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LOS PRESIDIOS INTERNOS

 

 

La labor sistemática, ordenada, perseverante de Antonio María Bucareli para organizar el ejército de Nueva España vino a apreciarse cuando llegó a México, en 1779, don Martín de Mayorga, virrey interino, quien se tuvo que enfrentar a un nuevo estado de guerra. Funcionó entonces el ejército con el arreglo que le dio Bucareli y, una vez terminada la guerra, Francisco Antonio Crespo, militar de profesión y corregidor de la Ciudad de México, presentó, en 1784, un nuevo y gran proyecto para retocar la organización del ejército con la experiencia que había quedado de dos décadas de ensayos.

Mayor crédito hay que reconocerle a Bucareli por la organización que dio a los presidios internos que por lo que hizo por el ejército en el centro de Nueva España. Es de advertir que, en los arreglos hechos por Cruillas y Villalba, la parte norte del virreinato quedó fuera. Los regimientos provinciales que ellos erigieron, estaban radicados en las poblaciones del primitivo reino de Nueva España. No tomaron en cuenta a los habitantes de Nueva Galicia, California, Sonora, Sinaloa, Nueva Vizcaya, Nuevo Reino de León, Colonia  del Nuevo Santander, Coahuila y Texas. Posiblemente porque se trataba de organizar a la gente que pudiera llegar más rápidamente a Veracruz. Pero quizás haya otras razones. En todo caso con la repartición geográfica de las milicias que ellos hicieron la antigua "raya" que dividía a los indios sometidos de los insumisos se hizo notable y se puede afirmar que la primera organización que tuvo el ejército colonial fue  literalmente para la protección del reino de Nueva España.

Las órdenes para preparar la defensa que recibió Cruillas también comprendían la atención a los presidios internos establecidos en la porción menos "trajinada" del virreinato. Como sabemos, los reinos y provincias septentrionales estaban amenazados por la creciente penetración que sufrían de franceses e ingleses y, al mediar el siglo, la de rusos, que fundaron estaciones de comercio y navegación por el litoral del océano Pacífico. Pero, por ser tierra de "guerra viva" y la mayoría de los habitantes indios bravos y gentiles, necesitaban de otro tipo de gobierno. Mientras más avanzaban los españoles hacia el norte, menos efectivo era el gobierno del centro y no era previsible un cambio, pues a las tierras del norte no se les conocía el fin.

El reino de Nueva Galicia, con su audiencia de Guadalajara, estaba más cercano a la frontera y parecía tener suficiente fuerza y recursos para encargarse del gobierno y protección del noroeste. Es comprensible por ello que las primeras proposiciones para separar el Septentrión del gobierno del reino de Nueva España surgieran, a mediados del siglo, de los residentes de Nueva Galicia. Diez años después, en otro proyecto, se propuso la creación de un nuevo virreinato con su capital en Sonora, Chihuahua o Durango, que en cuestiones de defensa cuidara las costas del mar del Sur y protegiera los ranchos y poblados de las incursiones de los bárbaros.

Los funcionarios metropolitanos, desde su perspectiva imperial, se dieron cabal cuenta de la necesidad que había de dar arreglo a la administración del  Septentrión. Era urgente hacer efectivas sus defensas militares para combatir a enemigos domésticos indios bravos y extranjeros, cortar los crecidos gastos que originaban y robustecer la obediencia al dominio del rey. Uno de los encargos no explícitos que traía el visitador José de Gálvez fue, por tanto, estudiar la manera de cumplir con esos propósitos.

Cruillas había enviado al marqués José Antonio de Rubí y Boxadors y a Nicolás Lafora para que visitaran la frontera norte y, en vista del estado que observaran en que estuvieran poblaciones y presidios, dictaminaran sobre lo que había que hacer para mejorar las defensas. Después de su viaje a Sonora y California, Gálvez aportó a la nueva administración de la frontera septentrional sus ideas en relación con Sonora, Sinaloa y las Californias, en un informe que hizo a Bucareli; don Hugo O'Connor, comandante inspector, contribuyó también algo con sus noticias sobre el reino de la Nueva Vizcaya. De todas esos proyectos e informes salieron dos proposiciones concretas que el rey aprobó: crear una Comandancia General de Provincias Internas y un "Reglamento e instrucciones para los presidios que han de formar una línea de fronteras de la Nueva España".

Bucareli no estuvo de acuerdo con la primera; era una medida política que tenía por consecuencia quitar al virrey de México el mando de más de la mitad del territorio del virreinato. En la segunda puso toda su diligencia, pues era obra de arreglo, orden y economía, en la que él sobresalió. Ya el virrey Carlos Francisco de  Croix, con ayuda del visitador José de Gálvez, había elaborado un reglamento basado en el informe del marqués de Rubí, que en España fue revisado y adicionado por militares conocedores de la situación colonial. Las correcciones que le hicieron y la forma que le dieron hicieron posible que Bucareli lo usara como un instrumento de pacificación y como norma para defender la frontera con ahorro para la real hacienda.

Este Reglamento, dado a conocer en 1772, vigente hasta el fin de la dominación española, declaraba a los soldados presidiales tropa veterana, con lo que gozaron de fuero y preeminencias los fronterizos. Sólo tenían que haber quince presidios, establecidos en una línea o cordón desde Altar en el occidente hasta la bahía del Espíritu Santo, en el golfo de México. Determinaba que el pago a los soldados fuera en dinero efectivo y no en géneros; asimismo cuáles habían de ser las armas y vestuario de los presidiales y número de mulas y caballos que debían tener; las tierras que podían adquirir al término de sus diez años de servicio; cómo habían de tratar a los enemigos indios y cuáles eran las funciones del inspector comandante.

El principio de la vida independiente de la Comandancia General de Provincias Internas, nombre oficial con el que se designó desde entonces el septentrión de Nueva España, fue lento y difícil. En 1776 el rey nombró primer gobernador y comandante al caballero Teodoro de Croix, sobrino del antiguo virrey. Los funcionarios de España, y algunos de México, tenían muchas esperanzas de que la Comandancia fuera realmente, en riqueza e importancia, como un nuevo virreinato de Nueva España. Cuando la realidad les mostró otra cosa hubo muchas inculpaciones, recriminaciones y disgustos entre los funcionarios de Nueva España y los de la Comandancia, porque todo en el Septentrión resultaba diferente y contrario a lo que se había supuesto. A decir verdad, las grandes extensiones deshabitadas, los indios bravos, los recios españoles fronterizos, en su mayoría criollos y mestizos y, quizá lo más importante, la escasez de explotaciones prósperas que proporcionaran suficientes rentas a las cajas reales de la Comandancia, resultaron hechos que impedían la constitución de una nueva jurisdicción territorial independiente. Después de varios ajustes con los que se probó qué facultades podía gozar efectivamente el comandante general, se llegó a la conclusión de que la única que podía ejercer con autonomía era aquélla en materia de guerra. Efectivamente, apoyándose en el Reglamento de Bucareli, los oficiales militares lograron, durante su  gobierno, contener las incursiones de los indios bravos.

En la guerra de 1779 - 1783 de España y Francia contra Inglaterra de nuevo se movilizaron las milicias y la tropa veterana de Nueva España. Menudearon entonces las solicitudes de exención de muchos trabajadores de las haciendas, que hacían falta para las labores del campo, especialmente para el cultivo del tabaco. Nuevamente hubo que vencer la resistencia de las autoridades locales, en especial la de los alcaldes mayores, para reunir las compañías. La opinión sobre la necesidad de tener un ejército en el virreinato no era todavía unánime, ni aun entre los principales funcionarios. El fiscal de la audiencia de México decía que la constitución de los cuerpos veteranos sólo daba lugar a que "en ellos se expenda con mano franca la hacienda real" y en los milicianos “se endereza todo el cuidado y desvelo a disfrutar completamente los honores y fuero militar, con perjuicio las más veces de las rentas reales". Nuevamente desertaron muchos soldados y se dejó sentir la carencia de armamento. En las gratificaciones para caballos se cometían muchos abusos, pero ya empezaban a destacar los novohispanos como buenos jinetes. Mayorga procuró dar pertinente solución a todo, aunque lo que le causó más dificultades fue reunir el dinero para costear los preparativos de guerra, enviar situados a las islas y fortalezas y caudales a España. Dejó el virreinato cuando llegó a México don Matías de Gálvez, virrey propietario, en abril de 1783.

A este virrey hermano del visitador ya ascendido a ministro de Indias, por muerte de don Julián Arriaga, en 1776, presentó Crespo su Informe sobre el ejército de Nueva España y por él podemos apreciar cómo había ido creciendo en hombres y gastos el ejército colonial. Había 4.389 hombres de tropa veterana, que costaban al rey 868.856 pesos al año, y 16.755 milicianos, en los que se gastaban 483.434. Si a estas cantidades aumentamos los 777.028 pesos que Bucareli decía, en 1776, que costaba sostener la tropa de la frontera, pero que ya llegaban al millón en 1783, realmente hay que convenir en que la queja de los virreyes sobre los crecidos gastos del virreinato era justificada, pues las erogaciones para sostener las fuerzas militares de Nueva España habían aumentado  notablemente en veinte años. No obstante las gruesas sumas que se destinaban al ramo de guerra, Crespo consideraba que aún faltaba mucho para tener un buen ejército en la colonia. Señalaba cinco dificultades mayores que había que vencer y en las que había que poner atención si se quería tener un ejército útil en la colonia:

“...La primera, en que las poblaciones de cortos y dispersos vecindarios no han podido llenar los alistamientos sin despojarse de los vecinos radicados, cuya falta es muy perniciosa y sensible;

La segunda, en que las ciudades y lugares populosos han echado mano de los hombres más infelices y propensos a variar con frecuencia sus domicilios;

La tercera, en los perjuicios que infieren a la Real Hacienda, a las Cargas Concejiles y a la recta Administración de Justicia los fueros y privilegios militares;

La cuarta, en que los fondos de arbitrios no alcanzan a cubrir los gastos de los cuerpos milicianos; y,

La quinta, en que el Real Erario no puede mantener un Ejército de Tropas Veteranas”.

Prescindiendo de la tropa veterana, Crespo proponía que se trabajara para atraer a los novohispanos al servicio militar. Creía que los mestizos y castas estaban tan capacitados como los de sangre limpia para servir al rey. No sólo completarían las compañías milicianas, sino quizá lo más importante, su ingreso en él ejército ayudaría a la transformación social de esos grupos que tanto preocupaban a los gobernantes. Esto es, que encontrarían en el ejército un modo de librarse de los prejuicios sociales que los condenaban a una vida miserable. En cuanto a los oficiales criollos y mestizos afirmaban, contra lo que dijeron muchos peninsulares, que bien podían llegar a ser "oficiales de celo y aplicación", capaces de instruir y gobernar a los soldados. Los jóvenes de buenas familias, sin vocación para la abogacía y el sacerdocio y sin suficiente caudal para competir con los grandes comerciantes, encontrarían un brillante porvenir en la carrera militar. Esos jóvenes ayudarían además al sostenimiento del ejército, al adquirir los “empleos de beneficio”. Estos eran empleos de capitanes, tenientes y subtenientes que empezaron a ven­derse en seis mil, dos mil y mil quinientos pesos respectivamente.

Los años que llevaba don Francisco Antonio Crespo de residir en Nueva España y la experiencia que había adquirido como funcionario probablemente determinaron los juicios y proposiciones de su informe. Efectivamente, jóvenes criollos y mestizos terratenientes empezaron a adquirir el gusto por el "ruido de armas", las insignias, los uniformes y las preeminencias del servicio militar. En las fiestas y ceremonias públicas empezaron a tomar parte en los cuerpos del ejército, luciendo sus habilidades, con gran aplauso del público.

Don Bernardo de Gálvez, quien sucedió a su padre en 1786, rodeado de amigos y compañeros de armas bastante contribuyó, en Nueva España, con su prestigio y poder de oficial militar, a hacer atractiva la carrera de las armas.

El proyecto de Crespo fue aprobado por el rey en 1788. Luego, el virrey Revillagigedo introdujo en él algunas modificaciones. Cuando el virrey tomó el mando, en 1789, todavía no era satisfactorio el estado del ejército, pues el subinspector general le informó que "a pesar de incesantes desvelos y crecidos gastos para él buen estado de los cuerpos provinciales del reino, siempre era muy dudosa la subsistencia de la tropa miliciana y más dudosa aún la aptitud de los individuos veteranos, y seguras las noticias de lo poco que podía esperarse de los oficiales del país por carecer de las circunstancias necesarias y conducentes, o por estar domiciliados en parajes muy distantes de sus compañías".

La gestión enérgica y ejecutiva de Revillagigedo algo corrigió la incompleta formación de las compañías milicianas y los cuerpos veteranos. El número  de hombres que había en el virreinato se pudo conocer mejor, pues exigió que se terminara la formación de padrones y en 1792 pudo ya contar con los de casi toda Nueva España. Quiso reducir los gastos de guerra moralizando la administración, verificando la existencia de compañías o reduciendo el número de soldados que las integraban y rebajando los sueldos, pero, por otra parte, no resistió la tentación de la racionalización tan de moda entonces y creó nuevos cuerpos para los lugares en donde pensaba que se necesitarían para la defensa del reino. Se ocupó del vestuario y alabó el fabricado en Nueva España; formuló nuevos reglamentos para las compañías de Acapulco y San Blas, para el presidio de Carmen, en la Laguna de Términos, para las compañías ligeras de voluntarios de Cataluña y para un batallón de pardos libres, fijo en la plaza de Veracruz.

Dejó dicho a su sucesor, el virrey Miguel de la Grúa Talamanca y Branciforte, que lo más esencial de todo para dar forma del ejército era que vinieran de Europa cabos, soldados de infantería y de caballería para que de ese modo se lograra tener buenos cabos y sargentos que impusieran la disciplina, porque en Nueva España no los había. Recomendaba que no se perpetuaran en el virreinato los oficiales peninsulares, "pues aquí pronto pierden la buena disciplina". El afán era formar el ejército a la europea para combatir europeos. No fue partidario de admitir en las compañías a individuos mestizos o de las castas; hubiera preferido que los soldados fueran todas de casta limpia. Pero, por lo que se deducía de los padrones, eso no era posible, pues más o menos un tercio de los hombres en edad de servicio militar y que se necesitaban para completar el número de soldados que debía tener el ejército era de “pardos”, llamados así para distinguirlos de los de “casta limpia”. Revillagigedo tuvo que convenir que en las costas y en las fronteras era indispensable incluir en el ejército a las castas tributarias, relevándolas del tributo para poder contar con competente número de milicia, capaz de contener los primeros amagos o insultos de cualesquiera enemigos.

El pago de tributo, al que se refería Revillagigedo, fue una fuerza que creció en importancia al parejo que crecía el ejército. Para aumentar el número de hombres de los cuer­pos militares, las autoridades tenían que echar mano de los tributarios, indios, mestizos y castas, y entonces empezaba el forcejeo: muchos tributarios  entraban en las compañías para librarse del tributo, pero los alcaldes y corregidores se oponían a su ingreso porque entonces disminuía la recaudación por concepto de tributos y no podían aportar todo lo que les exigían las autoridades de la real hacienda. Algunos años después, liberarse de cargas fiscales fue uno de los incentivos que el pueblo entendió para declararse por los que luchaban por la independencia.

En cuanto a los oficiales y la tropa veterana, a fines del siglo, hacía tiempo ya que la distinción entre peninsulares y novohispanos era bastante vaga, pues tanto oficiales como soldados eran reclutados de la población colonial para completar los regimientos de tropa veterana, los cuales se suponía que fueran de peninsulares. Por otra parte un viajero, Pedro Manso de O'Crouley, que estuvo en el virreinato en el última tercio del siglo XVIII, comentaba entre irónico y asombrado que la composición racial de la población de Nueva España atraía mucho la atención de las autoridades del reino y que para describirla habían puesto nombres curiosos a cada mezcla, pero que en realidad la cosa no eran tan complicada, pues el estigma de sangre mezclada desaparecía a la tercera generación, de la siguiente manera: español e indio producían un mestizo; español y mestizo, un castizo; español y castiza, un español. Lo misma sucedía si se trataba de indios: indio y español daba un mestizo; indio y mestizo, un coyote; indio y coyote, un indio. Sólo la mezcla con sangre africana producía casta infame, difícil de ser aceptada en cualquier generación.

Revillagigedo dejó arreglados los regimientos de tropa veterana y muchas compañías de milicias, pero todavía no consideró suficiente su número. Encargó a su sucesor que se ocupara de levantar otras muchas compañías de milicias. Al empezar el siglo XIX formaban la tropa veterana, entre infantería y caballería, 6.150 hombres; 11.330 las milicias provinciales; 1.059 las urbanas; 7.103 las de las costas, y 4.320 las de las fronteras del reino de Nueva España. En total, el ejército tenía 29.962 hombres. En opinión de los gobernantes eran pocos para defender el “dilatado virreinato” de los enemigos europeos y aun no adquirían la disciplina de los ejércitos europeos. Atendiendo a los acontecimientos posteriores, hay que convenir que si alguna experiencia adquirieron en los cincuenta años de su existencia no fue precisamente en el arte de la guerra, sino en el de la inquietud y los cambios sociales.

Bibliografía: Amila Farías, E. Reformas económicas del siglo XVIII en Nueva España, México, 1974. Historia Documental de México. vol. 1, U.N.A.M., México, 1964.; Navarro García, L. Intendencias en Indias, Sevilla, 1959. Don José Gálvez y la Comandancia General de las Provincias internas del Norte de Nueva España. Sevilla. 1964.; Revillagígedo, Conde de, Informe sobre las Misiones 1793 e Instrucción reservada al mar­qués de Franciforte 1794, México, 1966.; Velázquez, M. del C. Establecimiento y pérdida del Septentrión de Nueva España, Mé­xico. 1974. El estado de guerra en Nueva España, 1760 - 1808. México, 1950.

 
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