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CARTA DE JORGE VERA ESTAÑOL A FRANCISCO I. MADERO. TEMA: VISITÉ KANSAS CITY

 

Sr. don Francisco I. Madero, Presidente de la República, Presente.

Señor Presidente:

En celebración de su XXIV aniversario, la BAR ASSOCIATION de Kansas City, Mo., Estados Unidos de América, acordó tener una reunión en la citada población é invitar como huéspedes de honor al Senador Beveridge, y á mí como abogado de la República Mexicana.

Creí que era un honor para México esta invitación y una oportunidad, además, para conocer de cerca la opinión de ciertas clases ilustradas sobre nuestra situación política, y acepté la invitación.

Pude comprobar que mi creencia era justificada.

Tan luego como se tuvo noticia de que había yo llegado á Kansas City, fuí asediado por los representantes de los periódicos de la localidad y por el corresponsal de la Prensa Asociada.

Todos ellos estaban ansiosos de conocer mi opinión sobre el Gobierno de usted, sobre la revolución vazquista y en general, sobre el probable desenlace de los acontecimientos.

Las conversaciones bastante frecuentes que celebraron conmigo me indicaron que la opinión reinante era de una profunda desconfianza acerca de la estabilidad del Gobierno y de la paz en México, á la vez que temores sobre las consecuencias que pudiera tener el triunfo de la revolución Vazquista, que ya entonces había tomado auge en la frontera.

Debo decir á usted que respecto al zapatismo no le dan importancia alguna política, sino solamente la de la inseguridad á las personas y á las propiedades que puede acarrear.

Habría deseado sinceramente, no tener, como tengo la convicción de que el Gobierno que usted preside ha cometido serios errores políticos, pues me habría sido muy satisfactorio que todos mis informes á la Prensa fueran optimistas para el pronto y favorable desenlace de nuestra actual crisis.

Desgraciadamente usted sabe, cuál es mi convicción:

Creo de verdad que el error fundamental que ha caracterizado la política del Gobierno de usted, y llevando las cosas más atrás, su política como candidato, ha sido la de dar oidos sin reserva alguna á las sugestiones que han venido de los que se dicen amigos y partidarios de usted y que en realidad solo han buscado el medro personal, solicitando altos puestos que en otras condiciones ni siquiera habrían aspirado á tener ó negocios mas ó menos lucrativos, mientras que por otra parte ha desconfiado usted de las opiniones y de las reflexiones de los hombres que, sin aspirar á puestos públicos ni á ventajas personales, han tenido el valor civil y el patriotismo de decir la verdad, siempre la verdad, no vacilando en alabar los actos buenos del Gobierno, por desgracia muy escasos, ni en censurar razonada y mesuradamente lo que han creído política mala ó inconveniente.

No era mi propósito, al estar en suelo extranjero agregar un ápice más de descrédito ya bastante grande, que por desgracia acompaña en estos momentos al solo nombre de la República Mexicana, y por lo mismo, habría preferido guardar el más completo silencio.

Mas las preguntas eran tan insistentes, las opiniones eran tan extraviadas, la noción de nuestras cosas tan distante de la realidad, que creí que, aunque discretamente, tenía yo que decir algo, procurando que fuera en bien de nuestro prestigio.

Aquellas gentes tienen de nuestra soberanía é independencia el mismo concepto que de la soberanía y de la independencia de la República de Cuba: no consideran que la intervención americana preste ninguna dificultad de importancia, ni de parte del pueblo ni de parte del Gobierno mexicano.

Así, no me preguntaron qué haríamos nosotros en el caso de una intervención: eso no les importa á ellos, pues es una medida de política protectora, como puede ser la de alzar la tarifa de importación de una artículo determinado.

Nó; me preguntaron, según se servirá usted ver en la copia adjunta de un recorte de periódico, ¿qué sucedería si el Gobierno mexicano solicitaba la intervención de los Estados Unidos ó bien si convenía con ellos en la determinación de una zona neutral á lo largo de la frontera?

Mi respuesta no pudo ser más categórica, ni más terminante en contra de semejante hipótesis.

Respecto de nuestra situación política, me manifestaron sus temores de que México hubiese dado un salto atrás de medio siglo y que volviese al período de guerras intestinas personalistas, de rapiña y de desorden que nos caracterizó entonces y que por infortunio caracteriza aún á las Repúblicas Centro-Americanas.

Me ví, pues, obligado á explicar que nuestra situación actual obedecía á causas próximas y á causas remotas.

Poco hablé respecto a las próximas, porque nuevamente tengo que decir á usted con pena que gran parte de esas causas próximas en mi sentir radican en ciertas ideas disolventes de la Revolución de 1910, que estoy seguro usted mismo habrá rectificado ya, pues sus últimos discursos se apartan hasta llegar á la antítesis de sus discursos de hace un año, y consisten también en otros errores, como consecuencia de los cuales los elementos que elevaron á usted al Poder, se dividieron, siendo esta escisión la causa inmediata del actual movimiento revolucionario.

Mas á lo que dí importancia principal, porque era lo patriótico, porque era lo debido en suelo extranjero, fué á explicar lo que pueden decirse las causas remotas ó históricas de nuestra condición política actual, pues esa explicación serviría para levantar en alto el concepto respecto de México y poder tener cofianza en su futuro, que es lo que necesitamos ante todo en el extranjero.

Si nos creen salvajes ó semisalvajes á todos los mexicanos, puesto que la Prensa anunciaba día á día y sigue anunciando, las escenas de exterminio, de ruina y de desolación, que se desarrollan por gran parte de la República, era indispensable demostrar que esos actos de salvajismo ó de barbarie no eran, ni son la manifestación de la idiosincracia de todo el pueblo mexicano, de todos sus elementos componentes, sino de una parte de ella, de sus elementos inferiores; pero que, por sobre esos elementos inferiores existe, como ha existido siempre, una clase vigorosa, ilustrada, patriota y resuelta, que es la que ha dirijido los destinos de la Nación, que es la que escribió con letras de oro nuestra Constitución de 1857, que es la que hizo la desamortización, que es la que realizó en fin el engrandecimiento material de la Nación y que es lógico esperar será bastante abnegada, patriota, fuerte y culta para restablecer el orden y para emprender la elevación de México en sus elementos mental y cívico o político.

En el banquete en que estuvieron presentes dos Senadores americanos y las personalidades más conspicuas de la intelectualidad en Kansas City, desarrollé estas últimas ideas, y el resultado fué tan favorable para el buen nombre de México, que al concluir mi alocución, unánimemente y con verdadero entusiasmo se gritaron vivas á México.

Acto continuo la mayor parte de los asistentes se acercó á mí para felicitarme y para expresar cuánta satisfacción les causaba saber que la situación de México era simplemente transitoria, pero que había razones suficientes para considerar que no remedaría la situación de las Repúblicas Centro-Americanas, con las cuales se nos comparaba.

Hoy, como en otras ocasiones, juzgo de mi deber decir la verdad, siempre la verdad, porque creo que al fin de ella se obtiene un bien más estable para el país.

Habría publicado estas impresiones mías por medio de la prensa periódica, pero tratando de asuntos internacionales pensé que podía tachárseme de indiscreto, y por eso, he preferido dirijirme por carta á usted, que como Presidente de la República es el que tiene en sus manos la mayor suma de elementos para cuidar de la subsistencia y de la dignidad de la Nación, y consiguientemente, todos los mexicanos estamos obligados á suministrarle todas las informaciones que nos lleguen sobre hechos ó conceptos relacionados con la integridad de la Patria.

Los hombres de negocios de los Estados Unidos no desean la intervención; los políticos no se atreven todavía á ponerla abiertamente sobre el tapete; pero como la campaña Presidencial en la República vecina ha comenzado ya, si la revolución se prolonga, si á consecuencia de ella sufren más y más los intereses extranjeros, no solamente de una manera directa por la destrucción de que son objeto y por la paralización de todos los trabajos, sino por la suspensión definitiva de la gran corriente de dinero y de negocios que vienen de los Estados Unidos; si esta lamentable situación continúa por dos ó tres meses, créalo usted, los Estados Unidos decretarán la intervención, forzados por la opinión pública de ese país, la que á su vez será provocada y enardecida por alguno de los candidatos presidenciales.

Una de las caricaturas que más éxito ha obtenido en los Estados Unidos es en la que un guerrero aparece proponiendo á Taft la intervención en México para ganar su elección y Taft contesta al guerrero que puede dirijirse para ese fin a Roosevelt.

Naturalmente que, en caso de intervención, todos los mexicanos sin discrepancias de partido ó de opinión tomaremos las armas; pero es el deber del Gobierno poner de su parte cuanto esté para evitar una situación extrema que ponga en peligro la integridad nacional.

Creo de mi deber poner en conocimiento de usted, que en mis propósitos de levantar el crédito de México y de inspirar confianza sobre su futuro, fuí ayudado persistente y calurosamente por el señor licenciado Delbert J. Haff, quien á raíz de la proclama del Presidente Taft previniendo á los americanos que se ausentaran de la República de México, le envió el siguiente telegrama:

"Al Presidente, Casa Blanca,

Washington, D.C.

"La información de la Prensa Asociada de hoy (4 de Marzo de 1912), de que usted ha prevenido á todos los americanos que dejen México y abandonen sus propiedades á la protección consular, es de lo más desafortunado y pone en peligro á los ciudadanos y á la propiedad americana en México.

"Primero, porque es interpretada como una declaración del Gobierno Americano de que el de México es ineficiente y de que prevalece la anarquía en México; y segundo, porque no es posible, ni concebible, que ocho mil ciudadanos americanos que son residentes permanentemente de la República Mexicana y que representan bien mil millones de capital invertido allí, puedan ausentarse de este país aunque sea temporalmente ó abandonar su propiedad, que consiste en grandes ferrocarriles, minas, fundiciones y empresas fabriles y agrícolas.

"Necesariamente deben ellos depender del Gobierno Mexicano en cuanto á la protección de sus vidas y de sus propiedades.

"Esta protección ha sido impartida por el Gobierno Mexicano, ya sea el establecido ó el insurrecto, y los americanos residentes en México, que tienen los más grandes intereses en causa, creen que pueden continuar confiando en esa protección tan largo tiempo, como nuestro Gobierno de los Estados Unidos no los ponga en peligro ó haga claudicar esa protección por un acto imprudente de interferencia.

"Que los americanos se retiraran de México ó de cualquiera de los Estados, ó que abandonen su propiedad á la protección de los Cónsules Americanos, es enteramente imposible:

"Los Cónsules no podrían extender su protección sin el apoyo de las tropas americanas, y esto significaría intervención, guerra y la destrucción probable de nuestra propiedad y el desastre de los intereses americanos en toda la América Latina.

"D. J. Haff ".

Espero se servirá usted comprender que al comunicar á usted todo lo que antecede no me guía ningún móvil personal, sino el deseo de hacer patente, por bien de la Patria, la necesidad de que el Gobierno, á la vez que una política represiva que le dé fuerza, ponga en práctica una política eminentemente atractiva que convierta en amigos á sus enemigos.

Soy de usted atento y S.S.

Jorge Vera Estañol

[Rúbrica]

Anexo.

JVE/ST

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: María de los Angeles Suárez del Solar (recopilación e introducción). Francisco I. Madero. Antología. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Archivo General de la Nación. Archivo de la Secretaría Particular del Presidente Francisco I. Madero. Loc.: caja 2, exp. 25-1, fojas 868-75. México, 1987. p. 220-224.

 
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