonias americanas, tuvieron que ver con la necesidad de fortalecer el sistema defensivo de la corona española. Con motivo de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), librada entre España e Inglaterra, por primera vez se había demostrado un dominio naval inglés y su capacidad para la ocupación permanente de territorios españoles. La caída de la provincia francesa de Québec (1759- 1760), y la invasión y caída de La Habana, iniciadas el 6 de junio de 1762, mostraron una realidad estratégica que exigía reformas básicas, pues España había recibido un duro golpe a su hegemonía en el Océano Atlántico.

La corona española empezó, a partir de 1769, un proceso de replanteamiento de la defensa de sus posesiones americanas. A partir de esa premisa, las colonias americanas tendrían un núcleo de regimientos y batallones regulares, de infantería y de caballería de línea. En sus territorios, el ejército de España reforzaría estas unidades coloniales, con la rotación temporal de regimientos, y con cuadros de oficiales y tropas europeas, a fin de mantener un nivel aceptable de lealtad, disciplina y organización. Estas fuerzas dirigirían regimientos, batallones y compañías de milicianos provinciales. En la Nueva España, el Capitán General de Andalucía, Teniente General Juan de Villalba y Angulo, fue nombrado Comandante General e Inspector General del Ejército, quien estableció la estructura del Ejército en la Nueva España; sin embargo, durante décadas, la institución militar no encontraría un periodo tranquilo de crecimiento y desarrollo, para establecer tradiciones y reputación militar.

Las realidades políticas y económicas o el potencial militar, impidieron el establecimiento de un ejército fuerte en la nueva España. “En vez de enviar regimientos, y cuadros de oficiales y de soldados, para animar a los novohispanos, el Ejército de Nueva España entraba en un periodo de mexicanización o acriollamiento, con pocos reemplazos de la madre patria”.[1] Hoy, la historiografía señala que la Guerra de Independencia fue una guerra de “mexicanos”, diferenciados sólo por la causa que defendieron, es decir, la insurgente o la realista, puesto que la oficialidad española que luchó contra la insurgencia, en realidad fue muy reducida y sólo ocupó los altos mandos.

El Virrey Juan Vicente de Guemes, Segundo Conde de Revillagigedo, promovió un proyecto militar, que daría más importancia al ejército regular, con un cuadro fuerte de europeos, y suprimía las milicias provinciales. El plan disminuyó el papel de los ayuntamientos y tenía aspectos muy racistas, que representaban la oposición del virrey a las castas y a armar a los criollos. Por su parte, Francisco Crespo ofreció a los criollos influyentes, las jerarquías de coroneles, tenientes coroneles, capitanes y tenientes, con los privilegios del fuero de guerra en los tiempos de servicio activo. Con su sed de influencia, posiciones y honores, muchas veces los criollos pagaban todos los costos de armas, uniformes, utensilios y cuarteles, de las compañías, batallones y regimientos que dirigían. El ingreso de miembros de las clases ricas a la milicia, favorecía la influencia que ejercían éstas sobre los trabajadores y labriegos que con ellas se relacionaban, lo cual, por un lado, beneficiaba el reclutamiento de soldados, y por el otro, propiciaba el dominio socio-político de los oficiales sobre sus subordinados.

El Virrey Miguel Grúa Talamanca y Branciforte (1794-1798), se preocupó por la defensa del Virreinato, reforzando los puntos neurálgicos-costeros, como Veracruz, y reorganizó el ejército. Por su parte, el virrey José de Iturrigaray (1803-1808), fortificó a la Nueva España y mejoró la milicia. En el año de 1808, éste había acantonado en Jalapa a buena parte de la milicia novohispana. Este hecho mostró a los criollos, que ellos constituían la fuerza militar de la Nueva España, y que su defensa y el poder estaban en sus manos.

Desde el momento de su creación y reorganización, en tiempos de Branciforte, el ejército novohispano había crecido y se había fortalecido, y constituía ya, en ese año, un grupo coherente, y contaba en la primera década del siglo XIX, con poco más de 40,000 hombres. De éstos, alrededor de 10,000 pertenecían a las tropas permanentes, que se mantenían continuamente en servicio activo; 22,000 hombres formaban los cuerpos o milicias provinciales, la mayor parte de los cuales conservaban, en tiempo de paz, únicamente sus cuadros de oficiales y clases, y algunos soldados, a los que incorporaban, al iniciarse operaciones militares de guerra, sus miembros restantes, quienes habían recibido instrucción bélica en fechas determinadas.

EL GRITO

El movimiento insurrecto conocido como el “Grito de Independencia”, no es propiamente una acción armada, en el sentido estrictamente militar; no obstante, es necesario destacar su importancia, no sólo por ser el inicio del movimiento emancipador, sino también por ser el momento de la gestación, de lo que vendría a ser las fuerzas armadas mexicanas, con características propias, que respondían a la naturaleza de las condiciones sociales, políticas, económicas y geográficas del futuro país.

Las primeras noticias sobre el “Grito de Dolores”, las proporciona Pedro García, Justicia Mayor Subdelegado de la Real Hacienda del Partido de Santa María del Río, quien dice (sic):[2]

“[...] la tarde de este dia se me presentó a un hombre nombrado Anacleto Moreno (según expresó el mismo vervalmente) Español casado con Maria Antonia Gonzales de quarenta y seis años, originario de la jurisdicción de Dolores en la Hasienda de Santa Barbara propia de Don Bernardino Gutierres arrimado en dicha hasienda y de oficio labrador: Ygualmente doy fé que registrado escrupulosamente todo su vestuario no se le halló más que sigarrera del Rey y veinte pesos en reales, exponiendo q.e se los dio el Cura del pueblo de Dolores, su compañero Don José de la Luz Gutierres en esta forma: Que el Señor Cura el Viernes próximo pasado, le dio quince, y diez Don Bernardino para que en compañía de este viniese á la jurisdicción de Tierranueva á convidar algunos Amigos de Satisfaccion para que fueran el dia veinte y ocho á Dolores para el veinte y nueve aprehender á los Españoles Europeos: Que igualmente le mando á su Criado dho. Cura Hidalgo que le sacara un terciado de los que estavan allí, y que el que luego le entregó y se vino con dho. su compañero hasta la Norita donde se separó”.[3]

El mismo Anacleto Moreno continúa dando datos sobre el suceso:

“en la Hasienda de Santa Barbara cerca del Pueblo de Dolores hai porción de lansas mandadas hacer y pagadas por el Cura Hidalgo en casa de un herrero Compadre del reo llamado José Martin Arroyos, que Ygnacio Allende es uno de los comvocadores y que según oyó decir á el Cura mismo el Viernes porque lo platicava con un Capitan de Guanaxuato que dicho Allende havia sido delatado, y respondio el Cura eso esta malo es menester agitar el negocio con presision, y siguió el Capitan de Guanaxuato parlando del Plan de que formavan de cómo habían de coger á los Gachupines en dicho Guanaxuato y es una noche como a las ocho y media que estaban todos en sus casas con un coete ó bomba á una seña y para cada un tres ó cuatro Soldados o convocados: Que no sabe quien es el tal Capitan pero que es mosito: Que el capitán Don Mariano de Abasolo de Dolores le parece que esta también convocado por que el Domingo en la noche que llegó el reo de vuelta de Tierranueva á allá fué á para al Curato y alli estuvo dicho Abasolo con un Soldado que esta cuidando la Casa del Sr. Cura y le dixo el Soldado que viera el papel que escrivia Armijo á que produxo Abasolo estas palabras, es Gachupin ese? Y respondió el reo no Señor, es criollo y reproduxo entonces Abasolo, pues escrivele y que vaya por remuda á mi Casa, y que en efecto fue y traxo una mula del corral de la Casa de Abasolo, y donde havia porción de Cavallada enserrada: Que tambien otros dos mosos estaban detenidos é iban para San Miguel y se les dio remura: Que el Domingo en la noche salió para San Miguel otro troso de Cavallada que llevava un cabo que entró ál curato y se le dio parte á Abasolo. Que su compañero José de la Luz Gutierres pasó para el Peñasco á comvidar gente de orn. Del Cura y lleva unos Sesenta pesos y quedaron de verse en el Puerto del Temascalillo en el Rancho el día diez y ocho ó diez y nueve y que si no á mas tardar el dia veinte y seis para estar el veinte y ocho en Dolores”.[4]

En el mismo documento el propio Pedro García se refiere a los acontecimientos del 16 de septiembre de 1810, de la siguiente manera:

En diez y seis de Septiembre han sido presos todos los Gachupines de este Lugar es la facigae no há sido menester maltratarlos ni lastimarlos po que há sido tanto el gentio que alcanso el numero á 31, y tantos de á pie y 400 a caballo aviendolos puesto en la Carcel fueron puestos en livertad todos los presos y fueron pensionados á tomar las armas de sus intereses no se ha hechado mano hasta oi mas de los Reales para Sueldos de toda esta gente repartiendo en trosos cada troso con su Comandante según el Numero de Gachupines en cada Lugar hay, esto es reducido á quitar esta vil canallada de estos mostros antes que se execute la Ruin que se espera de que se entroduzca la eregia en este Reyno y asi considero U. hace lo mismo en ese Partido pues no vamos en contra de la lei”.[5]

Lo anterior describe a groso modo, los planes para iniciar la insurrección y el ambiente que se vivía en aquella época. Como ya se dijo, la conspiración de Querétaro fue denunciada, y los conjurados tuvieron que adelantar y cambiar los planes.

Al anochecer del 15 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo se encontraba en la Casa Cural de Dolores, en compañía de Ignacio Allende, cuando fue notificado por Juan Aldama, que se había descubierto  la conjura, y que estaban detenidos sus aliados de Querétaro. Hidalgo y los demás conspiradores que vivían en Dolores, sabían que se enfrentaban a decisiones críticas. Hidalgo entendió el inminente peligro que eso significaba, por lo que decidió, aún en contra de la opinión de Allende, dar inicio al movimiento emancipador, pues consideró que, de esperar a comunicar a los demás conspiradores, como era la opinión de Allende, las autoridades virreinales tendrían tiempo para aprehenderlos y encarcelarlos. Allende entendió las razones de Hidalgo y junto con éste y Aldama, salieron del curato en las últimas horas del día 15 de septiembre, para dar inicio al movimiento de independencia.

El primer Ejército Insurgente encabezado por Hidalgo, Ignacio Allende y Juan Aldama, tuvo su gestación con 8 sirvientes de Hidalgo, a los que se unieron sucesivamente unos 70 presos liberados de la cárcel de Dolores, entre los cuales se distribuyeron lanzas y espadas del depósito de armamento del Cuartel de Dragones de la Reina, que se mantenía en la plaza; así mismo, se unieron algunos soldados de este Regimiento; en suma, poco más de 80 individuos mal armados, y carentes de toda organización y disciplina militar. Esa misma noche, Luis Gutiérrez reunió unos 200 hombres a caballo, de la hacienda de Santa Bárbara, decididos a emprender de inmediato la revuelta.

Una de las primeras acciones que tomaron los líderes insurgentes, fue la aprehensión de los españoles. “A eso de las once comenzó la aprehensión de los españoles, el primero fue Don Nicolás Fernández del Rincón, Subdelegado de aquel pueblo, […] [pues] así convenía a la patria”. [6]

Alrededor de las 05:00 hrs. del día 16, Hidalgo procedió a convocar a la comunidad, a unirse a la lucha; cuenta la tradición que éste hizo tocar la campana del curato de Dolores, “al oír los repiques de la campana los vecinos de Dolores, los indios, los rancheros de toda la comarca, que aquel domingo habían acudido al pueblo para ir a misa y al mercado, se congregaron en el atrio del templo, alarmados o curiosos al oír aquel toque de rebato que tan inusitadamente los llamaba”. [7]

Una vez congregados los vecinos, en el atrio de la parroquia, Hidalgo les habló; sus palabras fueron un discurso político, sermón y arenga “tenía el don que ahora se llama carisma”[8]; ello contribuyó a que se convirtiera en la figura principal del inicio de la insurgencia, aun no siendo militar. Hidalgo proclamó su oposición a los peninsulares y a los gobernantes franceses de España, a la vez que declaraba su lealtad a Fernando VII, a la sazón cautivo en Francia. Proclamó estar dispuesto a dirigir la insurrección en pro de mayor autonomía local, sin dejar de sostener la lealtad al monarca español. No obstante, dicho discurso ocultaba los verdaderos objetivos perseguidos por los insurgentes: la independencia jurídico-política, la autodeterminación administrativa y la organización acorde a las necesidades de los novohispanos. Así mismo, la superación de la crítica situación social y económica que afligía a la Nueva España.

Después de las 5:00 hrs. del día 16, y tras el discurso libertario de Hidalgo dirigido a la multitud, que se había reunido en el atrio y los alrededores de la parroquia de Dolores, la fuerza ascendió a unos 600 hombres que portaban viejos fusiles, machetes, lanzas, hondas, palos e instrumentos de labranza, montados unos y sin cabalgadura los más de ellos: campesinos, empleados y artesanos, que vitoreaban enardecidos por las palabras del cura a sus caudillos y a la Independencia. Del pueblo de Dolores, resolvieron Hidalgo y Allende dirigirse a San Miguel el Grande, población de importantes recursos, en la que residían varios partidarios de la rebelión. A las 11:00 hrs. salía de Dolores la tropa insurgente, a la cabeza Hidalgo y al centro los españoles aprehendidos en las primeras horas de ese día. Poco tiempo tardaron en llegar a la hacienda Erre, donde los principales jefes del movimiento, a quienes acababa de unírseles Abasolo, fueron recibidos espléndidamente por Luis Malo, propietario de la citada finca y quien había sido miembro de las juntas secretas establecidas por Allende, en San Miguel. Después de descansar, el pequeño ejército insurgente continuó su marcha con dirección a Atotonilco (Gto.).

Allende fue partidario de remontarse a la sierra con el primer grupo de seguidores, para armarlos debidamente, instruirlos en la guerra y luego, con más hombres, igualmente bien pertrechados y diestros, comenzar la lucha en forma organizada. Hidalgo no fue de esta opinión, y decidió iniciar la lucha inmediatamente, confiando en que más se conseguiría movilizando a una enorme cantidad de hombres, cuyo peso inclinaría la balanza a favor de la insurgencia. “El número nos dará la victoria”,[9] declaró Hidalgo.

A medida que fueron avanzando, las filas insurgentes se engrosaban con innumerables voluntarios. Los gritos ¡Viva la independencia! ¡Viva la América! ¡Mueran los gachupines!, arrojados por la tropa que salió de Dolores, “sorprendieron a los trabajadores de los campos vecinos, que suspendieron sus faenas para ver pasar a la multitud desordenada y ruidosa”.[10] Cuadrillas enteras de peones, se unieron a las tropas insurgentes; de las haciendas y ranchos, salieron hombres a caballo a incorporarse también, formándose así una fuerza de caballería, armada de machetes y lanzas, pues muy pocos llevaban carabinas y pistolas. “Los indios, al pasar por el río, surtían sus costales con piedras; otros se aproximaban un arma cualquiera, y todos deseaban combatir”.[11] Los hombres de a pie, reunidos en grupos, precedían a los capitanes de cuadrillas. Estas fuerzas formaron la infantería del improvisado ejército, cuyas armas consistían en palos, flechas, hondas, lanzas y los mismos instrumentos de labranza. Muchos hombres llevaban consigo a sus mujeres e hijos; otros con sus hermanos y parientes. Las tropas insurgentes, “engrosando a cada momento, en medio de nubes de polvo y ensordeciendo los contornos con sus gritos y sus vivas”,[12] llegaron al santuario de Atotonilco. Precisamente del santuario de Atotonilco, Hidalgo tomó la imagen de la Virgen de Guadalupe pintada al óleo, utilizándola como elemento unificador y de identificación del movimiento insurgente.

Tradicionalmente, se ha dicho que esta acción fue una idea genuina de Hidalgo y un acertado acto político. Estudios recientes han demostrado, que por la importancia de la Virgen de Guadalupe, como patrona de los novohispanos y representación de la nacionalidad mexicana, como se concebía hasta ese momento, los conspiradores determinaron utilizar dicha imagen en el movimiento; incluso se mandaron a elaborar diversas banderas con la imagen de la Virgen de Guadalupe, para que abanderaran la causa insurgente. La imagen de la Virgen de Guadalupe se convirtió en el lábaro de la fase inicial del movimiento libertario; indígenas, mestizos y criollos unieron sus gritos de guerra al de ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

Durante su marcha a San Miguel el Grande, los insurgentes aumentaron sus efectivos, con multitud de hombres que se les agregaron durante la marcha, en cantidades mayores, al pasar por ranchos y haciendas. Ya era de noche cuando los insurgentes, con alrededor de 5,000 hombres, entraron en San Miguel el Grande; allí se les unieron dos Compañías del Regimiento de la Reina, a las órdenes de los Capitanes Juan Cruces y José de los Llanos, y muchos lugareños más, que así mismo, llevaban consigo todo instrumento o artefacto capaz de herir a cualquier futuro adversario.

El entusiasmo patriótico, irreflexivo, espontáneo y súbito, de los insurgentes, fue reconocido por las mismas autoridades realistas. El Intendente Riaño escribiría al virrey Venegas lo siguiente: “los pueblos se entregan voluntariamente a los insurgentes: hiciéronlo ya en Dolores, San Miguel, Celaya, Salamanca, Irapuato […]”.[13]

Hidalgo, contra la opinión de Allende, persistió en reconocer el grado de coronel, a quien se presentaba con 1,000 individuos o más, y asignarle tres pesos diarios de haber, a la vez que prometía un peso diario al que se incorporara montado y cincuenta centavos a quien llegara a pie; estos incentivos, agregados a la esperanza de

obtener algunos beneficios con el saqueo de las poblaciones tomadas, influían poderosamente en la llegada incesante de hombres a las filas independentistas, en cuyos pechos se inflamaba, sin embargo y como principal impulso motriz, el anhelo de libertarse del yugo y la miseria en que el pueblo novohispano se encontraba.

Los pobladores de San Miguel, mezclados con los soldados del improvisado Ejército Insurgente, asaltaron algunas casas de comercio de los españoles, dándose por iniciado el saqueo, que oportunamente los jefes insurgentes acudieron a detenerlo, y sólo se permitió la extracción de hierro y acero existentes en las tiendas,

como material indispensable para reparación y construcción de armas. Allende hizo conducir a los españoles aprehendidos en Dolores al Colegio de San Francisco de Sales, para resguardarlos de todo atentado por parte de la excitada multitud. Por su parte, los españoles residentes de San Miguel, entregaron sus armas.

La noche resultó tormentosa para los moradores de San Miguel: aquella reunión de gente extraña, armada en su mayor parte de palos y de lanzas; los gritos de la plebe excitada que recorría las calles y las plazas, después de libertar a los presos de la cárcel; gran número de españoles aprehendidos, y ellos y sus familias sumidos en una profunda consternación; los jefes del levantamiento lamentaron tal desorden, pues sus fuerzas consistían y estribaban en aquella entusiasta, pero indisciplinada multitud. El día 17, los líderes del movimiento insurgente convocaron a los notables de la villa, con el triple objeto de nombrar autoridades y acordar cuantas medidas fueran necesarias, para establecer el orden y la tranquilidad pública, y auxiliar y fomentar la revolución.

Los líderes del movimiento se dieron a la tarea de organizar del mejor modo posible, el numeroso Ejército que tenían bajo sus órdenes. El Regimiento de la Reina, como fuerza regular y disciplinada, se convirtió en el núcleo de la nueva organización, pasando muchos de sus soldados a los otros cuerpos que se formaron con el carácter de oficiales y sargentos; los del Regimiento recibieron la graduación de tenientes coroneles y coroneles; los 5,000 hombres reunidos hasta ese momento, fueron divididos en batallones y escuadrones, y se mandó a construir un gran número de armas a todos los herreros de la villa, en cuyo trabajo se ocuparon éstos sin descanso, en los días 17 y 18 de septiembre.

Los líderes insurgentes sabían que el éxito de su empresa consistía en la rapidez de sus movimientos; así es que, terminados los precisos preparativos, salieron de San Miguel el día 19, no sin antes haberse apoderado de una gran cantidad de pólvora. El Ejército Insurgente emprendió la marcha llevando a vanguardia la infantería, formada por 2,000 hombres (principalmente indígenas), armados con hondas, garrotes y machetes; seguida de la caballería formada por 4,000 mil rancheros, armados en su mayor parte con lanzas y espadas; los jefes venían enseguida y a retaguardia quedaron colocados el Regimiento de Dragones de la Reina, y los españoles aprehendidos en Dolores y en San Miguel.

Rodearon la sierra de Guanajuato con dirección aparente hacia Querétaro; los insurrectos, al llegar a Chamacuero, cambiaron bruscamente el rumbo, enderezándolo a Celaya, y pernoctaron en la hacienda de Santa Rita. Durante el nuevo trayecto se les fueron agregando voluntarios en número considerable. Para la mañana del día 20, al llegar a Celaya, el Ejército Insurgente contaba con 20,000 hombres; la plaza fue entregada sin combatir, y las autoridades civiles, jefes militares y españoles huyeron. Hasta este momento las fuerzas insurgentes no se habían enfrentado a las fuerzas realistas.

Como se observa, al momento del estallido de la insurrección, los líderes rebeldes no contaban con un ejército operacional efectivo y tenían que controlar a la multitud que se habían adherido a la causa insurgente, antes de que ésta pudiera adquirir legitimidad popular y extenderse a otras partes de la Nueva España. Los oficiales de milicia regional, Mariano Abasolo e Ignacio Allende, entre otros, y las compañías de batallones milicianos y diversos partidarios criollos, eran el único grupo con disciplina militar, pero con escasa instrucción.

Los mandos superiores de las fuerzas insurgentes los desempeñaron, Hidalgo como Capitán General y más tarde Generalísimo, Ignacio Allende en calidad de Capitán General y Mariano Abasolo con la jerarquía de Teniente General; “tanto en estos mandos superiores cuanto en los subalternos, la capacidad de sus poseedores en la conducción de las tropas y la ejecución de las operaciones fue limitada”.[14] General en Jefe carecía de conocimientos militares y los de sus inmediatos inferiores se reducían a evoluciones reglamentarias de unidades como el escuadrón y la compañía, el tiro de armas de fuego y el empleo de armas blancas, particularmente de las cargas de caballería; en condiciones similares se hallaba un corto número de sargentos y cabos, integrantes del Regimiento de la Reina, destacados en San Miguel el Grande, clases que serían habilitadas como jefes y oficiales de las corporaciones insurgentes, con el escaso rendimiento resultante de la separación de sus pequeñas unidades, cuyo manejo habían practicado, para dirigir unidades mayores de gente carente de conocimientos en materia castrense.

A pesar de las conspiraciones y tumultos de 1808-1810, la gran insurrección vino como una sorpresa espantosa para el Ejército Virreinal. Aunque la posibilidad de una invasión extranjera presentaba un peligro claro, que requería planes concebidos por los virreyes y las juntas de oficiales generales, hasta 1808, nadie investigó la amenaza de una insurrección o movimiento masivo revolucionario. Hasta 1810, los comandantes del Ejército Novohispano concentraron sus atenciones contra la amenaza de una invasión desde el Golfo de México. Con las tropas regulares esparcidas para guarnecer las ciudades y rutas de las costas, en el momento de la insurrección, no existía un ejército de operaciones, disponible para controlarla.[15]

La atracción de la población a la convocatoria de los líderes insurgentes y sus cientos de seguidores, amenazaba con una revolución popular, que sumergiría a la Nueva España y extinguiría al viejo ejército. Para esta guerra, el Ejército de la Nueva España tuvo que renovarse o morir; muchos de los viejos oficiales de avanzada edad y de ideas del ejército sedentario colonial, no pudieron hacer la transformación necesaria para sobrevivir en la nueva lucha.[16] “Para los militares y oficiales administrativos del régimen español, el mundo tal como ellos lo habían conocido, terminó el 16 de septiembre de 1810, con el relámpago deslumbrador provocado por el padre Hidalgo”.[17]

Es interesante observar que, en general, los oficiales y soldados criollos, respondían mejor a los desafíos de un conflicto tan confuso, que muchos de los comandantes y oficiales españoles, con mucha experiencia en las guerras de Europa y África.

El principal líder del Ejército Realista, el cual combatió al Ejército Insurgente, fue el Brigadier español Félix María Calleja del Rey, quien aprovechando los múltiples errores de los insurgentes, infligió importantes derrotas a la causa insurgente. En San Luis Potosí, a las 10:30 de la mañana del 19 de septiembre de 1810, Calleja, Comandante activo de la 10/a. Brigada de Milicias en San Luis Potosí, “tuvo la primera noticia de la conmoción del pueblo de Dolores; trasladándose luego al Valle de San Francisco […] donde se acabó de confirmar en lo que le había instruido por el parte que dio al mismo jefe D. José Gabriel de Armijo por mano del Capitán D. Pedro Meneso y del Subdelegado del pueblo de Santa María del Río, Pedro García”.[18] No obstante del fuerte liderazgo de Calleja en dicha región, no le fue posible iniciar de inmediato las operaciones militares ofensivas. La cosecha anual de trigo ocupaba a muchos milicianos de los Regimientos de Dragones de San Luis y de San Carlos, y otros estaban lejos atendiendo el ganado y prosiguiendo sus ocupaciones normales. Lejos de tener libertad para dirigir a su ejército contra la rebelión, Calleja tuvo que combatir la inercia diseminada de los comandantes, sin comprometer fuerzas realistas, que adoptaban preparaciones puramente defensivas, para proteger sus territorios específicos, en lugar de concebir estrategias más amplias.

Calleja, ordenó la movilización de los Regimientos Provinciales de Dragones de San Luis Potosí y San Carlos, un proceso lento porque las compañías estaban distribuidas por muchos pueblos y haciendas, y los caballos repartidos por las haciendas que los mantenían. Faltando otras tropas, comenzó el reclutamiento de 1,000 paisanos, incluyendo indios flecheros para las compañías nuevas de caballería e infantería. Sin arma, con la excepción de los fusileros de los Dragones, Calleja tuvo que reunir a los artesanos de la provincia para construir y fundir cañones. Aunque Calleja ganaría su reputación como comandante del Ejército del Centro, al principio encontró muchas dificultades, y expresó dudas a propósito de si podría seguir las órdenes del Virrey Venegas, para marchar a Querétaro e incorporar sus fuerzas a las de Cadena. Sin artesanos de alta habilidad técnica, el plan de fundir cañones que suponía mayor esfuerzo, tuvo que ser abandonado.

A pesar de su campaña para reclutar tropas en su provincia, Calleja había reunido solamente 1,500 hombres a pie y 2,600 de caballería, la mayor parte de gente del campo armados con lanza, que además de las carencias de su precipitada reunión, tenían la desconfianza que inspiran por su inmediación al contagio. Muchos de los lanceros desertaron para volverse a sus familias e intereses o como se quejó Calleja, resultó del “[…] carácter de incontinencia tan dominante en estos países… gozaron del placer de la victoria tan lisonjero al soldado y no obstante olvidan estas ventajas y prefieren la vida errante o fugitiva de un criminal […]”.[19]

Hasta este punto, los comandantes realistas no habían elaborado un plan de operaciones ni una estrategia para contener y terminar la rebelión. Desde varias provincias, los militares expresaron el gran miedo de Calleja por la falta de confianza en los soldados novohispanos o en la población en general.[20] La mayor parte de los oficiales de la ciudad se sentían indefensos, frente a lo que parecía ser un movimiento masivo invencible. El pánico realista frente a lo desconocido, ofreció a los desorganizados rebeldes, ventajas psicológicas y varias victorias.

La victoria insurgente en Guanajuato sirvió para acelerar la propagación de la rebelión. Calleja expresaba dudas acerca de la calidad de su pequeño ejército, y le preocupaba la escasez de artillería, de fusiles y de buenos oficiales. Aun cuando era profundamente receloso de las lealtades hacia el pueblo mexicano, Calleja reconoció que las unidades del ejército realista debían ser retiradas de sus guarniciones, divididas y aisladas, y unirse en fuertes ejércitos operacionales. A pesar de los obstáculos, Calleja ordenó a Cadena iniciar acciones ofensivas desde Querétaro, en los distritos a manos de los rebeldes. Sin ocupar en realidad ciudades rebeldes ni comprometer fuerzas enemigas superiores, tanto los ejércitos de San Luis Potosí como el de Querétaro iniciaron una serie de ataques ofensivos.

Desde el inicio del movimiento, surgieron diferencias entre sus líderes, lo que provocaría a la postre la fractura y debilitamiento del movimiento. Los graves errores tácticos de Hidalgo condujeron al fracaso la insurrección, sumados al desprestigio del movimiento causado por los desmanes de la muchedumbre. En esta etapa de la lucha armada, sólo raras veces pudieron los insurgentes, ligeramente armados y mal entrenados, afrontar al Ejército Realista en combates convencionales. Carecieron de la potencia de fuego de los fusiles y artillería masivos, o de la disciplina marcial para enfrentar las cargas de bayonetas. El desprestigio del movimiento fue hábilmente aprovechado por Calleja. Muchos de los que en un inicio apoyaron el movimiento, al ver el desorden de éste y los males que estaba causando, pasaron a apoyar la contrarrevolución; Calleja prometió restablecer el orden y con ello sus intereses materiales; a cambio, pidió el apoyo de las milicias cívicas; el general realista, con inteligencia y su fuerza armada, se apoyó principalmente en éstas.

CONCLUSIONES:

El inicio del movimiento armado, liderado por Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Mariano Abasolo, entre otros, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, fue el preámbulo de una lucha armada, que se prolongaría por un periodo de diez años, en pro de la independencia de la Nueva España de la corona española. Los iniciadores del movimiento libertario lo hicieron sin haber concebido un adecuado plan políticomilitar, ni contar con los suficientes recursos materiales necesarios. No obstante, tuvieron un objetivo claro: romper los vínculos que los sujetaban a España, pues consideraron que ellos eran los causantes de dicha situación. De tal manera que la insurgencia se impuso para las mayorías, como medio de alcanzar una trasformación política, pero fundamentalmente socio-económica. La emancipación de México, se diferenció de otros movimientos puramente políticos ocurridos en Hispanoamérica, por aspirar a una transformación transcendentalmente social. Lo anterior se constata por la participación masiva campesina, que le imprimió al movimiento insurgente un carácter notablemente rural. Este elemento distintivo, hizo de nuestra Guerra de Independencia, la primera revolución social de los tiempos modernos. El movimiento insurgente mexicano tuvo tres elementos clave, que lo diferenciaron de los movimientos sudamericanos: el liderazgo del clero rural, la amplia participación de las masas rurales y la elaboración de una ideología nacionalista. En cuanto al ámbito militar, el movimiento iniciado por Hidalgo, transformó, de manera radical, la forma de concebir la guerra por parte de la sociedad. Las fuerzas armadas asumirán un papel protagonista en la vida nacional. El uso de las armas se convertirá en una manera habitual de hacerse del poder político; las provincias, a través del uso de ellas, reclamarían su autonomía administrativa y económica. Los pronunciamientos armados serán de uso común, para quitar y poner gobernantes. Surge irremediablemente la figura del caudillo, aquél que, por su carisma, atrae a la gente a su causa.

Bibliografía:

Anna, Timothy E., La caída del gobierno español en la Ciudad de México, Secretaría de la Defensa Nacional, México, 1995.

Archer, Christon I., “En busca de una victoria definitiva: el ejército realista de Nueva España, 1810-1821”, en Terán, Marti y Serrano Ortega, José Antonio, Las guerras de independencia en América española, El Colegio de Michoacán, México, 2006.

Arteaga, Benito A., El héroe olvidado. Rasgos biográficos de D. Ignacio Allende, Secretaría de la Defensa Nacional, México, 1993.

Brading, David A., Orígenes del Nacionalismo Mexicano, Secretaría de la Defensa Nacional, México, 1994.

García, Pedro, Con el cura Hidalgo en la Guerra de Independencia, Honorable Congreso de la Unión, LVIII Legislatura, México, 2002.

León Toral, Jesús de, El Ejército Mexicano, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, p. 91.

Riva Palacio, Vicente, México a través de los siglos, Editorial Cumbre, S.A., México, Decimo quinta edición, 1979.

Villoro, Luis, El proceso ideológico de la revolución de independencia, Universidad Autónoma de México, México, 1967.

Young, Eric Van, “Hacia la insurrección: orígenes agrarios de la rebelión de Hidalgo en la región de Guadalajara”, en Katz, Friedrich, Revuelta, rebelión y revolución. La lucha rural en México del siglo XVI al XX, ERA, México, 1990.

Citas:

1. Archer, Christon I., “En busca de una victoria definitiva: el ejército realista de Nueva España, 1810-1821”, en Terán, Marta y Serrano Ortega, José Antonio, Las guerras de independencia en América española, El Colegio de Michoacán, México, 2006, p. 424.

2. Ídem, p. 425.

3. Las citas se transcribieron del documento de manera textual con el objeto conservar su originalidad.

4. Un testimonio inédito del inicio de la independencia mexicana, reproducción en facsímile de un manuscrito relativo a los sucesos de la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Centro de Estudios de Historia de México, CONDUMEX, México, 1988. p. 7-8.+

5. Ídem, pp. 8-10.

6. Ídem, p. 4

7. Arteaga, Benito A., El héroe olvidado, rasgos biográficos de D. Ignacio Allende, Secretaría de la Defensa Nacional, México, 1993, p. 78.

8. Fuentes Aguirre, Armando, “La otra historia de México”, en El Sol de México, México, lunes 20 de febrero de 1989.

9. Ídem.

10. Riva Palacio, Vicente, México a través de los siglos, Editorial Cumbre, S.A., México, Tomo III, p. 365.

11. Ídem, p. 106.

12.García, Pedro, Con el cura Hidalgo en la Guerra de Independencia, Honorable Congreso de la Unión, LVIII Legislatura, México, 2002. 13. Riva Palacio, Vicente, Op. cit., p. 106. 14. Ídem.

15. León Toral, Jesús de, El Ejército Mexicano, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, p. 91.

16. Archer, Christon I., Op. cit., p. 427.

17. Ídem, p. 428.

18. Ídem.

19. Texto inédito… Op. cit., p. XV.

20. Ídem, p. 429.

21. Ídem.

Fuente: Grandes Batallas. Grito de Independencia. Secretaria de la Defensa Nacional.sedena.gob.mx.

 
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