historia.jpg

Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
CARTA OCTAVA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA OCTAVA

¡Oh inhumano Costilla! Bien conozco que la lira de Orfeo y la trompa del cantor de Aquiles, que amansaban a los tigres y leones rabiosos, que inspiraron sentimientos de humanidad a los hombres agrestes y feroces, que los separaron de la vida vaga, errante y selvática, en que seguían devorándose unos a otros como fieras, y los unieron en sociedad para que fuesen hombres y amigos; bien conozco, que para ti serían estos armoniosos acentos, cantos lúgubres y horrísonos.

Al asno en vano se le toca la lira, aplicó ya San Jerónimo al hereje Vigilancio, enemigo de la virginidad, del cual añade que en la vejez dio en la manía de tener miedo de dormir solo; sin duda porque esta sola sociedad era la que le acomodaba a su corazón helado y yerto para todas las demás afecciones humanas.

Tú has dado en igual locura Vigilanciaca, que te tiene vigilante y despabilado, cuando tu sangre cansada de rodar por esas venas desvencisadas, ha hecho un retroceso a tu corazón de tigre, para no dejarte ya más afecto social, que el que experimentan en tiempos de celo los mismos tigres, volviéndose más rabiosos entonces contra las demás especies.

La armonía, pues, del mismo Homero había de enfurecerte más, lejos de amansarte.

Hace ya algunos años, que parece preferías al variado canto de los zenzoncles el graznido triste y monótono del tecolote, que posaba en el árbol que hay enfrente de la casa parroquial de Dolores, y que solías decir a tus topiles: me gusta erte canto misterioso de moerte; hace un eco agradable en mi pecho; vosotros no lo entenderéis hasta que no tecoloteen todos los búhos de Nueva España, para acompañar a mis feligreses al sepulcro, en vez de los gangosos responsos con que yo los entierro ahora de mala gana, por ser tan de espacio y con pompa.

Días vendrán, hijos míos, en que yo os despene pronto, y sólo me da pena el que tarden tanto.

Con efecto tus anuncios humanísimos se han cumplido, y tu alma, rodeada de cadáveres, nada en delicias, y respira en su propio elemento entre miserias y muertes ajenas.

No conservas hoy humanidad sino para con la caballada de tierra adentro, que compone tu estado mayor y consejo de esbirros y verdugos; y sólo tienes compasión hacia las bestias que montas, cuando, como buen Albeytar que eres, ves que van a descerrumarse o dislocarse los murecillos, con riesgo de que se manquen cuando más necesites correr por barrancas, como en Aculco, huyendo empolvado y sudándote el rabo.

Mas yo que entonces también te iba a los alcances, picándote la retaguardia, y tecoloteándote con mi escopeta, para que te recreases con el son monótono de la muerte; irritado con tu cobardía, que es a la verdad inhumana, he tratado de incomodarte como a enemigo de todos, hablándote hoy el lenguaje que más ha de exasperarte, porque no hay cosa que más haga rabiar a un loco, que el que contradigan sus delirios; ni que más enfurezca a un inhumano, que el que le persuadan humanidad.

Sabido es que a aquel de quien se deriva la facultad bárbara de perseguir, que ejerces, nada o exacerba y encona tanto, como que le digan que mire con conmiseración a sus semejantes.

El misántropo Napo-ladrón, tu protector, (porque lo es de la confederación del rin, ran, por rapin, rapan,) entre las causas más graves para expeler de su lado a Josefina, alegó que se empeñaba a veces en persuadirle que usase con moderación de las victorias pasadas, que tuviese compasión de la Francia exhausta y oprimida, que no agravase las desgracias de los príncipes que había cautivado, que ahorrase la sangre de sus ejércitos y también la de los enemigos, que proporcionase la paz a la Europa, y dejase respirar a la humanidad después de tantas calamidades.

Desde que Josefina se explicó así, y empezó en Rayona a mirar con alguna lástima la prisión de nuestro rey y real familia, y a tomar interés por la suerte de España, porque no le habían dado pretexto para unos actos de tan inhumana fiereza; dijo Napodemon, que su corazón y el de Josefina nunca estaban acordes, y que con sus ojos y semblante, cuando no con palabras, fiscalizaba su gran política peculiar, y servía de tropiezo para sus planes ulteriores.

Tan cierto es, que un hombre feroz sacrifica lo más amable y amado, y rompe los vínculos más estrechos, si sirven de estorbo a su instinto maligno y ominoso de encruelecerse contra los hombres, porque a todos los mira como a contrarios de su felicidad y existencia.

Señor bachiller Napoleoncillo, ten presente el lance en que una dama de honor y de virtud, cuya hacienda saqueaste desde el principio de tu rebelión y rapiñas, te arguyó, rebatió y confundió con grandeza de alma, haciéndote ver la monstruosidad, locura e inhumanidad de tu tentativa, y la imposibilidad de lograrla en un país amante de su Dios y de su rey, y en el que se respetaban los derechos de la humanidad; que no era esto lo mismo que Francia degradada, para proteger una usurpación tan sacrílega, como cruel e inhumana; y que tú serías víctima abominable de tan inaudito atentado...

¿Pudiste responder a pesar de tus bachillerías rancias, a tan justas reflexiones?

¿Pero acaso te mitigaste? ¿Abriste tu corazón a este lenguaje persuasivo y eficaz?

¿Se apiadó tu alma de las desventuras que habías causado a aquella noble heroína y a toda su familia, ni de las lágrimas que tantas otras vertían en silencio por iguales infortunios, causados por tu horrorosa barbarie? ¿Qué dijiste, así reconvenido? ¿Qué satisfacción dabas a aquellas víctimas inocentes de tu furor, que dejabas arruinadas para siempre?

¿Qué?... Óigalo la humanidad, para estremecerse y para detestarte.

Yo no vuelvo atrás, (dijiste con una insensibilidad peor que la misma rabia); yo no desisto de mi plan; lo he de llevar a sangre y fuego por todas partes; y si no salgo con él y me veo perdido, no me faltará un puñal.

¿Con que no hay esperanza de que mientras puedas dañar, dejes de hacerlo?

¿Invocaremos en vano las leyes santas de la caridad, que es el distintivo de los verdaderos y perfectos cristianos, hablando con un monstruo que renuncia y abjura solemnemente hasta los sentimientos de humanidad de que no se despojan ni los turcos, ni los rústicos paganos? ¿Serás, cual el bicho tacaño de Córcega, un tirano embrutecido, indómito e indomable; pues no sabes lo que es este sentimiento de beneficencia general, que nos excita a todos a procurar la dicha de nuestros semejantes, o bien con nuestros consejos, o bien con nuestros ejemplos; ora enjugando las lágrimas del afligido, ora beneficiando al necesitado; ya sintiendo sus penas, miserias y enfermedades; y ya complaciéndonos en su bienestar, en el gozo y gusto suyo o de su familia?

¿Pues para qué nos dio el autor soberano estas afecciones íntimas de compasión, de beneficencia y de piedad, de amor, en una palabra, a la patria, a los padres, a los enemigos y a los demás hombres, sino para que todos, siguiendo el impulso suave de estos afectos, participemos de alguna manera de la dicha misma de la divinidad, que se complace en amar, en conservar, en socorrer a la humana naturaleza? ¿Con que tú, bárbaro, si pudieras, harías que no amaneciese el sol sobre los que llamas enemigos, fuesen buenos o fuesen malos?

Tú te opondrías al poder y designios del autor de la naturaleza; tú abrasarías todas sus casas y campos; tú arruinaras sus sementeras; tú ahogarías su descendencia; tú matarías a tus mismos ascendientes; y tú borrarías el nombre de esta nación, que es el último grado de fiereza a que según el santo David, llegaron los asirios, moabitas y ammonitas, cuando orgullosos decían: vamos a destruir este pueblo de Israel; no sea en adelante nación, no subsista esta gente, y no se hable más de ella.

Pues alguna vez leerías, si acaso has rezado los salmos, que los caudillos de tan bárbara pretensión perecieron, quedaron sus cadáveres sin sepultura, y se pudrieron como estiércol en el campo de batalla; del modo que sucedió a los cuatro corifeos impíos Oreb, Zeb, Zebeo y Sálmana, figuras de otros cuatro peores, Hidalgo, Allende, Aldama y Abasolo, que inhumanos y sacrílegos vais gritando: no quede ni en nuestros hijos el nombre español; borrémoslo y con él juntamente el santuario y culto del Dios que adora ese pueblo.

¡Execrables abortos! Hase cumplido con vuestra caterva el castigo visible que descargó sobre aquellos.

El monte de las Cruces ha sido otro Endor glorioso, junto el Tabor, a Tepeyac bendito, donde sucedió la derrota de los madianitas; y Arroyo Zarco y Aculco, nuevo torrente impetuoso de Cisson, donde los esforzados tanto como Débora y Barac han destruido, han aniquilado a la vil canalla de Sísara y Chanaan.

Tras ti y tus infames coligados va volando la ira de Dios, y el brío de sus tropas para caer al modo de tempestad y de llama, que abrasa los montes sobre vosotros, do quiera que escondáis vuestros desconcertados proyectos, vuestras conciencias agitadas o muertas, y vuestras cabezas prontas a desaparecer como paja al ímpetu del viento.

No faltará la justicia del eterno, que tantas veces ha reducido al polvo, con ejemplar castigo, a los inhumanos, perseguidores de su nación escogida.

Tú te reirás de sus amenazas, porque hereticalmente has dogmatizado, que no son castigos del cielo los que se padecen en esta vida por los protervos como tú, que tanto lo provocan con desafueros inauditos.

A despecho tuyo lo experimentas ya.

Hoy eres el objeto de execración universal, y todos te buscamos como a una fiera que es preciso encadenar y hacer morir de un modo espantoso, por enemigo de su patria y de todos los vivientes.

Si el apóstol San Pablo, que entre los crímenes mayores de algunos paganos contaba, el que no tuviesen compasión y humanidad; que decid, que quien de los suyos, de su propia sangre y parentela no cuidara, era peor que los mismos infieles; y que se estremecerían al contemplar que por envidia de su glorioso apostolado algunos ministros evangélicos se alegraban de verlo entre cadenas en Roma; si el doctor de las gentes te escribiera en esta ocasión, ¿qué diría de un ministro de Dios, que se complace en aprisionar por envidia y odio a los cooperadores del ministerio; que no tiene amor a su propia sangre, y se desnuda escandalosamente de todo sentimiento compasivo y humano?—

Después de los males indecibles que siembras por donde pasas, tú te proponías con intención más rencorosa y feroz, que fueran ellos un medio de que nadie pudiera socorrer a España en su tribulación amarga y en su admirable resistencia; y de que perecieran aquellas nobles y heroicas familias en la indigencia, como resultado de la que aquí ocasionabas.

Y dime, Judas avaro, que por apego al dinero que no es tuyo, niegas, afliges y entregas a Jesucristo y sus ministros, a su esposa la santa Iglesia, y a sus ovejas; dime, ¿por ventura has dado tú algo para socorrer tales necesidades? ¿Ha habido hombre más duro para con toda clase de pobres, hasta que llegó el tiempo de hacerlos instrumentos criminales de la devastación? ¿Les has dado, ni aún ahora, un ardite que no fuese robado? ¿Has atendido al bien de algún menesteroso?

¿No has querido tragarte todos las riquezas de este reino, deseando tener una atracción más poderosa y universal que la de todo el sistema planetario; a fin de que la hambre y el terror doblegasen nuestros cuellos bajo tu yugo de boyero; y no hubiera más rico en la Nueva España, que el inhumano egoísta usurpador Costilla, criado en un petate, entre andrajos asquerosos, en la mayor miseria, comiendo tortillas y comido de pio?...

¡Gran fortuna por cierto para la América, que te nos entronizases, pobre pillo, volviéndote otro rey Midas, quien todo quería que fuese plata para él, y en justa pena se moría de hambre, porque no le daban de comer sino pura plata! Yo para ti, y todos conmigo, te hemos destinado puro plomo; y puesto que cual fiera andas por los bosques, con plomo te cazaremos, para que no salgas a realizar otra vez el plan de opresión universal que empezaste.

Este artículo de la inhumanidad de tu proyecto, pide una contestación más seria por mi parte, y que añada nuevas reflexiones en este mismo correo, aunque sin saber a donde dirigírtelas, porque unos dicen que ya, según el sistema de Rusó, has emprendido el estado que él llama natural, viviendo en las cuevas de los montes como las bestias, y al modo de las bestias; y que empezabas a andar en cuatro pies, parte por elección rusoyana, y parte por necesidad aculqueña.

Cuentan otros, que te han visto trocado como Nabucodonosor feroz, en bestia furibunda, y que andabas paciendo en compañía de unos osos.

No falta quien jure, que le pareció verte arrebatado por unos gavilanes, y que seguido de muchos cuervos que te hacían música con su cras, cras horrible, pasabas por sobre el monte de las Cruces, tomando luego el vuelo tu comitiva de avestruces hacia un abismo o despeñadero profundo, y que de allí salían bramidos y quejidos horrorosos.

Espero saber de cierto tu suerte y paradero, para ver si podré enviarte otra Paulina, en que con tono diferente confunda tu inhumanidad, y haga ver que no eres hombre.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

 
Joomla extensions and Joomla templates by JoomlaShine.com
Agregar a Favoritos      Ligas de Interes     Mapa del Sitio      Miembro Honorable     Fuentes/Creditos      Contacto/Buzon de Sugerencia