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CARTA DE AMBROSIO FIGUEROA A FRANCISCO I. MADERO

 

CARTA DE AMBROSIO FIGUEROA A FRANCISCO I. MADERO. TEMA: NO ES POSIBLE QUE VENGA BLANQUET Á COLABORAR CONMIGO

Señor Don Francisco I. Madero

Presidente de la República,

México.

Señor de mi estimación y respeto:

Tengo el honor de referirme á la atenta carta de usted, fechada el 3 del corriente y de la cual me impuse con detenimiento al llegar á mi poder el día 5.

Quedo enterado de que no es posible que venga Blanquet á colaborar conmigo en la obra de persecución contra el bandidaje de este Estado.

Igualmente me impuse de que van á venir rurales á la zona de mi mando.

Los hombres que tengo á mis órdenes en Guerrero, estando ante todo á las de usted, son 1680.

Los que tengo en Morelos suman 1276 según distribución que corre anexa á la presente.

Vinieron últimamente 500 hombres de Guerrero, según oportunamente tuve el honor de avisárselo, pero no pueden considerarse como aumento de mi efectivo en Morelos, ya que ni siquiera bastaron á cubrir las vacantes que me ocasionó el paludismo, que ha venido haciendo grandes estragos en mis filas desde que las conduje á este Estado, fuera del medio climatérico al que estaban acostumbradas.

Muchos de los soldados enfermos han regresado á Guerrero, otros ingresaron á los hospitales y no pocos se curan en domicilios particulares.

Campea en la respetable carta de usted un palpable descontento por mi labor, que probablemente se presenta deficiente á los ojos de usted.

Mucho siento no haber podido dejar hasta ahora complacidos los justos deseos que usted tiene y yo mismo abrigo respecto de la pacificación de este Estado; pero tengo la satisfacción del deber cumplido, del deber llevado quizá más allá de un límite natural y justo, pues mis hombres han hecho con buena voluntad más de lo que racionalmente pudiera exigírseles.

A la vez que guarnecen las plazas más interesantes, caminan de día y de noche para socorrer los puntos amagados ó atacados por los rebeldes, recorren los caminos en persecución de las gavillas, sufriendo los rigores de un clima insalubre para ellos y sufriendo no pocas veces hasta penurias y escaseces, á causa de la hostilidad de las clases bajas de la población, cuya inmensa mayoría es en todas partes del Estado zapatista recalcitrante; todo, con un valor y con una abnegación que pregonan muy alto sus buenas condiciones como soldados, si bien escasos de disciplina y uniformidad, y su adhesión firme y sincera á la persona de usted.

De ese modo se ha podido conseguir que hasta donde es humanamente posible se eviten las vandálicas hazañas de los enemigos del orden, llevando confianza y moralidad á las personas de honra, trabajo é intereses, pues aunque de cuando en cuando se dán casos ya de ataque á un poblado, ya de saqueo á una tienda ó finca de campo, ya de tal ó cual otra fechoría, no se puede negar que las partidas de bandoleros que en considerable número no han dejado de hacer sus correrías, constantemente en jaque o en vergonzosa derrota cuando por casualidad presentan batalla, no han podido volver á ejecutar hechos que, como el saqueo de Jojutla, constituyen mostruosos atentados, crímenes de lesa civilización y una afrenta y un baldón para la República.

Ha llegado, pues, á su máximun, la efectividad del servicio de mis hombres, y quizá toca ese servicio los límites del sacrificio si se considera su grande inferioridad numérica respecto de los alzados, que éstos conocen palmo á palmo el terreno en que operan, que los favorece mucho por sus condiciones especiales, y que cuentan con la ayuda que en mil formas les imparten los pueblos, ya proveyéndolos de víveres, ya de caballos y de armas, ya dándoles cuenta de los movimientos del enemigo.

Y si se hubiese seguido mi consejo, de guarnecer cada hacienda y cada pueblo con tropas federales para evitar que los bandoleros se pertrechasen, dedicándose mis hombres á la persecución propiamente dicha del bandidaje, seguramente ya se hubiera dado buena cuenta de esa plaga que ha venido asolando á este desventurado Estado.

Por cuanto á mí, señor Presidente, soldado improvisado he llevado el cumplimiento de las obligaciones que me impuse, hasta donde ha sido posible, y aunque no puedo llamarme organizador como neófito que soy en una ciencia que, en la práctica, ofrece tantas dificultades para los mismos técnicos, como á diario lo demuestran los hechos, no llegan ni la impericia ni la apatía ni la ineptitud que se me suponen hasta el grado de no saber cuánta es la gente que mando ni donde se halla, como usted se sirve indicármelo en su carta.

Lo que advierto y está claro en el contexto de su citada carta, señor Presidente, es que mis enemigos han hecho notables progresos en su intento de llegar á producir en el ánimo de usted la duda y la desconfianza hácia mí, no menos que de monoscabar el aprecio y buen concepto que su bondad hablame otorgado.

Hace tiempo que vengo notando, palpando digamos, una tarea sorda pero continua -que ya está en fruto tal vez- encaminada á desacreditarme, y llevada á cabo por enemigos que tengo derecho á llamar gratuitos desde el momento en que no les ha causado daño alguno.

Indudablemente la razón de esa guerra sorda, pero eficaz según se desprende, radica en la creencia que deben tener de que estoy poseído de ambiciones y de ambiciones inmoderadas, en lo cual se equivocan lastimosamente.

Hace tiempo que estaría en mi casa dedicado al fomento de mis pequeños intereses, si la amistad y adhesión que he sentido por usted y mi pasión por los hermosos principios de que ha sido usted caudillo y personificación no me hubieran retenido en un medio que á la verdad no es el mío.

Y quizá no es ajena á esa mudanza que con pena noto en el ánimo de usted, la labor envenenada y pérfida de cierta prensa mercenaria que día por día, torpe pero constantemente, habla de robos, de violencias, de incendios, de infamias cometidas por mí y mis hombres, sin aportar sin embargo pruebas ni siquiera citar hechos concretos.

Abrigo, no obstante, la firme convicción de que al retirarme en breve á la vida privada que me reclama con imperio, cuando se serene este turbio y mefítico ambiente en que actúo, vendrá usted al convencimiento pleno de que ni tuvo la Democracia partidario más firme y abnegado, ni el Gobierno colaborador de más buena fé ni usted amigo y subalterno más sincero y leal que yo.

Me reitero de usted afectísimo subalterno, amigo y seguro servidor.

A. Figueroa

[Rúbrica]

Fuente: Articulo autoria de María de los Angeles Suárez del Solar (recopilación e introducción). Francisco I. Madero. Antología. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Archivo General de la Nación. Archivo de la Secretaría Particular del Presidente Francisco I. Madero. Loc.: caja 31, exp. 862, fojas 23864-68. México, 1987. p. 124-126.

 
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