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CARTA QUINTA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA QUINTA

Imprudentísimo bachiller Costilla: pues que te has apropiado con la autoridad suprema de tu demencia el tratamiento de excelentísimo, como he visto en algunos de tus desatinados títulos y despachos originales; te llamaré con razón: excelentísimo bribón, excelentísimo rapiñador, excelentísimo forajido, excelentísimo asesino y emponzoñador, hipócrita excelentísimo, y hereje y blasfemo eminentísimo.

La soberbia de los que aborrecen a Dios sube siempre de punto, dice el mismo Dios.

La tuya ha llegado al más alto; y así todos los superlativos que se aplican a la maldad más refinada, te vienen como el anillo que llevas tan ajustado al dedo, con que echas maldiciones antiepiscopales.

Eres pues excelentísimamente malo, malísimo, perverso, perversísimo, pésimo como los hijos pésimos, que dice un profeta, para significar la suma corrupción y perversidad de los que por su dignidad y carácter debieran ser óptimos, y precipitados de abismo en abismo, son los peores de todos, como lo eres tú entre cuantos malvados te siguen, y puedan seguirte después, que todos quedarán atrás.

Si antes la caridad nos hubiera inspirado cubrir con un tupido velo tus maldades, para que el pueblo cristiano no se escandalizase de verlas en un ministro de la reconciliación entre él y Dios; ahora la misma caridad nos obliga y urge a publicarlas, para contener el público mal ejemplo y el escándalo jamás oído ni visto, con que lo seduces o lo afliges, lo haces instrumento o víctima de tus furores.

¿Qué dijera de ti el gran doctor de la Iglesia San Ambrosio, que protestaba a un ministro de Valentiniano (que lo atropellaba y acusaba de que resistía al despojo de una iglesia) que jamás, jamás se había visto que un sacerdote se levantase contra la autoridad de su príncipe, aun cuando no le obedeciese en cosas injustas corno era aquella? ¿Qué dijera, ignorantísimo bachiller Costilla, este doctor santo, y los demás doctores y padres de la religión divina que profesamos, al verte levantar el estandarte infame de esta impía y sacrílega rebelión contra nuestro legítimo monarca, y un monarca el más amable y amado, por lo mismo que sus virtudes están aún en el crisol de la tribulación y del cautiverio, para comparecer con más gloria y ventajas en el trono augusto que nuestra lealtad, nuestra religión, y la sangre de nuestras venas le aseguran y conservan? ¿Qué diría de ti, bachiller sapientísimo en lo malo, en lo peor y en lo pésimo, qué diría de ti Tertuliano, quien delante de los emperadores gentiles, perseguidores de la Iglesia, exclamaba seguro de no ser desmentido, que entre tantas sediciones populares y muertes de los emperadores pasados, nunca, nunca se halló que en ellas hubiera tenido parte algún cristiano, y nunca hubo soldado cristiano, que faltase al duplicado juramento de fidelidad prestado a su príncipe; sino que al contrario, ninguno en la milicia peleaba con más valor, ni sacrificaba con más gusto su vida, que los cristianos, vasallos aun de príncipes paganos y enemigos del cristianismo? ¡Cuántos otros testimonios pudiera alegarte en prueba de una verdad que es el dogma de la lealtad y tranquilidad pública de los estados, el conservador de la paz y sumisión debida, el nudo sagrado que une las conciencias de los súbditos con la del monarca, inspirando a este amor, beneficencia y confianza de padre, y a aquellos respeto profundo, ternura de hijos y adhesión inviolable, y sacrificio de interés y vida por defenderlo!

¿Con qué el nuevo mundo católico, leal, instruido, hubiera esperado que tú lo descatolizases, y que te aparecieses, saliendo como oso de entre las cuevas hediondas de tu feligresía para aullar: rebelión, deslealtad, perjurio y perfidia, robos y muertes de europeos; oponiéndote a la doctrina de la Iglesia, y haciendo frente a la nube sagrada de testigos que forman la cadena de la tradición que llega a los apóstoles, que enseñaron la misma obediencia y lealtad, y a nuestro divino redentor que la sancionó con sus palabras y ejemplos? ¿Con que tú bachiller Costilla, excelentísimo pícaro, y sólo tú has encontrado la verdad, y la has sacado del pozo en que según un Diógenes está unida? ¿Con que tú solo, excelentísimo trompeta y pífano de caballos desbocados, sabías el secreto de ilustrar a los pueblos rudos e ignorantes, revelarles los arcanos de la razón obscurecida, romperá su vista las tablas de la ley, no por celo santo como Moisés para confundir a los violadores de la ley y volver luego a publicarla, sino para promulgar una ley directamente contraria a la natural, a la inspirada por la razón, a la enseñada en el decálogo?

¿Con que tú, execrable majadero, badulaque excelentísimo, te has creído más sabio, más atinado que cuantos han profesado el cristianismo en todos los siglos, y que cuantos racionales ha habido en todos tiempos, para imaginarte hombre capaz de abolir el quinto, sexto y séptimo mandamiento de la ley santa de Dios, y establecer una república en que las mujeres fuesen comunes costillas, los bienes de todos quedasen al arbitrio de Costilla, y la vida de los ciudadanos pendiese de la cuchilla y capricho de Costilla? ¿Tan estúpidos y jumentos nos hacías, bachiller borriquísimo, tú que no has entendido el honor de tu naturaleza y sacerdocio, y has sido comparado a las bestias insensatas, asemejándote a ellas en tus costumbres y empresas ferinas, degradándote de la racionalidad, para que te degraden hoy del sacerdocio?

Creías que los americanos españoles abrazarían un proyecto tan insensato e irracional, que doblarían el cuello bajo tu yugo brutal y ateístico, que se sujetarían al generalísimo, como te firmas, de la América septentrional; que respetarían y obedecerían a los ministros de Estado, a los generales, mariscales, brigadieres, coroneles, y etcétera, que creas en un medio pliego de papel, con sólo poner tu execrable apellido, para condecorar con tales títulos a cuatro vaqueros, a ocho carniceros, a veinte jugadores, a cuarenta quebrados y perdidos; ¿ y que tal canalla de salteadores, esta turba de tunantes, esta estirpe real de locos, había de dominar a la Nueva España? ¡Oh, oh, oh! dementísimo Costilla, ¿donde pudo caberte (no en el juicio que jamás has tenido, pero ni aun en la depravación de tu alma, en que siempre fuiste consumado) que tal conjuración determinadamente dirigida a trastornar el gobierno, a establecer la anarquía, a mudar la religión católica por el epicureísmo y materialismo, a perseguir de muerte a nuestros hermanos y padres, podría tener séquito en una nación tan fiel, tan religiosa, tan racional y agradecida como la americana?

¿Tan desmoralizados e irracionales nos hacías, ¡oh cura de todos los diablos, y autor de cien mil pecados y herejías, hijo primogénito de Satanás, de aquél que fue homicida desde el principio; tan semejantes nos creías a ti en lo bestial, que pudiésemos abrazar tu desatinadísima tentativa, aborreciendo a quien nos dio el ser, nos ama y favorece, y volviéndonos contra Dios, contra el rey, contra la patria, con aquella demencia con que ciertos pueblos bárbaros salen a recibir con flechas y maldiciones al sol cuando amanece para alumbrarlos y fomentarlos? ¿No veías, malditísimo ladrón, que aún cuando fuesen nuestros enemigos (como tú pregonas diabólicamente) estos nuestros conciudadanos, no sólo Jesucristo, sino la misma razón natural nos intima el amarlos y beneficiarlos? ¿Rabiamos de ser menos, que muchos de los filósofos paganos, que enseñan a vengarse del enemigo, haciéndose más virtuoso que él, a ganarlo con el amor y generosidad, y trocar de este modo su odio en amistad recíproca? Sócrates, aunque pagano, estará repitiendo aún en las obras de Platón:

¡oh mortales, jamás os es permitido hacer mal por mal!

¿Y nosotros, elevados por la religión a motivos más sublimes para no hacerlo jamás, iríamos a ejecutarlo a sangre fría, porque al sanguinario, fratricida, parricida, liberticida, regicida Costilla, insecto venenoso y ranisimo de la Nueva España, y peste de la humana sociedad se le antojó nada menos que acabar con todos los europeos, y erigirse en Tamorlan de Persia, y en Tamerlan de América? Pues botaratísimo hombre de todos los pecados, ¿no considerabas que irritados con esto los españoles europeos, provocados con tan feroz insulto, se convertirían en enemigos nuestros en una guerra justa, para repelernos, castigarnos y vengarse; que los buenos criollos, que son innumerables, se unirían con ellos por la justicia de la causa, y ley de sangre y gratitud; que las castas y los indios a quienes su misma sencillez les hace abrazar como por instinto el partido sano, si antes con mucho estudio no son pervertidos sus espíritus, como los pervirtieron en Michoacán; no veías que todos unidos, en dos por tres, en un tris tras acababan con tu excelentísima persona y excelentísima canalla; y que la América sería reconquistada en cuatro días por los enemigos declarados tales por ti, y justamente declarados contra ti?

¡Cuál es la táctica y pericia militar que has aprendido en el manual de párrocos!

¿Pensaste que con llamar a los diablos en vez de conjurarlos, que con renegar y echar por la boca venablos, sapos y culebras, a modo de arriero desesperado, (como lo hacías en las batallas de Guanajuato, del monte de las Cruces, y de Aculco o Arroyo Zarco) la victoria sería tuya, los malos triunfarían, el valor de nuestras tropas quedaría por los suelos, y la locura prevalecería contra la razón, talento y prudencia de jefes expertos y de soldados bien disciplinados?...

¡Oh cura energúmeno! ya viste que en Guanajuato te santiguaron, que en el monte de las Cruces te empezaron a crucificar, y que en Arroyo Zarco tuviste que correr por arroyos y barrancos, dejando tus rapiñas a merced de los ilustres vencedores, por no quedar sepultado entre peñas y bajo mil balas, o insepulto para pasto de las fieras; y que pronto se acabarán tus campañas, como acaban las convulsiones de un frenético, o de un rabioso en los últimos accesos de su desesperación.

Pero aun en la imposible hipótesis de que avanzases algo en tu loca empresa ¡oh rematadísimo cura!

¿No te pasaba por las mientes, que España nuestra madre, hoy día más animosa y aguerrida que nunca, más frugal y laboriosa que antes, y más celosa de su honra y gloria y de conservar la religión cristiana, el trono católico, y éste su pueblo amado, éste su patrimonio legítimo, esta herencia de Dios y de Fernando, vendría volando a esta su casa en escuadras suyas, y de su generoso aliado en número competente de fuerzas para reducir todo el país a la debida sumisión, y para convertir en polvo, en humo, en nada a todos los Hidalgos habidos y por haber, y a todas las Costillas que puedan parir tales Hidalgos? ¿Aún en la lucha que sostiene y sostendrá cada día con más ánimo y gloria, hasta aburrir o postrar al tirano tu amor, y a sus satélites tus amigos, le podían hacer falta doce mil o más héroes, porque hoy lo son todos los honrados españoles para ganar la Nueva España, con más prontitud que el mismo Hernán Cortés, teniendo ya aquí el émulo de su valor, proezas y glorias, al inmortal virrey Venegas, que con justa razón es proclamado padre de la patria, salvador de la América, y el Hernán Cortés del siglo XIX?

Y en tal caso, ¡cuán dura merecería ser nuestra suerte!

¡Cuán pesado el yugo que se impusiese sobre la cerviz de unos rebeldes y pérfidos, que a la ingratitud más execrable habían juntado la alevosía más infame, y los motivos más indignos de un pueblo que se precia de racional!

La esclavitud, los grillos, las cadenas, la degradación en toda línea, eran corta pena para unos habitantes que habían seguido al mayor de los locos en el atentado más vil que se haya cometido por traidor alguno.

Y en el último trance y apuro de que España, por no sucumbir, se salvase en las naves como Atenas conducida por Temístocles, para librarse de los persas; y viviera con el supremo gobierno a poner su solio en México, como ha prometido a esta leal corte, que se lo ha rogado, ¿qué haría la turba Costillaria?

¡Bella perspectiva por cierto de felicidades nos presentarían tus mismos triunfos!

Bien podían desde ahora repetirse sin fin contra ti las imprecaciones con que todos acompañan tu nombre al pronunciarlo: maldito cura, condenado Hidalgo, hereje Costilla, excelentísimo demonio, que quiere perdernos.

Estos son los elogios que continuamente se oyen en boca de toda clase de gentes, sin diferencia de origen.

Y sabe por fin, que días pasados en la calle gritó uno así, llamando la atención de un innumerable concurso; oíd, oíd pueblos de América, el elogio que hace muchos siglos se publicó en Grecia, como un vaticinio de ese cura loco.

Aquí está en este libro, y leyó así en voz alta:

“Un Hidalgo de Paros, hijo de una tal Costilla, llamado Archiloco, fue la afrenta de su patria.

El más detestable de los hombres, que se burlaba de los mortales, de los grandes y de los reyes, imaginándose que el universo no había sido criado sino para él, de una impudencia propia de su Sycofanta, de una disolución y desenvoltura de ramera, mixto asqueroso de avaricia, prodigalidad, bajeza, vanidad; el vicio, el mismo crimen con la librea de todas las ridiculeces y extravagancias; en una palabra, una furia devorada por sus propias serpientes, horror para todos los buenos; tal fue Archiloco, que despedazó a sus enemigos, a sus amigos, a sus parientes, a sí mismo...

Las máximas perniciosas y la execrable moral de sus papeles lo acabaron de perder.

Esparta prohibió tal lectura.

Como él no tenía rastro de pudor ni vergüenza, hacía del bravo contra todos, contra la tierra, y contra el mismo cielo.

Se preciaba de que el rayo vengador no le alcanzaba.

Este monstruo fue al fin asesinado por Callondas.

Otros dicen que murió frenético, después de haber leído una crítica de sus escritos...

Desventurado el país donde se produzcan tales archilocos; y mucho más, si a la maldad de su genio y corazón llegan a juntar alguna fuerza armada para...”

Al llegar a este lugar, todos gritan: como se ha visto en este Archiloco americano...

Hablar pues contigo de razones, sería acreditarme de necio.

Cien elocuentes escritos llenos de unción, piedad y convencimiento, no te han hecho desistir de tu frenesí.

Los pastores de la religión, los cuerpos literarios, los hombres más doctos con variedad de escritos, las voces y los truenos de la justicia, que vibra el rayo exterminador después de los anatemas de la Iglesia, no te contiene, no te hacen ver lo irracional y lo loco de tu proyecto, o si lo conoces con la experiencia de lo que en todas partes te va sucediendo, confías aún en conmover a los idiotas que faltan por agregarse a tus infernales banderas, para proseguir dañando, asolando, blasfemando como hacen los demonios, que en esta sola venganza se ocupan y hallan en ella la satisfacción de su odio a Dios y a los hombres.

Con que supuesto que es inútil el arma blanca de la reflexión propia de racionales que buscan la verdad, y no se apartan de la senda de la caridad para encontrarla; he usado de la acrimonia con que San Agustín, San Bernardo y otros padres usaron contra los rebeldes obstinados y frenéticos herejes de su tiempo, que llenaban la sociedad de tumultos y asesinatos, y la Iglesia de escándalos y errores pestilentes.

Sigues provocando a Dios para que haga en ti ostentación de su justicia, y a todo el reino para que se complazca en tu castigo y exterminio, y no haya quien se duela de ti, sino de que hayas existido ni un momento.

Esta será la pena y dolor de todos los americanos.

Dios te abra los ojos, mientras en vez de las razones, retumban tras ti, y silbando te hablan nuestros cañones; Archiloco excelentísimo.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente:J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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