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CARTA SEXTA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA SEXTA

Señor bachiller Sycofanta: en castellano, porque de griego nada entiendes, y de latín harto poco; pues bachiller calumniador, trapacista y embustero, que esto significa Sycofanta, si aún te acuerdas de algunos textos fáciles de los psalmos, de cuando recién ordenado y después en el tiempo en que para disimular más tus malvados designios, hacías del escrupuloso y tartamudeabas y masticabas el oficio divino; ¡ojalá sea de los versos de David que más te conturben, desconcierten y confundan! ¡Ojalá que en tus correrías, saqueos y hurtos, en las horas en que ostentas bajo palio, o sentado bajo dosel, la autoridad de hacer mal que te ha dado el diablo, o que tú le has robado a él; ojalá que en el silencio de la noche, en todos los momentos en que te entregas, o al desenfreno de tu libertinaje, o al letargo de un asesino fatigado en la carrera de sus atrocidades; que despierto y dormido, te se presente y te persiga la imagen de Dios vivo y terrible, en cuyas manos has caído para la justa venganza y castigo espantoso de tus indecibles injusticias, ni aún disfrazados con la apariencia de algunas palabras justas.

Salgan visiblemente para ti y contra ti de la boca del Altísimo aquellas saetas pasadoras, que puso en los labios del santo rey David contra Doég, Achitofel, y Seba, vasallos indignos, rebeldes y traidores, que intentaron destronarlo, y promovieron y auxiliaron la rebeldía del ingrato y ambicioso Absalon.

Para mayor humillación tuya, acuérdate, aunque sea a pesar tuyo, de aquel psalmo en que el santo rey pinta las virtudes de un buen gobierno (como el nuestro) y las felicidades que de él se siguen, cuando por todas partes florecerá la justicia, y con ella se asegurará la paz; cuando el príncipe equitativo atenderá y hará justicia a los pobres, como a los oprimidos y engañados por ti; cuando hará salvos a los hijos de los pobres, como a los injuriados y hechos huérfanos por ti; y cuando humillará al calumniador, como tú, mordaz, insolente y Sycofanta descarado.

Plegue al justo cielo que resuenen en tus orejas aquellas otras palabras que en otro psalmo dirige el espíritu divino a los que son como tú...”

Si veías un ladrón echabas a correr en su compañía, y con los adúlteros contribuías como a escote a su maldad.

Tu boca abundó en malicia, y tu lengua urdía engaños.

Muy de asiento, como hallando en esto tu consuelo y recreo maligno, hablabas contra tus hermanos, y ponías tropiezo contra los hijos de tu misma madre.

Estas iniquidades cometiste antes y callé, las he disimulado para dar tiempo tu a corrección y enmienda.

Pero has abusado de mi larga paciencia, e injustamente creíste que seré tal como tú, y que te sufriré más tiempo.

Te has engañado, pues que voy a argüirte y juzgarte, y a poner delante de tu cara tus crímenes e injusticias, y la suma alevosía que es causa de que se derrame tanta sangre.”

“Por eso Dios te destruirá para siempre, te arrancará y no dejará memoria de tu linaje sino para que lo maldiga la más remota posteridad.”

Amaste las palabras precipitadas y de destrucción y ruina, o lengua falsa y engañosa, que como la de Doég ocasionó la muerte de todos los sacerdotes y habitantes de Nobe; así la tuya, con escándalo de todos los justos, ha causado la perdición de algunos ministros del Señor fatuos, presumidos y ambiciosos, y de otros locos tan altivos como ignorantes, que han seguido tus sacrílegas banderas.

Pues entiende tú y entiendan todos ellos que contra la gavilla que formáis dictó y pronunció el Espíritu Santo aquellas terribles imprecaciones proféticas, que David aplicó, a los dos referidos traidores Doég y Achitofel, que el príncipe de los apóstoles contrajo al pérfido y alevoso Judas, y que la Iglesia aplica a los que como vosotros son solemnemente excomulgados, y mucho más cuando la sedición, el tumulto, los robos y asesinatos, los errores y herejías especulativas y prácticas, son el motivo de inflingirseos por los antiguos cánones y por las declaraciones positivas de vuestro pastor y del Santo Oficio a que se conforman todos los demás obispos de este reino, la pena más grave espiritual, la mayor con que la Iglesia separa de su gremio a los miembros más pestilentes, y a imitación de San Pablo los entrega a Satanás, a todo el furor de los demonios para mortificación de la carne, y que vuestras almas reconociendo en el castigo la enormidad de vuestros crímenes, vuelvan sobre sí, se humillen y se salven en el día tremendo de nuestro señor Jesucristo.

De no, se cumplirán para siempre las maldiciones que pronuncia David, “El diablo estará siempre a vuestra derecha.

En juicio seréis condenados; vuestra misma oración se tendrá por un nuevo delito.

Pocos y miserables serán los días de vuestra vida, y otros ocuparán vuestros oficios, ministerios y puestos.

Vuestra descendencia ruin mendigará y será arrojada de vuestros mismos hogares arruinados y abrasados, la muerte la seguirá de cerca y se acabará en una generación, y nunca tendrá quien la ayude, ni quien se duela de su horfandad.

Vestidos quedaréis de maldición, que penetrará en vuestras entrañas y huesos; y la indignación divina os seguirá y perseguirá por todas partes, cubriendo de ignominia vuestros rostros, poniendo quebranto e infelicidad en vuestros caminos, porque no conocisteis las sendas de la paz, y no temisteis las venganzas del cielo, y así la muerte más violenta, las calamidades más espantosas humillarán vuestra soberbia”, castigarán vuestros crímenes, dejarán a la tierra libre de vuestra existencia y memoria execrable, y dejarán vengada visiblemente la justicia del Eterno, la soberanía de nuestro rey, la tranquilidad de este su vasto imperio, y la inocencia, virtud y honradez de la parte sana de sus habitantes; de la que no se ha mancomunado con vosotros, sino que resiste a vuestra conspiración y la detesta.

Te he recordado algunas de las sentencias divinas que en otro tiempo, cuando eras menos perverso, proferías tú mismo con el breviario en la mano, anticipándote desde entonces las maldiciones y penas que encierran como a incurso ahora en los mismos crímenes de los que se rebelaron contra el trono y majestad de David.

Si otros argumentos hubieran de desarmar tu frenesí y el delirio de los que te siguen, te diría lo que Salomón al sacerdote Abiathar, que había entrado o más bien aconsejado la conspiración de Adonías: Vete a Anathot a tu campo, que en verdad eres hombre de muerte; eres digno del último suplicio y de ser tratado como Adonías, y de que te hiciese quitar la vida como a Joab, también rebelde, sin que le haya valido el estar asido del mismo altar a donde se refugió.

¿No te estremeces al considerar estos hechos que no podrás negar, aun cuando por último exceso de tu impiedad no admitas hoy día la divinidad de la historia que lo refiere? ¿No oyes como fulminada contra ti la sentencia que el santo David al morir le encarga a Salomón que exente contra el dicho hijo de Sarvia, por haber asesinado a Abner y Amasa en tiempo de paz, derramando la sangre que sólo se puede derramar justamente en una guerra justa, y siendo sangre de enemigos y no de conciudadanos? Pues escucha la sentencia, que es la misma que mereces, ioh asesino sexagenario! no llevarás sus canas en paz al sepulcro; esto es, para conservar el buen orden, para impedir el crimen horroroso del asesinato, y para dar la satisfacción que se debe a Dios, al público y a los inocentes tratados como enemigos, por un hombre sin autoridad, no permitas que muera en su lecho, ni que se cubra de más canas ese viejo.

Y para atajar el horrendo delito de la rebelión y poner a cubierto la majestad real contra los insultos de los sediciosos, dando un ejemplar escarmiento al estado; no permitas que Semei, hombre maldiciente y revoltoso quede impune, y así en la primera ocasión en que delinca, castígalo de muerte.

Si conservases algún respeto a los libros canónicos, sin duda que estos ejemplares hubieran puesto algún freno a tu sedición y rebeldía, y que antes de emprenderla, hubieras visto abrirse la tierra y dilatar el infierno su boca para tragarse a Abiron y sus secuaces por haberse conjurado contra Moisés, pretendiendo con mil ultrajes despojarlo de la soberanía que obtenía, y a Aarón de la dignidad y honor del sumo pontificado.

Tu congregación de Dolores me parece semejante a la que David llama congregación de Abiron, merecedora de que como en ésta la tierra hubiese vomitado llamas en los principios de tu infame conspiración, y de que en pocos momentos hubiesen abrasado toda vuestra impía reunión y abismadoos con cuanto os pertenecía, para que así vuestro fuego no se hubiese propagado, y tu frenesí no hubiera arrastrado a una eterna perdición a tantas almas redimidas con la sangre de Jesucristo, de esa divina sangre mil veces profanada por ti, que has tenido la osadía inexplicable de ofrecerla en Valladolid y en otras partes, teniendo ya tus manos teñidas en la sangre de tus hermanos, y después de estar ligado con las terribles penas y censuras de la Iglesia de Dios.

Así has acumulado impiedades sobre delitos; abominaciones y escarnios sobre hurtos y homicidios; blasfemias sobre rebeldías; y el último crimen que se puede cometer contra un reino y estado sobre los atentados más grandes que la humana malicia y el diablo su atizador pueda sugerir al monstruo más desesperado contra la fe.

En vez de poner a los hombres un freno con la enseñanza de las verdades fundamentales de la moral natural y cristiana, a lo que te obligaba tu ministerio, tú has abusado indignamente de la autoridad que te daba tu carácter, para soltar la rienda a las pasiones más feroces, convertir a tus feligreses y a otra multitud de gentes campesinas en fieras sanguinarias; la humana sociedad en una cueva de ladrones y asesinos, de áspides y basiliscos que mutuamente se maten y destruyan con su ponzoña propia.

Esta es la imagen de la felicidad grande que les prometías.

Para esto inventaste como otro Mahoma, que tenías tus avisos o impulsos del cielo, que la Santísima Virgen de Guadalupe te había bullido, despertado, sacudido y remeneado, diciéndote: ¿Qué haces, porqué no vas a acabar con esos de la otra banda? Y a este tenor otras horribles blasfemas invenciones para alucinar a los simples o de supina ignorancia, como consta de declaraciones jurídicas de algunos de estos mentecatos.

Para más embaucarlos ¿no te has puesto tú sobre el ombligo una grande estrella de plata brillante, para significar quizá, como los ilusos antropomorfitas del monte Athos, que en el ombligo recogías y contemplabas las luces celestiales y los rayos de la divinidad, que te dirigen en esta tu empresa sanguinaria? Los ardides y artimañas de que te vales para tu Napoleonisio, excede toda ponderación, y no salen de tu boca, que es sepulcro de fetidez, desdentada y renegrida, sino palabras y sentencias de muerte y de rapiña, deseos de que no haya Dios que pueda castigarte, ni hombres que se atrevan a resistirte, hasta que concluyas la obra de eterna desolación que te has propuesto a atraer sobre nuestra patria amada, que eternamente llorará el que tú hayas nacido en este suelo.

Para continuar demostrando la injusticia suma de tus proyectos y atentados que en esta carta he delineado, quiero que no tengas el escrúpulo que manifiestas a tus partidarios, de que no les es lícito matarte en virtud del bando con que el excelentísimo señor virrey, ha proscrito justa y santamente tu existencia intolerable.

Tú eres pésimo teólogo, interesado en hacer en sólo este punto del escrupuloso y concienzudo; pero todos los buenos teólogos enseñan que es lícito y muy loable el que cualquiera, aunque sea sacerdote, mate al que en público bando está pregonado por autoridad legítima como enemigo de la religión y de la patria, como puedes ver para calmar tu pobre conciencia y la de tus pobres colaterales y paniaguados en el IX capítulo del tratado que sobre esta o iguales materias publicó el célebre teólogo Juan Molano; para no aturdirte con otras citas y autores que no has saludado.

Ponte, pues, como acostumbras, la estola sobre el uniforme de generalísimo, y sube al púlpito como en Valladolid, y di una verdad que por conveniencia propia a todos quieres ocultarles; Que cualquiera puede lícita y laudablemente matarte, estando denunciado y proscrito como enemigo manifiesto del rey, de la religión y de la patria.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente:J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
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