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MARIA DE JESUS DOSAMANTES: LA JUANA DE ARCO MEXICANA

 

La más documentada de las “heroínas de la batalla de Monterrey”. No se tiene a la fecha más información de su edad, nacimiento y procedencia, sólo se sabe que se presentó ante el general Pedro de Ampudia para ponerse bajo sus órdenes. En su reporte posterior a la batalla ante el Ministro de Guerra y Marina refiere lo siguiente:

“la joven doña Jesusa Dosamantes se me presentó vestida de capitán y montada para pelear contra los injustos invasores. Le recibí con las demostraciones de afecto que merece su heroico comportamiento y la encargué recorriese toda la línea para que viesen todos los Cuerpos que componen este Ejército (Cossío, 2000, tomo VI, p. 226).

El coronel José López Uraga, encargado de la Cuidadela también afirma de la presencia de Dosamantes en este fuerte. Uraga habla de este hecho “raro” que conmovió “al gozo y al entusiasmo”. Además de referirle de los peligros de estar en la línea de combate, Dosamantes se resistió a “cambiar de idea pues quiere ocupar el lugar que primero silben las balas ((Cossío, 2000, tomo VI, p. 226).

La Ciudadela fue el único fuerte de la línea exterior que no fue tomada por el ejército invasor. Los norteamericanos evaluaron su difícil accesibilidad y decidieron atacar otros puntos. Hacia el día 25 de Septiembre el Coronel Uraga y su tropa salieron rumbo a Saltillo tras la capitulación de la ciudad.

Después de su presencia en la Ciudadela, se desconoce el destino de esta mujer. El censo de muertos y heridos resultado de la batalla de Monterrey no deja ninguna pista sobre el paradero de Dosamantes. El profesor Israel Cavazos firma en su Diccionario Biográfico que seguramente salió fuera de Monterrey con las tropas que abandonaron la ciudad tras la capitulación de la misma. Esto nos concluye que Dosamantes no es la muchacha regiomontana de la que escribió Livermore.

A manera de conclusión podemos afirmar que el hecho narrado por Livermore en su libro es una muestra de las muchas historias que hubo durante los combates en Monterrey entre mexicanos y norteamericanos, y en donde la población civil, obligada por la invasión de su ciudad tuvo que salir a defender su terruño. Por la forma en cómo se describió en el texto, la muchacha de Monterrey fue sepultada en un lugar que quizás nunca conoceremos cerca del fortín de las Tenerías, pero siempre quedará su recuerdo esparcido en las calles de Monterrey, tal y como Livermore lo narra en su obra:

“Pensar que una humilde y desinteresada heroína como esta joven, perecía en su obra humanitaria ¡suya es la verdadera gloria!. La fama del guerrero es postiza y engañosa. Esa mujer deberá vivir en la memoria eterna de la historia (Livermore, 1850).

Fuente: Articulo autoría de Eduardo Cázares Puente.diariocultura.mx. Septiembre 21, 2015.

 
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