historia.jpg

CARTA SÉPTIMA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA SÉPTIMA

Íntimo amigo, aliado y capellán de arrieros locos, de herradores desaforados, de cebadores furiosos, de toreros arrojados, de jugadores perdidos, de sibaritas obscenos, y de todas las heces y escorias de la sociedad más inmunda y corrompida, que son las fuerzas de tu centro.

En todos éstos, elevados por ti a la clase de ladrones y asesinos, tendrás siempre unos dignos panegiristas de tu conspiración jacobina.

A ellos se agregará una porción de cobardes y perjuros; otra de rencorosos y vengativos; gran número de perdularios, y no pequeño de ambiciosos, sin más mérito que su presunción o ignorancia, a pesar de la tintura superficial de algunos conocimientos, que por ser los primeros y únicos que confinan con la total carencia de ideas, no les descubren su tan mezquino saber, ni la inmensa carrera que tenían que andar para llegar a ser sabios verdaderos y ameritados, tu retaguardia y reserva se compone de los segundos, que son traidores a medias.

En esta tan desatinada rebelión eran temibles en tu vanguardia los brazos y furores de los idiotas bárbaros que todo lo llevan a sangre y fuego, incitados de la rabia que a ti te aguija y atormenta, y de la ansia de las rapiñas, con que los cebabas y se las concedías, como justa readquisición de sus propios bienes y compensación de sus escasas fortunas, dándolas a entender con hereticales blasfemias y fingidas visiones, que venías a ser como otro Moisés, destinado a conducirlos y librarlos, y que para tal empresa les intimabas como éste a los israelitas, que despojasen de sus preciosidades a los egipcios que los habían oprimido.

Tú armabas así unas verdaderas furias del infierno, que roto el dique sagrado de la conciencia, se derramasen como un torrente por este vasto imperio, y todo lo destruyesen en pocos momentos.

Mas tú, que preveías que la mitad de estos perecería en campaña y la otra mitad en un patíbulo, como sucedió a los furiosos jacobinos y regicidas de Francia; esperabas en tal caso para ti, y para esa segunda clase de sabihondos famélicos, de orgullosos pretendientes y de harpías encubiertas, todo el fruto de la devastación, y el dominio despótico de este reino.

Claramente decías a los carniceros de tu plana mayor, que los indios estúpidos iban por delante de carnaza, para que como murallas movibles recibiesen las descargas y os defendiesen; y que poco se perdería en que no quedase ni uno sólo, como con su sangre se ahogase a todos los europeos.

Estas eran las bases de tu sistema continental para el nuevo mundo; y este el plan de tus operaciones marciales con la estola, bonete y espada, para establecer el código Napoleónico en un sólo paseo militar por las provincias.

Aborrecías de muerte a los pobres que te pedían, y más aún a los ricos que no te daban.

Tu primer pensamiento fue destruir a unos y otros, y que los unos acabasen con los otros.

Como Calígula, deseabas que todas las cabezas de los ultramarinos españoles pendieran de un sólo cuello para cortarlas de un golpe.

A imitación de Galerio, te proponías que los pobres no necesitasen de cosa alguna, ni quedase uno en tu gobierno, mandándolos juntar después en una costa, cargarlos en lanchas y barcos, y sumergir en alta mar a cuantos miserables no hubiesen perecido de hambre, o al filo de la espada en esta tu regeneración caligulana, valeriana y napoladrónica.

A esos tres insignes emperadores te proponías por modelo para todas las actas de humanidad, compasión y felicidad, cuyas minutas en lo guerrero, escribía Allende, y en lo de gracia y justicia Chico, tus dos íntimos consejeros y las personas de más valía y confianza para establecer la usurpación, conquista y administración de toda la América septentrional.

El método de gabelas, tributos e imposiciones debidas a tu corona real y sacerdotal se reducía a estos dos artículos:

“Los vivos pagarán siempre la tercera parte de todos sus bienes a su libertador Hidalgo; y los muertos triplicados derechos parroquiales a su cura Costilla.

Tendráse entendido, para que sepan como han de vivir y morir en mi patria reconquistada, y que de otro modo ni pueden vivir, ni morir en la dilatada extensión de estos dominios de su generalísimo Hidalgo y Costilla.”

Con este bosquejo de futura adjudicación de todos los bienes, honores, y dignidades para los semi-sabios arrogantes e irreligiosos que han seguido tus banderas profanas; o que en el secreto de sus fementidos corazones han apetecido y esperado tus progresos (que se figuraban infalibles e incontrastables); con estos anticipados anuncios de que la fortuna sería para ellos, has seducido y embaucado a muchos, que son ahora los más temibles, o porque procurarán sostener la ilusión entre las gentes a quienes debieran desengañar y atizarán el fuego, que en conciencia estaban más obligados a sofocar desde el principio; o porque en sus semblantes se lee su criminosa indiferencia y el chasco que corroe su ambicioso corazón.

Respecto de estos repito lo que Cicerón decía contra Catilina, que ojalá se hubieran salido con él todos; que hubiesen abandonado a Roma juntamente con él, y que a su ejército revolucionario se hubiesen agregado, para dejar de una vez libre a la ciudad del miedo de sus asechanzas, y a los buenos ciudadanos del tormento cruel de la desconfianza.

¿Quién pudiera imaginarse, que tú y ellos llegaseis a cohonestar la más atroz de cuantas injusticias han maquinado los traidores más malignos y alevosos, y que sobreañadiendo el delito de un odio nacional, que era sólo propio de vosotros, llegaseis a interponerlo como un denso velo a los ojos de la multitud, para que no pudiese penetrar la malicia y perfidia de vuestro proyecto? Por tanto es preciso confundirte, arrollarte y cubrirte de ignominia sempiterna, y en tu cabeza, a todos tus sectarios y panegiristas crueles e insensatos, demostrando unas verdades sencillas, en que estriba el reposo y felicidad de nuestra dulce patria, que tan inicuamente intentabais despedazar socolor de apariencias engañosas.

Es preciso tener tan trastornado el juicio, tan pervertida el alma como vosotros, para no horrorizarse con sola la perspectiva de atentados tan enormes.

La sangre derramada en la que debía ser tierra de perpetua paz, unión y concordia; y más de diez mil almas que (si Dios extraordinariamente no las ha salvado) están ya por vuestra culpa ardiendo en los infiernos; esa sangre y esas almas eternamente pedirán venganza al justo cielo contra vosotros.

Maestros de error y ejecutores de iniquidad, que las extraviasteis y precipitasteis; y las maldiciones de su interminable desesperación, contra ti romperán principalmente, de en medio de aquellos calabozos eternos, y de entre las llamas devoradoras, para perseguirte y execrarte en los siglos de los siglos sin fin.

Porque tú llevaste a esos malos ladrones a morir violentamente en Querétaro, en el monte de las Cruces, en Cuernavaca y en los llanos de Aculco.

Culpa tuya ha sido el que con la vida pagasen una traición, a que por sí mismos jamás se hubieran movido ni determinado.

Sin tu apostasía y sedición, y sin los groseros errores contra la ley santa de Dios, que como veneno les diste a beber para adormecerlos, y matarlos primero en sus almas, no habrían esos miserables expuesto su vida corporal en una empresa tan injusta como desatinada.

¡Ah, que habrían ellos (sin tu loca conspiración) fallecido pacífica y cristianamente en sus casas o jacales, en el seno de sus familias, purificados y fortalecidos con los sacramentos de la religión; asistidos y consolados por sus esposas e hijas; elevadas sus almas hacia el trono del Cordero inmaculado con los fervorosos deseos que les habrían inspirado los ministros de la Iglesia santa en los últimos instantes de su vida!

¡Ah, que diez mil almas redimidas con la sangre de Jesucristo, selladas con el carácter divino del bautismo, partícipes de tan alta dignidad y de gracias innumerables, que tal vez hubieran muerto en el ósculo del Señor, recibiendo la final que es la corona de las demás gracias, estarían eternamente alabando las misericordias de nuestro Criador y Salvador, de su divina madre, nuestro amparo y delicias; y ahora esas diez mil almas, por tu causa, por tu seducción, por tu escandalosa doctrina, por tu infame sedición, por tu abominable atentado y rebeldía, están condenadas para siempre, sin remedio; y eternamente blasfemarán a Dios, a Jesucristo, a María, a todos los ángeles y bienaventurados; y eternamente maldecirán con razón al cura Hidalgo, que les enseñó tales blasfemias y herejías, y que por saciar en odio, su envidia y su frenética ambición de dominar, a ellas las ha precipitado en el infierno.

Pues sus bocas arrojando contra ti llamas que las devoran y devorarán sin consumirlas, piden desesperadas que bajes a participar de todos sus tormentos, para vengar en ti, en tu corazón ya formado de piedra infernal, el odio que les inspiraste, y por el que las has sacrificado en el tiempo y en la eternidad.

Por ti han muerto separados del gremio de la santa Iglesia, tanto por las herejías morales que abrazaron, creyendo ser lícitos los hurtos, los homicidios, las impurezas, la rebelión contra el rey y sus ministros, contra la Iglesia y sus pastores; como por desobedientes y refractarios a la potestad espiritual y a sus sentencias justas legítimas, fundadas en el derecho canónico y práctico de todos los siglos del cristianismo.

Sólo tú podías inspirarles desprecio de toda ley, preciándote de teólogo y canonista entre la turba salvaje, compuesta de todas condiciones de gentes agavilladas por el odio, que te oyen como oráculo, y que te siguen como en tiempo de Teodosio los judíos a un tunante que se fingió otro Moisés para libertarlos, y los condujo a una playa en Creta, haciendo que se arrojasen al mar para llegar a la tierra prometida.

De este modo los guías tú y los conduces al precipicio, a que paguen la pena de su estupidez unos, y otros la de su ambición y soberbia, y así el seductor atrevido sea para con ellos su verdugo sanguinario, y nadie escape del castigo con que la ira de Dios os amenaza y persigue en todas partes.

¿Será justo pues, señor Costilla, en otro tiempo catedrático de teología, que por tu antojo frenético se hayan condenado ya tantas almas, y que otras muchas siguen sus pisadas? ¿Será justo que innumerables se hayan implicado en el crimen de sedición, que según el sólido maestro de la teología cristiana el doctor Angélico, es un crimen gravísimo en sí, y en las consecuencias tan funestas que acarrea y en los delitos a que arrastra? ¿No eres tú, señor bachiller, el que enseñabas la suma teológica de Santo Tomás en el Colegio de San Nicolás con algún aplauso, aunque no tan merecido como los menos hábiles de tu provincia ponderaban, dando con sus elogios desmedido pábulo a esa soberbia, que enteramente te ha precipitado en el abismo de las maldades más atroces, y que por tales encomios hayas arrastrado con tu cola como Luzbel, una gran porción de larraguistas y bachilleres de todas clases y condiciones, y una masa inmensa de tiznados que en las dos batallas parecían formar alguna legión de los demonios, que cayeron convertidos en carbones del infierno?

¿Es esta de ahora la teología que entonces aprendiste, y enseñas hoy la que en aquel tiempo enseñaste? ¿O se podrá decir de ti lo que de Volter, que aprendía en Santo Tomás los argumentos, hasta las soluciones exclusive para impugnar el dogma y la moral, sin fatigarse en buscar nuevos sofismas, sacando de la misma triaca el veneno de su irreligión e inmoralidad? ¿Imitas este método, para seducir mejor?

¿Será justo, que por tu culpa perezcan tantas familias, o queden reducidas a la orfandad y miseria extremada; que tantas esposas y sus tiernos hijos no vuelvan a ver ni a saber de sus maridos y padres y que si escuchan tal vez su nombre, sea con la nota de infames y traidores al rey que los protegía como padre, a la patria que los sustentaba como madre, y a la religión divina que los encaminaba al seno del rey de reyes, y a la patria de la paz inadmisible?

¿Será justo que estas familias lloren siempre sin consuelo, y quieran borrar hasta el apellido de quien les dio el ser? ¿Será justo, que por el desatino del nuevo Hidalgo don Quijote, el revolucionario de tierra adentro, o más bien de los infiernos, toda esta América haya sido conmovida y consternada, escandalizada y empobrecida; oprimidos y vejados mil inocentes; talados sus campos; saqueadas sus casas; huyendo unos a los montes, por vivir más seguros entre las fieras que con sus conciudadanos; y no hallando otros seguridad ni asilo en los templos ni en los sepulcros? ¿Tales atrasos al comercio, a la agricultura, al erario, causados por tu conspiración, son obras de tu justicia?

¿Lo es, la sangre de los mismos que han muerto gloriosamente peleando contra ti y tus huestes bestiales; defendiendo cuanto de más sagrado y venerable puede haber en una patria de ciudadanos honrados y católicos? Pues justamente esta sangre como la de Abel pide contra tu injusticia venganza al cielo.

Las almas de estos mártires de la lealtad y de sus deberes sagrados, sin duda han recibido la palma de la inmortalidad, y moran donde a todos los une la caridad.

Pero advierte, te diré con San Ambrosio, que no es Abel quien clama y se queja, sino su sangre; la voz que él hace oír sale de la tierra manchada con el horrible fratricidio; el justo Abel sin duda ha perdonado su muerte; pero el lugar donde se cometió te acusará y condenará perpetuamente: Si frater parcit, terra condemnat.

Cuantos sitios hay en la Nueva España donde por tu causa se haya vertido la sangre de nuestros hermanos y defensores, siempre gritarán y pedirán venganza contra ti, que has destruido la obra de Dios; que has quitado unos miembros útiles a la sociedad; que has usurpado temerariamente la autoridad divina, y uno de sus principales atributos, que es el derecho de vida y de muerte.

Porque ¿qué cosa hay más manifiesta, si no quieres apagar enteramente los principios más claros de la religión, de la razón y del sentido común, que el que nadie puede perturbar jamás el orden y la tranquilidad pública, que nadie debe atentar a los bienes y vida de sus conciudadanos, y que como dice el gran padre San Agustín, sólo Dios ha puesto alguna excepción a esta prohibición general de matar, concediendo el que solamente por las mismas leyes que él ha establecido para hacer morir a los criminales y reos de altos delitos, mueran por medio de la espada que ha concedido, como enseña el apóstol a sus legítimos ministros, para exentar sus venganzas contra los culpables?

¿Qué verdad más inconcusa, prosigue el mismo santo, que el que esta ley general e inviolable sólo se exceptúen algunos casos particulares, en que el Señor por sí mismo ha intimado la orden de hacer morir a una u otra persona particular, y que en ambos casos no es el hombre quien mata sino el mismo Dios, cuyo instrumento es el hombre, como la espada entre las manos de quien la maneja? ¿Con que sólo el cura Costilla es el que se ha querido erigir contra todo orden, ley y precepto, en arbitro de la vida y de la muerte, matando o haciendo morir contra la autoridad de Dios, y contra el orden de la justicia que él tiene establecido, trastornando los principios del reposo y de la seguridad pública, que han sido adoptados en todos los tiempos y países, y sobre los que los legisladores todos del universo, tanto sagrados como profanos, han establecido sus leyes? ¿Será posible, que un bachiller teólogo haya venido a intentar deshacer los primeros cimientos de la sociedad humana, autorizando unos delitos que los mismos paganos miraban con horror, y sus leyes castigaban con rigor extremo?

¡Un ministro del Dios de paz, ha de haber tenido osadía para dictar en sus cartas y en sus títulos literalmente esta orden, que he visto escrita de letra de Allende y firmada de tu propio puño: que se ha de perseguir, hacer la guerra, secuestrar los bienes de los europeos, y con ellos levantar tropas para conquistar todas las provincias! ¿Dónde estamos, entre qué gentes vivimos? ¿Es sacerdote y cura párroco quien habla en estos términos? ¿Es cristiano o es turco? ¿Es hombre o es demonio? ¿Por ventura eres el profeta falso que ha de aparecer para instigar la gran bestia o anticristo, exterminador y asesino del linaje humano, y persuadir a las mismas infelices víctimas a que lo adoren? ¿Qué dijeras si alguno de los que hoy persigues, valiéndose de tus mismas armas y doctrinas sanguinarias, hubiese en otro tiempo robado y destruido el tendajón y rancho de tu padre; hubiera declarado guerra a tu familia semiespañola; hubiese asesinado a tu padre, roto las costillas a tu madre, y perniquebrándote a ti, perdonándote solamente la vida para que entendieses que según tus argumentos, era justa su aversión, santa o importante su empresa, meritoria la hazaña de exterminar, o al menos inutilizar a todos los Hidalgos; y a las Costillas todas, que quisiera decir eran enemigos natos de los demás vivientes?

¿Te hubiera acomodado este modo de discurrir y ejecutar?

¿No habrías clamado al cielo y a la tierra, pidiendo venganza contra semejante insulto o injusticia?

Así me responderás aún hoy, aunque la tal injusticia nos habría preservado a todos de uno de los mayores asesinos y tiranos, sólo digno de entrar en la sociedad de los Nerones, Domicianos, Cronoveles, Cartuchos, Lemoynes, Rovaillaques homicidas emponzoñadores, despojadores, parricidas, y sólo digno de figurar en este tiempo entre los más afamados ladrones y forajidos que de debajo de los pies de Napoladrón salen a talar y despoblar el mundo.

Lo dicho hasta aquí es un verdadero retrato de las injusticias bárbaras, que bárbaramente has emprendido y ejecutado; prometiéndonos para lo sucesivo, si prevalecías, barbaries e injusticias más descomunales todavía que éstas.

Porque ¿qué caos y confusión, propia sólo de los abismos, habría sido ver y sufrir el nuevo orden, dije mal, el desorden monstruoso que meditabas establecer en nuestro suelo?

¡Qué fuera verte a ti al frente de la administración pública, arrogándote la autoridad suprema, destituyendo todas las autoridades legítimas, apropiándote todos los bienes y posesiones, formando un inmenso serrallo de las indias y criollas que más te gustasen, y que por patricias dijeras eran muebles conquistados para repartir entre los vencedores tus sobrantes! ¡Y que tú fueses como el gran Lama de los tártaros, que reside en Putola, quien se oculta misteriosamente, y se hace tener por inmortal; que decide como pontífice los puntos de religión, y como déspota no tiene más ley que sus caprichos, ni los vasallos esclavos más arbitrio ni libertad que para adorarlo postrándose, convertidos en el Lama cuadrúpedo, que se arrodilla para recibir la carga.

¡Bajo tal Lama, cuál fuera nuestra suerte! ¡Bajo tal Costilla, cómo quedarían las nuestras!

¡Bajo tal cetro de yerro, pobres de nosotros, sujetos a herradores sacados de la fragua de Vulcano, como el que nombraste de gobernador y virrey para Toluca, que en su yunque martillaba a todos los propietarios, y por leyes irrevocables para el repartimiento de las haciendas entre los traidores, alegaba las chispas de su fragua, indicios de su poder!

Buen ensayo nos diste de tu sistema, en este y otros salvajes escogidos para gobernadores.

Pronto hubiéramos visto en los cuerpos y cabildos eclesiásticos esos minimistas de treinta años nacidos para vaqueros, y acostumbrados como tú, a la bárbara diversión de colear toros.

¿Qué fuera ver un cabildo de tales clérigos muy seculares y muy irregulares, que ahora te acompañan con la esperanza de que los harás inquisidores, canónigos y obispos; que después de no haber sabido leer ni el introito de la misa, se juntasen vestidos de manga o de cuera, en los alrededores de México, Puebla, Valladolid y demás ciudades, a divertir las gentes, corriendo desaforados tras un toro, a ver quien le cogía primero la cola, la afianzaba contra la cabeza de la silla vaquera, y lo hacía dar cuatro tumbos y volteretas crueles a la cornuda bestia? Pues yo he visto a más de cuatro de tus sectarios desordenados, a pesar de sus órdenes, pasar así la vida, y divertir tu ferocidad corriendo de este modo, cuando por tu mortal quebradura no podías disputarles el triunfo en estas tus carreras y juegos olímpicos.

Pues en los tribunales y oficinas ¿qué sucedería cuando en ellos hubieras ya puesto tus legados latericios, o de cal y canto que no saben ni leer, o esa media docena de rábulas tus paniaguados, que por ley deberían tener freno y cabestro en las quijadas, para que no se nos acerquen, dañen ni muerdan, escupiendo y destrozando nuestra legislación, para promover pleitos interminables?

Estos han esperado con ansia y hambre canina la publicación de un código indigesto, que parece borroneaste en el llamado por ti cuartel general de Acámbaro en 23 de octubre.

Allí asegurabas como infalible y como revelado por San Miguel, (así les decías a tus brigadieres, coroneles y a otros arrieros tus magnates, como jurídicamente han declarado ya algunos) que a fin de que no matasen los gachupines a los criollos en el día 29 de septiembre; te había el santo arcángel armado de su espada y autoridad; que para el día de todos santos entrarías triunfante en México, te se rendirían luego las provincias y empezarías a ejercer la soberanía, haciendo crecer el catálogo de los muertos, y celebrar con gozo de unos y llanto de otros la conmemoración de los difuntos.

El éxito ha hecho ver aun a los mismos alucinados, que la revelación te la dirigió el que está a los pies de San Miguel, y que el diablo, que en otro tiempo habló, disputó y convenció a Lutero para proscribir el santo sacrificio de la misa, (de lo cual hacía él alarde) ese mismo diablo te destinaba a igual empresa, y te hablaría, animaría y prometería el triunfo en la capital, sin pensar que habías de pasar por el monte de las Cruces, de cuyo nombre huyen todos los diablos, y se estremecerán eternamente todos los discípulos y admiradores del que hace y ejerce sus visibles funciones, acusando a nuestros hermanos, andando alrededor nuestro como león, rugiendo y buscando a quien tragarse.

Se ha visto que eres un pobre diablo, a pesar de tu extrema malicia; que tu desconcertado plan, parto de tus delirios y sueños, sólo podía alagar a la más vil canalla y a los que hubieran apostatado enteramente de Dios, a aquellos que podrían repetir entre nosotros la grave escena de la isla de Granada, cuando un herrador, convertido en mariscal, hizo proceso al gobernador, y en lugar del sello puso una herradura de caballo alrededor, de la cual Archangeli, que era el que hacía de escribano, y el único que sabía escribir entre todos los jueces y magistrados, escribió con mucha formalidad: Marque de Monsieur de la Brié, conseiller rapporteur.

Tus consejeros y nuestros jueces, serían otros tales, y para que vosotros no nos herraseis, sería necesario ponerte a ti y a los tuyos vuestras armas propias que son las herraduras, como justo pago y distintivo de la gran justicia de tus procedimientos.

Dirás, que he estado hoy descortés, atrevido, molesto, y pesado hasta no más; que te he revuelto la cabeza con tal multitud de especies inconexas; que te he dado ciento en tu clavo y una en tu herradura; y que me harás injusticia reseca, si me puedes haber entre tus uñas.

A todo contestaré, que mi objeto es molestarte, y que quisiera ser pesado con la clava de Hércules en la mano.

Mientras llega tan feliz momento, proseguiremos la lucha del pugilato con diferencia de estilos agudos y penetrantes, propios de la justicia que defiendo contra tus injusticias atrocísimas.

P. D.

En la carta quinta por equivocación decía: pozo de Diógenes por pozo de Demócrito.

Para ti y tus discípulos filósofos del nuevo cuño, y teólogos de la herradura de Mr. de la Brié, lo mismo es tina de Diógenes, que pozo de Demócrito, aunque no os sea lo propio agua que vino.

Para esta América hubiera sido mejor que en uno o en otro os hubieseis ahogado antes de causar tales escándalos y estragos; y en este punto, aplícate señor cura, la sentencia de Jesucristo contra los que escandalizan y pierden a las almas, y que más valiera que en la cuna te hubiese sofocado tu misma madre.

Otra P. D.

Me informan, señor bachiller, que con mucha bachillería e ignorancia afectada, reprobaste en la cámara baja los títulos de mi primera carta, que deben repetirse en todas las demás.

Eres ex-cura de Dolores, porque has sido un frenético maliciosísimo, que nos has querido volver locos con locura a todos, y causarnos mil angustias y dolores, siendo lobo de la grey de Jesucristo, y el jabalí que ha destrozado esa viña del señor de Sabaoth.

Eres ex-sacerdote de Cristo, porque aunque tengas el carácter indeleble de su sacerdocio eterno, tus obras son de sacerdote de Belial, y tus deseos, de no tener tal marca ni participación del ministerio católico, sino la marca dicha de Mr. de la Brié, y de aquellos sacerdotes apóstatas, como Sieyes, que en la revolución de los jacobinos gritaban y escribían que detestaban su sacerdocio y rabiaban por haberlo recibido.

Eres ex-cristiano, por la misma razón; pues te burlas de tal nombre y lo abominas, lo infamas y lo contradices, habiendo vuelto por tu espontánea prevaricación a todas las obras de Satanás a que renunciaste en el bautismo.

Con que por tu voluntad no eres cristiano, aunque pare tu mayor confusión y pena lo será siempre, pesar tuyo y mal de tu grado.

Eres ex-americano, por degenerar de nuestros nobles, leales y generosos sentimientos, y por ser el enemigo, el azote, la peste y la afrenta de nuestra patria, la que te arroja de su seno, y te borra de la lista de los americanos para siempre, hasta el último día de los siglos.

Eres ex-hombre, aunque tengas alma racional, pues sólo para prevaricar con más torpeza y con malicia más refinada, has hecho mal uso de tu razón en ese tiempo, y te has empeñado en que los naturalistas te pongan en una clase incógnita, diciendo: “Hidalgo en la malicia y dañada intención pertenece a la especie diabólica; en la cobardía y flaquezas de la corrompida naturaleza de los hijos de Adán, pertenece a la masa de los hombres más miserables y culpados; pero en su empresa revolucionaria toca a la especie de las bestias feroces, particularmente de los tigres, con mucha aproximación a las raposas y zorros, y por eso desde el colegio era denominado: el Zorro Costilla.

Quedan señor zorro desvanecidos tus escrúpulos y sofisterías, y quedas hecho y derecho un agregado de todos los ex referidos, en lugar de la excelencia que te apropias entre los hotentotes, que te llaman excelentísimo, sin el apósito de bachiller, frenético, feroz, apóstata y bribón excelentísimo.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia