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UN TESTIGO PRESENCIAL JUNTO A HIDALGO EN EL INICIO DE LA INDEPENDENCIA: PEDRO SOTELO

 

A poco tiempo de casado en el mismo año de 1809 un día me llamó el Señor Cura reservadamente, ya yo había visto que lo mismo había hecho con los demás oficiales, llamándolos aparte y hablando en voz baja y con seriedad, nosotros lo atribuíamos a reprehensión o regaño y más cuando estos Señores no decían absolutamente nada de lo que les decía:

Un día como dije antes, me llamó y me dijo: "hombre, si yo te comunicara un negocio muy importante y al mismo tiempo de mucho secreto, ¿me descubrirías?" y yo le contesté, no, Señor; "pues bien, me dijo, guarda el secreto y oye: No conviene que, siendo mexicanos dueños de un país tan hermoso y rico, continuemos por más tiempo bajo el gobierno de los gachupines, éstos nos extorsionan, nos tienen bajo un yugo que no es posible soportar su peso por más tiempo: nos tratan como sí fuéramos sus esclavos, no somos dueños aun de hablar con libertad; no disfrutamos de los frutos de nuestro suelo, porque ellos son los dueños de todo; pagamos tributo por vivir en lo que es de nosotros, y por que uu. los casados vivan con sus esposas, por último estamos bajo la más tiránica opresión. ¿No te parece que esto es una injusticia?" Sí, Señor, le contesté.

"Pues bien, se trata de quitarnos este yugo haciéndonos independientes, quitamos al virrey, le negamos la obediencia al rey de España, y seremos libres; pero para esto es necesario que nos unamos todos y nos prestemos con toda voluntad, hemos de tomar las armas para correr a los gachupines y no consentir en nuestro reino a ningún extranjero. ¿Qué dices, tomas las armas y me acompañas para verificar esta empresa? ¿Das la vida si fuere necesario por libertar a tu patria? Tú estás joven eres ya casado, luego tendrás hijos, y no te parece que ellos gocen de la libertad que tú les des, haciéndoles independientes, y que gocen con satisfacción de los frutos de su madre Patria?"

Y yo le contesté, sí, Señor, y confieso ingenuamente que al oír hablar de tal negocio al Señor Cura, sentía en mi corazón una emoción de júbilo que me animaba y tarde se me hacía dar mi respuesta al Señor Cura.

Me dijo luego, "pues guarde Ud. el secreto, no se lo comunique a nadie, ni a sus compañeros aunque le pregunten."

Después de un rato de silencio, me dijo: "no hay más remedio, es preciso resolvernos a verificar nuestra empresa, vaya U. y silencio."

Corría el tiempo y las cosas seguían avanzando bajo secreto.

El Señor Cura, empeñoso como siempre en sus fábricas de seda y loza, ocupando gente para el corte de la hoja de moral para el alimento de los gusanos de seda, y en la alfarería haciendo experimentos con composiciones de metales para hacer colores y vidrios, y discurriendo nuevas figuras en las piezas de barro, tanto de rueda como de molde.

Esta constante ocupación del Señor Cura no daba lugar a que se trascendiese el proyecto que tenía formado.

Nosotros con impaciencia deseábamos que llegara el día grande en que debíamos dar la voz de Independencia y Libertad.

Llegó por fin el deseado día; y aunque no fue el que se había elegido, el día 29 de Septiembre el nombrado para la grande empresa, pero el día 15 de dicho mes a las diez de la noche, llegó el Señor Allende y algunos compañeros, los cuales no pudieron hablar con el Señor Cura porque tenía visitas y en la esquina de los Olivos esperaron que se desocupara.

No tardó en quedar solo el Señor Cura, inmediatamente se presentaron el Señor Allende y los que le acompañaban, y con semblante serio y grande agitación comunicaron al Señor Cura que el negocio estaba para fracasar, y en un momento perderse todo lo que tenían intentado.

"¿Usted dirá qué hacemos?" dijeron, y el Señor Cura respondió: "En el acto se hace todo, no hay que perder tiempo; en el acto mismo verán u. u. romper y rodar por el suelo el yugo opresor."

Salió violentamente a la calle y dijo al mozo: "Llámame a los serenos."

Estos eran dos únicamente, se llamaban José el Rayeño y Vicente Lobo.

Vinieron en el acto, y el Señor Cura les comunicó el negocio, ellos se sometieron a sus órdenes y se resolvieron a hacer cuanto les dispusiera.

Les ordenó que fueran inmediatamente a llamar a los oficiales alfareros, y sederos, y mientras éstos venían, decía el Señor Cura a D. Ignacio Allende: "No hay que pensar, ahora mismo damos la voz de libertad."

Llegaron algunos alfareros y sederos, y cuando estuvieron reunidos como quince o diez y seis hombres, alfareros, sederos, serenos, algunos del pueblo que no pertenecían a la casa del Señor Cura, pero que al rumor de la novedad se habían levantado de sus camas, y otros que los mismos artesanos habían convidado al pasar por sus casas, entonces dio orden el Señor Cura a los alfareros para que fueran a la alfarería y trajeran las armas que allí estaban ocultas, que eran machetes, lanzas y hondas.

Todo esto era hecho en un momento, porque el Señor Cura era muy activo en todos sus negocios; y como los oficiales conocían bien su carácter, corrían apresurados a cumplir sus órdenes.

Cuando ya estuvieron las armas, las repartió el Señor Cura por su propia mano a los que estaban presentes las que pedían, diciéndoles: "Sí, hijos míos, las que gusten, para que nos ayudemos a defender y libertar a nuestra Patria de estos tiranos."

Mandó llamar al Presbítero D. Ignacio Balleza, en el acto vino éste Señor y lo nombró jefe de una comisión para que aprehendiera al Padre Bustamante, que era español y Sacristán mayor de esta Parroquia:

Fue el primer paso que se dio; enseguida arengó el Señor Cura en pocas palabras por la ventana de su asistencia a los que se habían reunido, animándolos para comenzar vigorosamente la empresa de nuestra Independencia, y levantando la voz con mucho valor, dijo: "Viva Nuestra Señora de Guadalupe, viva la Independencia."

Y acompañado del Señor Allende y los demás, salimos a hacer la aprehensión de los Gachupines, para cuyo efecto se nombraron comisiones que sorprendieran en sus casas a cada uno de ellos.

Pusimos en libertad la prisión que había en la cárcel y ésta se unió con nosotros para ayudarnos a poner presos a los españoles.

Fue aquello una vocería terrible, victoreando al Señor Cura y gritando mueran los gachupines.

En esto nos ocupamos la noche del 15 de Septiembre de 1810: amaneció el día 16, día Domingo, memorable y glorioso para nuestra posteridad.

Como fue día de concurrencia por el comercio, se nos reunieron muchos individuos de la jurisdicción y vecinos de la población.

En la mañana de ese día se le mandó un recado al Señor D. Mariano Abasolo, invitándolo para la empresa, e inmediatamente resolvió sin vacilar que estaba anuente y a las órdenes del Señor Cura, que con mucho gusto tomaba las armas para acompañarlo, y a pocos momentos se presentó.

Don Juan Lecanda, español, Administrador de la Hacienda de Rincón (de Abasolo) ignorando lo que pasaba en la población, vino a misa, pero entrando a la casa del Señor Abasolo, le dijeron lo que habían hecho con los españoles, e inmediatamente se volvió a salir sin apearse del caballo y se fue para Guanajuato.

El Señor Cura con mucha actividad no cesaba de disponer y ordenar la gente que se había reunido, y mirando que ya se contaba con un número considerable de gente adicta, resolvió organizarla en forma de tropa y encomendó esta comisión a D. Ignacio Allende; por que este Señor era instruido y práctico en la disciplina militar, y por que conocía a varios Señores que podían servir de oficiales para la organización de la tropa, aunque improvisamente.

Para este efecto fueron nombrados los Señores Rivascacho, D. Miguel, y su hermano D. Cresencio, Dionisio Rodríguez, Julián Zamudio, el sargento Moctezuma (alias el Gato), D. José Aguirre profesor de medicina, José Antonio Zapata y Nicolás Licea, etc., etc.

Se armaron estas compañías con el resto de armas que habían quedado en la alfarería y a los indígenas se les habilitó de hondas y algunas lanzas.

Las armas que se les recogieron a los españoles también se repartieron, y cuando ya no hubo armas dio la orden el Señor Cura que con palos o con lo que tuvieran en sus casas se armaran, lo que se verificó en el acto.

Cuando ya estuvieron ordenadas las compañías del mejor modo que se pudo, se les dio sueldo sin tasación ni distinción, a como les tocaba por suerte.

Este dinero se tomó de los fondos de la Aduana, Estanco, Administración de correos y parte de los caudales que tenían los gachupines atesorados.

Don Nicolás Rincón que era el Subdelegado en ese tiempo, al exigirle que entregara el dinero de las oficinas referidas, se resistió resueltamente, por lo que se incomodaron con él, el Señor Cura y D. Ignacio Allende, tuvieron una cuestión muy acalorada, resultando de ella que despojaran del empleo a dicho Rincón y lo desterraran en el acto.

Sustituyó a este Señor en el cargo de autoridad civil el Señor D. Ramón Montemayor, y en lo Eclesiástico fue nombrado cura encargado por el Señor Hidalgo, el presbítero D. José María González.

Arreglado este paso dio orden el Señor Cura para la marcha de la fuerza para San Miguel, llevando al mismo tiempo a los españoles que teníamos presos en la cárcel, los cuales fueron: D. Toribio Cacielles, el padre sacristán llamado Francisco Bustamante, D. José Buenaventura, Gil Revoleño, D. Francisco Santelices, que se aprehendió el día 16 por la mañana, por que la noche anterior se escondió y no lo consiguieron, D. Alejandro Malanco, D. Manuel Deleza, otros y D. José Antonio Larrinúa;

Este Señor al presentarse la comisión para hacerlo preso la noche del 15 hizo resistencia y uno de los comisionados, Casiano Exiga, que tenía un agravio con dicho Larrinúa, por negocios de comercio, le dio un golpe en la cabeza con un machete y lo hirió, por cuyo motivo no caminó en la prisión, se le concedió que se quedara curando, pero en calidad de preso, bajo la responsabilidad del Señor Montemayor:

D. Luis Marín, español, por su ancianidad y por el carácter que tenía sumamente pacífico y que con nadie se metía, se le concedió que se quedara en su casa en plena libertad.

De estos españoles y otros que ya no me acuerdo de sus nombres, fue el cuerpo de prisioneros que caminaron para San Miguel el Grande, cuya salida fue entre doce y una de la tarde, porque para todo se daban los Señores mucha prisa.

Al disponer el Señor Cura su marcha para San Miguel, nombró una comisión para el arreglo de la alfarería y sedería cuya comisión recayó en D. Francisco Barreto, Manuel Morales y yo, con orden que, arreglado que fuera todo, y recogido el dinero que debían algunos marchantes de loza que habían sacado fiada y ya estaban para llegar de viaje, entregando el dinero a Vicentita, hermana del Sr. Cura, y arregladas las herramientas y útiles de la alfarería, encerrando toda en las piezas más seguras, nos fuéramos a alcanzarlo donde estuviera.

Con la mayor eficacia y prontitud desempeñamos nuestra comisión y luego nos fuimos para Guanajuato que era donde estaba la fuerza.

Nos presentamos con el Señor Cura, dando cuenta de nuestra comisión, y nos ordenó este Señor que nos pusiéramos a las órdenes del Señor D. Mariano Hidalgo, hermano del Señor Cura y nos dijo: "no se separen, todos anden reunidos los que son de mi casa, alfareros y sederos, ya tiene orden Mariano para que se empleen u. u."

Nos presentamos con el Señor D. Mariano, y este Señor nos dijo: el Señor Cura me ha dicho que todos u. u. me han de ayudar a cuidar del tesoro y equipajes de los Señores Generales; por que los demás del ejército no le inspiran confianza para este encargo.

Cuando llegamos a Guanajuato ya había sucedido la guerra del Castillo de Granaditas, nosotros no nos hallarnos en ella por el motivo que he dicho antes, de la comisión que nos dio el Señor Cura para el arreglo de la alfarería.

Al emprender mi marcha para Guanajuato dejé abandonados a mí querida madre, a mi cara esposa y a mi hijo tiernecito fruto primogénito de mi matrimonio, sin más auxilio ni recurso que la Providencia Divina, impulsado por el deseo que tuve siempre, de ayudar en cuanto fuera posible por mi parte a hacer la Independencia de mí cara patria, y cumplir la promesa que solemnemente hice al Señor Cura de dar la vida si fuere necesario para llevar a efecto la libertad de todo nuestro país.

Confieso que no era otro el interés que yo tenía....

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Independencia Nacional. Tomo I. Antecedentes – Hidalgo. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México. México. (Primera edición 1986-1987) Segunda edición 2005. Páginas 256-260. Tomado de Hernández y Dávalos. Colección...., vol. 2, doc. 178, pp. 321-330.

 
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